Hotel Exilio Preludio del desastre
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Preludio del desastre

Por toda Europa se repite este mismo viaje: miles de hombres y mujeres subiéndose a duras penas a trenes que se dirigen a Viena, a Praga, a Ámsterdam o a París; aferrados a una maleta, cada uno de ellos interpretando un papel desesperado,

una actuación destinada a convencer a quienes pudieran estar observándolos de que son simples pasajeros, de que viajan para visitar a una tía anciana, para tomarse unas vacaciones muy necesarias, o por negocios.

Manos temblorosas que encienden cigarrillos, miradas furtivas que se clavan en la ventanilla cuando el silbato anuncia la salida.

Los conocidos apartan la vista, fingen no reconocer a sus compañeros de viaje.

El escritor Heinrich Mann,[3] hermano mayor del por entonces más célebre Thomas, es una figura muy visible de la oposición antinazi.

La cuenta atrás para su partida comienza a principios de febrero de 1933 con un llamamiento público, firmado por él —junto con Albert Einstein y la artista Käthe Kollwitz, entre otros muchos— en el que se insta a socialistas y comunistas a formar un frente común contra los nazis.

Poco después, Mann es expulsado de la Academia de las Artes y su piso berlinés queda bajo vigilancia.

El 19 de febrero, Mann asiste a un concierto y luego a una cena cuyo anfitrión ya ha hecho las maletas y ha reservado la furgoneta de mudanzas para el día siguiente. Al marcharse de la fiesta, el embajador francés estrecha la mano del venerable autor.

«Si tiene que cruzar la Pariser Platz», murmura, «sepa que mi puerta está siempre abierta».

Ahora, ha llegado el momento. Sólo se lleva consigo lo que necesita para trabajar.

Como su compañera, Nelly Kroeger, no corre un peligro inmediato, deciden que ella se quede para cerrar el piso y saldar cuentas.

Habían firmado hacía poco el alquiler de un nuevo apartamento y Heinrich se sorprende de su propia falta de previsión.

El 20 de febrero, Nelly compra un billete a Fráncfort para el día siguiente y factura una maleta pequeña.

La mañana de la partida, Mann se viste con su habitual atención al detalle —pajarita, sombrero, guantes, bufanda— y se dirige a la estación portando un paraguas y un maletín.

Nelly y él se despiden con la mayor naturalidad posible —«¡Adiós, cariño! ¡Que tengas un viaje estupendo!»

—, como si Mann partiera a dar una de sus conferencias.

Nelly lo despide con la mano desde el andén y se queda sola.

Dos días más tarde, Heinrich Mann cruza el Rin hacia Estrasburgo.

Esa misma jornada, la policía se presenta en su piso de la Fasanenstrasse.

Registran el apartamento, lo saquean y se jactan de que el famoso autor ha sido arrestado.

Por suerte, los amigos de Mann ya han retirado su escritorio, su silla, sus libros y otros muchos objetos.

El resto lo reclamará el casero como compensación por el alquiler impagado.

Mann continúa viaje hasta Tolón, donde lo recibe un amigo.

La idea de exiliarse en el sur de Francia no es tan terrible para un autor que acaba de embarcarse en una novela histórica sobre el monarca francés del siglo xvi Enrique IV.

Mann habla un francés fluido y está empapado de la historia y la cultura del país.

Si su sufrida compañera se las apaña para solventar los temas financieros en Alemania, él, al menos, no tendrá que preocuparse demasiado por las cuestiones prácticas de la supervivencia.

Pobre Nelly: no está preparada para enfrentarse a lo que su queridísimo Heinrich ha dejado atrás.

Tras su marcha, ella pasa semanas peleando para sacar dinero de un banco que sólo lo reconoce a él como titular de la cuenta.

Heinrich apenas escribe y, mientras tanto, Nelly lidia con las visitas de la Gestapo, de las que logra salir airosa únicamente porque su hermano se ha alistado recientemente en las ss.

¿Cómo definir el comienzo de un cataclismo?

Quizá así: una serie de pequeños cambios graduales que van infiltrándose en la existencia de ciudadanos complacientes y ocupados en unas vidas tan cómodas que no admiten posibilidad alguna de cambio y, al mismo tiempo, tan saturadas con los dramas personales que a todos nos distraen,

que impiden percatarse de algo peor.

Durante mucho tiempo, las preocupaciones cotidianas que quitaban el sueño a los ciudadanos alemanes se vieron acompañadas por el zumbido constante de una fuerza que avanzaba: botas marchando por las calles de Berlín, camisas pardas irrumpiendo en los bares para imponer su ley.

Hombres que nunca han tenido poder están ahora al mando: chicos orgullosos y decididos a vengarse de quienes los habían avasallado durante tanto tiempo.

Pero ya no. Ahora, los hombres pequeños se hacen grandes; su uniforme les confiere poder.

Las batallas callejeras que durante tanto tiempo han atormentado las ciudades alemanas han terminado.

Los camisas pardas se yerguen victoriosos sobre los «rojos», derrotados.

Éste es su momento: un tiempo de fuerza viril, de estridente reivindicación de los auténticos valores alemanes, simples e incontaminados por los virus del internacionalismo, el liberalismo y la influencia extranjera.

