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Elecciones

Cuando Eva Tichauer vuelve a casa para pasar las vacaciones escolares de 1936, encuentra el piso de sus padres lleno de visitantes.

[49] Los franceses acaban de elegir un Gobierno del Frente Popular bajo el liderazgo de Léon Blum, quien —para gran emoción de Eva— se presenta en el piso de la rue Nollet a visitar a sus padres.

Tras tantas decepciones, por fin ocurre algo positivo; no sólo para los franceses, sino también para los extranjeros, pues, casi justo después de las elecciones, el nuevo Gobierno anuncia una serie de medidas destinadas a aliviar la situación de los inmigrantes en Francia.

La más significativa es un decreto aplicable a todos los refugiados procedentes de Alemania, tanto si han sido despojados de la nacionalidad alemana como si no: se les expedirá un certificado de identidad que permite a su titular viajar por cualquier país firmante de la Convención de Ginebra.

Para garantizar que esos certificados se emitan únicamente a refugiados auténticos, el Gobierno francés invita a cuatro alemanes destacados y a cuatro ciudadanos franceses a integrar un comité que actuará como órgano asesor del ministro del Interior.

Uno de los emigrados alemanes seleccionados para formar parte de la comisión es Theodor, el padre de Eva Tichauer.

[50] El cargo le proporciona un bienvenido respiro tras tres años de intentos fallidos por reciclarse en algo que no es.

Theodor Tichauer es abogado e intelectual.

Por mucho que lo intente, no puede reinventarse sin más como metalúrgico o vendedor de corbatas.

En ningún otro momento de su exilio los emigrados políticos alemanes se sienten tan en casa en París como durante los primeros meses del victorioso Gobierno del Frente Popular.

Es un tiempo de alegría y de esperanza: hombres, mujeres y niños marchan hacia la place de la Bastille y la place de la Nation.

Los obreros se declaran en huelga y ocupan sus fábricas.

Personas desconocidas les llevan comida y bebida.

Todo el mundo se suma. En España también se ha formado un Gobierno republicano del Frente Popular.

Sigue una cascada de concesiones: la semana laboral de cuarenta horas, vacaciones pagadas, negociación colectiva.

Anna Seghers lleva a sus hijos a una ruidosa y multitudinaria manifestación en Vincennes.

[51] El recuerdo que esa jornada deja en Pierre es el de su alegría, junto con el de una exposición a la que su madre lo lleva después, organizada por algunos de los exiliados alemanes, donde se muestran los primeros campos de concentración nazis.

Trámites

Arropada bajo el ala protectora de Adrienne Monnier, la transformación de Gisèle Freund —de refugiada sin un céntimo en ciudadana francesa— está casi completada cuando contrae un mariage blanc con un amigo de Adrienne llamado Pierre Blum.

Unos meses después, la provisionalmente rebautizada Gisèle Blum obtiene la ciudadanía francesa.

Luego regresa a la Facultad de Letras de la Sorbona para someterse al ritual académico de defender su tesis doctoral ante un tribunal docente.

Walter Benjamin se sienta en el anfiteatro para apoyarla y más tarde escribe una reseña elogiosa de su trabajo, un estudio pionero sobre la fotografía en la Francia del siglo xix.

La tesis se acepta formalmente. Adrienne Monnier propone traducirla al francés y publicarla.

Gisèle ya puede presumir de compartir editora con el gran James Joyce.

Con los estudios concluidos y sin obstáculos para trabajar, Gisèle es ahora libre de dedicarse por entero a la fotografía.

Empieza a aceptar encargos como colaboradora freelance para una nueva revista estadounidense, Life, mientras amplía su porfolio de retratos de escritores e intelectuales.

Tiene además la inmensa suerte de haber encontrado en Adrienne una mecenas que le ofrece la oportunidad de observar, con el estómago lleno, el incesante desfile de invitados distinguidos que acuden a cenar a su casa y, con el tiempo, de fotografiarlos.

Es en una de esas cenas organizadas por Adrienne donde Gisèle conoce a Joyce.

[52] Está tan impresionada por el famoso autor que apenas le dice nada —hablan sobre todo de comida—, pero durante los meses siguientes Gisèle intenta persuadir a Joyce para que le permita fotografiarlo.

Él siempre se niega, alegando que no se encuentra bien, o que la vista le molesta, o que tiene demasiado trabajo.

Ese otoño, Sylvia Beach regresa de su viaje al extranjero al piso que comparte con Adrienne y descubre que Gisèle Freund ha ocupado su lugar.[53]

La guerra en España

El optimismo que acompaña la formación del Gobierno del Frente Popular en Francia dura poco. Una nueva crisis sacude Europa en julio de 1936 cuando un grupo de generales sublevados, encabezados por Francisco Franco, se alza contra el Gobierno republicano elegido en España y estalla la guerra civil.

¡No pasarán! El lema de la España republicana resuena en los cafés de la orilla izquierda.

Miles de exiliados alemanes —entre ellos, Gustav Regler y Alfred Kantorowicz— se ofrecen voluntarios para ir a España como combatientes en las Brigadas Internacionales, como periodistas o como sanitarios.

