CAPÍTULO 1. PRUEBA GRATUITA
PRUEBA GRATUITA
La señorita Eun-hye había pulsado el báner de aquel hotel por pura casualidad.
Sentada frente al portátil con un humor de perros, había entrado en una página web de comparación de hoteles mientras hacía girar la rueda del ratón con un crujido espantoso.
Revisaba las puntuaciones y las reseñas, hacía clic en la siguiente página, deslizaba la rueda, revisaba puntuaciones y reseñas...
Ni ella misma podía pronosticar cuándo terminaría aquella actividad que hacía por inercia, pero, de manera completamente inesperada, entró en una nueva fase.
En medio de la pantalla con la saturación bajada al cincuenta por ciento empezó a girar un círculo gris.
Normalmente, al hacer clic en la flecha para pasar a la siguiente página la pantalla cambiaba de inmediato; incluso en las ocasiones en las que tardaba en cargar, los círculos daban solo un par de vueltas antes de pasar a la siguiente página.
Sin embargo, aquel maldito círculo llevaba ya más de treinta y una revoluciones y no había indicios de que la nueva página se estuviera cargando.
A la señorita Eun-hye le pareció muy mala señal.
—¡Joder! ¡Lo que me faltaba! Ahora resulta que no me va internet.
La señorita Eun-hye cerró la ventana del navegador, o, mejor dicho: lo intentó.
Para su desgracia, la minúscula X en la esquina superior derecha de la pantalla no se activaba, ni tampoco lo hacían las teclas Alt+F4 o Ctrl+Alt+Del.
Estuvo a punto de golpear el teclado, pero, por suerte, antes de actuar apretó los puños y contuvo la ira.
—Uff... vale. Ya está, ya pasó. ¿Cómo me voy a ir a pasar unos días por ahí en esta situación?
Justo cuando, ya resignada, había puesto el dedo sobre el botón que apagaba el portátil, aquel movimiento rotatorio que parecía infinito paró de repente y dio paso a una página nueva.
—¿Eh? ¿Ahora me está vacilando hasta el portátil?
Obviamente el portátil, apenas un simple objeto, no podía actuar por su propia voluntad y capricho, pero la señorita Eun-hye sentía que en cierto modo todos los objetos del mundo estaban confabulándose para poner a prueba sus nervios.
Justo aquel día, su familia se había mostrado excepcionalmente agresiva, así que resultaba comprensible que sus pensamientos empezaran a rayar la paranoia.
Entonces la señorita Eun-hye hizo un descubrimiento tan fortuito como valioso.
En medio de su campo visual —ligeramente distinto al habitual debido a su ceño fruncido, la postura oscilante de su columna vertebral y el ángulo de sus vértebras torcidas—, apareció el báner de un hotel de madera con un interiorismo vintage que parecía esconder una historia secreta.
El hotel no era conocido, no aparecía destacado como parte de una promoción ni tampoco contaba con puntuación o reseñas.
¿Qué habría pasado si la señorita Eun-hye no hubiese estado enfadada aquel día; si, en vez de estar buscando información sobre estancias en hoteles, algo que no había planeado, se hubiera limitado a leer novelas online como de costumbre?
¿Qué habría pasado si se le hubiese acabado antes la paciencia y, a la décima vuelta de la rueda gris, hubiera apagado directamente el portátil?
Quizá, por esos u otros muchos motivos, no habría encontrado nunca el anuncio del hotel.
Y por eso consideró también que era cosa del destino.
Sería posible atribuir este pensamiento a una mente que intenta rechazar las casualidades y explicarlo todo, pero hubo un aspecto que tuvo una gran influencia en que la señorita Eun-hye juzgara el mensaje como predestinado: las frases de descripción del hotel.
Nos esforzamos por cumplir sus sueños.
Hoy especialmente, solo para usted.
—Hotel Dear Grace—
Después de ver aquella súbita presentación, la señorita Eun-hye pinchó en el báner del Hotel Dear Grace como si estuviera hechizada.
En la columna de introducción del hotel solo había un corto lema que parecía imitar el estilo de un literato occidental del siglo XIX .
La sección de información no incluía ninguna indicación básica sobre las habitaciones, la hora de check-in y check-out , las zonas comunes o el régimen de comidas; tan solo había una frase: «Será decidido tras una consulta».
La única imagen relacionada con el hotel era una fotografía en sepia de su vestíbulo de madera, y no había ni una sola instantánea de las habitaciones, el restaurante o el resto de las instalaciones del interior.
Lo más impactante era que el precio de hospedaje aparecía indicado como cero wones.
—¿Y esto? ¿Será una empresa fantasma?
En ese momento, el interés por aquel extraño hotel debería habérsele esfumado de golpe y tendría que haber pulsado el botón para retroceder.
En cambio, tenaz, presionó el botón que rezaba «Ver mapa» para descubrir su ubicación.
Sorprendentemente, se trataba de una zona concurrida no muy lejos de su casa.
Tras pensárselo unos instantes, decidió llamar personalmente al número de teléfono que aparecía en la página web.
