Hotel Exilio El flâneur
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El flâneur

Walter Benjamin ama París; ha amado París desde la primera vez que quedó hechizado por sus cafés y sus pasajes, por sus anchos bulevares flanqueados de edificios.

París es la ciudad donde más en casa se ha sentido siempre: la ciudad de los flâneurs —paseantes urbanos, ociosos, mirones—, un concepto nacido en la Francia del siglo xix e introducido al público alemán por el íntimo amigo de Benjamin, Franz Hessel,

con quien Benjamin —en los buenos tiempos— tradujo a Proust.

Y París es el tema del monumental proyecto inacabado de Benjamin, el Libro de los pasajes, que lo absorbe y lo obsesiona mientras el viejo mundo se desintegra a su alrededor.

En realidad, el París que tanto cautiva a Benjamin no es la ciudad que habita hoy, donde —tras huir de Alemania— vive en la penuria, en hoteles baratos,

sobreviviendo gracias a los pagos esporádicos que su colega Max Horkheimer le envía por los artículos publicados en la revista del Instituto de Investigación Social, con sede inicial en Fráncfort, después en Ginebra y, ahora, en Nueva York.

Más adelante, Benjamin encuentra una habitación en la rue Dombasle, en el decimoquinto arrondissement, que subarrienda a un amigo.

Durante un tiempo, Arthur Koestler vive en el mismo edificio.

Benjamin es un extraño entre extraños: un hombre a la vez adelantado a su tiempo y devorado por el pasado.

No halla consuelo en las multitudes de exiliados; prefiere, en cambio, la compañía de los libros en su amada Bibliothèque, donde, antes de la catástrofe, pasó tantas horas felices.

Es allí donde ahora busca refugio de la lucha interminable por la supervivencia, caminando cada día para sentarse en la sala de lectura.

Escribe sin parar sobre cualquier cosa que despierte su curiosidad; su letra diminuta trepa por los márgenes de papeles, postales y libros.

En la Bibliothèque nationale termina París, capital del siglo xix y La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, que más tarde —mucho más tarde, mucho después de su muerte— se convertirán en textos fundamentales de la teoría cultural.

Cuando Gisèle ve a Benjamin en la biblioteca, no duda en saludarlo.

Lo conoce de vista de sus años de estudiante en Fráncfort, donde asistió a clases en el Instituto de Investigación Social y tuvo como profesores a Max Horkheimer y a Theodor Adorno.

Benjamin y ella pronto comienzan a verse con regularidad.

Forman una pareja improbable: ella, joven, atractiva, segura de sí misma; él, fornido, serio, tímido en extremo, con el espeso cabello ya encanecido y unas gafas de búho.

Ella se mueve con soltura en cualquier ambiente; él es rígido y torpe y lo envuelve un aura de formalidad germana algo anticuada.

Pero conectan, y en poco tiempo se hacen muy buenos amigos.

A veces pasean por los corredores, o cruzan la rue de Richelieu para sentarse en un banco de la plaza Louvois, donde Benjamin fuma en pipa mientras hablan de política o de literatura contemporánea.

A menudo salen juntos de la biblioteca a la hora del cierre y cruzan las Tullerías y el muelle que hay junto al Sena, donde Benjamin siempre se detiene ante los puestos de libros.

Dos veces por semana se reúnen para jugar al ajedrez en el primer piso de un café del boulevard Saint-Germain, donde piden un único café negro que les dura toda la partida.

Resulta que Benjamin tiene mal perder. Freund ha empezado a hacer retratos de sus conocidos.

Le roba una fotografía a Benjamin en su hábitat natural.

Studio Stein

Empezar desde abajo es algo natural para la gente joven; vivir con poco es más sencillo para quienes vienen de llevar una vida de estudiante.

Además de que poseen ese ingrediente adicional, indefinible, que acompaña a la juventud, llámese optimismo, esperanza ciega o ingenuidad.

Sea lo que sea, permite que personas como Gisèle Freund y otra pareja de exiliados alemanes, Fred y Lilo Stein, se abran camino a codazos en una profesión que —por suerte— está en pañales: el fotoperiodismo.

Como Gisèle Freund, Fred Stein tiene veinticuatro años cuando huye de Alemania recién casado con su esposa Lilo, con el pretexto de irse de luna de miel.

[22] En Dresde, a Fred lo obligaron a abandonar la carrera, a tan sólo tres semanas de obtener la titulación en Derecho, por «falta de fiabilidad racial y nacional», y después a huir del país por su actividad política como miembro del sapd.

Sabe que ejercer la abogacía en Francia no es una opción, pero —como Gisèle— cuenta con una gran ventaja frente a sus compatriotas ya consagrados: no tiene una larga carrera que dejar atrás y de la que lamentarse.

