Hotel Exilio Planos #2
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Planos #2

Al amanecer, el tren atraviesa los barrios de las afueras de París. Son las seis de la mañana cuando Gisela Freund llega a la Gare de l’Est. Pocos días después se entera de que todos sus camaradas estudiantes han sido detenidos.

¡Bienvenidos a Francia!

A los primeros refugiados en llegar a Francia los recibió una oleada de generosidad por parte de quienes admiraban su oposición a Hitler.

[11] Incluso el Gobierno francés tomó medidas para facilitar su llegada: en abril de 1933 se autorizó a los agentes fronterizos a admitir en territorio francés a refugiados alemanes que viajaban sin pasaporte.

Se instruyó también a los cónsules franceses en Alemania para que «examinaran con la mayor liberalidad y amplitud de miras» cualquier solicitud de visado presentada por judíos portadores de pasaportes alemanes.

Con todo, y pese a las cálidas palabras de bienvenida, el Gobierno de centroizquierda encabezado por Édouard Daladier no tenía incentivos políticos para animar a los refugiados a asentarse.

Facilitar la vida a los recién llegados no cosechaba buenos resultados entre el electorado francés, y la prensa de derechas no tardó en arremeter contra esos extranjeros, esos alemanes, esos judíos que amenazaban con quitar puestos de trabajo a los franceses.

Publicaciones extremistas como L’Action Française o L’Ami du Peuple denunciaban una invasión «judeomasónica» y «una avalancha de alemanes judeo-socialistas»; medios generalistas como Le Temps hablaban en términos críticos de escenas «verdaderamente bíblicas» acaecidas en la Gare de l’Est,

aludiendo al «éxodo» desde Alemania; mientras que Le Figaro se quejaba de los inmigrantes que trasladaban sus disputas a las calles de Francia y ponían en peligro la seguridad de los ciudadanos franceses.

En consecuencia, el Gobierno francés optó por contemporizar, combinando una apertura retórica con una hostilidad práctica: en teoría, los refugiados alemanes eran bienvenidos; en la práctica, los obstáculos que tenían que superar para sobrevivir eran numerosos y complejos,

y se volvieron aún más difíciles conforme pasaba el tiempo y los refugiados seguían llegando.

Muchos de los que huyeron a Francia o no tenían pasaporte o —por las prisas— no comprobaron su vigencia.

Quienes viajaron con papeles perfectamente en regla pronto descubrieron que, una vez caducado su pasaporte, el Gobierno nazi se negaba a renovarlo.

Bajo el nuevo régimen, cualquier ciudadano alemán que no demostrara lealtad al Estado, o que se negara a regresar a Alemania cuando se le ordenaba hacerlo, podía ser despojado de su nacionalidad.

Dado que se sabía que la Gestapo detenía a los emigrados que volvían y los enviaba a campos de concentración, pocos estaban dispuestos a regresar, lo que convirtió a miles de antiguos ciudadanos alemanes, de hecho, en apátridas.

Lo que el Gobierno francés quiere, fomenta y espera es que la estancia de los refugiados alemanes sea sólo temporal, un sentir que comparten los propios exiliados.

Todo el mundo desea que la situación sea una fase pasajera y no un estado de cosas permanente.

Mientras tanto, sin embargo, hay que comer.

Cifras

Sólo en 1933, huyeron de Alemania entre 60.000 y 65.000 personas.[12]

De ellas, Francia acogió en torno a 25.000, de las cuales el 85 % eran judías.

Casi el 90 % de los ciudadanos alemanes que llegaron a Francia eran varones, la mayoría menores de cuarenta años.

Del 11 % que eran mujeres, sólo el 3 % estaban casadas.

Aunque el número de refugiados procedentes de Alemania era relativamente pequeño, Francia ya contaba con una población extranjera que rondaba los tres millones en 1931 (el 7 % de su población total),

resultado de haber reclutado a miles de trabajadores extranjeros en la década de 1920 para compensar las vidas perdidas en la Gran Guerra.

París, rive gauche

Todas las ciudades albergan en su interior una serie de minicomunidades: barrios similares a pueblos, con una identidad propia.

París está dividida en arrondissements o quartiers, cada uno con su sabor particular.

A finales del siglo xix, para cualquier artista o soñador con aspiraciones, el lugar en el que había que estar era Montmartre, ese barrio vertiginoso de callejones estrechos y empinados escalones dominado por las grandes curvas blancas de la iglesia del Sacré-Cœur.

Plantarse allí permite contemplar París desde las alturas y disfrutar de la grandiosa escala de la ciudad: el contraste entre el trazo serpenteante del Sena y las elegantes líneas de los bulevares de Haussmann, que hacen del centro de París algo tan inmediatamente fotogénico.

Es aquí a donde llega la quinceañera Eva Tichauer en su primera noche en París.

La familia Tichauer tiene suerte: como refugiados políticos han recibido visados que les permiten permanecer legalmente en Francia.

[13] Theodor Tichauer es un abogado y destacado socialdemócrata.

Su esposa Erna trabaja con él, llevando el despacho, y ambos son masones, otro grupo social en el punto de mira de Hitler.

