Horizonte Azul CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

LA ÚLTIMA HUIDA

Cuando la Tierra cierra todas las puertas, al ser humano solo le queda desafiar el cielo.

D urante siete días, los diez fugitivos vivieron como si el tiempo hubiera dejado de medirse en horas y pasara a existir únicamente en riesgos.

Cada mañana traía una nueva posibilidad de ser descubiertos, y cada noche terminaba con mapas, códigos y proyecciones esparcidos por el suelo de un depósito subterráneo en el desierto de Nevada, mientras la cuenta atrás para la actualización del sistema Argos avanzaba sin piedad.

Quedaban pocas horas.

En el exterior, el viento arrojaba arena contra las paredes metálicas del escondite. El antiguo depósito había sido construido décadas atrás para almacenar equipos de minería y llevaba abandonado desde que se secaron las reservas subterráneas de la región.

En aquel momento, sin embargo, el lugar albergaba algo mucho más peligroso que maquinaria oxidada.

Diez personas planeaban infiltrarse en Groom Lake.

Ethan permanecía frente a una proyección tridimensional de la base.

Las líneas rojas marcaban los siete perímetros de seguridad. Puntos luminosos indicaban torres automatizadas, patrullas terrestres y corredores internos. En el centro de todo se encontraba el hangar subterráneo donde la Odyssey-X9 esperaba el lanzamiento.

— Una vez más —dijo Marcus.

Daniel dejó escapar un suspiro de agotamiento.

— Ya hemos repetido esto seis veces.

— Entonces repítelo por séptima vez.

Marcus no alzó la voz.

No lo necesitaba.

Durante la última semana había asumido la preparación táctica del grupo. Les había enseñado a moverse en silencio, reconocer señales militares, reaccionar ante controles y abandonar cualquier acción que pusiera a los demás en peligro.

No se estaban convirtiendo en soldados.

Solo intentaban evitar morir como civiles sin preparación.

Daniel señaló el primer sector del plano.

— Entramos por la Puerta Logística Oeste utilizando dos vehículos de mantenimiento.

Olivia amplió las identificaciones digitales.

— Los vehículos han sido clonados a partir de una empresa contratada por la base. Durante diecinueve minutos, Argos reconocerá las matrículas, los chips y a los ocupantes como legítimos.

— ¿Por qué diecinueve? —preguntó Claire.

— Porque después el sistema compara las firmas con las de los vehículos reales.

— Y descubre que existen dos de cada uno.

— Exactamente.

Noah señaló el segundo perímetro.

— Después de atravesar la puerta, seguimos hasta el Sector de Refrigeración. La actualización de Argos comienza a las veintitrés horas y cuarenta minutos.

— Ciento veinte segundos —dijo Sofia.

— Ciento veinte segundos de vulnerabilidad parcial —corrigió Olivia—. Argos no quedará ciega. Solo transferirá funciones a un sistema secundario más lento.

Marcus miró a todos.

— Y nadie se aparta del plan.

Adrian cruzó los brazos.

— Los planes suelen cambiar cuando se encuentran con la realidad.

— Entonces improvisaremos sin olvidar el objetivo.

— ¿Y cuál es el objetivo? —preguntó Lena.

Marcus la miró fijamente.

— Entrar, tomar la nave y salir con los diez vivos.

— Sin matar a nadie —añadió Ethan.

Marcus no respondió de inmediato.

— Si es posible.

— Tiene que ser posible.

— No puedes controlar las decisiones de los soldados con los que nos encontremos.

Ethan sostuvo su mirada.

— No somos asesinos.

— Todavía no —dijo Olivia, sin apartar la mirada del terminal.

El silencio que siguió resultó incómodo.

Durante aquella semana, ninguno había dormido más de tres horas seguidas.

Ethan y Adrian habían pasado días utilizando un simulador construido por Daniel con piezas robadas de talleres militares. Aprendieron el sistema de control híbrido de la Odyssey-X9, los protocolos de ignición, el control gravitacional y los fallos más probables durante el despegue.

No era lo mismo que pilotar la nave real.

Pero era todo lo que tenían.

Noah y Olivia trabajaban prácticamente sin descanso.

Él había desarrollado dispositivos capaces de retrasar sensores y abrir puertas internas. Ella había creado identidades militares falsas para todos, modificado registros de empleados e introducido pequeñas inconsistencias en la red de la base para acostumbrar a Argos a ignorar determinados avisos.

Daniel había estudiado el reactor.

Cada tubería.

Cada línea de energía.

Cada bloqueo mecánico.

Había descubierto que la Odyssey-X9 no podía iniciarse únicamente desde la cabina. Existía una secuencia manual en el núcleo de propulsión que requería la presencia de un técnico.

Maya y Sofia organizaron equipos científicos, escáneres, kits de análisis atmosférico, herramientas geológicas y recipientes para muestras.

Claire separó semillas resistentes, cultivos de hongos, nutrientes y alimentos concentrados.

Lena preparó una enfermería portátil con todo lo que había logrado reunir.

Nada parecía suficiente.

Pero el planeta entero ya les había enseñado a sobrevivir con menos de lo que necesitaban.

Daniel abrió una caja metálica.

Dentro había diez uniformes grises de mantenimiento militar.

— Es lo que tenemos.

Claire tomó uno.

— Conocen nuestros rostros.

— Argos conoce los rostros que Olivia introdujo en el sistema —respondió Noah.

— ¿Y los guardias humanos?

Marcus le entregó una credencial.

— No mires a nadie durante demasiado tiempo.

