Horizonte Azul CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

EL SILENCIO ENTRE LAS ESTRELLAS

En el vacío del universo, el silencio también puede ocultar una voz. Y no toda ausencia significa que estemos solos.

Las luces principales se encendieron suavemente a las siete, simulando el amanecer terrestre.

Era una programación automática.

Los paneles de las cabinas cambiaban lentamente del azul profundo de la madrugada a una tonalidad dorada, reproduciendo un amanecer artificial.

Claire fue la primera en despertarse.

Se puso rápidamente el uniforme gris de la tripulación y caminó hasta el invernadero hidropónico.

En cuanto se abrieron las puertas, un aroma fresco inundó el ambiente.

Las plantas habían crecido más de lo que esperaba.

Las primeras hojas de lechuga estaban completamente desarrolladas.

Pequeños tomates comenzaban a adquirir color.

Las hierbas aromáticas llenaban el aire con un perfume que ninguno de ellos había sentido en muchos años.

Claire sonrió.

— Buenos días...

Hablaba con las plantas como hacía desde niña.

Tomó el escáner agrícola e inició la primera inspección completa de la producción.

El ordenador confirmó inmediatamente:

PRODUCCIÓN VEGETAL DENTRO DE LOS PARÁMETROS ÓPTIMOS.

PRIMERA COSECHA AUTORIZADA.

Respiró profundamente.

Con extremo cuidado, retiró algunas hojas maduras y las colocó en una pequeña cesta metálica.

Era una cantidad modesta.

Pero representaba mucho más que alimento.

Era la primera cosecha de la humanidad en otra galaxia.

Mientras tanto, Daniel ya trabajaba en ingeniería.

Los motores principales permanecían estables.

El anillo gravitacional había completado el enfriamiento iniciado después de la travesía.

Aun así, insistía en comprobar personalmente cada sistema.

Adrian entró llevando una tableta.

— ¿Todavía no confías en el ordenador?

Daniel sonrió.

— Confío.

— Entonces, ¿por qué lo revisas todo otra vez?

— Porque las máquinas también fallan.

Acercó el escáner a un conjunto de conductos.

Las lecturas seguían siendo perfectas.

— Ahora puedo decir que el motor ha vuelto al cien por cien de su capacidad.

Adrian observó el enorme reactor.

— Entonces, si fuera necesario...

— Podríamos volver a utilizar el motor gravitacional.

— Espero que no sea pronto.

Daniel asintió.

Una travesía por un agujero de gusano era suficiente para toda una vida.

En la enfermería, Lena realizaba exámenes médicos rutinarios.

Cada integrante de la tripulación pasaba por una rápida evaluación.

Presión arterial.

Frecuencia cardíaca.

Oxigenación.

Temperatura.

Además, el ordenador analizaba automáticamente pequeñas alteraciones celulares provocadas por la exposición a las intensas fuerzas gravitacionales.

Maya observaba los resultados con curiosidad.

— Nunca hemos tenido datos reales de seres humanos atravesando un agujero de gusano.

Lena continuó analizando los gráficos.

— ¿Has encontrado alguna alteración?

Maya se acercó a la pantalla.

— Pequeñas variaciones celulares... nada preocupante.

Abrió un nuevo informe.

— Pero quiero seguir esto a diario.

— ¿Crees que puede haber efectos a largo plazo?

— No tengo ni idea.

Sonrió discretamente.

— Somos los primeros seres humanos en realizar este viaje.

Todo lo que descubramos será inédito.

En el sector de navegación, Adrian tomó los controles para realizar otra prueba manual.

Aunque la Odyssey volaba prácticamente sola, insistía en mantener entrenados sus reflejos.

Giró lentamente la nave unos cuantos grados.

Los motores respondieron de inmediato.

Después corrigió la trayectoria.

El ordenador confirmó:

CURSO RESTABLECIDO.

Adrian quedó satisfecho.

— Pilotas mucho mejor que cualquier simulador.

La voz electrónica respondió con tranquilidad:

— Gracias por la observación.

Adrian quedó inmóvil.

Miró lentamente hacia el panel.

— ¿Acabas de responderme?

La inteligencia artificial permaneció en silencio.

Después de unos segundos apareció únicamente un mensaje.

COMANDO COMPLETADO.

Adrian frunció el ceño.

Tal vez lo hubiera imaginado.

Tal vez fuera simplemente una respuesta automática del sistema.

Aun así, decidió comentárselo a Noah más tarde.

Marcus continuaba con su rutina de inspección.

Recorría lentamente todos los corredores de la Odyssey.

Comprobaba cierres.

Compartimentos.

Sensores.

Rutas de emergencia.

Desde la huida de la Tierra había convertido aquella actividad en un hábito.

Mientras caminaba por el corredor inferior, encontró a Ethan observando uno de los grandes paneles transparentes orientados hacia el espacio.

— ¿No consigues descansar?

Ethan sonrió.

— Todavía estoy aprendiendo.

Marcus se acercó.

Las estrellas pasaban lentamente frente a la nave.

Algunas brillaban en tonos azulados.

Otras parecían pequeños rubíes esparcidos por la oscuridad.

— Es extraño... —comentó Marcus.

— ¿Qué?

— Pasé años mirando el cielo de la Tierra.

Hizo una breve pausa.

— Nunca imaginé que echaría de menos un cielo que ya ni siquiera existe para nosotros.

Ethan no respondió.

Porque sentía exactamente lo mismo.

Incluso rodeados por una belleza imposible de describir, existía un vacío que ninguna estrella conseguía llenar.

