Hotel Exilio Primera parte
3%

Primera parte

Antes (1933-1939)

No todo el mundo vive su vida como una casa que le pertenece y que puede ir decorando con el mobiliario cada vez más rico de los recuerdos.

Hay quienes viven en hoteles, en muchos diferentes.

Personas tras las que los años se cierran como las puertas de un hotel, de modo que lo único que queda es una pizca de coraje y ningún remordimiento. [1]

Erich MARIA REMARQUE, Arco de Triunfo

Huida

Una fría noche de primavera de 1933, Gisela Freund llega a la estación de Fráncfort.

[2] Un puñado de viajeros se apresura bajo la lluvia para tomar el expreso a París, que está a punto de partir.

Mientras se dirige hacia el tren, Gisela oye pisadas de botas sobre los adoquines mojados.

Se vuelve y alcanza a distinguir las siluetas de dos hombres vestidos con uniforme de las ss.

El corazón se le acelera violentamente. ¿Y si la descubren?

Tiene veinticuatro años, lleva una falda sencilla y una chaqueta de ante marrón. En la mano porta una pequeña maleta. De su cuello cuelga una cámara Leica que su padre le regaló cuando aprobó los exámenes de bachillerato.

Al entrar en un compartimento de tercera, Gisela se encuentra a otro pasajero: un hombre de mediana edad que viaja sentado junto a la ventana, con el sombrero echado sobre los ojos.

Parece dormitar. Tras cerrar la puerta con tanto sigilo como es capaz, Gisela coloca su maleta en la rejilla y se sienta frente a él, aferrada a su cámara.

Mira el reloj: el tren está a punto de salir.

El silencio parece estirar el tiempo. Y entonces llegan hasta ella los sonidos que estaba temiendo: pasos pesados, voces, puertas que se abren y se cierran. El hombre que está sentado frente a ella ahora parece observarla con atención.

La puerta del compartimento se abre y un oficial de las ss entra portando consigo una ráfaga del gélido aire nocturno. El oficial extiende la mano.

—Papeles.

Apenas mira el pasaporte que le tiende el hombre. Se vuelve hacia Gisela, toma su pasaporte y comienza a hojearlo con detenimiento.

—¿Estudiante? ¿Adónde va?

—De vuelta a París para continuar mis estudios. —Se fuerza a adoptar un tono neutro, anodino—. Volveré dentro de tres meses.

El policía continúa hojeando el documento con sus grandes manos, dubitativo. De pronto, la mira.

—¿Es usted judía?

—¿Conoce usted a alguna judía que se llame Gisela?

«Lo dije casi a gritos, imitando la voz autoritaria de mi padre, a quien, con su gran bigote y su aire marcial, a menudo tomaban por un oficial de alto rango. Devolviéndole la mirada, clavé mis ojos en los del soldado nazi. No era mucho mayor que yo. Sorprendido, me devolvió el pasaporte,

juntó los talones y alzó la mano derecha: “Heil Hitler!”, dijo. La puerta se cerró tras él y sus pasos se alejaron.»

Unos instantes después, el tren se pone en marcha. Gisela se hunde en el asiento y se sume en sus pensamientos.

Aquella mañana se había topado con un conocido que trabajaba para el ayuntamiento. Había sido él quien le había aconsejado que se marchara.

El grupo de estudiantes al que Gisela pertenecía imprimía una revista que distribuían de forma clandestina en la universidad.

En ella criticaban al nuevo régimen y, en el último número, habían publicado los nombres de los profesores expulsados y descrito la suerte que había corrido la única otra chica del grupo, su compañera Anne, detenida por la Gestapo mientras repartía el periódico estudiantil: días después,

devolvieron su cuerpo a sus padres en un ataúd.

«Sin duda, se había negado a dar nuestros nombres, porque nadie vino a por nosotros. Yo imaginaba con horror las torturas que hubo de sufrir. Admiraba su coraje y me preguntaba si yo habría tenido fuerzas para resistir de haber estado en su lugar.»

Gisela, fotógrafa entusiasta, había tomado una serie de impactantes fotografías de sus compañeros después de que los nazis los apalearan. El cabecilla del grupo, un estudiante llamado Karl, le dijo que tenía que pensar en irse.

—Tus fotos deberían verse en el extranjero —la instó—. La gente tiene que saber lo que está pasando aquí.

De modo que aquí está ahora: viajando en un tren nocturno rumbo a París, con las fotografías ocultas bajo la ropa.

En la cámara hay un segundo carrete, sin terminar.

¿Y si la abren? En un ataque de pánico, corre al aseo del tren, saca la película, la tira por el retrete y guarda la Leica vacía en la maleta. Intenta dormir.

Fuera, todo es oscuridad. En las ventanas, las gotas de lluvia resbalan una tras otra, desvaneciéndose como las lágrimas que desearía poder derramar.

«¿De qué servía nuestra resistencia? Ellos tenían todos los medios para aplastarnos. De pronto me sentí agotada y desanimada. Hacía frío en el tren. A través de mis párpados entrecerrados percibía la mirada del hombre que tenía enfrente, silenciosa e impenetrable.»