Sin conocimientos técnicos ni más herramientas que una pequeña cámara Leica que se compraron como regalo de boda y una ampliadora modesta que adquieren en París, Fred y Lilo anuncian con audacia la apertura de su «Studio Stein».

Colocan un par de fotografías en el escaparate exterior del edificio y empiezan a buscar clientes: rastrean los periódicos y los anuncios locales en busca de bodas y otros eventos, se presentan en el salón del barrio, donde montan su «estudio» en un rincón con un cartel hecho a mano,

reparten retratos de muestra gratuitos y esperan a que lleguen clientes.

Vuelven a casa de madrugada, rendidos, pero con algo de dinero en el bolsillo.

Aunque Fred ha­bía imaginado que haría carrera en el ámbito de la ley, encuentra por accidente en la fotografía su verdadera vocación.

Implica una existencia precaria, pero que lo deleita y lo colma.

Aunque todavía no se conocen, a lo largo de los años siguientes, los caminos de Fred Stein y Gisèle Freund se cruzarán de tanto en tanto, a medida que ambos descubren su talento para el retrato.

Pero mientras que Gisèle se siente atraída por el mundo literario francés, a Fred, su pasado como activista político lo mantiene anclado en la comunidad de emigrados alemanes.

Si Gisèle retrata a las estrellas emergentes del firmamento literario galo, Fred documenta —gratis, por supuesto— a las principales «personalidades» intelectuales del exilio alemán que encuentra en las reuniones de las diversas organizaciones que surgen en París a partir de 1933: Heinrich Mann,

Anna Seghers, Alfred Kantorowicz, Lion Feuchtwanger, Gustav Regler y decenas más. Fred los retrata a todos.

Trabajo

Sí, para los jóvenes es mucho más fácil.

Pese a tener toda la documentación en regla, los padres de Eva Tichauer se desviven por conseguir un empleo.

[23] Como Fred Stein, Theodor descubre pronto que para que un extranjero ejerza la abogacía en la Francia de los años treinta ha de cumplir una serie de condiciones que se antojan imposibles: hace falta dinero y papeles, títulos recientes, influencia, contactos.

Pese a toda su experiencia como letrado en Alemania, Theodor no tiene nada de eso.

De modo que hace lo que puede: prueba suerte con una serie de trabajos manuales para los que carece del menor talento, y proyectos comerciales que fracasan al poco de empezar.

Es un intelectual, un hombre que se formó durante años para ser competente en una profesión concreta.

Es incapaz de adaptarse. Erna, que habla varios idiomas, se las arregla para conseguir algunos trabajillos sueltos como traductora.

Decididos a que su hija de quince años se integre allí donde ellos no logran hacerlo, Theodor y Erna deciden colocar a Eva como au pair en una familia francófona mientras va al colegio, para que aprenda bien el idioma y pueda completar su educación en Francia.

Ella quiere estudiar Medicina, una ambición que sus padres aprueban plenamente.

A Eva le cuesta separarse de su familia, pero la decisión resulta premonitoria: su educación francesa le salvará la vida más adelante.

Mientras escritores célebres como Heinrich Mann, Lion Feuchtwanger y Anna Seghers sobreviven gracias a los ingresos que reciben del extranjero, las opciones para la mayoría de los escritores y periodistas entre los exiliados alemanes son escasas.

Las publicaciones de emigrados pagan poco; su tirada es mínima.

Algunos pueden colaborar con la prensa francesa, pero muchos no dominan la lengua lo suficiente y, desde luego, no pueden permitirse pagar a un traductor.

Y así, escritores cuyo sustento se basaba en su dominio del alemán se encuentran ahora sin voz: su incapacidad para hablar francés los hace «inempleables».

Algunos se hunden en el silencio por pura desesperación, incapaces de escribir.

Otros ceden a la oscuridad: se suicidan en habitaciones de hotel o beben hasta dar con sus huesos en la tumba antes de tiempo.

Otros siguen escribiendo, ya sea en alemán o en un mal francés, sobre la pérdida de su patria, sobre su fracaso político.

Escriben y escriben. Incluso hay un nombre para esa producción: Exilliteratur, la «literatura del exilio».

Garabatean en sus habitaciones de hotel, redactando novelas y ensayos que nadie leerá, en una lengua que ya no les pertenece, incapaces de dar el salto a otra que nunca podrán dominar del todo.

A sus espaldas, el espectro que no cesa de acosarlos en todo momento no es el de la desesperación intelectual, sino el del hambre y la indigencia.

El poeta, crítico y novelista Hans Sahl escribe:

En mi hotel repiquetean las máquinas de escribir.

Escritores trabajando. Están intentando «darle sentido al tiempo».

En el primer piso está R., que escribe una obra sobre la persecución de los cristianos bajo Nerón.

En el segundo, el poeta S. intenta arrancarle a su existencia hambrienta unas ardientes estrofas por la libertad.

