La Internacional #2
¿Puede él arrojar alguna luz sobre el asunto?
El empleado mira impasible a la joven y se encoge de hombros con gesto galo: «No es asunto mío por qué quieren que se vaya, señorita.»
Luego le concede una semana de prórroga y, con la brusca admonición débrouillez-vous, «apáñeselas», llama al siguiente.
Miles de refugiados están en la misma situación.
Son los «indeseables» de Francia. Cada día, antiguos ciudadanos alemanes, angustiados, contactan con algunos de los diversos comités creados para ofrecer ayuda.
«He recibido una orden de expulsión, sin que se mencionen los motivos; tengo diez días. Pero no he cometido ninguna falta y mis papeles están en regla. ¿Qué hago ahora? ¿Adónde voy?»
[40] Siguen incontables visitas a la Prefectura, un gigantesco edificio verde y sucio situado en la Île de la Cité, donde se enfrentan no sólo a una lengua desconocida sino a una falta total de comprensión de su situación por parte de los agentes.
—¿Es usted comunista? —pregunta un inspector al crítico teatral Maximilian Scheer.
—Soy crítico teatral.
—Entonces, ¿por qué se fue de Alemania?
—Porque allí no persiguen sólo a los comunistas, señor.[41]
Es una pesadilla absurda, agravada por el hecho de que las cosas no están mejor en otras partes: ningún país quiere a estos refugiados.
De hecho, compiten entre sí en regulaciones y restricciones que los haga menos atractivos como destino para la masa desesperada de seres humanos en busca de esa cosa intangible llamada hogar.
Walter Benjamin escribe a Max Horkheimer:
Mi situación es tan difícil como puede serlo cualquier situación financiera que no implique deudas.
[...] He reducido enormemente mis gastos cotidianos en comparación con abril, cuando regresé a París.
En consecuencia, ahora vivo como pensionista con algunos emigrados.
Además, he conseguido permiso para almorzar en un restaurante que tiene un acuerdo especial con intelectuales franceses.
Sin embargo, en primer lugar, este permiso es temporal y, en segundo, sólo puedo hacer uso de él los días en que no estoy en la biblioteca, porque el restaurante queda muy lejos de allí.
Mencionaré sólo de pasada que debería renovar mi carte d’identité, pero no tengo los cien francos que la gestión requiere.
Como supone una cuota de cincuenta francos, tampoco he podido afiliarme todavía a la Presse Étrangère, a lo que se me instó por razones administrativas.
Lo paradójico de esta situación es que, probablemente, mi trabajo nunca ha estado más cerca de tener utilidad pública de lo que lo está ahora mismo. [2]
El Frente Popular
En julio de 1935, la sensación de urgencia que viene empujando a los partidos de izquierdas europeos a cooperar llega por fin a Moscú, donde Georgi Dimitrov hace un anuncio formal en el vii Congreso de la Internacional Comunista para oficializar lo que ya está ocurriendo sobre el terreno,
invitando a los comunistas de toda Europa a abrazar a sus antiguos enemigos y a formar un «Frente Popular contra el fascismo y la guerra».
Qué lástima que hayan tardado tanto: en Alemania, el voto combinado de los comunistas y los socialdemócratas habría bastado para mantener a Hitler fuera del poder.
Mientras se encarga a los dirigentes del kpd Walter Ulbricht y Wilhelm Pieck que abran negociaciones formales con el Ejecutivo exiliado del Partido Socialdemócrata Alemán (sopade) en Praga, la misión de Willi Münzenberg consiste en reunir en París a las comunidades políticas exiliadas:
comunistas y socialdemócratas, el Partido Socialista Obrero de Alemania (sapd) y otros opositores prominentes de Hitler.
La idea, en suma, es seguir el camino abierto por los franceses y allanar el terreno para un Frente Popular Alemán.
Frustrados por la inacción de los políticos, un grupo de intelectuales —entre ellos Heinrich Mann— ya había creado el mes anterior un círculo informal conocido como el «Comité Provisional para la Preparación de un Frente Popular Alemán».
[43] Sus miembros han estado reuniéndose en el Hôtel des Sociétés Savantes, en la rue Serpente, cerca de la estación de metro de Odéon, inscribiéndose allí como un club de escritores y académicos bajo el nombre de «Sociedad Literaria».
El primer paso de Münzenberg es convencer a este grupo para que su sume a su nuevo comité, más grande y mejor, aunque todavía sin nombre.
El siguiente es encontrar un lugar adecuado para su nueva gran empresa.
No un café donde una docena de personas se apiñen alrededor de una mesa para gritarse unas a otras, sino un escenario a la altura de un proyecto político de esa ambición: un lugar donde puedan reunirse numerosos delegados.
¿Y qué mejor emplazamiento, por tanto, que un hotel?
No un establecimiento modesto como el Hôtel des Sociétés Savantes, que hace pensar en científicos y académicos rancios, sino un marco grandioso en el que puedan reunirse como un auténtico gobierno en el exilio.
Y qué hotel podría ser más apropiado que el único establecimiento de lujo situado en la margen izquierda, popular entre intelectuales, artistas y políticos por igual: esa institución parisina tan glamurosa y querida, el Hotel Lutetia.