Después de que el tono sonase dos veces y media, alguien del Hotel Dear Grace contestó la llamada.
—Señorita, ¿qué tal está? Confiaba en que iba a llamarme.
La contestación del empleado y su voz juvenil eran tan desconcertantes como la propia presentación del hotel. La señorita Eun-hye se quedó pasmada y no supo qué contestar, solo siguió con el móvil pegado a la oreja mientras el empleado continuaba hablando.
—Señorita, nuestro hotel alberga sus sueños.
Venga de visita y compruébelo usted misma.
Si, después de echar un vistazo, decide que no le gusta, puede cancelar la reserva al momento.
Además, la primera estancia es gratuita, así que no va a tener que lidiar con la carga de una cancelación o una reserva.
Es un privilegio que le damos hoy especialmente, solo a usted, que nos ha llamado.
El empleado, que parecía joven, al pronunciar la última frase susurró suavemente, como si transmitiera información que no debía divulgarse.
Aunque el establecimiento era sin duda bastante sospechoso, Eun-hye ya había quedado cautivada por el concepto único de ese hotel.
Además, ese empleado de voz juvenil desprendía una inexplicable sensación de inocencia, por lo que parecía totalmente imposible imaginar que estuviera intentando tomarle el pelo.
El hotel estaba situado justo al lado de la comisaría de policía, en un barrio muy concurrido; si se detectaba cualquier actividad sospechosa, bastaba con correr directamente hacia allí.
Por lo tanto, Eun-hye tomó una decisión. Reservaría una estancia en aquel peculiar hotel.
—Pues no sé qué tiene de divertido irse a un hotel sola —masculló Mi-hye desde el salón.
Era obvio que lo hacía para criticarla, pero si reaccionaba, sería la señorita Eun-hye quien tendría todas las de perder.
Imaginó que se enfurecía y por su mente pasó la mueca de Mi-hye.
«¿Qué? Pero ¡si no me estaba metiendo contigo, era simple curiosidad!
Cuando yo quiero estar sola y relajarme me meto en mi propia cama, que es sin duda el lugar más cómodo.
No, no te estoy diciendo que seas rara, es simplemente lo que yo haría. Solo es mi opinión».
La señorita Eun-hye se esforzó en borrar las escenas que se habían formado en su mente a partir de experiencias anteriores. La solución más acertada era respirar profundamente una vez y no reaccionar.
Mi-hye era una estratega que excedía al afamado militar chino Zhuge Liang en sus tácticas, con las que hería a la señorita Eun-hye y siempre salía indemne.
También era su hermana menor, cuatro años más joven que ella.
Hacía poco que Mi-hye y su prometido habían organizado la comida oficial de antes de la boda entre los padres de él y los de ella, y ahora que la sesión de fotos de los novios estaba a la vuelta de la esquina había anunciado que tenía que hacer dieta y reducir las porciones de comida; desde el mes pasado no se sentaba a la mesa con ellos y, sola en la sala de estar, se alimentaba exclusivamente de ensaladas.
Esforzándose por ignorar la existencia de su hermana, la señorita Eun-hye cogió el Spam asado de la fuente. En ese instante, junto a un sonido metálico, sintió la punzada de la vibración de los palillos que tenía en la mano al chocar con los de su madre. La miró disgustada.
—¿Qué te pasa? —dijo la madre, yendo hacia la sala de estar donde se encontraba Mi-hye, mientras agitaba los palillos.
—¿No sientes nada al ver a tu hermana?
—¿Qué tengo que sentir?
—¿No sientes nada de nada? Pues venga, sigue así. Qué bien vives, ¿eh?
—¿De qué estás hablando? Yo también estoy agotada.
Volvió a intentar coger el Spam con los palillos. Su madre, enfurruñada, le apartó los palillos con un clin, clin por segunda vez y con más fuerza. A la señorita Eun-hye se le quitó el hambre por completo y dejó los palillos sobre la mesa haciendo ruido a propósito.
—¿Quieres decirme qué te pasa? ¡Deja de mandarme señales y dímelo a la cara!
Su madre reaccionó con una risa burlona.
—¿Quieres que te hable sin tapujos? Vale, entonces voy a hacerlo.
Mira lo delgada que está tu hermana y aun así se cuida constantemente.
En cambio, tú, ¿qué? ¿Vas a estar el día de la boda de Mi-hye ahí de pie como un saco rechoncho?
¡Qué hermana más buena! La verdad es que iba a dejarlo estar, pensando que sería lo mejor, pero...
¿Qué? ¿Por qué me miras así? Tú misma me has pedido que hable sin rodeos y eso es lo que estoy haciendo, ¿por qué te alteras de repente?
Por eso no iba a decirte nada. Siempre dejas claro cuando estás de mal humor.
La señorita Eun-hye se puso la mano en el pecho, inspiró profundamente y espiró despacio. «Aguanta, aguanta. Con gritar ahora no vas a arreglar nada, es evidente que lo único que vas a conseguir es enrarecer el ambiente en casa».