Hotel Dear Grace CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA #8
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CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA #8

Aquel día tuvo la impresión de que todas las personas que estaban en la playa se habían reído al ver su cuerpo.

Después del incidente, no volvió a ponerse un bañador.

Aunque fuera a la playa, se pasaba todo el tiempo en la arena.

Pero no era porque odiase el agua; de hecho, le gustaba mucho dejar que su cuerpo flotase en la bañera.

Era una de aquellas pequeñas cosas que la hacían feliz, de las que solo podía disfrutar en aquellos momentos en los que estaba a solas; y ahora tenía la oportunidad de hacerlo en una gran piscina en vez de en una bañera pequeña. La señorita Eun-hye tragó saliva.

—Yo...

—Sí, señorita.

—He cambiado de idea. Creo que sí que me daré un buen chapuzón en esa piscina.

—Excelente decisión. Si así lo desea, también puedo enseñarle a nadar.

—¿En serio? ¡Genial! Sí, por favor.

—Así lo haré. ¿De qué estilo quiere que le prepare el traje de baño?

Después de pensarlo un buen rato, la señorita Eun-hye chasqueó los dedos.

—¡Quiero un bañador muy muy muy extravagante, con una ilustración de Roy Lichtenstein impresa con nitidez! Un estilo que atraiga las miradas de la gente. Ah, pero ¡eso no significa que desee que haya gente! Para nada. No me malinterprete.

—Sí, entendido.

—Entonces, ¿puede guardarme estos postres? Los comeré después de nadar, cuando me venga el hambre.

May asintió y envió los postres hacia donde estaban los chefbots.

—Bien, ¿me acompaña a la piscina?

May echó a andar primero; la señorita Eun-hye la siguió fuera del restaurante tras despedirse de los chefbots diciéndoles que estaba todo delicioso. El corazón le comenzó a latir de emoción al pensar en la magnitud de los servicios del hotel, que no habría podido ni imaginar.

May guio a la señorita Eun-hye a una piscina infantil que no llegaba a un metro de profundidad.

Al principio, dudó de si había hecho bien aceptando que May le enseñara a nadar en un lugar como aquel, pero resultó que la instruyó de forma mucho más sistemática de lo que esperaba.

Lo primero que aprendió fue cómo flotar boca arriba.

Tumbada en la superficie del agua, extendía los brazos por encima de la cabeza con las rodillas ligeramente dobladas, en una postura parecida a la que adoptaba al flotar en la bañera.

—Es importante que no suelte todo el aire al respirar y solo deje salir parte de él. Aunque sienta que se hunde, no se asuste y busque su centro de gravedad usando las rodillas. Una vez se acostumbre a la sensación de flotar en el agua, nadar se volverá más cómodo.

La señorita Eun-hye, boca arriba, flotaba suavemente sobre la superficie.

El sonido recóndito que producía el agua que le había entrado en los oídos la hacía sentir como si no estuviese en la realidad, sino en otra dimensión.

Mientras se mecía allí, relajando todo su cuerpo, la profundidad del agua dejó de importarle.

«¿Era de un metro? ¿De diez? Aunque fueran cien metros, ¿qué más da?

Ahora soy una hoja que flota. No, ¿será la hoja la que se ha convertido en mí? ».

—Lo está haciendo bien, señorita. Aprende rápido.

—¿En serio? ¡Qué curioso! ¡No imaginaba que alguien como yo también sería capaz de flotar bien! —contestó la señorita Eun-hye, que acababa de levantarse, con una sonrisa de oreja a oreja.

May ladeó la cabeza.

—No sé qué quiere decir con «alguien como yo», pero, normalmente, los principiantes en natación tienen mucho miedo cuando se tumban en el agua por primera vez.

Si su centro de gravedad varía o notan que su cuerpo empieza a hundirse, se asustan e intentan levantarse.

Pero usted no se inquieta aunque el agua le cubra hasta los pómulos, y cuando se le hunden las piernas encuentra el punto central sola para volver a flotar.

Es impresionante. Creo que podemos avanzar al siguiente paso.

—¡Genial!

La señorita Eun-hye aprendió a espirar bajo el agua y tomar aire en la superficie.

También dio patadas al agua, agarrada a una tabla de natación.

Como no le resultaba difícil flotar, intentó respirar y dar patadas a la vez, pero se fue quedando sin fuerzas.

Deseaba llegar al otro extremo de la piscina, pero en realidad solo había avanzado siete u ocho metros.

Aun así, estaba disfrutando. Quizá fuera gracias a los cumplidos de May, que decía que era increíble hacer todo eso el primer día.

Se sintió confiada e incluso pensó que tal vez recorrer los veinticinco metros y llegar a tocar la pared de la otra punta con la mano no era algo del todo imposible.

Al salir de la piscina, se sentía tan cansada que le temblaban los brazos y las piernas. Se lo estaba pasando tan bien que se había propasado. Con un plof, se espatarró en la tumbona casi desmayada y, mientras se lamentaba, May le trajo una toalla grande.

—Gracias.

—No hay que darlas.

May, sonriendo ligeramente, miró a un lado de la tumbona donde estaba acostada.

De manera natural, a la señorita Eun-hye se le fue la vista al mismo sitio.

Allí estaba Doorbot, inmóvil como una lápida.

