Hotel Dear Grace CAPÍTULO 4. HOTEL DEAR GRACE #8
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CAPÍTULO 4. HOTEL DEAR GRACE #8

—Bien, creo que podemos cortar las partes quemadas con las tijeras y comerlo así —dijo avergonzada mientras ponía en una fuente el churrasco que había asado con tanto esfuerzo.

—Es una reacción de Maillard muy audaz. ¡Que aproveche!

Sin el más mínimo reparo, May comió un poco de carne de ternera y unos espárragos, y luego asintió en dirección a la señorita Eun-hye para transmitirle que estaba rico.

Ella también lo probó. La verdad era que sabía bien, pero no era por sus habilidades culinarias, sino gracias a la calidad de los ingredientes, que había conseguido que el sabor se mantuviera.

De todos modos, ¿qué más daba? Lo importante era que estaba delicioso.

Ambas compartieron una cerveza y se pusieron a charlar de esto y aquello. Cuando May supo lo que había pasado con Won-jae estalló indignada.

—¿Y si le doy un buen escarmiento antes de dejar de trabajar en la Dream Company?

La señorita Eun-hye sacudió la cabeza deprisa, diciendo que de ninguna manera iba a volver a tener otra calva por culpa de un hombre como él, y, con un puchero, añadió que no quería sentir el dolor de las inyecciones en la nuca nunca más.

May se disculpó y la señorita Eun-hye rio diciendo que era broma.

Cuando terminaron de cenar, Doorbot les mostró el espectáculo de drones que había programado especialmente para la ocasión. Se trataba de una espléndida coreografía que mostraba lo que había vivido la señorita Eun-hye dentro y fuera del Hotel Dear Grace en estilo de animación.

—¡Directora! ¡Al verla así, es como si mi historia se hubiese convertido en una novela! —le dijo la señorita Eun-hye a May mientras aplaudía, disfrutando del espectáculo.

—Ha sido un honor formar parte de ella —contestó May con una sonrisa afectuosa.

—Yo también formo parte de la suya, ¿no?

—Por supuesto. Y aunque desaparezcan estos recuerdos, hay otra historia que continuará en el futuro.

—¡La segunda parte! Va a escribirla, ¿verdad? —preguntó la señorita Eun-hye, con los ojos brillantes—. ¡No sabe las ganas que tengo! Ya que estamos, ¿no podría hacerme un espóiler pequeñito? ¡Total, mañana no me acordaré de nada!

—Bueno, porqué no. Entonces, ¿le cuento un poco ahora?

—¡Sí, porfa! Ah..., mejor no —dijo la señorita Eun-hye, moviendo las manos deprisa para negar—.

Ahora no. Voy a esperar y leerlo directamente.

Nunca se sabe. Si me cuenta algo importante de la segunda parte, ¿qué pasaría si tengo la mala suerte de recordar lo que pasó hoy?

Ay, no, poder conservar el día de hoy sería buena suerte...

Aun así, no querría arruinar un día tan bonito como este con la tristeza de que me hagan espóiler.

—Sí, entiendo lo que quiere decir.

Entre la saciedad y el efecto de la cerveza, a la señorita Eun-hye empezó a venirle el sueño. Aunque se esforzó por aguantar despierta el mayor tiempo posible, llegó un punto en el que el peso de sus párpados superó al de su fuerza de voluntad.

—Directora... Si me quedo dormida ahora, me estaré despidiendo de usted para siempre, ¿verdad?

—No va a ser de inmediato. Como ya no tengo motivo alguno para regresar a la residencia de la empresa, puedo quedarme con usted hasta que haga el check-out .

—¿En serio? ¿Entonces hoy va a dormir en la tienda conmigo? ¿Y con Doorbot?

—Si así lo desea.

—¡Claro que sí! ¡Tenemos que dormir los tres juntos!

—Entendido, señorita. Yo me encargo de preparar los sacos.

La despedida solo se había aplazado unas horas, pero la señorita Eun-hye estaba emocionada.

Al entrar en la tienda después de asearse un poco en el baño portátil, comprobó que esta era todavía lo suficientemente espaciosa aun con los tres sacos de dormir extendidos.

Los edredones de camping de pluma de ganso, además, eran acogedores y confortables.

Una vez que se acostaron los tres y se dieron las buenas noches, el fuego se apagó de forma automática.

En medio de aquella oscuridad en la que no se veía ni un solo destello, la señorita Eun-hye cayó profundamente dormida.

Cuando horas después despertó de su reparador sueño, la señorita Eun-hye abrió la tienda y salió.

Saludó con la mirada a May, que estaba reclinada en una silla de acampada bebiendo una infusión.

Entonces Doorbot apareció con una bandeja en la que portaba una taza de té para ella.

La aceptó, dándole las gracias. La infusión, que desprendía un aroma ácido, estaba a la temperatura perfecta.

La acidez de la bebida la refrescó por dentro, haciéndole sentir como si todas sus preocupaciones se hubiesen esfumado.

—Me siento revitalizada. Tanto emocionalmente, como a causa de la infusión.

—Yo también —respondió May.

Las dos se quedaron en silencio. Un poco después, May dejó la taza sobre la mesa de acampada y le entregó un pequeño sobre a la señorita Eun-hye.

Era de un material parecido a los que le había hecho llegar a través de Doorbot en sus anteriores visitas al hotel.

