Hotel Exilio Mann
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Mann

Heinrich Mann escribe sin parar —cartas, discursos, artículos—, en casa o en cafés, en hoteles, bistrós y salas de espera de estaciones de tren.

Pero, sobre todo, trabaja en su novela histórica sobre el rey francés Enrique IV.

En su mesa habitual del Café Monnot, en Niza, el camarero lo conoce como monsieur Henri.

[30] Su compañera, Nelly, lo mecanografía todo, lee los periódicos, escucha la radio.

Reciben invitados, comen y beben bien, disfrutan del cálido clima mediterráneo (no así de los mosquitos).

Nelly deja las ventanas abiertas para que los pájaros entren y salgan, y les pone comida.

Por lo visto, no perturban al escritor mientras trabaja.

A los sesenta y tres años, Heinrich Mann es uno de los exiliados de mayor edad y uno de los primeros a quienes se despoja de la ciudadanía alemana.

No tiene papeles, así que no puede viajar al extranjero, pero su trabajo en Francia lo mantiene ocupado sin descanso y se empeña en hacer el largo viaje en tren de Niza a París cuando hay reuniones a las que asistir.

Durante esas estancias se aloja a veces en el Hôtel du Louvre y, más tarde, en el Lutetia.

A diferencia de su hermano Thomas —exiliado en Suiza y reticente a hacer declaraciones políticas explícitas—, Heinrich Mann ha aceptado convertirse en el rostro público de una serie de organizaciones opositoras en el exilio:

en octubre de 1933 es elegido presidente honorario del Schutzverband Deutscher Schriftsteller, el Sindicato de Escritores Alemanes en el exilio; en abril de 1934 acepta la presidencia de la sección alemana en el exilio de la asociación internacional de escritores pen.

El 10 de mayo de 1934, primer aniversario de la orgía de quema de libros que barrió la Alemania nazi, Mann está en París inaugurando una nueva iniciativa de Willi Münzenberg: la Deut­sche Freiheitsbibliothek, la Biblioteca Alemana de la Libertad.

Situada en un rincón de Montparnasse, en el 65 del boulevard Arago, la biblioteca reúne en unas pocas salas más de veinte mil libros y panfletos prohibidos por Hitler, gran parte de ellos material acumulado durante la preparación del Libro pardo. Su director es Alfred Kantorowicz.

Durante meses, Heinrich Mann acude disciplinadamente a todas estas manifestaciones de signo antifascista, pero en el fondo se siente frustrado: ¿de qué sirven tantas iniciativas loables si no se hace nada concreto para derrotar a Hitler?

Debería producirse algún tipo de acción.

Mann mira a la izquierda francesa y ve en ella señales de algo que desea con todas sus fuerzas que sus colegas alemanes imiten: cooperación.

En los últimos meses, la sociedad gala se ha visto sacudida por acontecimientos que han empujado a comunistas y socialistas a trabajar juntos.

Stavisky

Pese a su aislamiento, los exiliados no viven al margen de la efervescencia política del período, sino junto a ella, presenciando la lucha entre derecha e izquierda que convulsiona Europa y participando en ella.

En febrero de 1934, estalla la violencia en París cuando grupos de extrema derecha salen a la calle para protestar contra el Gobierno tras el «asunto Stavisky», un escándalo financiero que implica a un judío nacido en Ucrania, Alexandre Stavisky, y que salpica a las más altas esferas del poder.

En la atmósfera febril que sigue a los disturbios, muchos inmigrantes sufren ataques verbales.

En ciertas secciones de la prensa se lanzan campañas ferozmente antisemitas que subrayan que Stavisky es un judío extranjero.

Las ligas protofascistas y sus partidarios aprovechan como pretexto la corrupción gubernamental, no sólo para fomentar un clima de xenofobia, sino para presionar a la serie de gobiernos efímeros que se suceden en los meses siguientes y forzarlos a adoptar políticas duras contra los inmigrantes.