Enseguida se forma un batallón alemán, bautizado con el nombre del dirigente del kpd encarcelado, Ernst Thälmann.

Para los emigrados alemanes, esta guerra va más allá de la mera simpatía: es algo personal, una oportunidad para combatir por fin el fascismo de frente, tras años de impotencia.

Mientras los gobiernos británico y francés se niegan a intervenir por miedo a provocar una guerra más amplia, Hitler y Mussolini violan abiertamente el acuerdo de no intervención —del que también son signatarios— y envían a España no sólo armas, sino también tropas,

aviones y pilotos para apoyar a Franco.

Cuando la Legión Cóndor ensaya sus mortíferos métodos de bombardeo sobre la población civil española, los exiliados alemanes descubren que combaten no sólo contra el fascismo, sino contra sus propios compatriotas.

En París, Willi Münzenberg se vuelca de lleno con la causa: recauda dinero, canaliza flujos de voluntarios hacia las Brigadas Internacionales a través de los Pirineos, publica panfletos y organiza mítines y reuniones de protesta.

En el Hotel Lutetia, Heinrich Mann —demasiado mayor para empuñar las armas— adopta sin cesar resoluciones de solidaridad con España.

El 13 de agosto de 1936 se celebra en el hotel una «Conferencia Europea para la Defensa de la República Española».

Los intelectuales se afanan firmando aún más peticiones.

Ante la negativa occidental a armar al Gobierno republicano, los partidarios extranjeros de España sólo pueden aplaudir a la Unión Soviética por ser el único país, aparte de México, dispuesto a suministrar armas y tanques al Ejército republicano y a las brigadas internacionales.

Hotel Moskva

Es en este momento tan inoportuno —octubre de 1936, para ser exactos— cuando Willi Münzenberg es convocado a Moscú.

[54] El ambiente en la capital rusa está cargado de tensión tras la conclusión del primer proceso-espectáculo, el «Juicio de los Dieciséis», durante el cual dieciséis prominentes y veteranos colaboradores de Lenin han sido acusados de participar en un complot trotskista para asesinar a Stalin y a

otros dirigentes del Partido.

Torturados antes del juicio, los acusados confiesan, se les declara culpables y no tardan en ser fusilados.

La paranoia flota en el aire. Cientos de comunistas extranjeros, incluidos muchos alemanes que han buscado asilo en la Unión Soviética, se han visto señalados y liquidados en la purga de Stalin.

En el Hotel Lux, los funcionarios del kpd caminan de puntillas, intentando adivinar a qué antiguos amigos conviene evitar por miedo a verse comprometidos.

Willi y Babette, huéspedes del recién construido Hotel Mosk­va, no reciben visitas.

El hedor fatal de los caídos en desgracia mantiene alejados a los viejos amigos.

A Münzenberg lo interrogan acerca de la falta de seguridad y la laxitud general de sus empresas parisinas.

Al principio, no se toma en serio las preguntas, pero, a medida que avanzan las audiencias, empieza a comprender la gravedad de su situación.

Los hombres que antes brindaban protección a sus operaciones heterodoxas han sido apartados y pronto serán detenidos.

Las críticas se acumulan. La acusación de que Münzenberg se relaciona con elementos «sospechosos» en París le cala hondo.

Y todo el mundo sabe que no soporta a Walter Ulbricht.

Münzenberg tiene suerte de salir del trance con una reprimenda, pero se le ordena permanecer en Moscú para hacerse cargo de la división de agitación y propaganda (agitprop) de la Komintern.

El peligro es evidente. Ha de emplear todas sus dotes de persuasión para convencer a sus superiores de que, antes de asumir su nuevo puesto, le permitan completar su trabajo en París en favor de la causa republicana española.

Aun así, consigue sólo por los pelos que le entreguen el pasaporte y un permiso de salida para volver a Francia.

André Gide regresa de un viaje a la Unión Soviética en otoño para publicar una obra breve, Regreso de la urss, en la que expresa sin rodeos su desilusión con el régimen soviético.

En ningún país —declara—, ni siquiera en la Alemania de Hitler, es el pensamiento «menos libre y más temeroso y está más doblegado y avasallado» que en la Unión Soviética.

[55] Es un acto valiente por parte de un hombre que hasta ahora había sido el niño mimado de la izquierda intelectual, y lo paga caro.

Pravda acusa a Gide de ser un desertor hacia el «campo trotskista-fascista».

Muchos de sus antiguos amigos —Louis Aragon y Lion Feuchtwanger entre ellos— se suman a la campaña de difamación, pero Heinrich Mann se niega a participar.

Baja por enfermedad

En cuanto Willi Münzenberg regresa a París, la invitación para que vuelva a Moscú se renueva de inmediato, insistente e implacable.

[56] ¿Cuánto tiempo podrá dar largas? Münzenberg siempre ha padecido mala salud, pero cuando se interna en un sanatorio del barrio periférico parisino de Châtenay-Malabry por una «grave afección cardíaca», incluso la policía francesa que sigue sus pasos cree que está fingiendo.