Hotel Exilio Elecciones #2
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Elecciones #2

Pasa el invierno instalado en el sanatorio, trabajando en un tratado sobre los métodos propagandísticos de Hitler.

Mientras escribe, uno de sus amigos más antiguos y cercanos en el Partido, Karl Radek, es condenado a muerte en Moscú.

Poco después, Münzenberg se ve obligado a ceder el mando de sus empresas de propaganda.

Por primera vez en casi veinte años, Willi Münzenberg se encuentra con la agenda desierta y se ve forzado a hacer un balance de sus lealtades y creencias.

Ulbricht y Pieck, mientras tanto, se ocupan de difundir rumores sobre su falta de fiabilidad, insinuando —en voz baja— que Willi ya no está de moda en la corte de la Komintern.

Aún no se atreven a atacarlo abiertamente, pues puede que, después de todo, todavía vuelva a Moscú.

Pero los militantes fieles saben leer los presagios: Münzenberg ha quedado a la deriva.

Es muy probable que la única razón por la que Moscú no ha sido más duro con él sea que todos esos «compañeros de viaje» a los que sólo él consiguió persuadir para apoyar la causa comunista armarían un escándalo si «Willi» desapareciera de repente.

Sólo resta una última tirada de dados.

El principio y el fin

Cerca de trescientos delegados se apiñan en el Salón Presidencial para escuchar el discurso de apertura de Münzenberg, seguido de la intervención de Heinrich Mann, en la mayor reunión hasta la fecha del Frente Popular Alemán, celebrada en el Hotel Lutetia durante dos días,

el 10 y el 11 de abril de 1937.

[57] El tema es la solidaridad, con la cuestión de la guerra en España ocupando el primer plano de muchas de las discusiones.

En la superficie, el congreso parece un éxito.

En realidad, marca al mismo tiempo el punto álgido del Comité Lutetia y el final del Frente Popular Alemán en cualquier sentido significativo.

Mientras Münzenberg intenta persuadir con palabras elocuentes a su audiencia de la necesidad de unirse para derrocar a Hitler antes de que sea demasiado tarde,

miembros de la delegación comunista y del sapd casi llegan a las manos en su discusión sobre el destino del Partido Obrero de Unificación Marxista (poum) de España, agrupación marxista antiestalinista.

Su violenta represión a manos de comunistas respaldados por Moscú, llevada a cabo con el pretexto de depurar facciones «trotskistas», ha causado una profunda consternación entre muchos partidarios occidentales de la España republicana.

Ulbricht, por su parte, intriga contra Münzenberg, pujando por la primacía del kpd y tratando, en la práctica, de formar su propio Frente Popular personal, bajo estricto control del Partido Comunista.

Tras el congreso, Ulbricht consigue al fin su objetivo: Münzenberg es suspendido en su puesto y sustituido por el propio Ulbricht, que se traslada a París para vigilar a su odiado rival.

Sin Münzenberg, los comités del Frente Popular van perdiendo de forma constante tanto su autonomía como sus apoyos más amplios, y, salvo los comunistas más fieles, todos acaban evitándolos.

Incluso Heinrich Mann, quien persiste con tesón en la empresa mucho después de que otros la abandonen, advierte que Ulbricht está destruyendo cualquier posibilidad de consenso entre las facciones políticas del exilio.

«Verá», comenta Mann, fatigado, a Alfred Kantorowicz, «yo no puedo sentarme con un hombre que de pronto afirma que la mesa en la que estamos sentados no es una mesa sino un estanque de patos, y que pretende obligarme a darle la razón».[58]

Agotado y desanimado, Mann viaja con Nelly a su lugar alpino favorito, en Briançon, para pasar las vacaciones de verano, donde Willi y Babette se reúnen con ellos.

A pesar de todo, Mann y Münzenberg siguen muy unidos, y cada uno admira en el otro las cualidades que complementan las suyas propias: sin la energía extraordinaria de Münzenberg y el poderoso sentido de responsabilidad de Mann hacia el pueblo alemán,

toda aquella empresa ni siquiera habría llegado a ponerse en marcha. [59]

Los efectos de los procesos-espectáculo de Moscú y la purga del poum en España se propagan por todas partes: Manès Sperber vive su decisión de abandonar el Partido Comunista como una pérdida profunda de la que debe recuperarse como de una depresión;

Arthur Koestler siente una liberación al no estar ya atado a las rígidas exigencias del «Partido»; Willi Münzenberg, por su parte, traslada las energías que antes canalizaba en nombre del comunismo para seguir luchando contra el fascismo y se pone de inmediato a organizar otra red de propaganda.

Ulbricht y Pieck hacen cuanto pueden por socavarla, denunciándola, pero con escaso éxito.

Fluidez

Eva Tichauer tiene ahora diecinueve años.

Habla un francés fluido; su acento casi ha desaparecido.

Estudia con ahínco para dedicarse a la medicina, esa profesión «portátil» que tanto tranquiliza a sus padres que haya elegido.

El 17 de enero de 1937, la familia es naturalizada.

