Incendio
Hacia las nueve de la noche del 27 de febrero de 1933, apenas tres semanas después del nombramiento de Adolf Hitler como canciller de Alemania, un transeúnte que camina cerca del Reichstag oye un ruido de vidrios rotos.
Al mirar hacia el edificio desierto, ve llamas que iluminan el interior.
Se alzan con ferocidad y atraviesan la cúpula acristalada, liberando grandes penachos de humo negro que ascienden muy alto en el cielo.
Tras las columnas clásicas de la entrada principal, un muro anaranjado alumbra las ventanas.
Los bomberos y la policía llegan apresuradamente, seguidos de cerca por los políticos: el ministro del Interior prusiano y presidente del Reichstag, Hermann Göring, se precipita hacia el lugar, ansioso por aprovechar esta oportunidad, que parece caída del cielo.
Si no es un incendio accidental, entonces es un incendio provocado.
Y si es provocado, alguien tiene la culpa. Y Göring sabe muy bien quién.
Pronto se congrega una multitud para ver cómo los bomberos luchan por controlar el fuego.
Los espectadores contemplan con una mezcla de horror y fascinación cómo arde el gran edificio neobarroco, símbolo de su democracia.
Construido a finales del siglo xix, al poco de la unificación alemana, el Reichstag había sido la sede del poder imperial y, después, del democrático.
Durante los últimos veinte años, un carrusel incesante de gobiernos de coalición se ha reunido allí para intentar mantener con vida la joven República de Weimar.
Sobre la entrada principal está la famosa inscripción: Dem Deutschen Volke —«Al pueblo alemán»—.
Aunque los bomberos logran al fin dominar las llamas, ya es tarde para salvar el salón de plenos y la cúpula.
Un joven es detenido en el lugar; jadeante y sudoroso, blande una antorcha encendida en una mano.
Entró en el edificio a las 21.00 h, y a las 21.25 h ya está bajo custodia policial.
Marinus van der Lubbe es un albañil en paro, anarquista y ex comunista, cuya vista quedó gravemente dañada en un accidente laboral años atrás.
Van der Lubbe admite sin reservas su delito y dice a la policía que vino a Berlín para protestar contra el sistema capitalista mundial que oprime a los trabajadores.
En los días previos ha intentado, sin éxito, prender fuego a otros tres edificios berlineses.
También afirma, de manera categórica, que actuó solo.
Göring llama por teléfono de inmediato a Hitler, quien se encuentra cenando con Joseph Goebbels, para informar al Führer de que el Reichstag arde a causa de un complot comunista.
Se dice que Hitler, estupefacto por su buena suerte, comentó: «Ya son míos.»
Desde hace tiempo sueña con provocar a los comunistas para que cometan un acto tan violento que le permita aplastarlos de una vez por todas, mientras el pueblo le aclama como el único hombre capaz de devolver el orden a la convulsa Alemania. Su sueño se hace realidad.
Hitler y Goebbels se apresuran hacia el lugar de los hechos «a 95 kilómetros por hora».
[5] Tras «trepar por encima de las mangueras» para llegar al gran vestíbulo del Reichstag, los recibe Göring, quien declara: «Éste es el comienzo del levantamiento comunista. Se disponen a atacar. ¡No podemos perder ni un minuto!»
Un colaborador de Göring, Rudolf Diels —más tarde el primer jefe de la Gestapo—, observa a los tres hombres que están frente a él: los rostros enrojecidos por el reflejo de las llamas, brillantes y sudorosos por el calor.
Hitler empieza a gritar «completamente fuera de control, como nunca lo había visto: “Ahora no puede haber piedad. Aniquilaremos a quien se interponga en nuestro camino. El pueblo alemán no tolerará indulgencias. Todo funcionario comunista será fusilado dondequiera que lo encontremos.
Los diputados comunistas deben ser ahorcados esta misma noche. Hay que detener a todo el que esté aliado con los comunistas. ¡Tampoco vamos a perdonar a los socialdemócratas ni a los miembros del Reichsbanner!”».
No son palabras vacías. Hacia el final de la noche del 27 al 28 de febrero de 1933, casi cuatro mil funcionarios del kpd (Partido Comunista de Alemania) han sido detenidos, junto con una selección aleatoria de intelectuales, abogados y médicos que los nazis detestan en particular,
entre ellos Erich Mühsam, Egon Erwin Kisch y Carl von Ossietzky.
La versión oficial de los hechos ya se ha pulido: el incendio del Reichstag señala el inicio de una supuesto alzamiento comunista, el primero de una serie de «actos de terrorismo» planeados contra el Estado alemán y su pueblo, con el propósito de desencadenar una guerra civil.
A medida que la noticia se propaga por Berlín, las implicaciones comienzan a abrirse paso en la mente de quienes más temen al nuevo régimen.
A la fuga
En cuanto llega a Berlín, Anna Seghers se dirige directamente a su apartamento para hacer una maleta con algunas pertenencias, pero su fanática vecina sigue al acecho y llama a la policía.