Un empresario al que un rival más exitoso le ha estado arrebatando la clientela durante años experimenta ahora la satisfacción de ver cómo se hunde el negocio de su competidor; médicos mediocres, estancados en los rangos intermedios de la jerarquía sanitaria,

aprovechan la ocasión para ascender no por talento, sino por «pureza racial».

Ya no se permite tampoco que los intelectuales liberales llenen de literatura degenerada las cabezas de niños y niñas.

Ahora se puede arrojar a un judío de un tren en marcha y nadie hará nada.

En perspectiva, resulta difícil comprender el estado de inercia y parálisis en que vivían gran cantidad de alemanes en 1933.

Incapaces de predecir el futuro, los seres humanos tendemos a aferrarnos a lo que sentimos como los pilares más sólidos de nuestra existencia: nuestro hogar, nuestro trabajo, nuestras rutinas, la escuela de nuestros hijos, nuestro club, nuestro parque favorito.

Muchos alemanes apoyaron el nuevo régimen o se adaptaron a él.

Reprimieron las reservas que les generaba su violencia y su mendacidad, o se tragaron sus mentiras hasta que tuvieron que enfrentarse a pruebas demasiado contundentes como para ser ignoradas.

Sin embargo, cuando la presión crece, termina por alcanzar un punto en que se hace incontenible.

Por más que la explosión pille a todo el mundo por sorpresa, en retrospectiva, parece inevitable.

La historia nos dice que tuvieron que verlo venir.

Y algunos dirán que, en efecto, lo vieron venir.

Pues la se­ñal, para quien quisiera leerla, llevaba mucho tiempo escrita en la pared.

Así que hay que preguntarse: ¿qué hace falta para convencer a un ciudadano alemán, que hasta entonces vivía cómodamente, de que la situación es tan acuciante que tiene que dejar todo lo que conoce y todo lo que ama por un futuro incierto en un país extranjero en el que, casi con toda seguridad,

no será bienvenido?

En la cuerda floja

La novelista Anna Seghers[4] está trabajando en el piso familiar, en el arbolado barrio berlinés de Charlottenburg, cuando la policía se presenta allí para interrogarla.

Su marido húngaro, László Radványi, está en Suiza; a su hija Ruth la han enviado a casa de sus abuelos, en Maguncia, para evitar que su hermano mayor, Peter, de siete años, que guarda cama, le contagie la escarlatina.

El piso está en silencio; el niño duerme.

Anna tiene tiempo de repasar los acontecimientos de los últimos días: estamos en febrero de 1933 y todos los periódicos de Berlín llevan en portada la noticia del nombramiento de Hitler como canciller.

Los golpes en la puerta rompen el silencio, pero no la sorprenden.

El policía, que vacila en el umbral, ve ante sí a una mujer menuda y atractiva, de cabello espeso, recogido en un pesado moño a la altura de la nuca.

Su mirada vivaz tiene algo de inquietante.

El agente se dispone a entrar para interrogarla cuando ella le explica, con cortesía, que en la casa hay un niño enfermo.

El policía duda. Es escarlatina, añade Anna.

El agente es un hombre de familia, también tiene hijos.

Balbuceando una excusa, se retira de manera apresurada y Anna se salva por el momento, para gran decepción de su vecina, madre de un camisa parda, que no ha quitado ojo a la escena a través de la mirilla,

con la esperanza de ver cómo se llevaban esposada a esa joven que frecuenta compañías tan peligrosas.

Anna cree que aún no ha llegado la hora de entrar en pánico.

La situación política empeora, pero la vida normal todavía parece posible, incluso deseable.

El médico de familia le dice que Peter necesita tiempo para recuperarse y le recomienda una casa de convalecencia infantil en la Selva Negra.

En febrero, en la Selva Negra habrá nieve, aire puro y comida sustanciosa.

László sigue en Suiza. ¿Por qué no? He ahí la oportunidad de tomarse un descanso de la escritura, algo poco habitual, y de pasar un tiempo con su hijo lejos de Berlín.

Así que se van de casa y toman un tren hacia el sur.

Durante el trayecto, Anna le dice a Peter que se quedará con él unos días.

¡Qué alegría para el pequeño, poder tener a su madre sólo para él!

Nada más llegar, Anna lleva a Peter a una pista de hielo cercana para enseñarle a patinar.

La escena invernal es mágica: los altos abetos que se elevan sobre ellos, el cielo, de un azul cerúleo, y la tierra cubierta de nieve.

Los patinadores se deslizan sobre el hielo, mientras las cuchillas de los patines susurran al ritmo de la música que brota de un altavoz; ¿probablemente un vals de Strauss?

El frío resulta estimulante; las mejillas de Peter están sonrosadas.

Si la convalecencia consiste en esto, lo de ponerse enfermo a lo mejor no es tan terrible.

¿Cuánto dura ese raro momento, compartido por madre e hijo, hasta que un boletín urgente interrumpe el programa musical? Por el bien de Peter, cabe esperar que pudieran disfrutar al menos durante una hora, antes de que el locutor empezara a transmitir la devastadora noticia.

Las vacaciones concluyen antes siquiera de haber empezado. A toda prisa, Anna deja a Peter de nuevo en el sanatorio, explicándole que debe regresar urgentemente a Berlín. Lo deja allí con la promesa de volver a buscarlo en cuanto pueda y parte en el tren nocturno.