Hotel Exilio Planos #3
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Planos #3

un lugar lleno de estudiantes y situado a la vuelta de la esquina de las ruinas de un antiguo anfiteatro romano:

Todo en ella era de una modesta fealdad: una cama, una mesilla, tres sillas, un sillón viejo, un armario que no cerraba bien y un espejo oblongo que, de manera maliciosa, hacía que cualquiera que se mirara en él pareciese más feo de lo que era.

El papel pintado reproducía con una viveza intrusiva la exuberancia de la vegetación tropical.

Su aspecto despertaba incluso en el ocupante más pacífico un deseo urgente de acribillar aquellas paredes con una ametralladora.

Aun así, nadie lo hizo, porque no se puede matar la fealdad. [14]

Tiempo de exilio

Yo estaba ahora en París, rue Montaigne, pero sobre todo en Alemania.

Ludwig Marcuse[15]

Vivir en el exilio es tanto un estado mental como una realidad física.

Aun así, las cuestiones prácticas lo son todo: disponer de medios para comprar comida y pagar el alquiler, tener derecho a trabajar o conseguir la documentación adecuada.

Sin papeles no hay trabajo, ni comida que poner en la mesa. Sin papeles no se tiene identidad.

Los intelectuales de Weimar, que no lograron impedir el ascenso del fascismo en su país, se ven obligados a ajustar cuentas consigo mismos durante la humillación del exilio.

Incapaces de ganarse la vida, arrojados a un sistema burocrático incomprensible, muchos alemanes exiliados quedan a merced de una variedad de comités de ayuda bienintencionados y mal financiados.

Aunque los más famosos pueden recabar apoyo, protección y dinero en cualquier parte —¿qué país se negaría a acoger a Albert Einstein o a Thomas Mann?

—, la mayoría están condenados a vivir padeciendo cada día una soledad, un anonimato y una degradación crecientes.

Hombres que hasta hace poco eran intelectuales, profesores, científicos o editores, ahora deben hacer cola en mostradores para obtener cupones de alimentos, ayudas en efectivo, información, consejos.

Deben presentarse, una y otra vez, en la Prefectura de Policía y suplicar a un funcionario aburrido que les selle los papeles.

Su ropa se aja; los zapatos se les gastan.

En enero de 1934, la Ligue des droits de l’Homme, que recoge ropa para refugiados alemanes, cita el caso de un escritor conocido que lleva semanas sin poder salir porque su único traje está hecho jirones.

«Pensad», concluye el llamamiento, «en quienes el año pasado tenían un hogar confortable y hoy están padeciendo la peor miseria en el exilio». [16]

Pasa el tiempo, el tiempo del exilio: a la vez demasiado largo y demasiado corto.

El sol sale y se pone sobre esta ciudad hermosa mientras los exiliados recorren las calles de París, flâneurs forzosos, con demasiado tiempo que rellenar entre las citas en la Prefectura de Policía o las visitas a los comités de ayuda.

Nadie los necesita, así que deambulan, intentando convencerse de que están disfrutando de la belleza de la arquitectura parisina.

Visitan iglesias, galerías y otros lugares que ofrecen gratis el consuelo del arte; acuden a sesiones baratas de tarde en el cine del barrio; pasean por las orillas del Sena o toman el sol en los parques.

Sobre todo, matan las horas en los cafés del boulevard de Montparnasse: el Dôme, la Coupole, el Select, o el menos conocido Capoulade, en la esquina del boulevard Saint-Michel, muy frecuentado por miembros del sapd.

(2) En la terraza de un café, un emigrado (por lo general suele tratarse de un varón) puede sentirse en casa.

Puede pasarse horas apurando un único café, sin que el camarero lo moleste, recreando la vida de cafés que dejó atrás en Berlín.

Algunos se sientan solos, evitando a sus compañeros de infortunio; otros se sientan juntos, rumiando sin fin los acontecimientos de casa, buscando indicios que presagien el inminente derrumbe del régimen.

El café es un salón sustitutivo, un lugar donde se intercambian noticias y se afilan argumentos, una bolsa de trabajo informal donde se anuncian las últimas novedades sobre posibles empleos: auxiliar de morgue, mecanógrafo, contable, botones de hotel, recadero.

Es también un foro democrático, un espacio público.

En el sótano del Mephisto se reúne el Sindicato de Escritores Alemanes en el exilio; Leopold Schwarzchild discute sobre su periódico Das Neue Tage-Buch con sus editores en el Weber; la editorial de Willi Münzenberg, Éditions du Carrefour, está en el boulevard Saint-Germain,

y a Anna Seghers se la suele ver trabajando en uno de los cafés que se asoman a la calle.

Seghers tiene suerte: vive fuera del centro, en un apartamento tranquilo cerca de un bosque donde sus hijos pueden ir al colegio y llevar una vida normal.

A veces trabaja a máquina en el piso; a veces fuera, en el jardín; pero en ocasiones le gusta escaparse a la ciudad y tomar el tren de cercanías desde Meudon hasta Montparnasse.

Le gusta el bullicio de un café concurrido, siempre que las conversaciones no tengan nada que ver con ella.

Le sirve como una especie de cortaviento: un muro de ruido que le permite pensar.

