CAPÍTULO 3. SU BOLSO FAVORITO #5
Desearíamos que nos escribieran aquellas víctimas que hayan sufrido la estafa en la que el timador, bajo una identidad falsa y con la promesa del matrimonio, desaparece sin dejar rastro tras recibir dinero y bienes de valor.
Al leer ese breve aviso, las tres mujeres de la familia de la señorita Eun-hye se agarraron de las manos y se reconfortaron diciendo que aquello era el comienzo.
Mientras tanto, le llegó un mensaje de Won-jae sobre la reserva en el bufet del hotel.
La semana siguiente a las ocho de la tarde, hotel Shilla, The Parkview.
Pero entonces, de repente, le preocupó la cicatriz de la nuca.
Si Won-jae acababa viendo la calva por accidente mientras iba feliz de un lado a otro en el bufet en busca de comida, se sentiría muy avergonzada.
Se sentó delante del espejo y probó varios peinados que le cubrieran completamente la cicatriz.
Era la primera vez en su vida que se sentaba delante del espejo durante tanto tiempo.
Quizá por ese motivo, se le iba la vista una y otra vez a los numerosos poros de su rostro.
No recordaba haberlos tenido así en la veintena, ¿cuándo había envejecido tanto?
Entonces recordó la clínica de dermatología a la que había ido hacía poco e inmediatamente entró en la web y reservó una cita.
—Eun-hye, me parece que estás aún más radiante que la última vez que te vi —dijo Won-jae, ofreciéndole un ramo de flores a la señorita Eun-hye a la entrada del restaurante.
El ramo, el primero que recibía de un hombre, la hizo feliz, pero el peculiar cumplido indirecto de Won-jae hizo que le latiese más fuerte el corazón.
Tras comprobar su cupón, fueron conducidos a una mesa y los dos decidieron empezar por ir a buscar la comida.
El aroma de los distintos platos flotaba en el aire.
Aunque se le hacía la boca agua, la señorita Eun-hye no sabía por dónde empezar: tenía un plato en la mano, pero toda la comida tenía tan buena pinta que no sabía qué elegir primero.
Si se servía demasiado al principio, podría suceder que, más adelante, se quedase sin comer algo realmente delicioso, y de ninguna manera quería que ocurriese una situación tan desoladora.
La señorita Eun-hye, que estaba escaneando minuciosamente los distintos platos mientras daba vueltas alrededor del bufet, vio por casualidad al otro lado del expositor una cara que se parecía a la de su padre.
Sin embargo, su padre estaba de viaje de negocios, así que era imposible que fuera él.
Dudando, lo observó atentamente. No era un simple parecido, era clavado a su padre.
Sacó el teléfono y lo llamó. Para su sorpresa, el hombre del bufet del hotel cogió el teléfono a la vez.
—¿Sí, Eun-hye?
—Papá, ¿dónde estás?
—¡Dónde voy a estar! En Estados Unidos.
Entonces una mujer joven dejó el plato en la mesa del hombre que se parecía a su padre y le dio un beso en la mejilla.
Vio que los labios de la mujer se movían como si le estuviera diciendo algo; al mismo tiempo, al otro lado de la línea, escuchó la voz de una mujer que hablaba coreano.
El hombre le acarició la espalda suavemente, le dio unas palmaditas en el trasero y le hizo un gesto para que se sentase frente a él.
—Papá, creo que escucho coreano de fondo.
—Ah, es que estoy comiendo en un restaurante coreano. He salido con el señor Kim, nuestro jefe de departamento, para cenar y de paso hablar de temas de trabajo, pero hay bastante ruido porque hay mucha gente...
Su padre siguió hablando, algo muy impropio de él, siempre tan parco en palabras. Ese fue su error.
—Mmm... qué curioso. A pesar de la diferencia horaria con Estados Unidos, es la hora de la cena también aquí. ¿Por casualidad el jefe de departamento Kim lleva puesto un vestido de flores y un collar de perlas?
Tan pronto describió la ropa de la mujer que tenía delante, vio al hombre mirar alrededor, desconcertado.
En ese momento, la señorita Eun-hye sintió que su corazón se desangraba por completo.
Había creído que, aunque pareciese insensible, su padre era un hombre bueno que trabajaba silenciosamente por su familia; ni en sueños podría haber imaginado que era la clase de persona que podría mostrarse así de afectuoso con una mujer que no fuera su madre.
De repente, un sudor frío le recorrió la espalda y se le congelaron las manos.
—Eun-hye, ¿dónde estás ahora?
Iba a responder, pero decidió colgar la llamada.
Después, haciendo zoom, le sacó una foto a su padre y a la mujer desconocida, y volvió a su sitio.
Su padre trató de llamarla por teléfono, pero ella apagó el móvil y se lo guardó en el bolsillo de atrás del pantalón.
Se le había quitado el apetito por completo.
Sin ganas, cogió lo primero que vio de comida y se llenó el plato con ella.
—Eun-hye, ¿no quieres más que lechuga? —preguntó Won-jae, sorprendido, al ver que tenía el plato lleno de ensalada.
Había sido sin querer.
—Pues mira, fue lo que me entró por los ojos —contestó, sonriendo avergonzada.
