CAPÍTULO 2. EL RELOJ DEL HADA NUPCIAL #9
Después de tres días de baja por enfermedad, apenas se incorporó al trabajo, Miranda llamó a la señorita Eun-hye.
Quizá intentando imitar las acciones de la anterior encargada, le pidió que la siguiera a una sala de reuniones vacía y adoptó un aire solemne, como si tuviera algo muy importante que decirle.
—Esto... ¿sabes que últimamente estamos muy ocupados?
—Sí.
—En cambio, tengo la sensación de que tú estás muy distanciada del trabajo.
Entiendo que quieras quedar como una buena veterana, pero los novatos también tienen que aprender dándose de bruces.
Creo que intentas guiarlos de pe a pa y no me hace mucha gracia.
Te voy a ser sincera: has malgastado mucho tiempo supervisando el trabajo de los de prácticas, algo irrelevante para el funcionamiento de la empresa, ¿no te parece?
—He terminado todo mi trabajo asignado dentro de plazo.
—Precisamente esa forma de pensar es el problema.
Si no tienes nada que hacer, deberías encargarte de más tareas y trabajar más.
Para eso te paga la empresa. Ya sé que eres una entrometida, pero, sinceramente, creo que preocuparte por las dichas y desgracias de un miembro de otro equipo es pasarse; deberías invertir ese tiempo en interesarte por tu propio equipo.
Ya sabes que ahora la gente raja mucho. ¿O es que tienes un romance de oficina?
—No.
Miranda miró a la señorita Eun-hye, que no reaccionaba al violento ataque, y se encogió de hombros.
—Ah, eres más rígida de lo que pensaba. Mmm, creo que ya sé qué tipo de persona eres.
Bien. Está bien, si quieres ir de inflexible por la vida, me parece perfecto.
Pero si vas a ser así, me gustaría que al menos supieras cuidarte bien.
Lo de haberte puesto enferma esta vez ha sido, al fin y al cabo, por no saber cuidarte bien, ¿no crees?
Como te cogiste la baja así de repente, has sido una molestia enorme para todo el equipo.
—Lo siento.
—Ja..., de verdad que no tienes remedio. He compartido un nuevo documento de asignación de trabajo, ve y compruébalo.
La señorita Eun-hye la saludó cortésmente con la cabeza y salió de la sala de reuniones.
Verla imitar a la anterior encargada había sido ridículo, pero estaba menos enfadada de lo que pensaba.
Cuando abrió el documento de asignación de tareas, se echó a reír.
Con sutileza, la habían excluido de todas las tareas importantes, asignándole quehaceres sin importancia. Con calma, pinchó en la X.
Cuando alguien era víctima de un ataque irracional, no había sistema de auxilio alguno en la empresa.
Si ese hubiese sido el caso, Seong-hak no habría renunciado de aquella forma.
Estaba demasiado harta como para esperar a que volviese la anterior encargada y no quería malgastar su valioso tiempo en tareas insignificantes que no podría incluir en su porfolio.
La señorita Eun-hye ya no necesitaba a esta empresa.
Entró en internet y tecleó:
Cómo entregar una carta de renuncia
—Debió de haber sufrido mucho —contestó May sonriendo amargamente, tras oír la historia de la señorita Eun-hye.
—Aun así, no puedo ignorar el prestigio que tiene aquella empresa.
Gracias a eso, no me resultó difícil encontrar un nuevo trabajo.
En mi segunda empresa aprendí diseño web, lo que me permitió incorporarme a la empresa en la que estoy ahora.
Por eso pienso que, de algún modo, aquello fue una prueba que tuve que superar para poder crecer.
Aunque, mientras le contaba la historia, me he dado cuenta de una cosa extraña.
—¿Puedo preguntarle de qué se trata?
—La palabra «cuidarse». Cuando me la decían los villanos de la empresa, conseguía reprimir mi ira. Entonces, ¿por qué estallo cuando es mi hermana quien la usa?
May, que escuchaba en silencio, cogió la botella de refresco; instintivamente, la señorita Eun-hye levantó su vaso para que le echara.
—Creo que debería volver a reflexionar sobre ese sentimiento —susurró May mientras le llenaba el vaso vacío.
—¿Sobre el enfado?
—Sí. Debería pensar si se trata de simple ira o si la ira camufla algún otro sentimiento.
La señorita Eun-hye parpadeó sorprendida.
—Nunca se me había ocurrido verlo de ese modo...
Pensaba que era algo que ocurría porque nos detestamos la una a la otra, pero hoy, al acompañarla, sentí algo distinto.
Aunque no sé cómo, siempre acabamos peleando...