— ¿Ese es tu consejo?

— Mi consejo es que parezcas cansada. La gente cansada rara vez llama la atención en una base militar.

Adrian se puso el uniforme.

— Por fin una habilidad que todos dominamos.

Aun así, Lena sonrió ligeramente.

Fue un instante breve.

Quizá el último momento de ligereza antes de que todo comenzara.

A las veintiuna horas llegaron los dos vehículos.

Eran transportes blindados de mantenimiento, pintados de blanco, con símbolos de refrigeración en los laterales. Walter había conseguido los vehículos gracias a antiguos contactos ferroviarios.

Bajó del primero y entregó las llaves a Marcus.

— Los verdaderos están inmovilizados en un taller a ciento veinte kilómetros de aquí.

Olivia miró el reloj.

— ¿Cuánto tardarán en descubrirlo?

— Si nadie los echa de menos, quizá hasta mañana.

— ¿Y si los echan de menos?

Walter se encogió de hombros.

— Entonces tendréis menos tiempo.

Ethan le estrechó la mano.

— Deberías marcharte.

— Lo haré.

Walter contempló a los diez.

— No sé qué pretendéis hacer en esa base.

— Mejor así —respondió Marcus.

— Quizá.

Se volvió hacia Ethan.

— Solo espero que valga la pena.

— Yo también.

Walter caminó hasta un vehículo más pequeño estacionado detrás del depósito.

Antes de subir, los observó una última vez.

— Buena suerte.

Nadie respondió.

Buena suerte parecía muy poco frente a lo que estaban a punto de hacer.

El grupo se dividió.

En el primer transporte viajaban Ethan, Adrian, Marcus, Lena y Olivia.

En el segundo, Noah, Daniel, Maya, Sofia y Claire.

Marcus se puso al volante del primero.

Daniel condujo el segundo.

Ethan se sentó junto a Marcus y observó el desierto a través del parabrisas.

La oscuridad lo ocultaba casi todo.

A lo lejos, sin embargo, el resplandor de Groom Lake comenzaba a surgir en el horizonte.

No parecía una base.

Parecía una ciudad.

Torres de iluminación atravesaban el cielo. Aeronaves militares patrullaban el espacio aéreo. Líneas azules recorrían cercas electromagnéticas que se extendían durante kilómetros.

Lena se acercó a la ventanilla.

— Todavía podemos regresar.

Marcus no redujo la velocidad.

— Podemos.

Ethan la miró.

— ¿Quieres volver?

Lena tardó en responder.

— Quiero que esto termine.

— De una forma u otra —dijo Olivia.

El comunicador interno se iluminó.

La voz de Noah llegó desde el segundo vehículo.

— Estamos entrando en la zona de vigilancia.

Olivia activó los transmisores clonados.

— A partir de ahora, nadie utiliza nombres verdaderos.

Las identidades falsas aparecieron en las credenciales.

Ethan se convirtió en el Técnico Aaron Keller.

Marcus, en el Supervisor Malcolm Price.

Lena, en la Especialista Médica Laura Bennett.

Adrian, en el Ingeniero de Vuelo Thomas Reed.

Cada nombre disponía de historial, autorización y datos biométricos artificiales.

Al menos dentro de la red.

El primer puesto de control apareció unos minutos después.

Una barrera metálica bloqueaba la carretera.

Cuatro soldados esperaban junto a un terminal. Sobre ellos, un dron pesado mantenía sus armas apuntando hacia los vehículos.

Marcus se detuvo frente a la línea amarilla.

Un guardia se acercó.

— Identificación.

Marcus le entregó la tarjeta.

El hombre introdujo el documento en el lector.

Una luz recorrió su rostro.

Después el de Ethan.

Lena.

Olivia.

Adrian.

En el terminal apareció un mensaje verde.

EQUIPO AUTORIZADO — MANTENIMIENTO DEL SISTEMA DE REFRIGERACIÓN.

— ¿Motivo de la entrada? —preguntó el soldado.

— Oscilación en el Sector Cuatro —respondió Marcus.

— No he recibido ninguna notificación.

Olivia se inclinó hacia delante.

— Aviso de emergencia emitido a las veinte horas y diecisiete minutos. Compruebe el protocolo GR-882.

El soldado consultó el terminal.

Durante unos segundos no apareció nada.

Ethan sintió que el corazón se le aceleraba.

Olivia mantuvo el rostro inmóvil.

Finalmente apareció el protocolo.

El guardia hizo un gesto para que abrieran la parte trasera.

Marcus apretó discretamente el volante.

— ¿Algún problema?

— Inspección aleatoria.

Dos soldados caminaron hasta la parte posterior.

El compartimento se abrió.

Dentro había cajas de herramientas, tubos, piezas de refrigeración y bolsas ocultas bajo un suelo falso.

Uno de los soldados subió.

Golpeó dos cajas.

Abrió una tercera.

Encontró cables y filtros.

Cuando empezó a acercarse al suelo falso, apareció un mensaje en el comunicador del guardia.

— Unidad aérea solicita liberación inmediata de la pista oeste.

El hombre vaciló.

Después bajó.

— Cierren.

La puerta volvió a bloquearse.

El primer perímetro se abrió.

Marcus aceleró.

Nadie volvió a respirar con normalidad hasta que la barrera desapareció detrás de ellos.

— Olivia —dijo Ethan.

— No fui yo.

— ¿Qué?

— La solicitud aérea era real.

Adrian sonrió.

— Entonces quizá la suerte exista.

— No cuentes con ella —respondió Marcus.