Planos #4
Se construyó una tetería con entrada independiente en el cruce de Sèvres-Babylone, con pastelería y heladería, ideada al detalle para que los clientes de Le Bon Marché pudieran descansar tras un duro día de compras.
En 1912 se añadió una ampliación del hotel a lo largo del boulevard Raspail, con diez grandes salones construidos para dar cabida al creciente número de banquetes, bailes y otras celebraciones que acogía el establecimiento.
En lo estilístico, con su fachada ondulante y sus marquesinas en forma de concha, el Lutetia es un puente entre el art nouveau y el art déco.
De las ventanas sobresalen motivos de vides colgantes, cuyas uvas maduras tratan de alcanzar las figuras de varios querubines que se aferran a la fachada, estirando con avidez sus manitas regordetas.
El nombre del hotel remite a los orígenes de la ciudad, conocida en tiempos como Lutecia y habitada en un inicio por la tribu gala de los parisios, más tarde conquistada por los romanos.
En las calles de la margen izquierda, cerca del hotel, aún hoy es posible hallar numerosas huellas de la ocupación romana.
El hotel adoptó no sólo el nombre de la ciudad, sino su escudo, en el que figuran un barco y el lema Fluctuat nec mergitur: «Batida por las olas, pero no hundida.»
El tema marítimo del edificio entronca con la moda de los viajes transatlánticos de inicios del siglo xx: el interior del hotel, todo él en madera oscura y con herrajes de latón, se diseñó para evocar un gran trasatlántico;
y la proa del edificio se proyecta desde la esquina del boulevard Raspail con la rue de Sèvres para ofrecer un mirador sobre el cruce, con Le Bon Marché tentadoramente visible al otro lado de la plaza.
Al pasar por la entrada con marquesina del boulevard Raspail, el flâneur forzoso quizá alcance a ver a un conserje uniformado llamando a un taxi, o el coche del hotel deteniéndose para dejar a una clienta recién llegada de la estación.
Un vuelo de abrigo de piel, un tobillo elegante...
Por aquí, por favor, qué alegría volver a verla.
Qué tentación, cruzar esas puertas. Al fin y al cabo, los hoteles están abiertos a todo el mundo, igual que los grandes almacenes. ¿Por qué no?
Desde el principio, el núcleo de la clientela del Lutetia fue sobre todo francés: una mezcla de hombres de negocios de provincias y artistas, políticos, pensadores y escritores procedentes de las áreas colindantes a la capital.
A los intelectuales franceses les gusta reunirse en este lugar para hablar de sus últimas obras.
Un joven oficial francés llamado Charles de Gaulle pasó aquí la noche con su esposa, Yvonne, camino de su luna de miel en Italia.
Ernest Hemingway frecuentaba el bar del sótano en los años veinte.
James Joyce —residente en París durante casi veinte años— sigue siendo un asiduo.
Banquetes y bailes forman parte de la reputación del hotel: es aquí donde las familias parisinas celebran bautizos, cumpleaños, aniversarios y bodas.
Hay conferencias impartidas por dignatarios eminentes, reuniones de visitantes internacionales, concursos de baile y festejos anuales dedicados a la solidaridad social y cívica: el Baile de los Guanteros; un banquete del grupo esperantista parisino;
el baile anual de la Sociedad de Ingenieros del Instituto Superior de Electricidad; el baile del grupo parisino de antiguos alumnos de la Escuela Nacional de Relojería, Instrumentos de Precisión y Aparatos Eléctricos de Cluses (comienza a las diez en punto de la noche);
reuniones de los ciegos de guerra y sus familias... y así sucesivamente.
Entonces, ¿por qué no entrar? No es que un gran hotel supusiera una novedad para los intelectuales liberales de la Alemania de Weimar.
En Berlín, muchos bebían en el bar del Eden o el del Adlon, codeándose con estrellas de cine y huéspedes internacionales.
Se alojaban en hoteles elegantes durante las vacaciones en el extranjero o cuando asistían a congresos como invitados de honor.
Para el gran escritor austríaco y «patriota de hotel» Joseph Roth, llegar a un hotel era una forma de volver a casa.
[19] Le encantaban cosas que a otros les desagradaban: el carácter impersonal de la habitación, el papel pintado barato, el lavabo impecable, los grifos relucientes, el listín telefónico.
Cuando abandonó Berlín la noche del 30 de enero de 1933 —no se demoró: se fue en cuanto Hitler fue nombrado canciller («No te hagas ilusiones», escribió a su amigo Stefan Zweig.
«Reina el infierno»)—, regresó a un hotel familiar de París, el Foyot, en el sexto arrondissement, en el límite norte del Jardín de Luxemburgo.
Allí permaneció hasta que el establecimiento fue demolido en 1937; después se refugió en el Hôtel de la Poste, justo enfrente, donde durante una temporada vivió también el escritor húngaro Arthur Koestler; así como Gustav Regler, con su novia, Marie-Louise.
Roth pasaba la mayor parte del tiempo sentado a una mesa del Café le Tournon, escribiendo sin parar, hablando con amigos y colegas sobre los viejos tiempos (el café era popular entre los emigrados austríacos), pero, sobre todo, ahogándose en alcohol, proeza que finalmente culminó en mayo de 1939.
Sólo ahora, sumidos en la pobreza y las penurias del exilio, estos alemanes que no son ni turistas ni residentes pierden el coraje que brinda saber que llevas dinero en el bolsillo y que puedes hablar la lengua en la que te saludará el conserje.
La pobreza es algo nuevo para esta primera oleada de refugiados, pues son las estrellas del firmamento intelectual, artístico y político de Weimar.
Ser consciente del estado de los zapatos, del abrigo raído, del sombrero o la camisa constituye una humillación hasta entonces desconocida.
Saber que el acento puede recibirse con hostilidad, que los intentos de hablar francés se acogen con una impaciencia apenas disimulada, también son sensaciones nuevas.
Para entrar en un hotel elegante sin invitación hace falta cierta seguridad en uno mismo; no ayuda estar distraído por el hambre, preguntándose si el botones puede oír cómo te rugen las tripas.
Así que, por ahora, el Hotel Lutetia no es más que un nombre, un edificio ante el que un exiliado puede pasar camino de un café barato: un recordatorio grandioso de tiempos mejores.
Quizá se encuentre con alguno de sus colegas franceses; André Gide, por ejemplo, que sale a la calle con un libro en la mano.
Cada día, el escritor camina desde su casa en la rue Vaneau, en el séptimo arrondissement, hasta la redacción de la revista literaria La Nouvelle Revue Française, en la rue Sébastien-Bottin, y suele detenerse en el Lutetia de camino.
Unas palabras intercambiadas frente a la entrada del hotel: un escritor alemán hambriento a un lado de la barrera invisible; un francés bien alimentado y bienintencionado al otro.
La mayoría de los exiliados no cruzará ese umbral hasta el año 1935.
Domingos en familia