Cuando un revolucionario búlgaro asesina al rey Alejandro de Yugoslavia y al ministro francés de Asuntos Exteriores, Louis Barthou, durante una visita oficial a Marsella en octubre de 1934, se desata una nueva oleada de xenofobia.

El Gobierno introduce entonces una legislación que deniega el permiso de residencia a los extranjeros si carecen de permiso de trabajo.

[31] Quienquiera que no disponga de permiso de residencia puede ser expulsado.

A partir de ahora, Francia únicamente debe servir como país de tránsito.

Los políticos de izquierdas intervienen en el Parlamento en defensa de los inmigrantes; el líder socialista Léon Blum alza la voz y hace alusión particular a los exiliados alemanes: «Entre los hombres que abandonan su país antes que unirse a un gobierno que oprime su pensamiento»,

le dice al ministro del Interior, «los más dignos, los más heroicos, aquellos a quienes debería prodigarse la hospitalidad más benévola, son precisamente los que han cruzado la frontera solos, desnudos, sin recursos».

En su respuesta, el ministro del Interior, Marcel Régnier, habla de elementos indeseables «que no sólo atestan nuestras ciudades y campos, sino que compiten con los trabajadores franceses, agravando el paro».

Pero de lo malo puede surgir algo bueno: en respuesta a los disturbios, los sindicatos organizan una huelga general y manifestaciones masivas contra lo que consideran un intento de golpe fascista.

Un grupo de destacados intelectuales franceses —entre ellos, Louis Aragon, Henri Barbusse, Paul Éluard, André Gide y André Malraux— forma un Comité de Vigilancia.

En toda Europa crece entre los políticos de izquierdas la convicción de que ha llegado el momento de alzarse por encima de sus diferencias para formar un frente unido contra la amenaza creciente del fascismo.

Contra las esperanzas de los exiliados que han huido de Alemania, el régimen de Hitler no se ha derrumbado.

Al contrario: se fortalece y se envalentona con cada mes que pasa.

Cuando, en junio de 1934, cientos de miembros de las sa mueren asesinados a manos de las ss por orden de Hitler, los exiliados lo celebran, creyendo que la llamada «Noche de los Cuchillos Largos» anuncia la desintegración inminente del régimen nazi.

Nada más lejos de la realidad. A comienzos de agosto, Gustav Regler está en la imprenta, corrigiendo las pruebas de un artículo que vaticina la caída del nuevo Reich, cuando oye la noticia de que, tras la muerte del anciano presidente Hindenburg,

Hitler ha emitido un decreto por el que los cargos de presidente y canciller quedan unificados.

Desde entonces será conocido como el Führer de Alemania, su líder supremo.

A todos los miembros de las fuerzas armadas se les exigirá jurar lealtad a su persona.

No, el régimen nazi no ha caído. Al contrario: Hitler ha consolidado su poder con tal rapidez y eficacia que los ciudadanos que lo eligieron canciller de Alemania apenas tienen tiempo para darse cuenta de que ahora es su dictador.

Para Heinrich Mann, resulta evidente: fue la fragmentación de la oposición a Hitler lo que permitió el triunfo nazi. ¿Cuándo van a captar el mensaje los apparátchiks del partido, a enterrar sus diferencias y a trabajar juntos por el bien común?

¿O esa idea es sólo una quimera?

Mientras tanto, los inmigrantes alemanes siguen llegando a Francia a un ritmo de cientos, a veces miles, al mes.

Ya no se trata de los intelectuales prominentes y líderes políticos que huyeron en la primera oleada, sino de individuos y familias cada vez más desesperados: la mayoría son judíos, muchos sin medio alguno de subsistencia.

Cuando, en enero de 1935, se pide a los habitantes de la cuenca minera del Sarre que decidan en referéndum si desean seguir bajo la administración de la Sociedad de Naciones, pasar a formar parte de Francia o reunificarse con Alemania,

los electores votan de manera rotunda a favor de incorporarse al Reich.

(4) Al día siguiente, varios miles de nuevos refugiados, tanto sarrenses como alemanes, llegan a Francia huyendo de la persecución nazi. La inmensa mayoría está en la miseria.

