Planos #5
La rutina dominical de la familia Radványi consiste en almorzar juntos temprano y luego Anna y László dan un largo paseo a solas, por lo general en dirección al Ermitage de Villebon, donde toman café o té en un lugar agradable junto a un gran cedro.
Es su oportunidad para pasar un rato juntos hablando de su trabajo, de sus hijos, de sus preocupaciones.
Mientras Anna escribe, László da clases, organizando y dirigiendo el «Colegio Libre Alemán» bajo el seudónimo de Johann-Lorenz Schmidt.
El colegio reúne a científicos alemanes antifascistas y organiza cursos sobre temas de ciencias sociales y naturales para estudiantes alemanes que viven en París.
Hacia las cuatro de la tarde suelen aparecer amigos por el piso de Bellevue.
Si los padres aún no han regresado del paseo, los hijos se encargan de entretener a los invitados.
Para muchos de sus amigos, la casa de los Radványi representa una especie de refugio, una evasión momentánea de sus vidas parisinas.
Estar en Bellevue permite sentarse en un apartamento tranquilo, amueblado con buen gusto, en un barrio residencial arbolado; comer comida fresca cocinada por Anna; disfrutar de la conversación, de la presencia de los niños, de la música, de un jardín donde pueden jugar a la petanca.
Permite fingir —sólo por una tarde— que la vida sigue siendo como antes: cómoda, fácil, agradable, apacible.
Manès Sperber era un visitante habitual: «La vuelta a la ciudad, a una habitación que normalmente no se arreglaba en domingo y que entonces parecía aún más miserable, se aplazaba todo lo posible.» [20]
Gisela/Gisèle
Gisela Freund llega a París con una maleta y su Leica y sin un céntimo en el bolsillo.
A diferencia de sus compatriotas de más edad, no le inquieta demasiado su situación precaria: tiene veinticuatro años y por fin se siente libre de la opresión que la ha ido asfixiando poco a poco en Alemania.
Para ella, Francia ofrece posibilidades.
Es joven; no le interesa el pasado, sino el futuro, su futuro.
En algún momento de los años venideros, Gisela se convertirá en Gisèle.
No está muy claro cuándo se produce el cambio, pero revela su intención: no quiere que la consideren extranjera.
Contribuye a ello el hecho de que habla un francés excelente.
El primer hogar de Gisèle en París es un hotelito de estudiantes en la rue Saint-Julien-le-Pauvre, en el quinto arrondissement, junto al Sena.
[21] Las calles aledañas rebosan estudiantes, obreros, perros y gatos callejeros.
El aire está cargado con el olor a grasa de una freiduría cercana.
En la esquina de la rue Lagrange y la rue du Fouarre hay un pequeño café-bar donde los vagabundos pueden pasar la noche cuando hace demasiado frío bajo los puentes.
Duermen incorporados, apoyados en una cuerda que el dueño les cobra veinte céntimos por usar.
La habitación de Gisèle es indistinguible de otros cientos de habitaciones del Barrio Latino, gastadas por generaciones de estudiantes.
Un papel verdoso decorado con tulipanes rojos desvaídos cubre las paredes.
Una cama de hierro, una mesa y un viejo sillón completan el mobiliario.
La fotógrafa en ciernes usa el baño como cuarto oscuro: coloca las cubetas sobre una tabla, encima del lavabo, y la ampliadora sobre el bidé.
El barrio está degradado, y su habitación, desastrada, pero ¡ay, las vistas! Desde la ventana se ve Notre-Dame.
Con una confianza en sí misma y una determinación que la definirán toda la vida, Gisèle se pone manos a la obra para garantizar su subsistencia: necesita perfeccionar su francés, completar su tesis doctoral y encontrar algún trabajo para pagar las facturas.
El primer paso es matricularse en la Sorbona, llevarse los libros a la biblioteca de Sainte-Geneviève e intentar estudiar, pero el ruido de los estudiantes que entran y salen sin cesar le impide concentrarse.
En busca de silencio, Gisèle descubre la Bibliothèque nationale, en la rue de Richelieu, al otro lado del Sena, en el corazón del distrito más pequeño de París, el segundo arrondissement, conocido como la Bourse porque es allí donde se encuentra la Bolsa.
Las bibliotecas son lugares democráticos: aquí, bajo la gran cúpula de cristal, sumidos en la atmósfera familiar que brinda el polvoriento silencio, los intelectuales exiliados pueden sentarse sin que nadie los moleste durante horas y convencerse a sí mismos de que siguen siendo productivos en este
templo sereno, donde los libros no se queman, sino que se conservan para la posteridad.
La biblioteca es también el lugar donde los exiliados pueden olvidar lo que han dejado atrás: sus propias bibliotecas, tan queridas, sus archivos y su trabajo.
Es a la Bibliothèque nationale adonde acude a escribir el escritor exiliado de origen húngaro Arthur Koestler durante un período en que él y su nueva esposa, Dorothy, comparten una habitación diminuta en el Hôtel de la Paix, un establecimiento destartalado en la Île Saint-Louis,
con una fontanería horripilante y una hermosa vista del Sena.
Y es aquí, entre estanterías y fichas, donde Gisèle avista a uno de los eruditos más singulares y excéntricos de Alemania, esa criatura extraña y tímida: Walter Benjamin.