Planos
En Estrasburgo, Gustav Regler descubre que, aunque los planos del Reichstag —que datan de la época de Guillermo II— en efecto se conservan en la Biblioteca Nacional, no están a disposición del público.
Haciéndose pasar por un investigador de arquitectura que está documentándose para un libro, Regler pide al fotógrafo de la biblioteca que haga reproducciones de decenas de dibujos arquitectónicos no relacionados con lo que en realidad busca.
Con el tiempo, convencido de que Regler es un investigador auténtico y ablandado por la oferta de una generosa propina, el bibliotecario accede a que el periodista obtenga copias de los planos originales del Reichstag.
Llegados a ese punto, Regler se queda sin fondos.
Una amiga le ofrece su teléfono para llamar a Willi Münzenberg, que se halla en París.
Regler sólo conoce al Zar Rojo de oídas, por su reputación, pero su amiga insiste en que Willi es el hombre con el que tiene que contactar.
Münzenberg comprende al instante la importancia de lo que Regler le propone.
Desde que llegó a Francia, a principios de marzo de 1933, el Zar Rojo ha establecido contacto con el Partido Comunista Francés, ha obtenido asilo político para él y Babette y se ha instalado en la primera de las muchas direcciones parisinas que ocupará: el número 19 del Quai Voltaire,
en el séptimo arrondissement («distrito»), justo al lado del Sena.
Münzenberg explica que, lejos de renunciar a sus empresas editoriales, planea dedicar su tiempo en el exilio a promover una campaña para alertar al mundo del terror nazi.
Lo primero que quiere hacer es publicar un «Libro pardo» que desenmascare el incendio del Reichstag como una maniobra propagandística.
Desde ese mismo momento, Regler puede considerarse contratado como colaborador.
«No te preocupes por el dinero», le dice. «¡Tú sólo tráeme esas fotografías!»[7]
El dinero llega al día siguiente. Regler paga al fotógrafo de la biblioteca y se apresura a tomar el primer tren a París.
«No examiné las fotografías hasta que estuve en el tren y me encerré en el lavabo. Eran exactamente lo que queríamos. El plano de las bodegas del Reichstag mostraba el pasadizo que conducía a la residencia presidencial, donde Göring estaba ahora instalado.
¡Habíamos encontrado la entrada secreta utilizada por los incendiarios!»
Una piña y un pfennig
Cuando Anna Seghers y László Radványi pueden mandar por fin a buscar a sus hijos, se encuentran alojados temporalmente en Estrasburgo, en casa de un amigo, Franz, donde hacen una parada antes de continuar viaje hacia París.
La madre de Anna, Hedwig, va a buscar a Peter, quien ha permanecido en la casa de convalecencia mucho tiempo después de que se le pasara la enfermedad.
El niño ha sido bastante feliz allí, mientras disfrutaba del aire puro y de la libertad del entorno rural, pero, por primera vez en su corta vida, ha oído pronunciar la palabra «judío» de labios de un compañero de habitación con una entonación peculiar.
Hedwig acompaña a Peter y Ruth a Estrasburgo, donde tiene lugar la entrega.
Los niños se arrojan en brazos de sus padres, emocionados de poder reunirse de nuevo con «Tschibi» y «Rodi», los apodos de Anna y László.
Hedwig Reiling agita la mano para despedirse de su hija y de sus dos queridos nietos, antes de cruzar de nuevo el río para emprender un melancólico viaje de regreso a Maguncia. Anna nunca volverá a verlos.
Tras acostar a los niños, habla en voz baja con Franz mientras ordena su ropa.
[8] Al vaciar los bolsillos del pantalón de su hijo, encuentra en la palma de su mano unas cuantos restos de hierba seca, un pfennig, un billete de transporte y una piña.
Ahí está media Alemania —piensa—, en el bolsillo de un niño.
Una estancia temporal
Sólo es una excursión, el tiempo de dejar que pase la tormenta, tres o cuatro meses como mucho: para entonces habremos acabado con los nazis. [...] Con una maleta pequeña en la mano, me fui de casa.
Alfred Döblin[9]
Cuando la gente se ve obligada a huir de su hogar, por lo general no se va muy lejos; al menos, no al principio. Se desplazan a países vecinos, lugares desde los que pueden mantener el contacto con casa con cierta facilidad y no es difícil hacer el viaje de regreso.
Muchos de los refugiados antinazis que huyeron en la primera oleada lo hicieron a Checoslovaquia, Holanda, Suiza y Bélgica.
Un puñado viajó hacia el norte —Bertolt Brecht recibió una invitación para alojarse en una pequeña isla de Dinamarca y permaneció allí hasta la guerra—, pero la mayoría optó por escapar a Francia, ese baluarte de liberté, égalité y fraternité,
el país que en el siglo xix acogió a los patriotas polacos que huían de la opresión imperial rusa y que, en el xx, dio cobijo a los aristócratas rusos que escapaban de la revolución bolchevique.
Un reducido número de artistas consagrados, aquellos que disponían de medios para sobrevivir por su cuenta, no viajó a París, sino al sur, a la Costa Azul.
