La Internacional #4
Roban pasaportes o dinero, distribuyen octavillas que atacan al país anfitrión para incriminarlos.
Y, por supuesto, reclutan colaboracionistas entre los propios emigrados.
No es difícil encontrar voluntarios entre los pobres y los desesperados.
A cambio de la promesa de un regreso seguro a Alemania, o de la liberación de familiares encarcelados, se puede persuadir a algún desdichado para que se introduzca con malas artes en uno de los grupos de exiliados y que luego los traicione.
Y así, a cada recién llegado se le interroga con cuidado: ¿a qué grupo político pertenecías?
, ¿a quién conocías?, ¿cómo escapaste de Alemania?
En las reuniones del Lutetia, el secretario de Willi Münzenberg, Hans Schulz, vigila con cautela los rostros sospechosos, mientras Emil se sienta discretamente cerca, absorto en apariencia en su periódico, pero con una pistola cargada en el bolsillo, por si acaso.
La novia de Gustav Regler, Marie Louise Vogeler, es ilustradora y orfebre.
[48] Es un alma dulce, sin interés por la política, «fresca como la lluvia de verano, ordenada como los campos de cereal, soñadora como los pinares».
Dejó Alemania para reunirse con Regler en el exilio, pero es infeliz.
Un día le dice sin más: «Tengo que volver a casa.»
Regler queda destrozado y se culpa de su infelicidad. «¿Con qué derecho la arrastré conmigo a los riesgos e incertidumbres de esta vida de exilio? Cada día que pasaba en París se convertía más en una emigrada, y tal vez más pronto que tarde el camino de regreso quedara cerrado definitivamente.»
La noche siguiente, Marie Louise abandona París. Por precaución, Regler no la acompaña a la estación. Como ella no podrá escribirle directamente, acuerdan que le escriba a través de un amigo. Están juntos desde 1928. No es su primera crisis, pero sí la más grave.
Pasan los días. Regler no recibe noticias de ella; tampoco el amigo que debe recibir las cartas en su nombre.
Aunque durante el día Münzenberg lo mantiene trabajando sin respiro, por las noches Regler deambula junto al Sena, ansioso y preocupado.
¿La habrá detenido la Gestapo? ¿Recibirá un mensaje diciendo que no la liberarán a menos que él regrese a Alemania?
Marie Louise no es ni política ni judía: debería poder cruzar a Alemania y regresar a casa sin incidentes.
Pero la ansiedad lo corroe. Agotada la paciencia, un día está a punto de entrar en la embajada alemana para exigir noticias, pero se contiene a tiempo: sabe que está en la lista de buscados por la Gestapo.
Entrar en «territorio» nazi sería exponerse al peligro.
Al día siguiente, Regler visita el Louvre, buscando los cuadros favoritos de Marie Louise y torturándose de nuevo con preguntas: ¿por qué está arriesgando el amor de su vida por luchar contra «esos gánsteres de Berlín»?
Frente al retrato de Juana de Aragón, de Rafael, toma una decisión: le dirá a Marie Louise que, si vuelve a París, él dejará la política de lado.
Cuando regresa al trabajo, Münzenberg llama a Regler a su despacho para presentarle a un hombre que acaba de escapar de Alemania.
El hombre trae noticias de Carl von Ossietzky, el editor encarcelado de la revista liberal Weltbühne.
Los nazis lo han torturado. Le obligaban a cuadrarse cada vez que pasaba un guardia nazi.
Lo forzaron a arrodillarse en el barro; lo golpearon y lo pisotearon, llamándolo «cerdo polaco».
El fugitivo también trae detalles sobre la muerte del anarquista Erich Mühsam.
«Lo habían ahorcado en secreto en la puerta de una letrina.»
Por supuesto que Regler no puede dejar la política de lado. «Estas cosas eran más grandes que nosotros y que nuestras vidas privadas. Nadie tenía derecho a rendirse.»
Vuelve al trabajo. Entre las muchas tareas pendientes está la de un texto que denuncia los ataques nazis contra los intelectuales en Alemania.
