Hotel Dear Grace CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA #7
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CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA #7

Tan pronto como la señorita Eun-hye volvió a su habitación y se cambió de ropa, llamó a su amiga Yeong-eun para contarle con todo lujo de detalles lo que había pasado en la reunión con los suegros de Mi-hye.

Yeong-eun, como siempre, escuchó atentamente la historia de su amiga y la apoyó con entusiasmo en todas sus quejas.

«¡Ay! ¡Estoy tan agradecida por tener una amiga con la que poder desahogarme de las penurias de la vida! ».

—Resulta que no sé ni lo que he comido, pero no se me pasa la indigestión —dijo la señorita Eun-hye, rodando en la cama de un lado para otro.

—Es normal. Yo también me habría indigestado si hubiese estado en una situación así.

—¿A que sí? ¿A que no soy yo la rara?

—¡Claro que no! Oye, la semana que viene nos vamos tú y yo a comer algo por ahí, ¿qué te parece? Y con unos pantalones de goma elástica.

La sugerencia de Yeong-eun la hizo estallar en carcajadas.

—¡Suena bien! ¡Cuando hay que comer algo, los pantalones elásticos son lo mejor! ¿Y qué comemos? No sé si será por el estrés, pero tengo ganas de algo picante.

—¿Picante? Entonces ¿qué te parece Yongdu-dong? ¡Hace mucho tiempo que no vamos!

—¿A comer pulpitos en su salsa? ¡Pues justo es temporada de pulpos! ¡Genial! Aunque ahora, al imaginarme el sabor picante me han apetecido de repente unos ñoquis con una salsa cremosa... No habrá un restaurante que sirva pulpitos y ñoquis, ¿no?

—No. Oye, pero ¿no habíamos hablado ya de algo parecido?

—Sí, sí. Te dije que me encantaría si en algún lugar sirviesen brochetas de cordero 3 y Tom Yam Kung. 4 Estoy convencida de que quedarían sorprendentemente bien juntos, pero es una combinación que no se da.

—Sí. Una mezcla así, pura cocina fusión, sería una cena de primera clase para nosotras.

—Eso. ¡Sería un verdadero banquete lujoso! Si solo pudiese comer así... —dijo la señorita Eun-hye riendo a carcajadas.

Mientras miraba el plato vacío del canapé, había recordado por casualidad la cena lujosa sobre la que había bromeado con Yeong-eun. Parecía cosa del destino. «Sí, me han dicho claramente que pueden darme todo aquello con lo que sueño».

—¿Podrían ponerme unos pulpitos picantes con ñoquis en salsa de crema y unas brochetas de cordero con Tom Yam Kung en el mismo menú de forma que casen bien?

Que añadan muchas hojas de perilla y un montón de cilantro.

De postre, me gustaría un bizcocho castella relleno de nata y un flan de frambuesa.

Y un té de cebada bien cargado. ¿Puedo pedirlo así?

—le dijo la señorita Eun-hye a May, que estaba de pie, firme, al lado de la mesa.

—Es una cena magnífica. Ahora mismo se lo encargo a los chefbots —respondió May, sonriendo.

La «cena magnífica» que había pedido la señorita Eun-hye le llegó a través de la cinta transportadora mucho antes de lo que esperaba.

Era una combinación difícil de ver en una misma mesa.

Aunque ella misma lo había pedido y le había llegado tal cual deseaba, no tenía manera de saber qué tal sabría.

Cogió los palillos y empezó a probar la comida, comenzando por la que estaba a la izquierda de todo.

—¡Mmm! ¡Qué rico! —Arrugando el entrecejo, la señorita Eun-hye dejó escapar un suspiro.

La comida estaba tan deliciosa que se sentía como si los rayos del sol se hubiesen abierto paso entre los nubarrones negros de su cabeza.

La suavidad de la crema, que contrarrestaba el picante; los penetrantes jugos y las especias, que no le daban ocasión de aburrirse; el exótico sabor agridulce cuyo frescor disipaba el sabor grasiento...

Una ola de satisfacción suprema —que no había logrado sentir ni siquiera en restaurantes considerablemente famosos— la embargó ante la perfecta armonía de aquellos platos que, girando como un molino de agua, se complementaban entre sí.

Además, la cantidad era justo la adecuada, como si hubiesen medido el estado actual de la señorita Eun-hye, el tamaño de su estómago e intestinos y su capacidad de digestión.

Así pudo comer diversos platos sin enfrentarse a esa sensación de pesadez que llega después del festín.

Cuando llegó el postre extra que había pedido a bordo de la cinta transportadora, a la señorita Eun-hye le surgió una duda.

—Directora, escuche.

—¿Sí, señorita?

—En este restaurante... El caviar de antes, los ingredientes para comida tan variada...

¿Los tenían todos aquí? ¿Siempre los tienen?

Está todo buenísimo y, además, la comida sale muy rápido.

¿Se pueden permitir darlo gratis, no...?

—Las últimas palabras de la señorita Eun-hye se le rompieron dentro de la boca, en silencio.

—Señorita, en el mundo no hay apenas nadie que opere un negocio a pérdidas.

