CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA #5
En ese momento, un recuerdo volvió de repente a su mente.
Quizá por haber ocurrido el mismo día que la reunión entre los futuros suegros de Mi-hye y sus padres, un evento fuera de lo común, aquel recuerdo trivial que habría olvidado en otras circunstancias permanecía en su memoria inusualmente vívido.
—Eun-hye, voy a salir ya, después ven a la peluquería con papá. Te he dejado la ropa encima de la cama y los tacones en el zapatero. Tienes que ponerte el traje que he alquilado, ¿eh? ¿Me has oído?
—Sí... Entendido... —respondió distraída la señorita Eun-hye, que no despegaba la vista de la pantalla.
Un cliente se había puesto en contacto con ella para solicitarle corregir un diseño de forma urgente, y, aunque era fin de semana, se encontraba luchando con los píxeles ya de buena mañana.
Siguió trabajando, mirando de soslayo el reloj.
Cuando por fin envió el documento con los cambios, era casi la una.
—¡Vale, listo! Como ya me lavé el pelo, ahora me queda vestirme...
Al coger el traje de falda pantalón que había encima de la cama, dentro de la bolsa de plástico de la tintorería, se encontró con un problema que no había previsto: la ropa le quedaba ligeramente pequeña.
Aunque podía abrocharse los botones, era muy ceñido y le apretaba.
Casi que mejor no le hubiese entrado, porque entonces se habría puesto otra cosa, pero, como el tiempo era muy justo para sacarse lo que llevaba y encontrar ropa nueva, decidió aguantar la molestia un par de horas.
Por primera vez en mucho tiempo, se dio golpecitos en la cara con la borla de maquillaje, se pintó los labios y, tras recogerse todo el pelo, lo introdujo en una redecilla de moño.
Iba a coger su bolso favorito, por costumbre, pero —«¡Ah, es verdad!
»— tuvo que volver a la habitación para coger el bolso de piel de marca que le había dejado su madre.
Una vez lista, fue a la sala de estar. Entonces se quedó pasmada: su padre seguía tirado en el sofá en ropa interior, viendo un programa en el que jugaban al janggi . 2
—Papa, ¡la reunión es a las dos! ¿Todavía no te has preparado?
—¿Eh...? ¿Y qué hora es...?
—¡Así vamos a llegar tardísimo! ¿Dónde tienes la ropa?
—No sé —su padre respondió con tranquilidad, como si la cosa no fuera con él.
La señorita Eun-hye miró por el salón, apurada, y en una esquina encontró colgado un traje que no había visto antes.
—Papá, ¡cámbiate, rápido! ¿Dónde dejaste las llaves del coche? —La señorita Eun-hye cogió la ropa y se la llevó a su padre deprisa.
—¿Las llaves...? Eh... ¿dónde las habré dejado?
Ella decidió que sería más rápido ir a la habitación de sus padres y buscarlas por sí misma que esperar la respuesta de su padre. Cuando estaba rebuscando por los cajones del tocador y la mesilla de noche, le llegó la voz de su padre desde el salón.
—Eun-hye, tráeme la corbata del armario de la habitación. Esa que ya viene atada.
—Sí, ¡entendido!
Encontró las llaves del coche en un cajón y, con ellas en la mano, abrió el armario.
Además de la ropa en la que estaba embutida llevaba colgado un enorme bolso de piel, así que cada movimiento era incómodo.
Cogió una corbata que estaba colgada de cualquier manera y volvió a la sala de estar.
Era la una y veinticinco. Tenían que apresurarse.
—Mamá, ¿ya estáis maquilladas? Llegaremos en un minuto, bajad pronto.
Mientras el coche estaba parado en un cruce, la señorita Eun-hye había llamado a su madre.
La peluquería estaba a tres minutos en coche de su casa.
Después de recoger a su madre y a su hermana, irían directamente al lugar de la reunión, un lujoso restaurante de comida coreana tipo table d’hôte ; aun teniendo en cuenta la posibilidad de atascos, todo apuntaba a que llegarían a tiempo.
La luz del semáforo no tardó en ponerse verde.
Su padre aparcó a la entrada de una calle principal cerca del cruce y puso los intermitentes.
Un poco después, la señorita Eun-hye vio salir a su madre y a su hermana a la calle.
Su madre llevaba un recogido con mucho volumen y el largo pelo de Mi-hye estaba peinado en suaves ondas.
Después de mirar alrededor unos segundos, encontraron el coche del padre, aparcado un poco lejos, y se acercaron con pasos rápidos.
Ambas parecían de buen humor: venían riendo a carcajadas.
La puerta de atrás se abrió con un clic y la madre entró primero.
El coche se llenó del característico olor artificial a flores de los productos de peinado.
—Cariño, ¿te pusiste la corbata? —Fue lo primero que preguntó la madre.
—Sí.
—Déjame ver.
La madre metió la cabeza por entre los asientos delanteros. Entonces, la señorita Eun-hye vio cómo la expresión de su madre se endurecía rápidamente. Parecía haberse quedado sin habla al ver la corbata negra de su marido, pero pronto empezó a pegarle en el brazo con expresión feroz.
