Hotel Dear Grace CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA #6
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CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA #6

El anciano, que dirigía una clínica privada en una ciudad metropolitana, miró a su hijo con orgullo.

Dae-seok, un hombre en la treintena de rostro fino y expresión afable, llevaba un año formándose después de haber conseguido la plaza de médico especialista y seis meses saliendo con Mi-hye.

Para la señorita Eun-hye era muy difícil comprender cómo habían decidido casarse tras salir durante tan poco tiempo, pero parecía que se habían enamorado a primera vista.

—Por supuesto. Gracias a ustedes por haber traído al mundo y criado a una hija tan encantadora como Mi-hye. Ah, gracias también a mi cuñadita, claro. —Dae-seok señaló a la señorita Eun-hye con ambas manos, riendo descaradamente.

Que usase el diminutivo con aquel título al que aún no estaba acostumbrada hizo que se sintiera doblemente avergonzada, pero se esforzó en que no se le notase y asintió sonriendo con naturalidad.

Por fin, un camarero llegó con los aperitivos y, en su fuero interno, le agradeció mil veces haber puesto fin a una conversación que estaba a punto de centrarse en ella.

—Bien, entonces, ¿continuamos la conversación mientras vamos comiendo? —sugirió su madre.

Y así dio comienzo el convite. La señorita Eun-hye no podía oír la conversación que mantenían sus padres con su futura familia política.

En realidad, tenía tanta hambre —se sentía hasta mareada— que no era capaz de pensar en nada más.

Se había despertado temprano y había trabajado frente al monitor mordisqueando una barrita de proteínas, después se había puesto esa ropa demasiado ajustada y había salido, como quien dice, corriendo para llegar puntual a la cita, así que era lógico que tuviese el estómago vacío y no le quedasen fuerzas.

Tras comer el primer aperitivo, gachas de semillas de loto, entró en calor y recuperó la energía.

Aunque era poca cantidad, apenas cuatro o cinco cucharadas, inmediatamente se sintió mejor y dejó la cucharita sobre la mesa.

El problema surgió mientras esperaban a que llegase el siguiente plato.

Los intestinos de la señorita Eun-hye, como si hubieran despertado con el aperitivo, empezaron a emitir un gruñido.

Al principio, era lo suficientemente bajo como para que todos fingieran no haberlo escuchado, pero el volumen del rugido que salía de su barriga fue en aumento.

Todo aquel tiempo con el estómago vacío, la incómoda postura que debía mantener a causa de la ropa apretada y los nervios de la ocasión formaban un trío que había conseguido una armonía loca.

—¡Ay! Debe de estar muy hambrienta, joven. Da gusto verla comer. ¿A que sí, director? —dijo la dama de las perlas para destensar el ambiente, hablando en dirección al anciano que estaba a su lado.

—Ah, sí. Lo que nos da la fuerza a los coreanos es el arroz. No te preocupes por formalidades y come cuanto quieras, joven —dijo el anciano, sonriendo con benevolencia.

—Sí, cuñada. Pide algo más si quieres, no te sientas incómoda —añadió Dae-seok con una amplia sonrisa.

La señorita Eun-hye se ruborizó de vergüenza. A pesar de cómo se sentía ella, el fantasma que ocupaba su estómago vacío no tenía intención de parar de gemir.

Durante todo aquel tiempo, tuvo el corazón en un puño.

Cada vez que llegaba más comida, su futura familia política la animaba a atiborrarse; probablemente lo hacían para que se sintiera cómoda y relajada.

Con el pretexto de la consideración y la amabilidad movieron varios platos hacia ella y, cada vez que lo hacían, no le quedaba otra que fingir comer, agradecida.

Habría sido mejor si al menos hubiese podido comer hasta hartarse, pero la situación no se lo permitía, y le resultaba insultante verse obligada a fingir que se estaba poniendo las botas.

El mayor problema era aquella ropa tan incómoda.

Cada vez que añadía un plato del menú de comida coreana tradicional, el traje de marca que había alquilado su madre le comprimía más el abdomen, pero en aquellas circunstancias era imposible dejar los palillos sobre la mesa y decirle a su futura familia política: «Si mis tripas rugen es solo por los nervios, es muy incómodo comer en esta situación porque la ropa me aprieta; les agradecería que me vieran simplemente como figura decorativa de tamaño real y conversasen cómodamente entre ustedes».

Entonces, su madre salió en su defensa.

—Qué se le va a hacer, como Eun-hye no podía perderse la primera reunión entre la futura familia política de su hermana y la nuestra, ha trabajado toda la mañana sin parar y ha venido sin siquiera probar el desayuno.

¡No me imagino la responsabilidad que debe de sentir al ver que se casa su querida hermana menor!

Como ahora está sentada no se darán cuenta, pero al contrario que Mi-hye, Eun-hye es alta, mide 1,73.

Para mantenerse sana tiene que alimentarse bien.