Mecanografiado en letra minúscula, el papel se oculta dentro de un sobre de semillas con una vistosa ilustración de una planta de tomate y las palabras: «Tomate – ¡Milagro de los mercados!»
El sobre se distribuirá y venderá a aficionados a la horticultura que lo abrirán y encontrarán dentro no sólo semillas e instrucciones para cuidar la planta, sino también una diatriba elocuentemente escrita contra el Tercer Reich, llamando a sembrar otras semillas.
Regler y sus camaradas esconden panfletos antinazis en sobres de semillas, y también en folletos de instrucciones, muestras de champú perfumado o globos meteorológicos de apariencia inocente.
Textos más largos, como el Manifiesto comunista, se reencuadernan en ediciones con la apariencia familiar de clásicos alemanes, como La doncella de Orleans de Schiller.
Son Tarnschriften, «escritos camuflados»: publicaciones que diversos grupos antinazis producen en la clandestinidad entre 1933 y 1945 como forma de resistencia política, con la intención de informar y de instar a la disidencia dentro de la Alemania nazi.
La Gestapo confisca cualquier octavilla que encuentra.
En las escuelas alemanas, los maestros advierten a los niños de que vigilen las cartas de sus padres llegadas del extranjero.
Sigue sin haber noticias de Marie Louise.
Regler —antaño católico— llega a ir a Notre-Dame para encender una vela por ella.
Y entonces ocurre el milagro: al día siguiente, Marie Louise regresa con el pasaporte renovado y contando que, en casa, las cosas no son ni de lejos tan malas como Regler y sus camaradas creen.
Ha traído periódicos y revistas, incluido un pasaje de un poeta, Gottfried Benn, que asegura a los exiliados que, si se hubieran quedado en Alemania, el pueblo alemán no los habría tratado mal.
«Sentí un escalofrío y en mi mente brotaron las sospechas más odiosas.
Su nuevo pasaporte estaba sobre la mesa, con la fotografía grabada en relieve con una esvástica.
¿Y si la habían dejado volver tan sólo como espía, diciéndole que su familia tendría que responder por su conducta?
Tales cosas no eran raras, ni mucho menos.
Observé su pelo pulcramente trenzado, su cuello blanco y liso, la blusa tejida a mano; todo en ella parecía impecable e inmaculado, como una habitación con cortinas de Pascua que abre sus ventanas a la primavera. ¿Era capaz de cometer una traición?
»Quizá mañana regresaría de nuevo a casa... Aparté la mirada, pero el pasaporte seguía allí, y ella parecía haberse convertido en una extraña, su propio rostro sellado con la esvástica.»
Instrucciones para la Dolina
Por toda Europa, el movimiento del Frente Popular cobra impulso.
El éxito flota en el aire; si tan sólo los alemanes dejaran de pelearse...
Heinrich Mann cumple con su deber y en pocas semanas hace varias veces el trayecto París-Niza, un viaje en tren largo y agotador, de muchas horas.
En París, va de una reunión a otra, mientras él y Münzenberg tratan sin descanso de apaciguar los frágiles egos y el ensimismado resentimiento de la oposición política alemana.
Al menos, en el Lutetia tiene una cama cómoda donde dormir.
En el sur de Francia, los compañeros de exilio de Mann —aquellos artistas que pueden permitirse vivir holgadamente en una agradable colonia junto al mar— pasan el tiempo leyendo fragmentos de sus obras, tomando el té, bebiendo vino y despotricando unos de otros.
Instrucciones para la Dolina es un folleto dirigido a aficionados a la fotografía.
Oculto dentro de las páginas de este manual de instrucciones para una cámara plegable de 35 mm hay material producido por, entre otros, Heinrich Mann, que ha escrito un ensayo en nombre del Frente Popular Alemán con el fin de convencer a sus conciudadanos de que, en el exilio,
los adversarios políticos de Hitler están unidos y listos para la acción.
El 7 de marzo de 1936, las tropas de Hitler ocupan la Renania desmilitarizada.