Hotel Dear Grace CAPÍTULO 4. HOTEL DEAR GRACE #6
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CAPÍTULO 4. HOTEL DEAR GRACE #6

A la señorita Eun-hye comenzó a dolerle la cabeza como si le hubiesen dado un golpe.

Quedarse quieta tras escuchar insultos tan graves no pegaba con su temperamento, pero, por algún motivo, era incapaz de abrir la boca o mover los pies.

Pensó en la fina blusa, los numerosos productos de maquillaje y los zapatos brillantes que había comprado hacía nada para la cita con Won-jae.

¿Y todo eso para tener que escuchar algo así?

—Por cierto, casi me voy a la mierda porque compré en alza, pero el mercado de cripto está ahora en bull market ... ¿Cómo? ¿Si mi padre se entera de que vuelvo a invertir en cripto? ¡Pues me confiscará el edificio, eso dalo por seguro! Tenemos que llevarnos el secreto a la tumba, ¿eh?

Won-jae se giró de repente; quizá había notado alguna presencia. Entonces las miradas de ambos se encontraron. Él se quedó congelado en el sitio, estupefacto. Pensó que quizá intentaría darle alguna excusa, pero no dijo nada.

Sí, tener que escuchar sus explicaciones sería aún más penoso.

La señorita Eun-hye empleó todas sus fuerzas en marcharse corriendo del callejón.

Los tacones de aquellos zapatos a los que no estaba acostumbrada y que llevaba mal calzados golpeaban el suelo con fuerza.

Mientras corría así hacia la calle principal, no pudo ver un profundo hueco en el suelo, metió el pie dentro y cayó de bruces.

Catapúm. Con un gran estruendo, los zapatos que llevaba mal enganchados en los pies se le salieron y volaron por los aires.

De su bolsa, cerrada con un cordón flojo, también salió disparada la paleta de sombras, que se abrió y llenó el suelo de colores.

Lo normal en aquellas circunstancias habría sido que el bochorno, que tenía un peso mayor que el dolor, la hubiera hecho levantarse del sitio rápidamente, pero le resultó imposible.

En aquella tempestad de complicados y violentos sentimientos que no podía definir, la vergüenza excedía al resto de forma abrumadora.

—Oiga, ¿se encuentra bien? —preguntó una mujer mientras le devolvía sus pertenencias.

—Sí..., gracias.

Agradeció a la mujer inclinando la cabeza y, tras coger los objetos que le daba esta, miró inconscientemente hacia el callejón del que acababa de salir.

Pensó que quizá Won-jae la seguiría, pero la entrada del pasadizo estaba tan silenciosa como si no hubiese ocurrido nada.

La rabia la invadió con un efecto ligeramente retardado y empezó a hiperventilar.

—¿Qué te ocurre? ¿Te estaba persiguiendo alguien? —le preguntó entonces otra mujer, que había recogido sus zapatos.

—¿Cómo? ¡Ah! No, no. No es eso...

—¿Puedes levantarte? Ay, te has raspado mucho las rodillas.

—Sí, estoy bien... Gracias, gracias...

—Un momento, voy a comprarte una pomada.

La señorita Eun-hye no dejaba de insistir en que estaba bien, pero las mujeres que se habían acercado a auxiliarla no pensaban lo mismo.

Si se ponía en su lugar, podía entenderlo perfectamente.

También ella, si a eso de las nueve de la noche hubiese visto a una mujer joven salir corriendo de un callejón como si la estuviesen persiguiendo, caer con un gran golpe y quedarse temblando en el suelo sin poder levantarse, habría ido corriendo a socorrerla inmediatamente.

Miró a las mujeres que la estaban ayudando.

Una llevaba unos pantalones anchos y el pelo enmarañado; otra, decenas de piercings y tatuajes visibles, y la tercera, una enorme mochila de senderismo y gafas de montura gruesa.

Si las hubiese visto en el autobús unos días atrás, las habría juzgado sin piedad.

—Te he comprado una pomada. Como el suelo está muy sucio, lo primero es desinfectar la herida.

—¿Seguro que no te seguía nadie? ¿Hacia dónde vas? ¿Te acompaño a una calle más concurrida?

Con la asistencia de aquellas mujeres que veía por primera vez en su vida, la señorita Eun-hye desinfectó la herida y la cubrió con un apósito.

Cuando la ayudaron a levantarse, pisó a propósito la parte de atrás del zapato con el talón.

Aquellos zapatos de charol que había comprado hacía poco acababan de recibir una sentencia de muerte, pero no solo estaba en juego la comodidad de su pie, sino también la de su corazón.

Al llegar a la calle principal, les dio las gracias una y otra vez a las mujeres que la habían ayudado y pidió un taxi a través de una aplicación.

Aun después de que hubiese subido, ellas no se dispersaron y siguieron mirando a su alrededor, atentas.

Una de ellas incluso le sacó una foto a la matrícula del taxi.

Tan pronto como arrancó el vehículo, abrió su estuche de maquillaje y se miró en el espejito agrietado. La cara que se había esmerado tanto en maquillar no le pareció para nada bonita. Sintió que escuchaba de nuevo la voz de Won-jae hablando por teléfono en el callejón.

