Hotel Dear Grace CAPÍTULO 4. HOTEL DEAR GRACE #7
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CAPÍTULO 4. HOTEL DEAR GRACE #7

—¿Cómo? ¿Dice que la directora puede recibir una penalización por cómo ha llevado el hotel hasta ahora?

—Sí.

—¿Qué tipo de penalización va a recibir?

—No creo que sea apropiado que lo escuche una persona del mundo exterior, pero...

December miró a May de reojo. Esta carraspeó y bajó la mirada.

—Entendido —continuó la señorita Eun-hye con cuidado, tras mirarlas a las dos—.

No preguntaré nada más sobre la sanción, pero usted ha hablado de todos los recuerdos relacionados con este hotel, ¿no?

Eso quiere decir que no olvidaría solo lo que viví aquí, sino que incluso el recuerdo de haber conocido a la directora pasaría a ser propiedad de la Dream Company, ¿correcto?

—En efecto. Lo ha comprendido a la perfección.

—Señorita, no soy un ser tan increíble como para que renuncie a todos sus recuerdos felices por mí —intervino entonces May, adecentando su atuendo y poniéndose bien derecha—.

Además, no quiero olvidar el haberla conocido ni el tiempo que he pasado con usted.

¿Qué le parece guardar para siempre mi recuerdo y el de Doorbot aunque no vuelva a este lugar nunca más?

—A mí también me gustaría seguir acordándome, pero no puedo permitir que le ocurra algo espantoso...

La señorita Eun-hye movió los dedos mientras pensaba durante unos instantes y, de repente, cerró los puños como si hubiese tomado una decisión.

—Directora, dijo que le gustaría que se cumpliesen todos mis deseos y pudiese vivir feliz, ¿no es cierto?

—Sí, claro.

—Bien. Entonces regrese al mundo real, por favor.

Aunque sea solo por mí, siga escribiendo la segunda parte de la novela.

Triunfe y sea feliz. Eso es lo que yo deseo.

Aunque ya no tenga el recuerdo de los momentos felices que viví con usted, seguiré adorando a la escritora Bluna.

Nuestras almas ya se habían encontrado antes, y seguirá siendo así.

—Señorita...

—Voy a firmar. ¿Señorita December? Deme el documento.

—Ha tomado una sabia decisión —dijo December, entregándole el documento y un bolígrafo con una sonrisa amable—.

Para expresar mi agradecimiento por la firma del contrato, voy a ofrecerle un servicio especial, solo por hoy.

El acuerdo entrará en vigor al hacer el check-out y, una vez concluido, todos los recuerdos de ambas relacionadas con el Hotel Dear Grace pasarán a ser propiedad de la Dream Company. ¿Hay algo más que quiera saber?

—No, nada.

—Bien. Ahora que ha sido informada, solo falta que ponga su rúbrica aquí.

La señorita Eun-hye firmó sin vacilar.

—Gracias por haber hecho uso de los servicios de la Dream Company. Si, por casualidad, volvemos a encontrarnos, nos encargaremos de brindarle el mejor de los servicios —dijo December, tras recibir el documento.

December le hizo una profunda reverencia y, con pasos ligeros, salió por la puerta principal del Hotel Dear Grace, que se había abierto automáticamente. Cuando la gran puerta se cerró, en el vestíbulo del hotel se formó un silencio incómodo.

Entonces los triobots empezaron a tocar la Humoresca número 7 de Dvořák. La señorita Eun-hye estalló en carcajadas. Aquella melodía era la que mejor iba con la situación.

—Bueno, ¿qué hacemos ahora? —preguntó la señorita Eun-hye, mirando a May y a Doorbot.

—Señorita, da igual lo que haga, no va a poder recordarlo.

—¡Por eso precisamente tenemos que hacer algo! Este es un momento valiosísimo para nosotras.

—Pero...

—Usted dijo que, aunque los recuerdos desaparezcan, los sentimientos permanecen. Así que, ¡hagamos algo divertido! ¡Quizá las emociones que acumulemos hoy nos ayuden en el futuro a seguir adelante!

Al oír esas palabras, la rígida expresión de May se suavizó en una sonrisa. No una sonrisa profesional para recibir a un cliente, sino una que brillaba como los rayos de sol colándose entre las cortinas a primera hora de la mañana.

—Entendido. Entonces, ¿cómo le gustaría pasar estos momentos tan valiosos, señorita?

—Um..., ¿hay algo que quisiese hacer con amigos?

—No sé, no se me ocurre nada... ¿Tiene alguna sugerencia?

—Pues, como es el último día, ¿qué tal si hacemos algo drástico? Excesivo, incluso. ¿Qué tal un parque de atracciones? ¿Cree que será posible?

—Sí, por supuesto que es factible, pero el déficit sería tan grande que no bastaría con solo escribir una explicación para justificarlo.

—Pero ¡hoy no importa! ¡December dijo que era un servicio especial!

—Ja, ja, tiene razón, por hoy no pasa nada.

Riendo, May caminó con pasos decisivos hasta la puerta del Hotel Dear Grace y la abrió de par en par.

La señorita Eun-hye se quedó boquiabierta cuando vio el hermoso panorama que había al otro lado de la puerta del hotel.

Globos aerostáticos de diversos colores flotaban bajo un techo muy alto; en el tejado de un adorable edificio de madera, los robots danzaban en parejas.