En sus largos paseos por la ciudad, cuando atraviesan el Jardín de Luxemburgo y se detienen a admirar los barquitos que los niños hacen navegar en el estanque, o a mirar una partida de ajedrez al aire libre, a los exiliados les resulta difícil no recordar todo lo que han dejado atrás.

La belleza de París trae consigo una sensación de melancolía, porque no forman parte de esa vida atareada que contemplan.

No son sus hijos los que juegan junto al agua, ni es su partida de ajedrez.

Son forasteros que miran desde fuera, separados por la lengua, la cultura y la pobreza.

Y siempre, a su alrededor, el resentimiento del país de acogida: la aversión a los extranjeros en una ciudad repleta de inmigrantes.

Hablar alemán en las calles francesas en 1933 es provocar antipatía, desprecio, hostilidad.

Ah, les sales Boches... «sucios boches».

La última guerra está aún fresca en la memoria de los franceses.

Y dominar el francés no es algo al alcance de todos.

De modo que surge la pregunta existencial: ¿quién soy?

Si la lengua alemana se la han apropiado matones y monstruos, ¿en qué lengua han de escribir, hablar, pensar los exiliados?

Tras un mal comienzo en un lycée local, donde acosan a Peter llamándolo sale Boche, Anna encuentra, a un par de calles de su apartamento en Bellevue-­Meudon, un colegio recién inau­gurado que sigue un plan de estudios moderno y liberal.

Tanto Peter como Ruth no tardan en adaptarse y en hablar francés con fluidez.

En algún momento de los años siguientes, Peter pasará a ser «Pierre» (no sabemos exactamente cuándo).

Ésa es la ventaja de la juventud: la capacidad de adaptarse y asimilarse, de dejar atrás la antigua identidad y forjar una nueva.

El francés de Anna es bueno, pero tiene acento y se nota que es extranjera; el acento húngaro de László es aún más marcado.

Cuando la familia sale junta, los niños se niegan a hablar alemán en público.

Pierre se avergüenza: «Hay que recordar el ambiente de la época», diría más tarde.

«Los franceses odiaban a los boches desde 1914, incluso desde 1870. Y, claro, Hitler no ayudó. Oficialmente, yo era un húngaro nacido en Berlín. En clase solía decir que había nacido “en Charlottenburg”, porque me di cuenta del terror que inspiraba la palabra “Berlín”.» [17]

Hotel Lutetia

En sus vagabundeos, los exiliados pueden terminar acercándose indecisos al Sena, pasando por la iglesia de Saint-Sulpice y entrando en el boulevard Saint-Germain.

O tomar otra ruta, otro día, por la rue du Cherche-Midi, pasando junto a la cárcel y luego subiendo por el boulevard Raspail hasta el cruce de Sèvres-Babylone.

Allí hay un hotel que destaca: un gran transatlántico, un lugar muy alejado de los establecimientos ruinosos en los que se ven obligados a hacer su hogar.

Hôtel Lutetia

El confort perfecto

Buena cocina

Excelente bodega

Precios razonables

El Hotel Lutetia es único. Los otros hoteles de categoría similar —el Crillon, el George V, el Ritz, el Meurice— están todos en la margen derecha, muchos de ellos ocupan edificios históricos que en otro tiempo pertenecieron a aristócratas.

El Lutetia simboliza algo ligeramente distinto: un lujo accesible, con una clientela procedente sobre todo de la burguesía provincial francesa.

Inaugurado en 1910, se concibió como pieza complementaria de Le Bon Marché, los primeros grandes almacenes de la ciudad, un templo del comercio fundado por Aristide y Marguerite Boucicaut en la década de 1850 y que introdujo un novedoso concepto:

vender cientos de artículos distintos a precios fijos bajo un mismo techo.

[18] Los Boucicaut empezaron a pequeña escala: primero compraron una tiendecita en la esquina de la rue de Sèvres con la rue du Bac y luego la fueron ampliando hasta que, en 1869, decidieron construir unos grandiosos almacenes nuevos, diseñados expresamente para ese fin.

Cuando por fin terminaron las obras de Le Bon Marché, en 1905, los Boucicaut ya no vivían, pero Marguerite había legado su inmensa fortuna a los empleados y, en 1907,

un grupo de directivos de la tienda miró al otro lado de la placita que hoy lleva el nombre de sus benefactores y vio una oportunidad: la Gare d’Orsay, construida para la Exposición Universal de París de 1900,

traía a París a miles de visitantes y los dejaba directamente en la margen izquierda del río.

¿Por qué no crear un hotel donde esos futuros clientes pudieran alojarse mientras visitaban la ciudad?

Los directivos hicieron gala de una fastuosa ambición: el hotel se engalanó con lámparas de araña de cristal, mosaicos, frescos y suelos de parquet.

Había dormitorios insonorizados con puertas acolchadas en cuero, teléfonos conectados con el maître d’hôtel y timbres para llamar al ayuda de cámara o a la camarera.

De las doscientas habitaciones, noventa incluían un cuarto de baño con agua corriente caliente y fría.

Había restaurante, sala de lectura, sala de fumadores, sala de billar y un bar americano en el sótano.