La Internacional #3
El impulso, casi irresistible, de alargar la mano y agarrar de la panera los panecillos recién hechos cuando el camarero se da la vuelta.
El olor tentador del buen café. Pasa una joven atractiva.
Ni siquiera te ve. La fragancia de su perfume deja una estela que permanece flotando tras ella.
Por todas partes, esta apariencia de normalidad.
De pronto te entran ganas de gritar: «¡Despertad!»
Pero quienes viven vidas normales no son capaces de imaginar que su normalidad pueda terminar de golpe, en un solo momento, con un cataclismo: una bomba que cae, una guerra que se declara, un dictador que toma el poder.
Todo perdido, en un instante. Otro sonido: alemán, hablado en voz alta, voces que disputan (siempre están discutiendo).
El escándalo puede atraer una atención no deseada, incluso instigar la hostilidad de los huéspedes que giran la cabeza, molestos, para localizar la procedencia del ruido.
Pero el personal del Lutetia ha perfeccionado su actitud neutral.
No juzgan; al menos, no de puertas afuera.
Están ahí para hacer cómoda la vida de sus huéspedes, anticiparse a sus necesidades y permanecer invisibles.
Situados en los márgenes de la reunión, sosteniendo una bandeja con café listo para servir, ¿cómo van a saber que, en ese mismo hotel, muy pronto estarán tomando nota a otros clientes que también hablarán alemán?
En realidad, los exiliados alemanes causan poca impresión en el Lutetia, por la sencilla razón de que tan sólo son un grupo más de entre los cientos que alquilan una sala de reuniones cada año.
Pueden entrar, salir y volver cuando quieran, asistir a sus conferencias, sentarse en el bar si es que pueden permitirse las consumiciones, comer en el restaurante si es que pueden costeárselo, dormir en las habitaciones si es que...
Sí, ya lo sabemos, ya lo sabemos. Aquí hay mucha actividad: banquetes y bailes, ruedas de prensa y festejos anuales.
¿Por qué iba alguien a prestar más atención a una pandilla de políticos alemanes que a los cientos de exiliados rusos bulliciosamente borrachos —víctimas de la revolución bolchevique— que abarrotan el Salón Presidencial durante su baile anual de Año Nuevo?
Esto es territorio neutral, al fin y al cabo: ¿a quién le importa qué ideología profesen los huéspedes?
En marzo de 1936, Nikolái Bujarin, antiguo jefe de la Internacional Comunista, aparece al frente de una pequeña delegación y se hospeda en el hotel varias semanas.
A Bujarin lo sigue a todas partes la policía secreta de Stalin, el nkvd (el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética).
También lo vigila la policía francesa, pero por otros motivos.
Cuando reciben un soplo sobre un posible atentado contra el famoso bolchevique a cargo de algún grupo de exiliados rusos zaristas, acordonan el Lutetia durante dos días enteros para proteger a la delegación soviética.
La «gente del Lutetia»
Entre 1935 y 1938, los exiliados alemanes se reúnen varias veces en el Lutetia: a veces es el grupo ejecutivo más pequeño, conocido como el «Círculo Lutetia», a veces el pleno de la conferencia, el «Comité Lutetia».
Los nazis los llaman despectivamente «la gente del Lutetia» e intentan espiarlos.
Su objetivo es ambicioso: debatir a fondo un plan político y social —tanto su armazón teórico como los artículos fundamentales de una nueva Constitución alemana— para tenerlo listo y poder aplicarlo el día en que Hitler caiga por fin, cosa que sin duda habrá de ocurrir pronto.
Heinrich Mann, para quien el estilo y el respeto por la tradición son muy importantes, se siente especialmente a gusto en el Lutetia y se aloja siempre en una suite, aunque, con tantas reuniones como tiene, cabe preguntarse cuánto tiempo le queda para disfrutar de sus comodidades.
Escribe a su hermano Thomas: «Puedes localizarme por carta o telegrama hasta el 25 en París, Hotel Lutetia, Bd. Raspail.» [45]
No es tarea fácil, este rapprochement entre viejos enemigos: aunque los socialdemócratas de París se declaran dispuestos a restablecer comunicaciones con los comunistas, sus dirigentes en Praga siguen negándose a cooperar.
Lion Feuchtwanger, que está pasando unos días en la capital, logra encajar una reunión del comité entre su apretada agenda de aventuras amorosas.
[46] Le parece todo «poco llamativo» y, al día siguiente, después de almorzar con Heinrich Mann, declara que éste está «muy disgustado» por la falta de avances.
Tras otra cena con Mann, Willi Münzenberg y Babette Gross («aburrida»), Feuchtwanger decide que no puede soportar más cháchara política solemne y pone una excusa para no acudir a más reuniones.
Mientras tanto, en Alemania, el 15 de septiembre de 1935 Hitler promulga las Leyes de Núremberg —la Ley de Ciudadanía del Reich y la Ley para la Protección de la Sangre Alemana y del Honor Alemán—, que sientan las bases de la persecución oficial de los judíos por motivos raciales.