La señorita Eun-hye, que no tenía ni idea de que el robot estaba tan cerca, se asustó y pegó un respingo.

—Ay, ¡qué susto! ¿Cuánto tiempo llevabas ahí? ¡Pensaba que se me iba a salir el corazón del pecho!

Doorbot bajó la cabeza.

—¿Cómo? ¿Está bien, señorita? Si pensaba que se le iba a salir el corazón, ¿quiere decir que no se le ha salido? Si está en peligro de que se le salga, llamaré a Doctorbot inmediatamente.

La señorita Eun-hye se echó a reír a carcajadas.

—¡Ajajá! ¡Es una frase hecha, significa que me sorprendí mucho! Oye, ¿a qué has venido a la piscina?

—Pues... le he traído los postres que pidió que le guardasen.

Doorbot rotó ciento ochenta grados hacia atrás y volvió a girar hacia delante. En la bandeja que tenía en las manos estaban el bizcocho relleno de nata y el flan de frambuesa.

—¡Guau! ¡Gracias! ¡Me tiemblan tanto las piernas que no sabía cómo iba a hacer para llegar al restaurante!

Doorbot dejó la bandeja sobre la mesita al lado de la tumbona y colocó pulcramente un tenedor y una cucharilla.

La señorita Eun-hye cogió el tenedor, cortó el bizcocho y se lo llevó a la boca.

Los carbohidratos y las grasas, en dulce armonía, se le derritieron lentamente en la punta de la lengua.

Se le escapó un «¡Increíble!» tan natural como su respiración.

Luego tomó la cucharilla y, cuando iba a separar un pedacito del flan, se detuvo un momento.

—Directora, ¿no tiene hambre? ¿Le gustaría comer conmigo?

—Estoy bien, señorita —respondió May, en una postura cortés.

Sin un pelo fuera de sitio, la directora tenía más aspecto de robot que el propio Doorbot. A la señorita Eun-hye, que parecía estar concentrada considerando algo, se le iluminaron los ojos pronto, como si se le hubiese encendido una bombilla encima de la cabeza.

—Escuche, ¡quiero comer con usted!

—¿Eso desea?

—¡Sí! Si se lo pido así, va a comer conmigo, ¿no?

—Haré lo que me pida.

Doorbot, como si hubiese estado esperando aquel momento, arrastró una silla cercana, la puso al lado de la tumbona y colocó en la mesa un tenedor y una cucharilla adicionales para May.

Esta se sentó y comió los postres con la señorita Eun-hye.

En unos instantes, el plato quedó limpio y reluciente.

La señorita Eun-hye, que se había refrescado con el té de cebada, se quedó mirando a la directora como si sintiese que faltaba algo.

—Es una pena, ¿a que sí? Me encantaría que pudiésemos comer algo picante, como un ramen instantáneo.

Se escuchó entonces un frufrú que procedía de la dirección de Doorbot. Cuando el robot, que les daba la espalda, se giró de nuevo hacia el frente, tenía en una mano un vaso de ramen instantáneo y en la otra un termo.

—¡Guau! ¿Me ofrecéis hasta esto?

La señorita Eun-hye cruzó las manos sobre el pecho, se frotó los brazos como si le diese un escalofrío y dejó escapar un suspiro que se acercaba a un gritito, pero su expresión, alegre como unas castañuelas, se oscureció de repente.

—¿Qué le ocurre? ¿Hay algún problema? —preguntó May al verle la cara.

—Ja, ja... no es nada. Solo pensé que todo el ejercicio que he hecho, ahora será en vano —respondió la señorita Eun-hye, con una risa falsa.

Tras decir eso, se miró los brazos, los muslos y la barriga. May frunció ligeramente el entrecejo. Era la cara de alguien que no entendía aquellas palabras.

—Señorita, el ejercicio que ha hecho ahora ha sido lo suficientemente intenso como para provocar una mejora considerable en su resistencia pulmonar y cardiorrespiratoria. Claro que, más allá de eso, haberlo disfrutado lo hace suficientemente significativo. ¿Por qué dice algo tan aciago?

—Ah...

La señorita Eun-hye miró a May con atención.

Se sintió extrañamente atraída por aquellas pupilas desconocidas dentro de un iris del color de la madera, que la observaban con la neutralidad de un robot.

Eran ojos que no miraban a alguien de arriba abajo, que no dividían a la gente en niveles después de haber registrado su estatus.

Encontrarse con aquella mirada tan limpia, que la observaba de una forma en la que ni siquiera su familia parecía capaz, era tan extraño que empezó a preguntarse si aquello que estaba viviendo no sería realmente un sueño.

—Creo que ya sé por qué hay tanta gente que vuelve a visitar este hotel. Si todas las personas fuesen como usted, el mundo sería un lugar genial.

—¿Es eso con lo que sueña?

—Si digo que sí, usted dirá: esa es una petición demasiado amplia, por eso he eliminado a todas las personas del mundo y las he sustituido por clones de May. ¿De verdad es eso lo que quiere, señorita? —dijo la señorita Eun-hye, imitando la voz de May.

Por primera vez, May se echó a reír. La señorita Eun-hye, satisfecha de que hubiese funcionado su truco estrella, rio con ella.

—Veo que ha entendido los avisos perfectamente —dijo May.

—Sí. Al principio no comprendía qué significaban; diría que al fin me di cuenta en el restaurante.