Supo lo que era con solo echar un vistazo.

—Así que este es su último regalo.

—Sí.

—Aunque no pueda recordarla, lo guardaré como un tesoro.

Doorbot apareció con el bolso de la señorita Eun-hye. Ella guardó el sobre y se levantó. Había llegado el momento de la despedida, ya no podía aplazarlo más.

—Tenemos que vernos de nuevo —dijo la señorita Eun-hye, extendiendo la mano derecha hacia May.

May le estrechó la mano.

—Sí. Estaré contando los días hasta que llegue el momento.

May y Doorbot acompañaron a la señorita Eun-hye a la salida del parque de atracciones.

Todos los robots que se encontraban por el camino agitaban las manos en dirección a la señorita Eun-hye.

Antes de girar el torno giratorio, se dio la vuelta por última vez.

May, Doorbot y la multitud de robots la despidieron con una profunda reverencia.

La señorita Eun-hye, inclinando la espalda, les devolvió el cortés saludo, empujó la puerta giratoria con fuerza y salió al exterior.

Ñiiiiiic.

Un desagradable chirrido metálico le perforó los tímpanos. La señorita Eun-hye frunció el ceño y se sobresaltó al descubrirse abriendo la puerta de aluminio de un viejo edificio.

—¿Eh? ¿Qué hago aquí?

Aunque era por la mañana, una atmósfera tétrica rodeaba a aquel extraño edificio; asustada, se encogió de hombros.

Su móvil, que estaba en el bolso, empezó a sonar con estruendo, dándole tal susto que estuvo a punto de gritar.

Cuando consiguió tranquilizarse un poco y sacar el móvil, vio que la estaba llamando su madre. Entonces descolgó, aliviada.

—¡Oye! ¡Seo Eun-hye! ¿Dónde te metes últimamente? ¿Por qué no contestas nunca al móvil? ¡Ven aquí ahora mismo!

Su madre estaba muy agitada.

—¿Qué sucede? ¿Dónde es «aquí»? —preguntó la señorita Eun-hye, un poco chulesca.

—Puf, pues en la comisaría. Han detenido al cabrón que se llevó el dinero de Mi-hye.

—¿Qué? ¿En serio? ¡Vale! ¡Ahora voy!

Después de colgar, salió corriendo de aquel callejón de mal agüero. No podía entender por qué aquel lugar, que estaba justo al lado de una calle muy concurrida, llegaba a provocarle escalofríos. Al salir a la gran avenida, pilló un taxi y se desplazó a la comisaría que le había dicho su madre.

En la comisaría, además de su familia, estaban las otras víctimas acompañadas por sus familiares.

No podía saber qué había ocurrido antes, pero durante el rato que estuvo allí, al menos, no tuvo que presenciar ninguna escena dramática como las de las series, en las que las víctimas agarraban al estafador del pelo o le pegaban.

De todos modos, tampoco habría estado mal que Mi-hye le hubiera dado al menos unos puñetazos a «Dae-seok», el nombre por el que conocían al estafador.

Su hermana, de hecho, estaba mucho más calmada de lo que cabría esperar.

Después de contestar con detalle a las preguntas de los agentes, les explicó a las otras víctimas cómo funcionaban los procesos de demanda colectiva.

La señorita Eun-hye quedó admirada al descubrir aquella faceta de Mi-hye que, aunque era su hermana, había permanecido oculta hasta ese momento.

—Una vez que Mi-hye reunió a las víctimas a través de internet y consiguió poner en marcha el reportaje en la emisora, la investigación corrió como la pólvora —dijo su madre, mientras le daba codazos a la señorita Eun-hye—.

Ese cabrón estaba intentando estafar a una nueva víctima, pero no tardó en llegar un aviso y consiguieron seguirle la pista.

—Qué alivio. ¿Crees que podrá recuperar el dinero?

—Puf, pues no lo sé, porque hay muchas víctimas.

Cuando terminaron todos los interrogatorios, el estafador volvió a la celda.

Mi-hye y las otras víctimas, después de darse ánimos una vez más, volvieron con sus familias.

La expresión de Mi-hye era difícil de leer: se la veía cansada, sin duda, pero a la vez parecía sentirse renovada.

Su madre y su hermana decidieron que sería buena idea llevarla a un restaurante de caldo de huesos que había cerca de la comisaría.

Les preocupaba que hubiese perdido el apetito, pero Mi-hye echó un cuenco de arroz en el caldo y empezó a devorarlo con tanta ansia que parecía burlarse de aquella inquietud.

Al verla zampar con gusto el rábano encurtido que acompañaba al plato, era evidente que no estaba muy desanimada.

—Seo Mi-hye —la llamó la señorita Eun-hye.

Mi-hye levantó la cabeza. La señorita Eun-hye frunció los labios con algo de reparo antes de seguir, como si le costase ser amable y cariñosa con ella de forma natural.

—Si no tienes dinero suficiente para el día a día, no dudes en decírmelo. Puedo ayudarte.

—Te lo agradezco un montón, pero no hace falta. Tengo lo justo para mis gastos.

—Oye, no te pongas cabezona ni te vayas a escudar en que no nos llevamos bien. Si necesitas ayuda, dilo.

—De verdad que estoy bien, todavía tengo unos veinte millones.

La señorita Eun-hye se quedó ojiplática.

—¿Cómo? ¿No te había quitado ese mendrugo todos tus ahorros?