Heinrich Mann se instaló en Niza, mientras que otros, como el novelista superventas Lion Feuchtwanger, pusieron rumbo a la agradable localidad costera de Sanary-sur-Mer, cerca de Tolón, una colonia de artistas donde Aldous Huxley había escrito poco antes su gran novela distópica Un mundo feliz.
Allí formaron una pequeña comunidad alemana y continuaron con su vida intelectual, cómodamente instalados en amplias villas que alquilaban a precio de saldo, disfrutando de los placeres asequibles que proporcionaban el excelente marisco y el buen vino locales,
tomando el aperitivo junto al mar y organizando fiestas en las que se pavoneaban entre ellos y competían por la primacía intelectual.
Aquél no era su hogar, pero si uno tiene que exiliarse, el sur de Francia no es mal sitio para hacerlo.
La mayoría de los refugiados, sin embargo, no disfrutaba de un saldo bancario estable, sostenido por las ventas internacionales de libros.
La capital francesa, eso sí, ofrecía al menos más posibilidades para encontrar trabajo, a lo que había que añadir el consuelo que brindaban su hermosa arquitectura y su vibrante vida intelectual.
Muchos alemanes ya conocían la ciudad, sus tesoros culturales, sus museos y cafés, su atmósfera y su luz.
París, pensaban, quizá fuera la única ciudad de Europa que podía rivalizar con Berlín.
En la frontera, los actores cada vez afinan más sus interpretaciones: un ejercicio stanislavskiano consistente en fingir una «relajada despreocupación» mientras se entregan los pasaportes a los agentes fronterizos y se abren las maletas ante los aduaneros.
Los sombreros se calan hasta cubrir los ojos; los libros se estudian con atención intensa; se relee una y otra vez la misma línea.
Sólo cuando el revisor francés abre la puerta para pedir los billetes, con un tono bienhumorado y cotidiano, se oye al fin una exhalación de alivio colectivo.
Todo el mundo empieza a hablar en voz alta, confesando sus miedos y sufrimientos desde que Hitler llegó al poder.
Luego, a medida que se acercan no ya al pasado, sino al futuro, comienzan a especular: ¿cuánto va a durar esto?
Al fin y al cabo, ¿cuántas coaliciones se han hecho y deshecho en los últimos años en la República de Weimar?
¿Cuántas elecciones se han convocado? Von Papen duró seis meses; Von Schleicher, sólo ocho semanas.
¿Por qué tendría que durar más el Gobierno de Hitler?
Los nazis han hecho al electorado alemán muchas promesas que no podrán cumplir.
Desde luego, no podrán controlar la economía.
Se deduce que esto no puede ser más que un episodio breve en la historia de Alemania.
La locura pasará, el pueblo alemán recobrará el juicio, las voces racionales del gabinete terminarán por imponerse y pondrán freno a Hitler.
¿Unos meses, tal vez? ¿Quizá un año a lo sumo?
Hasta entonces, los recién llegados se prometen a sí mismos que aprovecharán esta breve pausa, antes de que se reanude la normalidad.
Al fin y al cabo, muchos se dirigen a lugares que ya han visitado como turistas o estudiantes, o como ilustres conferenciantes invitados a congresos.
Ante ellos se abre, sin duda, la perspectiva de unas semanas felices durante las que podrán explorar los encantos que ofrece una de las grandes ciudades de Europa.
Y así comienzan su emigración, con un ánimo vacacional: el miedo que los había oprimido de forma constante va disipándose poco a poco y las esperanzas ascienden como nubes de vapor, impulsadas por una ráfaga de optimismo. Tal vez, después de todo, un exilio temporal no sea tan malo.
Cruzar la frontera
En la frontera francesa, un aduanero entra en el compartimento acompañado por un agente de la Gestapo, vestido de paisano, y por un hombre de las ss.
[10] Registran la maleta de Gisela, encuentran su cámara y le ordenan abrirla.
El agente de paisano la examina cuidadosamente y se la devuelve.
¿Va a registrarla a ella? No. Se marcha, seguido por los otros dos.
Cuando el tren arranca, Gisela ve por la ventana a un hombre y una mujer a quienes la policía se lleva aparte. Su compañero de compartimento, ahora muy despierto, la observa. Se ha quitado el sombrero y sus ojos miran a la joven con compasión desde un rostro arrugado.
«Ya no hay por qué tener miedo.» Le sonríe. «La frontera ha quedado atrás.»
La respuesta de ella es defensiva: «No tengo miedo, ¿por qué iba a tener miedo?»
Y, al mismo tiempo, piensa: «¿Volveré a ver a mis amigos alguna vez?»
Esa noche, su grupo debía reunirse a la puerta del cine del barrio. ¿Era posible que alguien los hubiera denunciado? Si tal era el caso, ¿quién era el traidor? La sola idea resultaba inconcebible.
«Y yo, sentada en un tren que me llevaba hacia un destino desconocido. ¿Cómo iba a sobrevivir en París? ¿Qué dirían mis padres cuando se enteraran de mi marcha? No entenderían nada de mi decisión. Despreciaban a los nazis, pero,
como tantas otras familias burguesas que vivían vidas tranquilas y protegidas, no podían imaginar que el nuevo régimen fuera a afectar a su propio destino.»