En aquel instante, en algún punto muy lejano de la inmensidad de Andrómeda, la Odyssey-X9 continuaba silenciosamente hacia el destino programado.

Y, sin que ningún integrante de la tripulación lo percibiera, el ordenador registró una discreta variación en el consumo energético de uno de los sistemas internos.

El aviso permaneció activo durante apenas dos segundos.

Después desapareció por sí solo.

Como si nunca hubiera existido.

La pequeña alerta se desvaneció antes de que ningún miembro de la tripulación pudiera percibirla.

En los registros internos de la Odyssey-X9 quedó únicamente una breve anotación automática:

OSCILACIÓN ELÉCTRICA REGISTRADA.

ORIGEN: INDETERMINADO.

SISTEMA RESTABLECIDO.

No sonó ninguna alarma.

Ninguna luz cambió de color.

La nave continuó su recorrido como si absolutamente nada hubiera ocurrido.

En el centro de comunicaciones, Noah permanecía concentrado frente a tres monitores holográficos.

Los archivos de la misión continuaban reconstruyéndose lentamente.

Con cada hora aparecían nuevos directorios.

Informes de mantenimiento.

Inventarios.

Protocolos de emergencia.

Pero ninguno revelaba nada realmente importante.

Olivia entró llevando dos tazas de café preparado por la cocina automática.

— ¿Sigues buscando respuestas?

Noah aceptó una.

— Sigo encontrando preguntas.

Ella sonrió.

— Parece que a la Odyssey le gusta jugar con nosotros.

— O fue programada para revelarlo todo en el momento adecuado.

Olivia se sentó a su lado.

Durante varios minutos observaron en silencio la recuperación de las bases de datos.

El porcentaje aumentó lentamente.

ARCHIVOS RESTAURADOS: 52 %.

Noah abrió una nueva carpeta.

Encontró únicamente registros de mantenimiento realizados durante la construcción de la nave.

— Nada...

Cerró el archivo.

Olivia empezó a analizar los registros energéticos.

Fue entonces cuando encontró una pequeña inconsistencia.

— Noah...

— ¿Qué ocurre?

Amplió un gráfico.

— Mira esto.

Una línea azul mostraba un pequeño pico ocurrido pocos minutos antes.

— Oscilación eléctrica.

Noah asintió.

— El ordenador ya la estabilizó.

Olivia amplió aún más la información.

— Lo extraño es que no ocurrió cerca del reactor.

— Entonces, ¿dónde?

Señaló el plano tridimensional de la Odyssey.

El brillo aparecía exactamente en el compartimento de comunicaciones.

Los dos se miraron.

— Fue aquí.

Noah recorrió rápidamente el lugar con un escáner.

Nada.

Todos los equipos funcionaban con normalidad.

Cables.

Servidores.

Antenas.

Todo permanecía dentro de los parámetros.

— Tal vez un condensador.

Olivia no parecía convencida.

— Tal vez.

Archivó el informe.

Aun así, añadió una observación personal.

REPETIR ANÁLISIS SI VUELVE A OCURRIR.

Mientras tanto, Maya iniciaba una serie de investigaciones médicas.

Atravesar un agujero de gusano era algo completamente desconocido para la ciencia.

Recogió pequeñas muestras de sangre de todos los integrantes.

Lena supervisaba el procedimiento.

— ¿Crees que encontraremos alguna alteración?

Maya observó las primeras lecturas.

— Espero que no.

Los resultados comenzaron a aparecer.

Frecuencia celular.

Actividad inmunológica.

Regeneración de tejidos.

Todos los parámetros se mantenían normales.

Hasta que apareció una pequeña diferencia.

Maya acercó el rostro a la pantalla.

— Qué extraño...

Lena miró de inmediato.

— ¿Qué ocurre?

— Nada grave.

Amplió el gráfico.

— Todas las células muestran una actividad metabólica ligeramente superior.

— ¿Cuánto?

— Alrededor de un dos por ciento.

Lena sonrió.

— Puede ser simplemente consecuencia del estrés.

— Puede.

Aun así, Maya decidió registrar la alteración.

Sería importante seguir su evolución durante los próximos días.

En el sector agrícola, Claire terminaba de organizar la primera cosecha.

Las hojas recién recogidas del invernadero serían utilizadas en la cena.

Las separaba cuidadosamente cuando apareció Daniel.

— ¿Puedo ayudar?

Claire le entregó una pequeña cesta.

— Sujeta esto.

Daniel observó las verduras con curiosidad.

— Es curioso...

— ¿Qué?

— He pasado toda mi vida reparando máquinas.

Volvió a mirar las hojas verdes.

— Nunca imaginé que una simple lechuga pudiera hacerme tan feliz.

Claire rio.

— Cuando la comida deja de existir, aprendemos a valorar lo que antes parecía corriente.

Daniel asintió.

Los dos permanecieron algún tiempo trabajando en silencio.

A lo lejos, el sistema automático de riego comenzó a funcionar.

Pequeñas gotas de agua se dispersaron sobre las plantas.

Claire cerró los ojos durante un instante solo para escuchar aquel sonido.

En la Tierra, el agua corriente se había convertido en un privilegio.

Allí, dentro de la Odyssey, volvía a representar esperanza.

En el observatorio, Ethan y Adrian analizaban continuamente la ruta.

El ordenador actualizaba automáticamente la posición de la nave.

El pequeño punto azul que representaba el destino estaba un poco más cerca con cada hora.

— ¿Cuánto falta? —preguntó Ethan.

Adrian consultó los datos.

— Algo más de cincuenta y seis horas.

Ethan siguió observando el mapa.