Eva es la hija mayor; su hermano menor, Felix, tiene los pulmones delicados.

Cuando en abril de 1933 el Gobierno nazi emitió un decreto que expulsaba a los judíos del funcionariado, la primera reacción de los padres de Eva fue salir de Berlín lo antes posible, de inmediato.

Iban ya camino de la estación cuando los alcanzó la tía de Eva, que había salido tras ellos, y quien recordó a Theodor que era un veterano condecorado, poseedor de la Cruz de Hierro.

«No sois comunistas. Las cosas se calmarán», insistió.

Y se quedaron. Pero cuando, un par de meses después, y en mitad de las crecientes restricciones a la participación de las personas judías en la vida pública, tanto Theodor como Erna fueron inhabilitados para ejercer la abogacía,

decidieron ignorar a la tía optimista y abandonar Alemania sin más demora.

Cuando llegan a la Gare de l’Est el 27 de julio, la familia se encuentra con una amiga, Greta, que los lleva a un hotel de la rue du Delta donde les ha reservado una habitación.

Antes incluso de que puedan deshacer las maletas, Greta les dice que quiere llevarlos a ver algo.

Es tarde, casi medianoche, pero ella insiste.

No está lejos, dice. Un paseo de quince minutos como mucho.

Greta conduce a la familia calle arriba, pasan junto a un parque y enfilan unos escalones estrechos.

Suben, suben y suben: los escalones parecen interminables.

Felix empieza a jadear, pero Greta sigue avanzando con entusiasmo, sin volverse.

Cuando por fin salen a la amplia terraza, la familia contempla primero las curvas blanquecinas, color hueso, del Sacré-Cœur elevándose ante ellos.

Sí, sí, muy bonito, pero ¿por qué...? Greta señala con aire triunfal en la otra dirección.

Ah, ¡ahora lo entienden! ¡Dios mío, mira eso!

Porque ahí está París al completo, desplegada a sus pies en todo su esplendor y elegancia.

Eva queda hechizada. Esa imagen se convierte en el primer recuerdo de su nueva existencia: la visión deslumbrante de la capital a medianoche, con un anuncio luminoso de Citroën brillando en la Torre Eiffel. Un símbolo de su futuro.

«Me quedé tan deslumbrada... Muchas veces he intentado rehacer el camino y encontrar de nuevo esa emoción, pero nunca pude recuperarla.»

En el siglo xx, los artistas bohemios habían abandonado Montmartre y se habían mudado, como siempre hacen, en busca de alojamiento y talleres más baratos, dejando a los turistas boquiabiertos ante lo que ellos habían dejado atrás.

En las décadas de 1920 y 1930, el lugar donde había que estar en París si uno era pobre, extranjero, intelectual, con inclinaciones artísticas o una combinación de todo ello, era la margen izquierda del Sena, la rive gauche: el Barrio Latino y Montparnasse.

La margen izquierda constituye también el corazón intelectual de París, abarrotado de estudiantes —aquí están también la Sorbona, Sciences Po, la École Normale Supérieure—, y el centro de la toma de decisiones políticas.

Aunque el presidente resida en el Palacio del Elíseo, emplazado en la rive droite, el Senado y la Asamblea Nacional están al otro lado del río, al igual que el Hôtel Matignon, la residencia oficial del primer ministro francés.

Es a esta zona adonde llega la mayoría de los refugiados alemanes, cargando con sus maletas y lo poco que han logrado salvar a toda prisa: decenas de personas agotadas, con rostros cenicientos,

que bajan al andén de la Gare de l’Est como si fueran invitados que no están seguros de haber acabado en la fiesta adecuada, con la ropa adecuada o a la hora adecuada.

Quienes tienen contactos —amigos, familia, conocidos que llegaron antes— pueden contar con que los reciban en la estación con una sonrisa y, sobre todo, con una dirección: alguna indicación de dónde pueden deshacer la maleta e instalarse de manera provisional.

Pero la mayoría llega a París sin el consuelo que ofrece la compañía y pronto aprenden a la fuerza el significado de ese verbo francés crucial, se débrouil­ler: tienen que «apañárselas», «arreglárselas», salir adelante tout seul, «solos».

Hôtel garni

Como la mayoría de los exiliados andan desesperadamente escasos de dinero, pocos pueden permitirse alquilar un apartamento.

Así que tienen que buscarse una habitación, por lo general en un establecimiento venido a menos, sin estrellas, un hôtel garni: un hotel que ofrece habitaciones amuebladas para estancias semipermanentes.

Es allí donde han de deshacer las maletas y sentarse en una cama vetusta para calibrar bien la realidad de lo sucedido.

Las comodidades y la familiaridad del hogar se han esfumado; como se han esfumado el trabajo, el dinero, la reputación, la propia lengua y los amigos.

En su lugar, sólo hay esta habitación de hotel, estas cuatro paredes.

El escritor y psicólogo austríaco Manès Sperber, de veintiocho años, quien huyó de Berlín después de que los nazis lo encarcelaran por sus actividades comunistas, vive durante un tiempo en una habitación del Hôtel des Sports, en el número 69 de la rue Cardinal Lemoine, en el quinto arrondissement,