Esta vez, la mujer ve recompensada su vigilancia: la policía llega y, tras registrar el piso, detienen a Anna.
En comisaría, la interrogan sobre sus actividades políticas, sus vínculos comunistas y las ideas radicales de su marido húngaro, László Radványi, quien imparte clases en la Universidad Obrera de Berlín.
Tras varias horas de interrogatorio, al fin consigue convencer a los agentes de que, al estar casada con un húngaro y tener ciudadanía húngara, no tienen derecho a retenerla.
Por suerte, trata con la policía ordinaria y no con la sa.
(1) Aceptan dejarla marchar con la condición de que permanezca en su domicilio por si necesitan volver a llamarla.
Anna no es ingenua: en cuanto regresa, agarra algunos objetos personales y escapa de noche por el jardín trasero.
Tras unos días escondida en casa de unos amigos, se dirige a Zúrich, donde se reúne con su esposo László.
La prioridad inmediata y más urgente es encontrar un lugar seguro y, después, ir a recoger a los niños.
Pero ¿adónde ir? ¿Y cómo llegar allí sin que los atrapen?
Un lugar solitario
Gustav Regler es periodista, así que, como es natural, cuando oye por la radio la noticia del incendio del Reichstag, se pone en marcha de inmediato hacia allí.
[6] Es por la mañana; los camiones de bomberos ya se han ido, los políticos ya han pronunciado sus discursos.
Un pequeño grupo de personas permanece de pie contemplando la cúpula, de la que todavía sale humo.
Un hombre lee en voz alta el periódico matinal.
Según la versión oficial, un búlgaro prendió fuego al edificio, han atrapado a un holandés y han detenido a un diputado alemán.
O quizá —piensa Regler— una paloma mensajera dejó caer una antorcha encendida sobre el tejado... o un murciélago... ¡o un gavilán judío!
A medida que Berlín se sume en el caos, Regler deambula por las calles, inmerso en una búsqueda inútil de la ciudad que una vez conoció y que tanto amó.
Parece que una ola de histeria se ha apoderado del pueblo alemán.
Cuando visita a un conocido —un médico con el que siempre ha tenido una excelente relación—, lo encuentra borracho, proclamando que los comunistas tienen la culpa de todo.
El hombre se abalanza sobre Regler —que es miembro del kpd— e intenta estrangularlo con su cinturón de cuero.
Más tarde, Regler se topa con un colega escritor, que lo disuade de entrar en un café cercano:
—No irás a entrar ahí, ¿verdad? ¡Peinan el local tres veces al día!
Regler se mofa de la exageración, pero su amigo lo conduce por la Tauentzienstrasse, informándole de que, esa misma mañana, la nueva policía ha rodeado y sitiado el bloque de pisos de la Fehrbelliner Platz donde vive.
Han arrestado a decenas de amigos suyos y el propio apartamento de Regler ha sido saqueado, junto con otros.
«¡Mis libros!, exclamé, más perturbado por eso que por cualquier otra cosa.»
La ciudad, antes llena de camaradas, es ahora un lugar solitario.
Tras pasar una noche en vela refugiado en el desván de un amigo, a la mañana siguiente Regler se apresura a la estación, donde tiempo atrás había tenido la precaución de dejar un baúl en una taquilla, por si acaso.
Recoge el baúl y se dirige al pueblo natal de su novia, Marie Louise, en el campo, con la esperanza de hallar allí un respiro frente a tanta locura.
En vez de eso, uno de los vecinos en el pueblo —hasta entonces cordial— lo denuncia de inmediato a la policía.
Se le han acabado las opciones dentro de Alemania.
Ha llegado la hora de marcharse del país.
Toma el primer tren disponible hacia su ciudad natal, Merzig, en el Sarre, que por entonces aún era independiente del Reich.
Regler llega a casa de su padre en mitad de la noche. Tiene treinta y cinco años y aún es ágil. Salta la verja del jardín y aporrea la ventana del despacho, donde todavía hay luz.
No parecía en absoluto sorprendido de verme, y había algo maravillosamente reconfortante en su calma. Volvió a sentarse a su escritorio.
—Me quedan diez minutos de trabajo —dijo, y me miró con firmeza.
No debo parecer asustado, pensé, y fijé la vista en los objetos familiares que reposaban sobre la mesa para serenarme. Señaló una llave que yacía junto al tintero metálico.
—Ve a por una o dos botellas y ponlas a enfriar.
Cuando alzamos las copas por primera vez, dijo:
—Tú lo sobrevivirás.
Por la mañana, Regler le explica a su padre que ha concebido un plan para intentar desenmascarar las mentiras sobre el incendio del Reichstag: si logra obtener los planos originales del edificio en la Biblioteca Nacional de Estrasburgo,
podrá demostrar que no fueron los comunistas los responsables del fuego, sino los propios nazis, que aprovecharon su conocimiento de primera mano de la distribución del interior del edificio para permitir la entrada de los incendiarios.
Pide consejo a su padre: ¿debería seguir adelante?