Llamado por algunos la «Suiza de París» por su disposición a acoger a grupos políticos diversos, el Lutetia es un territorio neutral donde cualquiera puede reunirse.
El discreto personal del hotel no tendrá problema en acoger un congreso de activistas políticos alemanes exiliados.
Éste es el momento en que pasamos del exterior al interior.
¿A quién encarga Willi hacer la reserva?
No será él quien la haga: no habla francés.
¿A su secretario, Hans Schulz, quizá? ¿O a Babette?
Cabe imaginar la petición cortés, formulada en el mostrador: «¿Tienen alguna sala libre para acoger una reunión de varias decenas de invitados? ¿Quizá podríamos ver los salones disponibles? Aún no sabemos cuántos asistirán ni con qué frecuencia,
pero puedo dejar el depósito ahora mismo (cortesía de la Internacional, ya que lo pregunta).»
El Salón Presidencial es el más grande y el más exótico.
Aforo: al menos doscientas cincuenta personas.
«¿Necesitarán refrigerios, monsieur/madame?»
No podemos responder a esa pregunta, porque nadie registra jamás qué comen y beben los activistas políticos en sus reuniones. Sólo cabe pensar que ofrecer comida sería una estupenda manera de garantizar la asistencia entusiasta de un grupo de exiliados muertos de hambre.
El Comité Lutetia
La reunión inaugural del Comité Lutetia tiene lugar un día templado de finales de septiembre de 1935.
[44] Los asistentes entran en fila: dejan atrás el bullicio del boulevard Raspail y atraviesan la puerta giratoria para adentrarse en el vestíbulo del hotel y contemplar por primera vez, bajo sus pies, un mosaico que representa un barco.
Sobre sus cabezas cuelga una lámpara de araña enorme.
En un banco junto a la puerta, tres chicos de los recados con guantes blancos aguardan listos para actuar, mientras el jefe de conserjes, Roger Harrault (levita azul, cuello rojo), atiende a un huésped.
Muchos de los presentes hoy son los mismos exiliados hambrientos cuya vida transcurre en los cafés del boulevard du Montparnasse.
¿Cuántas veces han pasado por delante del Lutetia en sus paseos por el boulevard Raspail, mirando con anhelo a través del escaparate de la tetería?
Hoy, por fin están dentro. «¿Por dónde se llega al Salón Presidencial, por favor?»
«Arriba, a la derecha, primera planta.» El personal, impasible, observa el desfile de trajes raídos, rostros grises y zapatos gastados.
Willi Münzenberg mira con satisfacción cómo los delegados entran en el inmenso salón de banquetes.
Casi todos los invitados han acudido: hay cuatro representantes del Partido Comunista, veintidós socialdemócratas y otros veinticinco participantes, entre ellos varios intelectuales conocidos, como Heinrich Mann, Georg Bernhard e incluso Leopold Schwarzschild,
director de la exitosa revista semanal de emigrados alemanes Das Neue Tage-Buch y no precisamente famoso por sus simpatías comunistas.
Heinrich Mann ha vuelto a hacer el largo viaje en tren de Niza a París y se aloja en el hotel.
El aire se espesa pronto con el humo y en la atmósfera se mezclan el optimismo y la desconfianza.
Münzenberg toma las riendas y propone que Heinrich Mann sea nombrado presidente.
La propuesta se adopta por unanimidad y el nuevo cargo se suma al ya abultado repertorio de presidencias desempeñadas por Mann.
Se forma un comité ejecutivo reducido del Lutetia, de diez miembros, cuyo primer objetivo es promover la unidad antifascista entre los dos principales partidos de oposición alemanes, antaño hostiles: el kpd y el spd, y trabajar en la creación de un Frente Popular Alemán.
Mann es su presidente, por supuesto; Münzenberg está a su lado.
Así como antiguamente daban los lujos de la buena vida por sentados, ahora un delegado puede aprovechar una pausa en las sesiones para ir a los lavabos y disfrutar del sencillo placer de lavarse las manos con un jabón perfumado y frotárselas bajo el agua caliente mientras contempla su rostro en el
espejo, pensando en cuánto ha cambiado —y no para mejor—, al tiempo que un empleado le ofrece una toalla para secarse.
Un pensamiento terrible le cruza por la cabeza: si el empleado no estuviera delante, uno quizá se llevaría la toalla, o se guardaría algún rollo de papel higiénico para su hôtel garni, donde tienen que apañarse con pequeños trozos de papel de periódico ensartados en un gancho.
De vuelta hacia la sala llena de humo, quizá se detuviera un instante a encender un cigarrillo y afinar el oído, casi sin querer, para escuchar los familiares sonidos que acompañan el servicio del almuerzo: el tintineo de los platos, el murmullo de las conversaciones,
la agradable melodía de un piano, alguien tocando un ragtime.
Todo, en todas partes, remite a un pasado que ya no está a su alcance.
Te ruge el estómago. Ya estás acostumbrado a ignorarlo.
Los pantalones te bailan, aunque te hayas apretado el cinturón uno o dos agujeros más.