—¿Cómo vas con esas pintas? ¿Y lo que te dejé para que te pusieras? ¿Cómo vienes así?
—Esa era de las que hay que anudar, y no sé hacerlo —respondió el padre, indiferente.
—¡Aunque no sepas! ¿Cómo vienes con la corbata que te dieron en el tanatorio cuando falleció tu madre?
La señorita Eun-hye tragó saliva. Ella solo había cogido la corbata ya atada del armario de su padre como le había pedido, ¿cómo iba a saber que se trataba de esa? Ansiosa, miró a su madre de reojo.
—¡Ay! ¡No me dejáis vivir! Te dije que tirases inmediatamente todo lo que te habían dado en el tanatorio, y no solo no lo tiras, ¡sino que lo guardas en el armario!
—¿Por qué iba a tirar algo que está en perfectas condiciones? Sería una pena.
—Aun así, ¿cómo vienes con un objeto del tanatorio a la reunión con tus consuegros?
¿Qué pasa si nos da mala suerte, merluzo?
¿Usas el cerebro para pensar o lo tienes solo de adorno?
¿Te has propuesto sabotear la reunión? Y tú, Seo Eun-hye, ¿qué has hecho?
¿Tu padre se ha puesto esa corbata y lo has dejado salir de casa sin decirle nada?
Si tu padre no sabe hacerse el nudo, ¡deberías haberlo hecho tú! ¿Por qué eres tan poco espabilada?
—¿Y por qué te metes conmigo? ¡Ni siquiera sabía que tenía otra corbata! Además, yo tampoco sé hacer el nudo. —La señorita Eun-hye se sintió dolida al quedar salpicada de repente.
—¿Cómo? Vaya, ¡y encima lo dices como fardando! Con los años que tienes, ¿cómo piensas casarte si no sabes ni hacer un nudo de corbata? ¡Será por eso que no tienes novio, porque a ti todo te da igual!
—¿Con qué me vienes ahora? ¿Te crees que eso ayuda a solucionar el problema? Lo mejor sería que volviésemos a casa a por la corbata...
—¿Tú has visto la hora que es? ¿Cómo vamos a ir a casa? ¡Para eso tendríais que haber salido antes!
—¿Es que crees que estaba de fiesta? ¡Estaba trabajando! Papá, mejor quítate la corbata. Hoy en día la gente joven lleva trajes sin corbata a menudo.
—Pero ¡bueno! ¿Tú piensas que la reunión oficial entre los padres de los novios es un encuentro informal? ¡Hay que adaptarse al lugar, la ocasión y el momento!
—Una cosa no te vale, la otra tampoco... Entonces, ¿qué quieres que hagamos? ¿Voy al mercado de ahí delante y compro una? Ah, eso tampoco te va a valer porque no va a ser de marca. Mejor id vosotros tres para no llegar tarde, y yo voy a casa a por la maldita corbata. ¿Te parece bien así?
—De verdad es que esta niña... ¿Dónde aprendiste a hablar de esa manera?
En unos instantes, el ambiente en el interior del coche se volvió gélido.
La señorita Eun-hye pensó que, si hubiesen medido la temperatura con un termómetro, un centígrado bajo cero no habría sido lo suficientemente bajo.
Solo el sonido de los intermitentes se movía entre aquella frialdad, como nadando en ella.
—Dejadlo. Vámonos ya. Si no salimos ahora, vamos a llegar tarde de verdad —dijo Mi-hye con la voz abatida, después de treinta segundos que parecieron treinta minutos.
El padre, como si hubiese estado esperando aquellas palabras, quitó el freno de mano y pisó el acelerador.
El coche aceleró con un rugido del motor.
La velocidad y los tiempos con los que manejaba el volante eran considerablemente bruscos.
La familia se desplazó al restaurante entre violentas sacudidas.
Por suerte, no llegaron tarde a la reunión.
Aunque todos en la familia estaban de mal humor, saludaron a su futura familia política con una amplia sonrisa. «Este es el mundo de los adultos», pensó la señorita Eun-hye, mientras estiraba las comisuras de los labios al máximo.
—Cielos, muchas gracias por hacer el esfuerzo y venir desde tan lejos. Deberíamos haber ido nosotros —dijo su madre, muy amable.
A la señorita Eun-hye le dio un ligero escalofrío. Le pareció que, aunque lo contase, nadie creería que esta elegante mujer de mediana edad con el pelo recogido se había liado a gritos con su familia en el coche hacía tan solo unos instantes.
—¡Qué va! Así mejor, hemos tenido una excusa para visitar Seúl después de tanto tiempo —dijo la futura suegra, una dama al comienzo de la tercera edad con un collar de perlas—. ¿A que sí, presidente? —añadió dirigiéndose al anciano caballero que estaba sentado a su lado.
El caballero al que había interpelado como «presidente» se colocó las gafas de montura dorada ligeramente gruesa y rio a carcajadas.
—¡Todo gracias a que Dae-seok encontró una buena novia! Nuestro hijo estaba muy solo y sufrió bastante viviendo lejos de casa. Nos contó que el apoyo de la señorita Mi-hye le dio muchas fuerzas. Yo no puedo más que sentirme agradecido. ¿Y tú, Dae-seok?