Hotel Exilio El Zar Rojo
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El Zar Rojo

Cuando Gustav Regler llega a París en la primavera de 1933, lo primero que hace es presentarse, planos en mano, en la oficina del famoso propagandista y ex diputado comunista Willi Münzenberg.

Acceder al apartamento de la rue du Faubourg Saint-Honoré no es fácil: en Alemania han puesto precio a la cabeza de Münzenberg, y a sus empleados se les ha ordenado que no dejen pasar a nadie a quien no conozcan personalmente.

Desde su llegada a París, Willi y Babette están bajo vigilancia de la policía francesa, tanto como medida de precaución como de protección (ya en julio de 1933, la policía francesa registra la existencia de un plan nazi para secuestrar a Münzenberg).

[26] Münzenberg está acostumbrado a ser cauto: se asegura de que los preparativos de su nueva empresa no se lleven a cabo en su propio piso y, en lugar de ello, alquila un apartamento en el elegante octavo arrondissement para usarlo como oficina.

Mientras Regler explica su misión al joven receloso que le abre la puerta —añadiendo que, según cree, es de hecho un empleado de Münzenberg—, llega el propio Willi y todo queda aclarado.

Regler recibe una cálida bienvenida y lo presentan al equipo.

El círculo íntimo de Münzenberg lo componen cinco personas que escaparon con él a Francia: Babette Gross, Otto Katz y los «Tres Mosqueteros», que son los secretarios Hans Schulz y Jopp Fuellenberg, y el chófer Emil Berger.

[27] Dentro, el salón está lleno de libros y periódicos, y el aire, cargado de humo.

La atmósfera es enérgica, casi febril. Puede que Regler aún no lo sepa, pero ha llegado al epicentro de la actividad antifascista alemana en Francia, un núcleo de actividad constante que guarda un profundo contraste con la apatía que aflige a tantos de sus compatriotas exiliados.

Entre el personal, hay caras que Regler conoce bien: el periodista Kurt Kesten, el escritor y crítico Alfred Kantorowicz y Arthur Koestler, con su extraña cara de nutria y el sempiterno cigarrillo colgándole de los labios.

En el corazón de esa operación se yergue un hombre cuya energía se transmite como una corriente eléctrica a todos los que lo rodean.

Willi Münzenberg es un outsider excepcional dentro de los ambientes comunistas, controlados con mano férrea.

A través de las amplias actividades del Fondo de Ayuda Internacional de los Trabajadores (iah por sus siglas en alemán), con sede en Berlín —y apodado «fondo Münzenberg»—, que abarca periódicos, revistas, asociaciones, comités, producciones cinematográficas y teatrales,

Willi ha logrado llegar a un público internacional con el que la prensa oficial del Partido sólo puede soñar.

Su don singular como propagandista —su genio, incluso— radica en su capacidad para persuadir a los «compañeros de viaje» —simpatizantes liberales, intelectuales progresistas y figuras públicas— para que presten su nombre a alguna de sus organizaciones,

a menudo sin darse cuenta de que están proporcionando una tapadera para una empresa financiada por la Komintern.

(3) Su éxito le otorga una libertad extraordinaria: Münzenberg responde directamente ante la organización de Moscú, en lugar de hacerlo ante los partidos comunistas locales, lo que despierta los celos de los piadosos dirigentes del kpd alemán, y en particular de Walter Ulbricht y Wilhelm Pieck,

que lo detestan con toda el alma.

Su temprana amistad con Lenin contribuye a reforzar su poder y su aura de intocable.

El estilo de trabajo de Münzenberg es frenético, áspero e implacable. En sus visitas diarias al apartamento, irrumpe en la habitación «con la despreocupación de un tanque reventando una pared» para dar órdenes a una velocidad endiablada:

«Escribe a Feuchtwanger», le dictaba a su secretario, el alto, cojo y discreto Hans Schulz, de quien se decía que trabajaba hasta las tres o las cuatro de la madrugada para dar forma a las ideas que brotaban sin cesar del fértil cerebro de Willi.

«Dile que hemos recibido artículos y tal. Pídele que nos haga un folleto, diez mil ejemplares para meterlos de contrabando en Alemania, defendiendo el legado cultural y tal, la tradición de Goethe y tal, lo demás que lo resuelva él, besos y abrazos.» [28]

Y, sin embargo, sus jóvenes colaboradores —apodados los Münzenberg-Leute («la gente de Münzenberg»)— están entregados a su carisma.

Babette es el opuesto físico de Willi: alta, patricia, nacida en una acomodada familia de clase media, cuyos valores burgueses ella y su hermana Grete han rechazado de plano.

Su primer matrimonio, con el escritor Fritz Gross, terminó cuando Fritz cometió la insensatez de presentársela a Münzenberg.

Ella y Fritz tienen un hijo, Peter, que permanece en Alemania con los padres de Fritz.

Babette y Willi nunca se han molestado en celebrar algo tan burgués como una boda, pero lo comparten todo —vida, trabajo, compromiso— y se consideran casados.

Babette, que habla un francés fluido, se ocupa de las finanzas de las empresas editoriales de Willi y gestiona todos sus contactos franceses.

También es el único miembro del círculo —aparte de Emil— que sabe conducir el Ford verde, de fabricación francesa, que han comprado para sustituir al Lincoln negro.

