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La Internacional

En París se respira una energía nueva, una sensación de posibilidad, incluso de esperanza: la de que las fuerzas oscuras del fascismo puedan ser contenidas mediante el esfuerzo combinado de una oposición unida.

Cuando Willi Münzenberg decide organizar el primer Congreso en Defensa de la Cultura, celebrado en junio de 1935, logra convencer a doscientos escritores de treinta y siete países para que asistan:

un auténtico quién es quién del pensamiento liberal y de izquierdas en el que está representado un amplio abanico de posturas políticas y sociales.

Los participantes se reúnen en el enorme salón de actos de la Mutualité, en el decimoquinto arrondissement, para escuchar a Heinrich Mann pronunciar el discurso inaugural.

El público que, apiñado y sudoroso, abarrota el auditorio recibe sus palabras con una ovación entusiasta.

Entre los asistentes se cuentan Henri Barbusse, André Malraux, Louis Aragon, Iliá Ehrenburg, Mijaíl Koltsov, Borís Pasternak o Bertolt Brecht; además de E.

M. Forster y Aldous Huxley en representación del Reino Unido.

Walter Benjamin se mantiene en los márgenes de esta reunión ilustre.

No lo han invitado a intervenir, pero asiste a las conferencias y debates, sobre todo por el placer de pasar tiempo con su amigo Brecht, que ha acudido desde Dinamarca.

El gran triunfo del congreso se produce cuando André Gide proclama públicamente su adhesión al comunismo, pronunciando un discurso que causa sensación: uno de los intelectuales más destacados de Europa se compromete sin ambages con la causa comunista.

[34] Louis Aragon, henchido de orgullo por el éxito de aquella conversión (de la que se atribuye el mérito), está entre los muchos admiradores que rodean a Gide.

Aún más dramática es la aparición de un activista antinazi enmascarado que ha logrado escapar de Alemania para pronunciar su discurso, corriendo un gran riesgo personal.

Porta consigo pruebas de que existe una literatura clandestina en Alemania, lo que mantiene viva la esperanza de que «una oposición auténtica a los nazis es posible».

El público está ebrio de entusiasmo. Quienes documentan esa excitación son Gisèle Freund y Fred Stein.

Alzando sus cámaras con discreción, captan los rostros de los oradores.

Freund observa a «Henri Barbusse, con los rasgos ya devastados por la enfermedad; Aldous Huxley, medio ciego tras sus gruesas gafas; Bertolt Brecht, con su sonrisa tímida y la cabeza rapada como la de un preso; Iliá Ehrenburg, con su melena de león; Heinrich Mann, que parece un burgués tranquilo».

[35]

Anna Seghers pronuncia un discurso sentido.

Lion Feuchtwanger, que ha subido desde Sanary-sur-Mer, se entusiasma cuando el periodista soviético Mijaíl Koltsov le ofrece hacer una visita oficial a Moscú.

Gustav Regler, entretanto, se deja arrastrar a tal punto por la embriagadora atmósfera que, cuando le llega el turno de dirigirse al público, olvida el discurso preparado con esmero y, en su lugar, saca del bolsillo dos octavillas antinazis y las agita en el aire,

desafiando al agente de la Gestapo —convencido de que está sentado en algún lugar entre el público— a que suba a examinarlas.

—Quiero dirigir unas palabras a esa figura espectral de la policía secreta que nos sigue como la sombra sigue al sol.

Quiero decirle esto: ¡Habéis matado a Mühsam!

¡Tenéis preso a Ossietzky! ¡Pero no podréis silenciar nuestra voz!

¡Jamás apagaréis nuestro amor por el pueblo, ni la llama de nuestra pasión por la verdad!

Para asombro de Regler, en ese momento, toda la asamblea se pone en pie y, al unísono, los presentes comienzan a cantar. El poeta comunista Johannes R. Becher hace que Regler abandone el escenario.

—¿Estás loco?

—¿No oyes lo que están cantando? —pregunté, con la voz temblando de emoción.

—¡Precisamente! —me dijo, obligado gritar para hacerse oír sobre el poderoso coro que ya se alzaba—. ¡La Internacional! ¡Lo has echado todo a perder, nos has delatado! Este congreso ya no puede fingir neutralidad. ¡Dios santo! ¡Te van a expulsar del Partido!

Regler no alcanza a comprender el sentido de la advertencia. Mira a Gide, a Barbusse y a todos los demás en la tribuna, que se han levantado y se suman al canto.

—Se oirá al otro lado del Rin —dije, sin aliento.

—Eres un saboteador —respondió Becher.

Cuatro días después, en la reunión de su célula del Partido Comunista, Regler recibe una reprimenda del representante del Partido, que informa al escritor de que no le corresponde a ningún camarada individual decidir cuándo debe o no cantarse La Internacional.

«Las revoluciones no están obligadas a ser espontáneas», declara el responsable del Partido.

A continuación, el representante le recuerda a Regler que el Partido se encuentra en una fase clandestina y que romper la tapadera es contrarrevolucionario. La canción es como todo lo demás: un medio para un fin.

Alfred Kantorowicz, amigo íntimo de Regler, miembro de su célula comunista y autor de unos diarios implacablemente amargos, observa la tendencia de sus colegas escritores —«aficionados a llamar la atención»— a robar protagonismo.