Sí, ahora me la estoy trabajando. Si la seduzco, creo que podré usarla como cajero de criptomonedas. No voy a seguir saliendo con ella, mi plan es tirármela pronto y dejarla. Es de hueso ancho, no cotiza que se va a poner como una vieja foca.

Burlándose de sí misma, cerró el espejo.

—Un cajero..., ¿es esta la vida que has estado viviendo hasta ahora, Mi-hye?

La señorita Eun-hye, que había deseado cambiar su destino por el de su hermana, sintió una profunda empatía hacia esta, en una revelación tardía pero genuina.

Entonces le sonó una alarma en el móvil.

Lo cogió con cuidado, temiendo que fuese un mensaje de Won-jae; al ver la previsualización en la pantalla, se sobresaltó y fue a leer el texto entero.

Estimada clienta Seo Eun-hye:

Un placer saludarla, le escribo de Dream Company.

Se ha confirmado la propuesta de acuerdo sobre la cuestión que propuso; por favor, le rogamos que visite el Hotel Dear Grace para comprobar la resolución definitiva. Las visitas a petición de la oficina central no tienen coste de estancia.

Gracias,

December, encargada de Dream Company

La señorita Eun-hye se bajó del taxi y se dirigió al hotel de forma apresurada.

Al entrar en el vestíbulo a todo correr siguiendo a Doorbot, vio que había dos Mays, idénticas como dos gotas de agua.

Una de ellas llevaba la ropa negra a la que estaba acostumbrada la señorita Eun-hye, mientras que la otra vestía de blanco.

—Señorita, ¿se ha hecho daño? —dijo la May de negro al ver a la desconcertada señorita Eun-hye.

—Me tropecé yo sola por la calle y caí. No es nada. —La señorita Eun-hye movió las manos y sonrió, como quitándole hierro al asunto.

Entonces intervino la mujer vestida de blanco, agachando la cabeza ligeramente.

—Siento interrumpirlas, pero debo presentarme. Encantada de conocerla. Soy December, la encargada de la zona 126-37.

No solo su cara era idéntica a la de May, su voz también lo era.

Sin embargo, en la placa que llevaba sobre su camisa blanca se podía leer «December», y sus expresiones y forma de hablar eran definitivamente distintas a las de May.

December la condujo a uno de los sofás que había en el vestíbulo y empezó a hablar pausadamente.

—Usted solicitó como servicio de sueño que May, una de nuestras empleadas, fuera enviada al mundo fuera del hotel. ¿Correcto?

—Sí, es cierto.

December asintió con la cabeza.

—Por favor, comprenda el tiempo que nos ha llevado contestar su petición.

Al no constar precedentes, hemos necesitado consultar el caso con la junta directiva.

Tras un largo debate, se llegó a la conclusión de que, según el reglamento de la Dream Company, la prioridad es siempre cumplir con el servicio de sueños, y juzgamos que, si paga los gastos del sueño, lo correcto sería anular el contrato de May con la Dream Company.

—¡Guau! ¡Qué bien!

—Sin embargo, hay un problema.

December sacó unos documentos muy pesados.

La señorita Eun-hye empezó a inquietarse pensando en qué pasaría si no podía pagar el precio de un sueño tan exorbitante y se veía obligada a cancelarlo.

En el rostro de May, de pie al lado de ellas, podía entrever indicios de nerviosismo que intentaba esconder.

—Primero ha de saber que, cuando la empleada May se incorporó a nuestra empresa, el contrato no se produjo con una sola persona, sino con dos de manera simultánea —continuó December—.

Por eso, si cancelamos el contrato con May, todo lo incluido en el susodicho convenio ha de volver al lugar donde estaba...

pero, en estos momentos, una de las partes del contrato, April, se opone desesperadamente a su anulación.

—¿April? ¿Quién es April?

Fue May quien respondió a la pregunta de la señorita Eun-hye.

—Mi madre. Pasó a formar parte de la Dream Company al mismo tiempo que yo.

—Ah..., ya veo. Como ambas desaparecieron de la realidad a la vez...

December asintió.

—April parece muy satisfecha con el trabajo de la Dream Company. Lo sentimos mucho, pero no podemos obligar a que rescinda de sus obligaciones laborales a una trabajadora que quiere permanecer en la empresa. Por ese motivo, cancelar el contrato de May es sustancialmente imposible.

—Entonces... ¿dicen que no pueden hacer mi sueño realidad? —preguntó la señorita Eun-hye, quejumbrosa.

—No llegue a una conclusión demasiado precipitada —contestó December, sonriendo ampliamente—.

Es imposible rescindir el contrato, pero eso no quiere decir que no haya otro método.

Al tratarse de un caso muy raro, la propietaria de nuestra Dream Company se ha interesado particularmente y nos ha propuesto una solución.

—¿Y cuál sería? Dígamelo, por favor.

—¿Qué le parece si el servicio de sueños que solicitó se proporciona a cambio de transferir a Dream Company los recuerdos de ambas relacionados con el Hotel Dear Grace?

La propietaria considera que los recuerdos de una relación tan pura tienen un gran valor.

De esa manera, sería posible cubrir también la sanción por operar en déficit que recibirá la empleada May por los ingresos notablemente bajos que ha obtenido en comparación con los recursos utilizados.