—Bueno, dicen que empezar comiendo verduras es bueno para la salud. Veo que te esfuerzas por cuidarte.
Le pareció que Won-jae había malinterpretado la situación, pero no le quedaba energía mental suficiente como para aclararla. Decidió vaciar el primer plato como pudiera y después ir a por el segundo, pero no le notaba sabor alguno a la comida, era como si estuviese comiendo papel o arcilla.
Entonces la mujer del vestido de flores y su padre, cogidos del brazo, pasaron cerca de su mesa.
La señorita Eun-hye bajó la cabeza deprisa, fingiendo apoyar la frente en la mano.
Mientras salía del restaurante, su padre seguía mirando alrededor.
Seguramente estuviese buscándola. Ella los miró de reojo con disimulo, mordiéndose el labio.
—Eun-hye, ¿te encuentras bien? —preguntó Won-jae.
—Perdona, Won-jae, no me siento muy bien hoy. Voy un momento al baño —contestó, sonriendo incómoda.
Tras decir eso, siguió furtivamente a su padre, que acababa de salir del restaurante.
Mientras iba detrás de ellos, escondiéndose entre los elementos decorativos para que no la viesen, sintió una vergüenza inesperada.
La joven y su padre no habían salido a la calle, sino que se habían montado en el ascensor del vestíbulo.
Ella se acercó deprisa y miró la pantalla: el ascensor había dejado atrás los pisos de zonas comunes y subido a las habitaciones.
—¡Joder! ¿Qué es esto?
La señorita Eun-hye se agarró la cabeza y se desplomó en el sitio. Quizá porque apenas había comido, empezó a verlo todo negro; mientras la cabeza le daba vueltas, el conserje se acercó a preguntarle si estaba bien. Con su ayuda, se levantó y llamó a su madre.
—¡Mamá! ¡Acabo de ver a papá! ¿A que no imaginas dónde? —La voz de la señorita Eun-hye temblaba de agitación.
Sin embargo, antes de que pudiese acabar de hablar, su madre le dio una respuesta que no habría podido imaginar.
Tan pronto como llegó a casa en el taxi que le había conseguido Won-jae, se encontró cara a cara con su madre, que la esperaba en el salón.
Cuando la señorita Eun-hye, furiosa, intentó decir algo, su madre le agarró las manos y se la llevó a su cuarto en silencio.
No podía entender por qué su madre estaba tan tranquila.
—¿Qué te ocurre? ¡No es propio de ti! ¿Por qué finges no saber nada? ¿No deberías salir ahora mismo a buscarlo y darle una buena paliza?
—Shh, baja la voz, que te va a escuchar Mi-hye.
—¿Y qué pasa si me escucha? ¿No es de nuestra familia? ¿No debería enterarse?
—Eun-hye, por favor, cálmate. —Las palabras de su madre, que la había tomado de las manos, sonaron casi como un ruego.
Aquel era un aspecto desconocido de su madre, muy distinto de cómo solía actuar. Se dejó caer sobre la cama, esperando a ver qué rayos iba a decirle. Ella se sentó a su lado, con calma.
—No es la primera vez que tu padre tiene una aventura. He seguido viviendo con él sabiéndolo.
—¿Por qué? ¿Lo quieres tanto como para soportar eso?
—No. Hace mucho que vivimos juntos sin amor. Quizá nunca nos quisimos.
La señorita Eun-hye suspiró profundamente.
—Entonces aún me cuesta más entenderlo. Al ver que la abuela te maltrataba y tú no decías nada, pensaba que al menos papá te consolaba sin que lo viéramos nosotras, pero ya veo que no. ¿Por qué has vivido aguantando esta humillación?
—No te creas que pienso vivir así para siempre, solo estoy esperando a que os caséis.
Casarse. La señorita Eun-hye se quedó muda ante aquella palabra que estaba harta de oír últimamente. ¿Era casarse tan importante como para que toda su familia estuviese sufriendo tanto sin sentido?
—Eun-hye, ¿sabes lo que me dijeron los parientes de Seo In-cheol cuando murió tu bisabuelo?
Que como el espacio del padre de la novia estaba vacío cuando nos casamos, la energía de la familia había escapado por ahí, y la chamana a la que acudían les explicó que había sido un gran error dejar que alguien como yo entrara en la familia.
Como era una muerta de hambre, había traído la mala suerte y por eso la familia había perdido su fortuna.
Eun-hye, escucha, no quiero que mis hijas tengan que oír algo así por nada del mundo.
Y considero que apoyaros de la mejor manera hasta que os caséis forma parte de mi responsabilidad como madre, ¿entendido?
—Mamá, solo te dijeron eso porque querían buscarte algún defecto y se inventaron un motivo.
Aun así, quiero preguntarte algo. ¿Por qué te preocupas tanto por lo que puedan decir nuestras futuras familias políticas?
¿Porque te da miedo que les digan eso a tus hijas?
¿Qué sentido tiene fingir armonía familiar para mandarnos a mí y a Mi-hye a casas donde podrían tratarnos así de mal?
Su madre empezó a titubear, incapaz de responder a aquella pregunta.