La ciudadanía francesa no cambia en nada las perspectivas de su padre: sin titulaciones francesas sigue sin poder encontrar un empleo digno de tal nombre, pero continúa volcándose en su labor pro bono al servicio de los refugiados alemanes.

El trabajo como traductora de su madre apenas mantiene a flote a la familia.

Como única hija superviviente, Eva siente la presión del amor doliente de sus padres: vivir donde su hermano no pudo hacerlo, prosperar donde sus padres no lo logran.

A veces tiene la sensación de ser lo único que evita que sus padres se rindan.

Y quizá tenga razón. Por mucho que lo intenten, la mayoría de los exiliados alemanes ya mayores nunca llegarán a integrarse por completo en Francia. Siempre toparán con esa doble barrera que los frena: la falta de titulaciones francesas y ese maldito acento que tanto avergüenza a sus hijos.

El querido amigo de Walter Benjamin, Franz Hessel, vive en París desde 1924.

Sus dos hijos, Stefan y Ulrich, son ya jóvenes franceses; su alemán se va desdibujando a gran velocidad a medida que se adaptan al país de acogida.

Como les sucede a Eva Tichauer y a Pierre y Ruth Radványi, la escolarización francesa ha ido borrando poco a poco en ellos los rastros de su extranjería, dejando tan sólo un núcleo íntimo en el que su breve y pretérita vida alemana sigue existiendo apenas, al tiempo que va desvaneciéndose:

preciosa y crucial y, sin embargo, cada vez más difusa.

Del mismo modo que Gisela Freund se convierte en Gisèle y Peter Radványi se convierte en Pierre, Stefan Hessel se convertirá un día en Stéphane, un gran francés.

De momento, es un alumno brillante que cursa estudios en el prestigioso Lycée Louis-le-Grand, situado en el corazón del quinto arrondissement, en la rue Saint-Jacques, frente a la Facultad de Letras de la Sorbona, junto a la Bibliothèque Sainte-Geneviève y el Panteón.

Allí también da sus primeros pasos como lycéen, bajo la mirada atenta de su orgulloso padre, el pequeño Alexis Léon, de doce años, hijo del sufrido secretario y más querido amigo de James Joyce, Paul Léon, nacido en Rusia y judío.

Exposición Universal

Cuando en mayo se inaugura la Exposición Universal de 1937, las calles situadas entre el Palais de Chaillot y la Torre Eiffel se engalanan con banderas y mensajes de bienvenida.

Se respira un aire de alegre festividad, mientras los pabellones de cada país compiten por exhibir los logros técnicos y artísticos de su nación.

Todo París acude a la muestra al menos una vez.

Pero ni siquiera aquí puede disiparse del todo la oscura sombra que se cierne sobre Europa.

El pabellón soviético se enfrenta al alemán: las enormes figuras de bronce de una joven campesina y un joven obrero que avanzan con paso decidido, empuñando la hoz y el martillo, parecen desafiar al águila plateada posada en lo alto de la gigantesca torre, sostenida por tres pilares,

del pabellón de enfrente.

Ningún exiliado alemán se atreve a cruzar hacia ese reino ajeno, donde nazis sonrientes reparten caramelos y folletos con esvásticas.

La Exposición tiene especial éxito entre los niños, que deambulan por los pabellones, prueban el chocolate suizo y las salchichas italianas, y se suben y se bajan de los carritos de vivos colores que transportan a los visitantes por los diversos recintos.

Anna Seghers lleva a Pierre y a Ruth al pabellón de la España republicana, donde el Guernica de Picasso atrae a oleadas de visitantes entusiastas, que se detienen unos segundos a contemplar las fotografías del sufrimiento de España, antes de continuar en busca del siguiente reclamo.

Más allá, junto al río, hay una estatua de un hombre desnudo a caballo: es Mussolini como emperador romano, cubierto tan sólo por una capa.

Los parisinos hacen bromas a costa del dictador calvo.

Verano, otoño, invierno, primavera. En España, la guerra se prolonga mientras la acosada República va perdiendo terreno poco a poco.

Los austríacos aguardan en tensión lo que está por venir.

Los políticos hablan. En el Hotel Lutetia, el primer ministro Camille Chautemps —de nuevo en el poder— pronuncia un discurso durante un banquete en honor de los veteranos y los heridos de guerra.

Nadie quiere contemplar siquiera la posibilidad de que otra generación de jóvenes franceses vean sus vidas truncadas por los fusiles y las bombas.

Anschluss

Anna Seghers da un paseo vespertino por la avenida arbolada de Meudon, pensando en conversaciones recientes en las que amigos y conocidos le han preguntado una y otra vez adónde llevarán a los niños si estalla la guerra.

[60] Anna vivió bombardeos durante la guerra de 1914-1918, y también más tarde, cuando visitó España.

«Pero aquí, en este país, es donde mis hijos han conocido la alegría y la seguridad; ¿no deberían, si hiciera falta, comprender también aquí el dolor y el peligro?»

Pasa junto al lechero, que va con su caballo y su carro recién pintado.

Ambos se detienen a charlar un momento e intercambian unas palabras de cortesía antes de seguir cada cual en una dirección distinta: el lechero con su reparto, Anna caminando sin más propósito que disfrutar del sosiego de la tarde.