—Quieres intentar demostrar que fueron ellos quienes prendieron fuego al Reichstag. Puede sonar estúpido y fútil. Pero nada es en vano cuando ayuda a desenmascarar a los grandes mentirosos y embaucadores. No debemos rendirnos nunca, aunque sólo seamos el dedo que tapona un único agujero de la presa.
—Entonces, ¿debo ir a Estrasburgo?
—Desde luego, si es ahí donde puedes encontrar los planos del Reichstag que respalden tu teoría.
—Pero eso significa irse al exilio —dije.
Mi padre sonrió.
—Tengo cincuenta y cinco años. He vivido en el exilio toda mi vida.
Advertencias
Los poderes que el nuevo canciller alemán se arroga tras el incendio del Reichstag no dejan lugar a dudas.
Hitler convence al anciano presidente Hindenburg de que el peligro para el orden público es tan grave que, por la seguridad del pueblo alemán, debe invocarse el artículo 48 de la Constitución de Weimar.
El decreto —firmado por Hindenburg y con efecto inmediato— concede amplias potestades al Estado y revoca todas las libertades civiles.
Ya no es posible que quienes se han opuesto al régimen nazi, o cuyo trabajo está en su punto de mira, se engañen pensando que podrán permanecer en Alemania.
No. La señal está escrita en las llamas del Reichstag, una advertencia rotunda que no admite ambigüedad: ¡haz las maletas y lárgate ya!
Y así comienza un movimiento, un hilo de agua que se convertirá en arroyo y después en un río: un flujo de seres humanos cada vez más desesperados, cruzando fronteras y buscando refugio en el primer puerto seguro en el que les dejen entrar.
Quienes corren un peligro más inmediato son las figuras destacadas de la República de Weimar que no han ocultado su desprecio por el nacionalsocialismo y por su fanático líder.
Su prominencia los sitúa en oposición abierta y directa al nuevo régimen.
A finales de marzo, los dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán, el spd (ahora conocido como sopade, Partido Socialdemócrata Alemán en el Exilio), se hallan exiliados en Praga, y casi todas las figuras principales del kpd han abandonado Alemania.
Su líder, Ernst Thälmann, permanece en régimen de aislamiento, y perecerá más tarde en el campo de concentración de Buchenwald.
Las actividades editoriales del gran propagandista comunista Willi Münzenberg —apodado el «zar rojo» o, en ocasiones también, el «millonario rojo» por su lujoso estilo de vida— han sido suprimidas, y su personal, detenido.
El propio Münzenberg ha logrado escapar con su compañera, Babette Gross, y su fiel chófer, Emil Berger.
Juntos emprenden una huida de película desde Fráncfort hasta Saarbrücken en el enorme Lincoln negro de Münzenberg, vehículo que abandonan para pasar clandestinamente a Francia, amparados en la noche.
No sólo se persigue a los activistas políticos, sino también a escritores, filósofos, científicos, periodistas, artistas, actores, directores...
quienquiera que no haya ocultado su desprecio por Hitler y por sus fanáticos del paso de la oca: críticos y polemistas, creadores de arte «degenerado», defensores de modelos alternativos de acción social y política.
Muchos de los que barajan la posibilidad de huir se enfrentan además a un riesgo añadido: son judíos.
La lista de quienes fueron expulsados de la Alemania nazi en aquellos primeros días podría ser la de los participantes en un congreso universitario especialmente distinguido.
Entre ellos hay nombres familiares y otros olvidados, estrellas del firmamento intelectual y político de Weimar: Bertolt Brecht, Lion Feuchtwanger, Heinrich Mann, Thomas Mann, Golo Mann, Walter Benjamin, Alfred Kerr, Anna Seghers, Alfred Döblin, Bodo Uhse, Gustav Regler, Hannah Arendt,
Walter Fabian, Ernst Erich Noth, Ludwig Marcuse, Annette Kolb, René Schickele, Hermann Kesten, Alfred Kantorowicz...
También austríacos, como Joseph Roth, Manès Sperber, Franz Werfel, Alma Mahler-Werfel o Stefan Zweig.
Para quienes siguen dudando, basta la noticia de la detención del poeta pacifista, anarquista, escritor y artista satírico Erich Mühsam, mientras intentaba escapar durante la noche del 27 al 28 de febrero de 1933.
Las elecciones federales del 5 de marzo permiten a los nazis formar gobierno —por los pelos— en coalición con el Partido Nacional del Pueblo Alemán (dnvp).
El 16 de marzo llegan a París los primeros refugiados procedentes de Alemania.
El 22 de marzo los nazis abren el primer campo de concentración en Dachau.
Al día siguiente, el Reichstag aprueba la Ley Habilitante, que otorga el poder legislativo exclusivo a Hitler y a sus ministros, eludiendo al presidente y al Reichstag.
En cuestión de meses, los nazis prohíben todos los demás partidos políticos.
Se siguen también, una tras otra, medidas antisemitas que excluyen a los judíos de la vida pública.
A esto han llegado las cosas.