No podemos ver lo que la otra guarda en su interior...
¡Ah! —La señorita Eun-hye abrió los ojos de par en par—.
Directora, ¿sería eso posible como parte del servicio de sueños que influyen en el mundo externo al hotel?
¡Quiero que mi hermana y yo podamos vivir cada una la vida de la otra!
Cómo podría expresarlo... ¿Intercambiando nuestro destino?
—Tal como le dije la ocasión anterior, cualquier cosa es posible si se trata de un sueño que desee.
—¡Entonces escojo esto! ¡Ah! Es verdad, el pago adicional... Directora, hoy solo he traído un objeto y ya no lo tengo porque lo he usado al hacer el check-in , ¿qué hago? También quiero usar este servicio sí o sí...
—Solo para confirmarlo, le preguntaré una vez más. ¿De verdad desea eso, señorita?
—Sí, ¡lo deseo!
May, al escuchar la ávida respuesta de la señorita Eun-hye, chascó los dedos. Entonces, Doorbot, que estaba esperando cerca, se aproximó con un repiqueteo.
—Disculpe un momento, señorita. No se asuste —dijo Doorbot, que en un abrir y cerrar de ojos estaba de pie detrás de ella.
En un momento, la señorita Eun-hye notó un escozor en la nuca, como si le hubiesen arrancado un pelo.
Al darse la vuelta, vio que Doorbot realmente tenía en la mano una hebra de su cabello.
El robot abrió uno de sus compartimentos y puso el pelo de la señorita Eun-hye en su interior como si se tratase de algo valioso; después, sacó de otro de sus cajoncitos una bomba de baño redonda y se la dio a la señorita Eun-hye. Ella la recibió extrañada.
—Si la usa antes de dormir, su sueño se hará realidad. Aunque no sea alcohol, al menos podrá embriagarse con esto.
May levantó su vaso y lo acercó a la señorita Eun-hye, que brindó con ella alegremente y apuró la fresca bebida.
Comparado con su idea original de pasar toda la noche emborrachándose, estaba claro que había sido un servicio de sueños constructivo.
Quizá porque se sentía más feliz, el refresco le supo más dulce.
Después de cenar, la señorita Eun-hye fue a su habitación y soltó la bomba de baño en la bañera.
Según las instrucciones de uso, obtendría un mejor resultado si se bañaba durante diez minutos, así que puso una alarma.
Sin embargo, se estaba tan bien en la bañera que le fue entrando el sueño.
Había gastado un porrón de energía boxeando, había comido aquella deliciosa carne hasta hartarse y, encima, ahora estaba con el cuerpo sumergido en agua caliente disfrutando del delicado aroma a geranio que emanaba de la bañera; cualquiera habría podido predecir que, antes de que pasaran cinco minutos, estaría sopa.
Cuando finalmente sonó la alarma, la señorita Eun-hye se despertó de un sobresalto. No podía creer lo que veía: su piel se estaba derritiendo en el agua.
—¡Aaaah! ¿Cómo? ¿Qué es esto? ¿Qué está pasandoooo?
Deprisa, saltó de la bañera y se sacudió todo el cuerpo con las manos, pero, cuando acabó de quitarse la espuma, su piel estaba en perfecto estado, sin herida alguna.
—¿Qué ocurre? ¿Lo habré alucinado a pesar de no haber bebido? —se preguntó la señorita Eun-hye, ladeando la cabeza.
Entonces escuchó la voz de May, que llamaba a la puerta.
—Señorita, venía a darle un masaje, ¿se encuentra bien?
—¿Cómo? Ah, ¡sí! He debido de quedarme dormida y soñar algo extraño. ¡Ahora salgo!
Sacó el tapón de la bañera, se lavó los restos de espuma del cuerpo y, distraídamente, se miró en el espejo de cuerpo entero que estaba pegado a la pared.
«¿Eh? ¿Estaba así antes? No, está claro que he adelgazado...
Bah, qué más da. Eso no es lo importante ahora».
La señorita Eun-hye dejó de darle vueltas a su aspecto y cerró el agua de la ducha.
Quizá gracias al masaje de May, al día siguiente la señorita Eun-hye se despertó sintiéndose liviana, sin una sola agujeta.
Cuando llegó la hora de hacer el check-out , Doorbot fue a la habitación y le dio un sobre, diciendo que era un regalo de la directora.
Ella puso el sobre en el bolso y, después de que Doorbot la despidiera, salió del hotel.
«No hay duda de que visitar el Hotel Dear Grace es curativo», pensó, y volvió a casa feliz, tarareando.
Cuando llegó, su casa estaba patas arriba por un suceso que no había podido ni imaginar.