Si el referéndum del Sarre, celebrado a principios de año, ya había provocado un aumento brusco de la llegada a Francia de inmigrantes alemanes, ahora, el número de refugiados judíos que acuden en busca de asilo comienza a crecer de manera exponencial.
Eva Tichauer sigue viviendo fuera de la casa familiar cuando se entera de que su hermano pequeño, Felix, ha muerto por la afección pulmonar que lo atormentaba desde su nacimiento. Su muerte la deja como hija única de sus padres, su sola esperanza de futuro.
El Frente Popular Alemán
Más de un centenar de personas acuden a la reunión del Comité Lutetia del 2 de febrero de 1936 para marcar la creación oficial del Frente Popular Alemán, una reunión ilustre en la que están representadas todas las facetas de la vida política e intelectual alemana anterior al nazismo.
Heinrich Mann preside. Fred Stein fotografía a los asistentes.
La reunión es otro golpe maestro de Münzenberg, pero su mayor reto no consiste en unir a decenas de grupos e individuos diversos, sino en saber manejar el lastre que traen consigo desde Alemania.
Antes de 1933, los socialdemócratas eran el más influyente de los dos grandes partidos de oposición.
En Francia, el equilibrio de fuerzas ha cambiado: los comunistas superan con creces a los socialdemócratas.
Francia cuenta con un Partido Comunista bien organizado, con fuertes vínculos con el kpd, mientras que la dirección socialdemócrata alemana en el exilio, instalada en Praga, no comparte una estrategia con el Partido Socialista francés y se opone a la política del Frente Popular.
Varios miembros del spd que viven en Francia discrepan de la línea de actuación de sus dirigentes y han formado nuevas agrupaciones políticas sin abandonar formalmente el Partido.
Para complicarlo todo aún más, hay que contar con la presencia de decenas de partidos menores, además de los tres grupos principales.
Si a esto se suman los católicos antifascistas y un número notable de «pacifistas y demócratas» sin afiliación, el logro de Münzenberg al reunirlos a todos parece aún más milagroso.
Los dirigentes del kpd Walter Ulbricht y Wilhelm Pieck, en cambio, continúan empantanados en sus negociaciones en Praga: ninguna de las partes está dispuesta a superar los resentimientos y desavenencias políticas generados por la doctrina del «fascismo social» liderada por la Internacional
Comunista en los años veinte y comienzos de los treinta, que animaba a los comunistas a equiparar la socialdemocracia con el fascismo.
El spd, a su vez, consideraba fascistas a los estalinistas.
Ambos partidos estaban tan ocupados en combatirse entre sí, que fracasaron a la hora de impedir que los nazis tomaran el poder.
Las noticias que llegan de la reunión celebrada en el elegante hotel parisino, con el salón de banquetes abarrotado por los antifascistas más destacados de la Alemania de Weimar, provocan en Ulbricht y Pieck un violento acceso de celos.
Peor aún: entre la multitud se encuentran el antiguo ministro alemán del Interior, Rudolf Breitscheid —inconfundible por su altura y su mata de pelo blanco—, y el ex ministro prusiano del Interior Albert Grzesinski, ambos destacados miembros del spd que no forman parte de la sopade.
Ya circulan rumores en Praga de que Breitscheid y Grzesinski pretenden explotar las diferencias entre las tácticas de Ulbricht y Pieck en Praga y las de Münzenberg en París.
Inmediatamente después de la conferencia se publica una avalancha de borradores de manifiestos, programas y constituciones que, en términos diversos, llaman a la libertad, la igualdad y la unidad del pueblo alemán,
aunque ninguno de ellos formulado en términos remotamente aceptables para el Partido Comunista.
Walter Ulbricht no está satisfecho. La Komintern ha ordenado al kpd abrazar la política del Frente Popular, pero el primer éxito no es suyo, sino que pertenece a su odiado rival: Münzenberg.
Un espía de la Gestapo que buscara identificar a los actores principales de la política emigrada podría guiarse por la semblanza que Gustav Regler hace de Walter Ulbricht:
Tenía un rostro rígido por la malicia y, consciente de su propia fealdad, trataba de paliarla con una simbólica barba leninista, crecida alrededor de la barbilla mofletuda: un apéndice peludo que, sin embargo, no restaba a su boca de fauno un ápice de su arrogancia pequeñoburguesa.
Sus ojos (el derecho, agudamente observador, y el izquierdo, entrecerrado) se ocultaban tras unas gafas de maestro de escuela.
La frente, surcada por las arrugas de un pensamiento estéril, semejaba más alta, aunque no más intelectual, por el retroceso del cabello.
Tenía el aspecto de un sacerdote apóstata que visita casas oscuras. [47]
Mentes suspicaces
Nadie sabe cuántos agentes de la Gestapo hay en París.
En realidad, da igual, porque su presencia sombría se siente en todas partes, y ése es precisamente el objetivo.
Siguen a los activistas exiliados a las reuniones, anotan sus movimientos, fotografían a sus contactos.
Su propósito no es sólo averiguar qué hacen los exiliados: quieren sembrar la discordia, dividir la frágil unidad de la comunidad emigrada.