Me abstengo de decir que es imposible, ya que no lo puedo asegurar al cien por cien, pero casi.

Lo que sí puedo decirle es que al menos el dueño de la Dream Company 5 no se dedica a hacer obras caritativas —respondió May, sonriendo ligeramente.

—¿La Dream Company?

—Sí, señorita. Nuestro hotel es una de las filiales de Dream Company.

—Ah..., entonces, ¿en las otras filiales también trabajan de este modo?

—Es una pregunta tan amplia que me resulta complicado responder de forma clara. No conozco a fondo la estrategia de negocio en las otras filiales, pero, por lo que sé, las normas no escritas son proporcionar sueños a medida de los clientes dando el primer servicio siempre de forma gratuita.

La señorita Eun-hye quedó desconcertada. Había creído que, simplemente, el propietario de este hotel tenía una propuesta particular, pero parecía que se trataba de una empresa mucho más grande de lo que había imaginado.

—Oiga, pero justo antes de entrar me advirtieron de que no podía hablar de este hotel.

Si ofrecen incluso comida gratuita en este espacio onírico, pero no dejan que lo recomendemos a otra gente, ¿cómo obtiene beneficios el propietario?

No se lo tome como una crítica, solo tengo curiosidad.

Me cuesta mucho resistirme cuando algo me intriga...

—Lo sé, señorita. No me he tomado sus preguntas como un ataque.

Estadísticamente, el servicio de primera visita gratuita de la Dream Company resulta muy eficaz como estrategia de promoción, así que, ¿qué le parece si dejamos a un lado sus preocupaciones sobre el funcionamiento del hotel y disfruta durante su estancia de, al menos, uno de los muchos servicios que ofrecemos?

Con las palabras de May, la señorita Eun-hye fue mucho más consciente de las circunstancias: su personaje favorito había venido a recibirla, la decoración del hotel se adaptaba perfectamente a sus gustos y contaban con un restaurante extraordinario que le servía cualquier cosa que pidiese; si ella se sentía tan satisfecha, era muy probable que el porcentaje de clientes que regresaban después de haber usado esos y otros servicios fuese muy alto.

Además, seguro que las cuotas a partir de la segunda visita serían caras.

Por supuesto, no iba a preguntarle a May el precio exacto, pero de repente se le ocurrió que, debido a sus limitaciones económicas, no podría volver a hospedarse en este lugar.

Lo que debía hacer entonces era divertirse tanto como le fuese posible.

—Tiene razón, directora. Me aseguraré de disfrutar de verdad de mi estancia aquí antes de irme. Escuché que hay un teatro de robots... ¿Qué más servicios puedo usar? Si me lo dice, podré escoger el mejor itinerario —dijo la señorita Eun-hye, asintiendo con vehemencia.

—Los servicios que ofrecemos no los determinamos nosotros, estos solo se establecen según sus sueños. ¿Qué sueño desea que se haga realidad? —contestó May con una expresión relajada.

En ese momento, la señorita Eun-hye comprendió perfectamente cómo funcionaba el hotel.

Bastaba con decir lo que quería, como unos instantes antes, cuando había encargado la comida; pero, aunque hubiesen tenido todos los ingredientes necesarios en el restaurante, ¿podrían complacerla si se trataba de instalaciones a gran escala, que no se podían construir de improviso?

—¿Hay piscina? —preguntó la señorita Eun-hye, sintiendo una repentina curiosidad.

—Sí, señorita.

—¿También hay piscina de olas?

—Por supuesto. Es posible cambiar o fijar la dirección y la fuerza de las olas.

—¿Y toboganes de agua?

—Si me dice qué tipo de tobogán de agua quiere, se lo conseguiré —respondió May sin dudar ni un segundo.

Aquello era como decir que estaban preparados para todas las eventualidades, que solo tenía que elegir un deseo y le darían cualquier cosa que quisiese. Le daba curiosidad saber si aquello era posible de verdad, pero solo asintió con la cabeza.

—Solo lo estaba preguntando. En realidad, no me gustan las piscinas. Lo siento.

May se quedó momentáneamente sin palabras ante la reacción de la señorita Eun-hye.

—Puede que le parezca que me estoy metiendo donde no me llaman, pero ¿de verdad no le gusta nadar?

Puede que lo que no le guste sean las miradas de otros.

Si el problema es esto último, aquí no tiene por qué preocuparse, ya que es una piscina que solo usaría usted —dijo May, trayendo a colación algo en lo que no había pensado.

La señorita Eun-hye se sobresaltó.

En realidad, había empezado a detestar jugar en el agua después de un día en que su familia se mofó de ella.

En las últimas vacaciones de verano que había pasado como estudiante de primaria, la señorita Eun-hye estrenó un bañador de una pieza en la playa a donde había ido con su familia.

Mi-hye, al verla, se burló diciendo que tenía el tronco tan grande como un bidón y las piernas tan gruesas como una morsa.

Su padre, siempre taciturno, un hombre que rara vez reaccionaba ante nada, aquel día rio a carcajadas.

Su madre la reprobó diciendo que, total, para algo que se iba a mojar, podría haberse puesto cualquier cosa en vez de insistir tanto para que le comprara un bañador y dar tal espectáculo.