CAPÍTULO 3. SU BOLSO FAVORITO #2
Desconcertada, buscó la zona a tientas. No había dudas de que había una parte sin pelo en la que podía notar la piel.
Era como si alguien le hubiese arrancado un mechón...
Entonces recordó lo que había pasado en el Hotel Dear Grace.
¡El pelo que le habían sacado al solicitar el servicio adicional de sueños!
Estaba segura de que se lo habían arrancado por esa zona.
—Ah, seguro que es cosa del estrés, el estrés...
A las mujeres se les cae el pelo de forma distinta que a los hombres.
Yo, que soy calvo, sé bien lo que se siente.
Ve rápido a recibir tratamiento antes de que empeore.
Muy cerca de aquí hay una clínica de dermatología, creo que también tratan la alopecia.
Ya que hablamos de ello, lo mejor es que vayas ahora.
Después, a la hora de comer, va mucha gente a ponerse inyecciones y está hasta arriba.
Venga, esta vez lo incluiré como prestación de bienestar.
El director sacó la tarjeta de la cartera y se la ofreció a la señorita Eun-hye.
—¿De verdad va a hacerse cargo del gasto? —preguntó para asegurarse, mientras la cogía con cuidado.
—Sí, aunque, por supuesto, aquello que no cubre el seguro queda excluido.
Y ya que vas, pásate por la cafetería esa que acaba de abrir enfrente y tómate un café.
No sé si es porque la acaban de inaugurar, pero siempre hay mucha gente; si está bueno, podemos tomar allí el café a partir de ahora.
Desde que cambió el dueño de la cafetería de siempre, el sabor es... en fin. Ya sabes a qué me refiero, ¿no?
—Sí, director. Entonces iré a probarlo y le daré mi opinión.
Tras saludar al director con una ligera reverencia, salió de la oficina. Estaba feliz porque el trabajo de la empresa había salido bien y la habían felicitado, pero no dejaba de pensar en la cicatriz que tenía en la nuca. Mientras se preparaba para salir, la toqueteaba una y otra vez.
En la clínica había mucha más gente de lo que había imaginado.
No era capaz ni de estimar cuántas personas se juntarían allí a la hora de comer, cuando decían que estaba hasta arriba.
Se preguntó si había tanta gente con problemas de piel, pero, al fijarse, vio que la mayoría estaban esperando frente a la sala de inyecciones.
Por eso habría tantos. La pizarra más grande estaba repleta de información sobre los efectos, precios y descuentos que se aplicaban si pedías un paquete con varias inyecciones: las había de vitaminas, de jade blanco, la inyección de Cenicienta, inyección de ajo... 1
—Seo Eun-hye.
Escuchó cómo la llamaban con la típica cadencia cantarina de las enfermeras.
Respondió un «sí», se levantó y entró en la consulta.
El médico le preguntó el motivo de su visita y ella le enseñó la cicatriz de la nuca.
Después de observar con detalle el área afectada, el médico le hizo varias preguntas: si había tenido alguna situación estresante últimamente, si se sentía fatigada, si había comido a deshora o si había perdido o ganado peso de forma repentina.
Resultó que la respuesta a todas las preguntas era afirmativa.
El médico la tranquilizó diciendo que era un alivio que hubiese venido a la clínica antes de estar peor y que, si llevaba un tratamiento continuado, no había duda de que mejoraría.
Después le puso una inyección en el área afectada y le recetó una medicina tópica.
Cuando se dispuso a sacar la cartera, después de un pinchazo en la nuca que casi hizo que se le saltaran las lágrimas, encontró el sobre que le habían dado antes de hacer el check-out en el Hotel Dear Grace.
«Es verdad, ya no me acordaba». La señorita Eun-hye abrió el sobre.
Dentro había una dirección y cinco cifras escritas en un papel.
—¿Qué es esto?
Justo entonces, la llamó una de las empleadas. Metió el papel con la dirección en el bolso y se dirigió a la ventanilla de pago.
Tras ir al hospital y a la farmacia, la señorita Eun-hye fue a la cafetería que acababa de abrir, tal como le había pedido su jefe.
Como aún era temprano, no debía llevar mucho tiempo abierta, pero se veía bastante animada gracias a la gente que había ido a tomar el brunch , sacaba fotos y charlaba distendidamente.
El interior de la cafetería tenía una iluminación acogedora, contaba con hermosos muebles y adornos muy bien ubicados; tuvo la sensación de que pronto se convertiría en un lugar popular gracias a las redes sociales.
Cuando se acercó al mostrador con la cabeza ligeramente girada para ver con atención el menú escrito a mano, alguien la llamó.
—Perdona, ¿eres Seo Eun-hye?
La señorita Eun-hye, sorprendida de que la hubiesen llamado por su nombre en una circunstancia inesperada, miró al otro lado del mostrador.
Sus ojos se encontraron con un hombre alto de piel clara y pelo ondulado.
Era Won-jae, un compañero de la facultad algo mayor que ella. Se tapó la boca, sorprendida.