La verdad es que me preocupa, porque, desde que su nueva empresa cerró un trato importante, trabaja día y noche y no tiene tiempo ni para comer como es debido ni para salir con nadie.

Y ahora es su hermana menor la que nos presenta a su futuro esposo, cuando es ella la que debería...

¿Cómo? ¿Que si ha decidido no casarse? ¡Cielos!

¡No! Solo lo ha aplazado un poco porque tiene mucho talento y está muy orgullosa de su trabajo.

Como madre, me da seguridad, aunque claro, también me preocupa...

Al oírla, a la señorita Eun-hye le resultaba difícil distinguir qué partes eran justificaciones, cuáles alardes, qué partes pullas y cuáles eran sinceras, así que simplemente sonrió.

Lo único que podía hacer era adaptarse a lo que hacían los mayores y comer para no parecer quisquillosa.

Cuando faltaba poco para que acabase la reunión, empezó a resultarle particularmente dificultoso respirar, y al final la cabeza le daba vueltas por la falta de oxígeno.

El único alivio fue que todo acabó sin que ocurriese incidente alguno.

De vuelta a casa, dentro del coche, Mi-hye estuvo muy arisca.

Al principio no había dicho nada, pero cuando su madre le preguntó una y otra vez que por qué estaba de morros, estalló.

Mi-hye se había empezado a sentir molesta cuando su padre apareció con la corbata del velatorio, después ocurrió el incidente del rugido de tripas de su hermana y, al final, su humor acabó hundido en un pozo negro cuando su madre se puso a alabar a su hermana todo el rato.

—¡Siempre haces igual! Siempre hablas de lo inteligente que es Eun-hye, lo bien que lo hace, y la comparas conmigo. ¿Tenías que ponerte a alabarla solo a ella hasta en la reunión con mis suegros? ¿Vas a seguir siendo toda la vida la mamá de Eun-hye y nunca la mamá de Mi-hye?

Ante la vehemente confesión de Mi-hye, la madre cerró los ojos, sintiéndose entre la espada y la pared.

—Ay, es que... —Su madre se aclaró la voz—.

Es que la barriga de tu hermana estaba haciendo mucho ruido.

Tus suegros parecían bastante desconcertados, así que intenté calmar el ambiente.

Ya que estamos: ¡Seo Eun-hye! ¿No hay nada que puedas hacer con ese maldito como-se-llame irritable?

¡Menuda vergüenza! ¡En una reunión tan importante!

«Ah, me lo temía. De nuevo vuelan las flechas hacia mí».

—¿Crees que si se pudiese curar solo con quererlo la gente pasaría tantas molestias para tratar el síndrome del intestino irritable?

—respondió la señorita Eun-hye, soltando el botón de esa ropa tan ceñida y pudiendo por fin respirar cómodamente—.

¿Sabes la vergüenza que pasé yo, que era a quien le estaba ocurriendo?

Encima pensaba que iba a morir ahogada por culpa de la ropa. ¿Por qué me trajiste ropa tan pequeña?

No fue su madre, sino Mi-hye, quien respondió a aquel reproche.

—No es que la ropa sea pequeña, es que estás gorda.

—¿Cómo? —Eun-hye se giró hacia su hermana, molesta.

Mi-hye estaba sentada en el asiento de atrás con los brazos cruzados, clavándole la mirada.

—¿He dicho alguna mentira? La talla que alquiló es la que llevan las mujeres normales, si a ti no te sirve es que estás gorda, ¿no? Además, mucho dices del intestino irritable, pero hoy has comido sin parar —dijo Mi-hye encogiéndose de hombros.

—¡Oye! ¡Esa ropa que se ponen las que están en los huesos no es una talla de ropa para una mujer normal!

Además, ¿a ti te pareció que estaba zampando por gusto?

¿Qué querías que hiciera? ¿Que dijese delante de tus suegros, la primera vez que los veo, que no tengo apetito y dejase los cubiertos en la mesa? ¿Para arruinar el ambiente?

—No, pero podrías habérselo explicado bien, con un poco de encanto. Si hubieses hecho eso, lo habrían entendido perfectamente. Está claro que te faltan habilidades sociales.

—¿Cómo? Mira, te voy a decir la verdad... ¡Aaay!

El cuerpo de la señorita Eun-hye, que estaba girado hacia Mi-hye, se tambaleó bruscamente. No solo fue ella; todas las personas en el interior del coche se deslizaron hacia un lado y volvieron al sitio.

—¡Puf! ¡De verdad que...! ¿No puedes tomar la curva de entrada al garaje algo más despacio? —gritó la madre, que había estado a punto de golpearse la cabeza contra el cristal de la ventanilla, enfadada.

Su padre, como era habitual, no respondió.

Por raro que pueda parecer, hay que admitir que aquello ocurrió en el momento preciso: gracias a la sacudida, la pelea de las hermanas, que acababa de empezar a avivarse, terminó ahí.

Claro que eso no significaba que fuese el final de la guerra. Solo un alto el fuego.