Entre las vías de una montaña rusa con forma de dónut torcido pasaban bicicletas voladoras, y más allá del tiovivo y el barco vikingo se veía una gran noria que giraba lentamente.

Era igualito al parque de atracciones del lugar donde vivían los robots en el mundo creado por Bluna.

Los triobots que habían estado tocando en el vestíbulo se cambiaron los sombreros, entraron en el parque de atracciones y, poco después, empezó a escucharse una animada música de carnaval.

La banda liderada por los triobots comenzó a marchar por la avenida y los robots danzarines se unieron a ellos en un desfile.

La señorita Eun-hye cogió la mano de Doorbot y salió por la puerta principal del hotel.

Los robots bailarines les mandaban besos con las manos una y otra vez mientras desfilaban y se lucían con magníficos giros.

Doorbot debía de haberse enamorado de una de las bailarinas, porque no le quitaba los ojos-lente de encima.

—¡Directora! ¡Esto es fantástico! Venga, ¡vamos a divertirnos!

May y la señorita Eun-hye siguieron a Doorbot y entraron en el parque de atracciones.

La señorita Eun-hye consiguió dos diademas con antenas y le dio una a May.

A Doorbot le puso unas gafas de sol con forma de corazón.

Los tres pasearon por el parque de atracciones con Doorbot de la mano en medio de ambas, como si fuesen una familia.

—¡Vamos a esa montaña rusa!

—De acuerdo, señorita.

May y la señorita Eun-hye echaron a correr, alegres, en dirección a la atracción.

—Yo, ¡yo no quiero! ¡Mi motor se recalienta demasiado! —lloriqueó Doorbot, metiéndose en medio.

—Doorbot, eres mucho más robusto de lo que crees —dijo May, sonriéndole—. Es imposible que se te recalienten los motores por la aceleración de la montaña rusa.

—Ah, no... Aunque el motor esté a salvo, seguro que el agua de refrigeración empieza a correr en la dirección contraria... Además, solo hay dos asientos. Vayan ustedes dos, pásenlo bien. Yo estaré esperando aquí abajo, cuidando del equipaje.

Delante de las escaleras para subir a la montaña rusa, Doorbot empezó a retroceder disimuladamente. «¡Anda! ¿Doorbot tenía esta configuración?». La señorita Eun-hye observó divertida cómo May acorralaba a Doorbot. Al final, el autómata se quedó solo abajo mientras ellas subían a bordo.

Tac, tac, tac, tac.

Cada vez que escuchaba el sonido de la cadena tirando del vagón, su corazón se aceleraba.

En el momento en el que pensó «ahora pronto llegaremos a la cima y caeremos, caeremos, caeremos», el cuerpo de la señorita Eun-hye cayó hacia abajo.

Tras dar tres o cuatro vueltas en una sección circular, impulsado por la aceleración, el vagón pasó a gran velocidad por una espiral con forma de dónut torcido.

La señorita Eun-hye no pudo ni siquiera soltarse las manos, pero gritó a todo pulmón, emocionada.

La montaña rusa aceleró durante tres minutos, recorriendo el espacio del parque de atracciones.

Al volver a la plataforma, tenían el pelo tan revuelto que parecía que las hubiera alcanzado un rayo.

La señorita Eun-hye y May rieron a carcajadas viendo los pelos de la otra.

Después de comer unos helados, siguieron disfrutando juntas de las atracciones.

La señorita Eun-hye también montó en el tiovivo para acompañar a Doorbot, que tenía mucho miedo.

Él se lo pasó pipa saludando una y otra vez a May y a los robots que estaban fuera de la atracción.

A la señorita Eun-hye le dio pena no poder conservar en una foto aquella imagen tan entrañable de Doorbot.

Y lo que era aún peor: después del check-out , perdería incluso el recuerdo.

Se agarró a la barra del tiovivo y susurró como si rezara: «Por favor, cuando aparezca el parque de atracciones en la novela de Bluna, déjame imaginarlo justo como ahora».

Se lo estaban pasando tan bien que el momento de marcharse llegó en un abrir y cerrar de ojos.

Pero antes, los tres subieron juntos a la noria.

La escena de la atracción repleta de robots charlando bulliciosamente era muy adorable, pero al verla sintió tanta pena que estuvo a punto de echarse a llorar.

—¡Vamos al fotomatón! —sugirió la señorita Eun-hye.

—Qué buena idea —contestó May, aun sabiendo que no tenía sentido.

Tras sacar las fotos con gran gozo y alboroto, los tres fueron al campamento del parque de atracciones.

Después de dormir allí, tendría que separarse de todos sus recuerdos.

La señorita Eun-hye, decidida a cocinar ella misma y agasajar así a May, despidió a los chefbot que habían traído todo lo necesario para una barbacoa.

Por supuesto, no fue fácil, ya que era la primera vez que cocinaba de acampada.

Tuvo dificultades desde el principio, al intentar encender el brasero.

Cuando, después de haber bregado con el humo, consiguió prender el fuego y poner la carne en la parrilla, una llama se elevó al cielo y estuvo a punto de quemarle todo el flequillo.

May se ofreció a llamar a los chefbots, pero la señorita Eun-hye se empeñó en asar toda la carne por sus propios medios.