—¿Won-jae?
—Eres Seo Eun-hye, ¿no? ¡Guau! ¡Qué coincidencia! Estás tan guapa que casi no te reconozco.
—Guau..., cielos... ¿Qué tal? ¿Trabajas aquí? ¿No serás el jefe?
—Ja, ja, si me llamas así, me va a dar un poco de vergüenza...
El hombre, que sonreía ampliamente a la señorita Eun-hye mientras la miraba, le ofreció una de las tarjetas de visita que estaban sobre el mostrador. En ella ponía claramente: «Na Won-jae, Mánager Barista de Cafe-inCo».
—¿Y qué haces aquí?
—Ah, pues trabajo en una empresa en el edificio de enfrente. Se llama Blackcoat Lab. Es una empresa de diseño. Un momento.
La señorita Eun-hye sacó su tarjeta de visita de la cartera y se la dio a Won-jae.
—Creo recordar haber escuchado el rumor de que habías entrado en Naeil Planning... —le dijo él tras mirar la tarjeta unos instantes.
—Es cierto, pero lo dejé. No acababa de encajar conmigo.
—Guau, increíble. Eres muy valiente.
—No... no es para tanto.
«Si realmente fuese una persona valiente, habría protestado por el trato injusto», pensó.
Mientras se tragaba aquellas palabras, Won-jae subió el pulgar y le guiñó el ojo.
La señorita Eun-hye se quedó un poco desconcertada, pero pronto se recompuso.
El Won-jae que recordaba era extremadamente sociable, guapo y popular, y era famoso por haber tenido muchas novias durante sus años universitarios.
—Habernos encontrado así es cosa del destino, así que hoy te invito yo. Eun-hye, ¿qué quieres tomar? Elige.
—No, no, he venido con la tarjeta de la empresa. ¿Me pones un americano con hielo?
—¿Para llevar?
—No, para tomar aquí.
—Vale, un americano con hielo; invita la casa. —Tras decir eso, Won-jae rechazó insistentemente la tarjeta que le ofrecía la señorita Eun-hye y, con su radiante sonrisa, solo le pidió que, a cambio, les hablase bien de la cafetería a sus compañeros de trabajo.
Mientras Won-jae preparaba el café, ella encontró sitio en una mesa cerca del mostrador y deseó con todas sus fuerzas que el café estuviese bueno, porque el sabor de esa taza decidiría si la cafetería pasaba a convertirse en el lugar oficial para la transfusión de cafeína de los empleados de Blackcoat Lab.
—Ah, es verdad, el papel.
La señorita Eun-hye recordó la notita con la dirección que había metido antes en el bolso.
Al buscarla en la aplicación de mapas, aparecía un gran parque al lado del edificio en el que vivía.
El problema eran las cinco cifras. Las observó durante un buen rato, pero no sabía qué significaban.
La información que aparecía en el mapa era que contaba con instalaciones como un parque infantil, un aparcamiento, una estación de carga de coches eléctricos y una parada de autobús.
Entonces, cuando pulsó sobre la parada, aparecieron cinco cifras junto al nombre de esta.
—¡Así que era el número de la parada de autobús!
Como alguien que acababa de descubrir la pólvora, la señorita Eun-hye dio unas pataditas en el suelo, emocionada por el descubrimiento, pero aún no sabía lo que significaba aquella parada de autobús.
Mientras estaba sumida en sus pensamientos, llegó el café.
Sobre la bandeja que traía Won-jae había un americano con hielo en un vaso de cristal de diseño elegante y un pequeño trozo de tarta que la señorita Eun-hye no había pedido.
—Oye, no pedí esto...
—Ja, ja, es un soborno para que vuelvas. Que aproveche.
—Eh, espera...
Antes de que ella pudiese decir algo, Won-jae corrió de vuelta al mostrador: había llegado un nuevo cliente. La señorita Eun-hye, sintiendo un cosquilleo, observó a Won-jae recibir al cliente con su impecable sonrisa y bebió un sorbo del americano con hielo.
Al momento, se le abrieron los ojos de par en par.
Como si quisiera dar una buena lección a la señorita Eun-hye del pasado —aquella que pensaba que todos los americanos sabían más o menos igual si los granos no estaban muy quemados—, el aroma fresco y ligeramente ácido se transformó en un abanico de matices agridulces que se extendieron con una nota tostada por toda su boca.
Comerlo con aquella tarta de un dulzor tan sutil era la combinación perfecta.
Lo decidió de inmediato: los empleados de Blackcoat Lab tenían un nuevo local donde inyectarse cafeína.
Cuando salió del trabajo, la señorita Eun-hye fue a buscar la parada de autobús cuyo número estaba escrito en el papel.
Examinó cuidadosamente la estructura y hasta probó a sentarse, pero no sucedió nada especial.
Estaba segura de que, cuando se lo había dado, Doorbot le había dicho que era un regalo de la directora...
, pero le pareció que deambular alrededor de la parada sin saber qué hacer no le serviría de mucha ayuda.