Con cada oleada sucesiva de emigrantes, la demografía cambia y, en consonancia, la bienvenida francesa se enfría.

Bajo las nuevas leyes, los inmigrantes se ven derivados de una oficina a otra, atrapados en un círculo vicioso: no hay documento de identidad sin trabajo; no hay trabajo sin documento de identidad.

Tarde o temprano, todo el mundo acaba cometiendo una infracción, lo sepa o no.

Primero llega el papel azul: refoulement (devolución). Después el rosa: expulsión.

En la cena anual de la British Legion, celebrada en el Hotel Lutetia en noviembre de 1934, los invitados reunidos prorrumpen en una entusiasta interpretación de una canción infantil tradicional:[32]

Cuantos más estemos juntos,

juntos, juntos,

cuantos más estemos juntos,

más felices seremos,

porque tus amigos son mis amigos

y mis amigos son tus amigos;

así que cuantos más estemos juntos,

más felices seremos.

Adrienne

Gisèle Freund por fin ha terminado su tesis doctoral, pero no puede permitirse imprimirla, como exigen las normas de la Sorbona, lo que significa que tiene que aplazar la defensa.

[33] Una fría mañana de marzo de 1935, pasea por la rue de l’Odéon cuando un gato, dormido en un sillón Luis XV en el escaparate de una tienda de antigüedades, le llama la atención.

Un poco más adelante se fija en una librería, pintada de gris. Sobre la puerta hay un rótulo:

la maison des amis des livres

biblioteca de préstamo

librería

a. monnier

Fuera hay una cajita llena de libros a la venta.

Se detiene a rebuscar. Al encontrar un volumen cuyo título y precio le gustan, Gisèle entra en la tienda.

En el centro del espacio hay una mesa larga donde varios clientes hojean las últimas novedades.

De las paredes, entre las estanterías atestadas de libros, cuelgan retratos de escritores.

Sentada en una mesa de trabajo frente a la entrada, hay una mujer bajita y regordeta de unos cuarenta años, con el pelo castaño cortado al ras.

Lleva un chaleco gris sobre un jersey de lana y una falda campesina larga y plisada.

Detrás de ella, en un rincón, hay una pequeña estufa negra.

La mujer levanta la cabeza y le dedica a Gisèle una sonrisa alentadora.

Sus ojos, de un marrón verdoso, reflejan una inteligencia aguda; todo su ser irradia un aire de serenidad absoluta.

Es la dueña: Adrienne Monnier, poeta, escritora, feminista y editora, casi una leyenda en los círculos literarios parisinos.

La Maison des Amis des Livres de Monnier no es sólo una librería, sino también una biblioteca de préstamo, una editorial y un espacio de exposiciones.

Desde los años veinte, ella y Sylvia Beach —que regenta, justo enfrente, la igualmente célebre librería de libros en inglés Shakespeare y Adrienne Monnier, quien publicó la traducción francesa.

Adrienne y Gisèle entablan conversación.

Adrienne no tarda en descubrir que la joven es una estudiante y una exiliada antinazi que sabe muy poco de literatura francesa, pero habla un francés excelente y un inglés fluido.

Adrienne la anima a suscribirse a la biblioteca de préstamo, promete orientarla en sus lecturas y se ofrece a cruzar la calle para presentarle a Sylvia.

Gisèle se convierte enseguida en visitante habitual de la rue de l’Odéon, y acude a menudo acompañada por Walter Benjamin, a quien Monnier aprecia y admira mucho.

Adrienne se convierte en la mentora de Gisèle, en su protectora y, durante un tiempo, también en su pareja, abriendo los horizontes de la joven fotógrafa al introducirla en los círculos literarios franceses.

Uno de los primeros retratos de Gisèle es de André Malraux, quien poco después la invita a cubrir el Primer Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, previsto para junio.

La nueva vida de Gisèle por fin empieza a tomar forma cuando, a regañadientes, hace una visita al consulado alemán porque su pasaporte ha caducado. En vez de sellarlo, el funcionario lo rompe.

—Usted ya no es ciudadana alemana —le dice.