Regler llega justo cuando los preparativos del nuevo proyecto de Münzenberg alcanzan su punto álgido.

El «contrajuicio»

Poco después de que detuvieran a Marinus van der Lubbe por provocar el incendio del Reichstag, los nazis decidieron que era inconcebible que hubiese actuado solo y arrestaron de inmediato a tres comunistas búlgaros que casualmente estaban en Berlín en ese momento, entre ellos Georgi Dimitrov,

quien no mucho más tarde se convertiría en jefe de la Komintern.

Luego detuvieron al presidente del Partido Comunista Alemán en el Reichstag, Ernst Torgler, y acusaron a los cuatro hombres de ser los cerebros del incendio.

Antes de que los nazis puedan siquiera iniciar el juicio, Willi Münzenberg se les adelanta organizando en Londres un «contrajuicio» ficticio y publicando El libro pardo del incendio del Reichstag y el terror hitleriano.

Elaborada con una rapidez asombrosa por el equipo parisino de Münzenberg, la publicación pretende provocar una explosión de gran alcance: el Libro pardo contiene numerosos testimonios de la brutalidad nazi, respaldados con fotografías,

además de noventa páginas de documentación destinadas a probar que un equipo de incendiarios patrocinados por los nazis entró en el Reichstag por un túnel secreto desde la residencia oficial de Göring, prendió fuego al edificio y luego se puso a salvo regresando por el mismo túnel,

para convertir al desdichado Van der Lubbe en chivo expiatorio.

Toda la operación —argumenta el libro— la concibieron los nazis con el fin de crear un acontecimiento espectacular que originara el suficiente impacto como para justificar la eliminación de sus adversarios políticos.

El «contrajuicio» del Reichstag se celebra en la sala de reuniones del Colegio de Abogados de Inglaterra y Gales, en Londres, en septiembre de 1933, con asistencia de la prensa internacional en pleno.

Münzenberg, que ha hecho varios viajes a la capital británica para organizar el acto, logra convencer a sir Stafford Cripps para que lo presida, junto con H.

G. Wells y la conocida diputada laborista «Red» Ellen Wilkinson.

Durante cinco días, comparecen treinta expertos y testigos.

El veredicto, dictado el 20 de septiembre y publicado en quince idiomas, concluye que no existe conexión entre el kpd y el incendio del Reichstag y que, con toda probabilidad, el fuego fue provocado a instancias de los líderes nazis.

Para cuando empieza el juicio real, la propaganda de Münzenberg ha convencido con tal eficacia al público de la inocencia de los cuatro comunistas acusados, que el tribunal de Leipzig, presionado por la opinión pública internacional, los declara inocentes.

Van der Lubbe, que había confesado el delito, no puede salvarse y lo condenan a muerte.

Como señalaría más tarde Arthur Koestler, en realidad, nadie en la extraordinaria empresa de Münzenberg tenía la menor idea de cuáles habían sido las circunstancias concretas del incendio.

«Tuvimos que apoyarnos en conjeturas, en faroles y en un conocimiento intuitivo de los métodos y las mentes de nuestros adversarios en la conspiración totalitaria.»

[29] Si el mundo creía que la pantomima que se representaba ante sus ojos era una lucha entre la verdad y la falsedad, la realidad era algo más turbia: ambos bandos mentían, y ambos temían que el otro supiera más de lo que realmente sabía.

Para Koestler —por entonces un escritor en ciernes y un miembro activo del Partido Comunista—, la experiencia del juicio y el contrajuicio supuso una lección valiosa sobre la naturaleza de la política: «Que en el terreno de la propaganda la media verdad era un arma superior a la verdad,

y que estar a la defensiva implica ser derrotado. Me enseñó sobre todo que, en este terreno, una democracia está siempre en desventaja frente a un adversario totalitario.»

Durante los cuatro años siguientes de su exilio parisino, Münzenberg creará y financiará, en nombre de la Komintern, una vertiginosa constelación de comités, convenciones, ligas y congresos.

El Zar Rojo aprovecha su primera oportunidad apenas un par de meses después de llegar a París, cuando el 10 de mayo de 1933 los nazis comienzan a quemar libros en ceremonias solemnes:

cada ejemplar es denunciado con un Feuerspruch —un «discurso de fuego»— pronunciado al son de la música marcial tocada por una banda de las sa.

Münzenberg moviliza de inmediato a decenas de figuras internacionales en torno a un frente llamado Comité Mundial de Socorro a las Víctimas del Fascismo Alemán, para protestar contra la supresión de la libertad intelectual en Alemania.

Después vendrán el Comité contra la Guerra Imperialista y el Fascismo; el Congreso Obrero Antifascista; el Congreso de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo; el Hogar para Niños Refugiados; la Biblioteca Alemana de la Libertad; el Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura;

el Comité de Ayuda de Guerra a la España Republicana; el Comité de Investigación sobre Presuntas Violaciones del Acuerdo de No Intervención en España, y así sucesivamente.

El objetivo de estas organizaciones es siempre el mismo: hacer publicidad y recaudar fondos para la causa antifascista, persuadiendo a intelectuales prominentes para que actúen como su rostro visible.

El compañero de Münzenberg en muchas de estas iniciativas es un hombre para quien desempeñar el agotador y a menudo incómodo papel de representante del movimiento antifascista en el exilio constituye su solemne deber hacia el pueblo alemán: el escritor Heinrich Mann.