[36] Sus camaradas del Partido, por su parte, son «charlatanes, intrigantes, chismosos, revolucionarios de oficina» que dedican (exactamente) el 60 % de su energía a alimentar su propia importancia, el 35 % a manchar la reputación ajena y sólo el 5 % a poner sus ideas en práctica.

Sobre Anna Seghers, añade que es «peculiar», aunque lo impresiona, pese a la evidente antipatía que ella siente hacia él.

Kantorowicz concluye afirmando que los personajes de Seghers son bidimensionales y que nunca será una gran escritora por falta de humanidad.

Aldous Huxley regresa a Sanary-sur-Mer disgustado por el carácter abiertamente comunista del acto: «Yo esperaba debates serios y técnicos, pero en realidad aquello no fue más que una serie de mítines públicos organizados por los escritores comunistas franceses para su propia glorificación y,

por parte de los rusos, como herramienta de propaganda soviética.» [37] Hasta ahí la fase clandestina.

El congreso no es el único espectáculo de la ciudad: se celebran manifestaciones multitudinarias que recorren París y que culminan el Día de la Bastilla, el 14 de julio, con una concentración masiva para conmemorar el nacimiento oficial del Frente Popular francés.

Medio millón de hombres, mujeres y niños marchan brazo con brazo desde la place de la Bastille hasta la Porte de Vincennes.

Llevan banderas y pancartas, carteles que declaran su compromiso con la paz y la lucha contra el fascismo.

Con los puños en alto, cantan La Marsellesa y La Internacional.

Gritan «¡Pan y trabajo!», «¡La unidad vencerá!»

y «¡Frente Popular!». ¡Qué momento de esperanza para los exiliados alemanes, presenciar este instante simbólico de la historia francesa! Seguro que no todo está perdido.

Ese mismo día, una marcha rival organizada por el derechista Frente Nacional se dirige hacia la Tumba del Soldado Desconocido, ondeando las banderas de la Croix-de-Feu.

Aunque ambos grupos no llegan a encontrarse ni a chocar, como tantas veces ha sucedido en los últimos años con multitudes rivales, una breve nota publicada en un periódico francés revela una jugosa información: apenas unos días antes de ese acontecimiento, cerca de un centenar de jóvenes alemanes,

ataviados con camisas pardas y esvásticas y mochilas al hombro, llegaron en autobús, escoltados por un coche de policía, y se detuvieron delante del Lycée Michelet, en el barrio residencial parisino de Vanves.

[38] Los jóvenes formaron para pasar revista, saludaron a su jefe con el brazo en alto y luego se instalaron en el colegio.

Ese mismo día llegó en autocares otro grupo de alemanes que se alojaron en el Hotel Lutetia.

El periódico no comenta su atuendo, pero no podía tratarse de exiliados, porque los exiliados no viajan en masa y, desde luego, no pueden permitirse los precios del mejor hotel de la margen izquierda.

Se suceden noticias similares del avistamiento de grandes grupos de alemanes en distintas zonas de barrios parisinos de las afueras.

El autor del artículo plantea la pregunta obvia: ¿hay relación entre la llegada de esos extranjeros y las manifestaciones previstas para el 14 de julio?

¿O son simplemente grupos de inocentes turistas alemanes que han venido a admirar París en verano?

Heinrich Mann regresa al sur de Francia, y Nelly y él se mudan a un apartamento en el balneario costero de Bandol, donde pasarán unas semanas de vacaciones.

Mann está agotado: además de sus actividades políticas, acaba de terminar el primer volumen de su novela histórica, Enrique IV.

Pero el peso del liderazgo recae con fuerza sobre sus hombros y ni siquiera mientras está de vacaciones logra descansar del todo: desde Bandol escribe a Willi Münzenberg para decirle que no tienen tiempo que perder en sus planes para derrocar a los nazis.

La izquierda francesa se está uniendo para combatir el fascismo.

Algo tenemos que hacer nosotros, los exiliados alemanes: algo más que discursos bonitos.

Débrouillez-vous

Gisèle Freund llega al piso de Adrienne Monnier, en el número 18 de la rue de l’Odéon, presa del pánico.

[39] Tras perder la ciudadanía alemana, ha recibido una orden de expulsión y le han dado cuarenta y ocho horas para hacer las maletas.

Adrienne, siempre serena, le ofrece de inmediato que se quede con ella hasta que todo se aclare.

Sylvia —con quien comparte el piso— está en Estados Unidos, y vivir en un hogar francés la protegerá.

No hace falta decir nada más. Gisèle acepta y se muda ese mismo día.

En la Prefectura de Policía, la sala de espera ya está abarrotada de hombres, mujeres y niños.

En el aire flota un olor acre a sudor y tabaco.

Los agentes de policía franceses intentan organizar y contener a los extranjeros, ansiosos y desesperados: «Tenga, aquí tiene su ticket. Espere su turno. La llamarán por su número.»

Hasta las tres de la tarde no llaman a Gisèle para hablar con un empleado de aspecto exhausto.

Ella le explica el problema: no tiene pasaporte y ahora ha recibido esta orden de abandonar el país, por razones desconocidas.