D. y T. viven en una habitación con una cama doble y trabajan juntos en un artículo teórico sobre el papel del trabajo femenino en la época de Marx y Engels.

W. ya no puede escribir y se conforma con redactar cartas a un pariente en América, que luego rompe, pidiéndole que comprenda su situación y le envíe dinero para la travesía.

En el tercer piso, justo al lado del grifo, está el doctor Blanc, que sufre por su desdichado amor a una sociedad sin clases y trabaja noche y día en una apología del Partido Comunista, en la que intenta demostrar que los chismes vertidos contra él son totalmente infundados. [24]

Coñac con el estómago vacío

El invierno lo empeora todo. El hambre persigue a los exiliados allá donde vayan: una necesidad de comer que roe por dentro y que nunca se satisface del todo.

Y, sin embargo, entre los bienintencionados intelectuales franceses que expresan su apoyo y firman una petición tras otra no acaba de comprenderse la absoluta miseria en la que viven tantos de sus colegas alemanes.

Un día, mientras tirita en su habitación de hotel sin calefacción, Manès Sperber recibe una invitación de André Malraux para que pase a verlo después de comer y conozca a André Gide.

En ese momento, Gide y Malraux son los dos polos de atracción de la vida literaria parisina para los emigrados: Malraux, joven y carismático, está en la cima de su fama y profundamente consternado por lo que ocurre en Alemania.

Su apartamento de la rue du Bac es un lugar de reunión habitual para los exiliados.

André Gide es un gigante de la literatura que ayuda con generosidad a los refugiados.

Impaciente, Sperber llega pronto al piso de Malraux y encuentra a los tres franceses —Malraux, Gide y Paul Nizan— todavía comiendo.

Malraux le pregunta a Sperber si le apetece un coñac.

Con la esperanza de que le haga entrar en calor, Sperber acepta encantado y se bebe el vaso de un trago; luego se sienta en un sofá junto a Gide, que enseguida entabla conversación.

Es la primera reunión privada de Sperber con el famoso autor francés, a quien su figura alta, los hombros caídos, el pelo cortado al ras y los penetrantes ojos grises dan un aire de monje.

Gide habla despacio, sopesando cada palabra como si estuviera exponiendo un caso ante un tribunal.

La conversación —sobre los diarios privados del pintor Eugène Delacroix— dista mucho de ser apasionante.

Bueno, pues sucedió. Di un respingo y advertí que Gide, con cierta impaciencia, repetía (probablemente por segunda o tercera vez) una pregunta que nada tenía que ver con el pintor.

Me di cuenta de que me había quedado dormido, arrullado por el calor y por el coñac que me había bebido con el estómago vacío.

Contesté deprisa, divertido y abochornado a la vez.

En aquellos días era inconcebible que alguien pudiera dormirse en compañía de André Gide.

[...] Me costó borrar de los labios esa sonrisa estúpida y avergonzada, porque comprendí con demasiada claridad que aquel incidente mínimo, apenas perceptible, era paradigmático de la situación de un intelectual emigrado, y también de la de una persona empobrecida a quien,

cuanto más urgentemente necesita que la inviten a comer, menos la invitan. [25]

En las reuniones del Sindicato de Escritores Alemanes en el exilio, que se congrega los lunes por la noche en el Café Mephisto, en el boulevard Saint-Germain, escritores franceses solidarios se unen a sus pares alemanes.

Rodeada de figuras consagradas como Gide, André Malraux o Louis Aragon, Anna Seghers suele ser la única mujer presente, más joven que el resto y menos conocida.

Le prestan poca atención, aunque es miembro de la junta directiva.

Anna observa cómo a menudo, tras las reuniones, los escritores franceses se van a un buen restaurante a cenar, al parecer ajenos a la situación de sus colegas alemanes, que se quedan atrás, contando cuidadosamente sus francos para ver si pueden permitirse pedir un menú a precio fijo.

Fuego en las entrañas

Hay una cosa que mantiene en pie a los exiliados: una pasión que los empuja y los ayuda a olvidarse de su estómago vacío.

El fuego que se niega a apagarse es el deseo urgente de alertar al mundo de los peligros del fascismo, de advertir a los demás para que no fracasen como ellos.

Hay dos hombres en Francia que trabajan sin descanso para insuflar vida al cuerpo moribundo de la política de Weimar.

Son tan distintos entre sí como Gisèle Freund y Walter Benjamin: uno, un escritor anciano, aficionado al buen vino y la buena mesa, que vive en el sur de Francia; el otro,

un proletario achaparrado cuyos poderosos hombros dan la impresión de que chocar con él sería como «colisionar con una apisonadora»: una fuerza de la naturaleza tan irresistible como un río desbordado, un hombre que arrastra a todos tras de sí.

Serán ellos quienes, con el tiempo, conduzcan a los exiliados alemanes a cruzar hacia el interior el umbral del Hotel Lutetia.