II
Daniel no hizo más preguntas en aquel momento.
Se limitó a regresar al motor desmontado, guardar algunas herramientas en una bolsa y cubrir el banco de trabajo con una lona oscura.
— Necesito quince minutos.
— ¿Para qué? —preguntó Noah.
— Si voy a abandonar este lugar, no dejaré nada que pueda utilizarse para rastrear mi trabajo.
Marcus asintió levemente, aprobando la decisión.
Daniel retiró pequeños módulos de memoria de tres equipos, rompió dos de ellos con un martillo y guardó el tercero en el bolsillo.
— ¿Siempre has sido tan cuidadoso? —preguntó Maya.
— No. Aprendí después de que arrestaran a un amigo mío por una firma digital que dejó en un reactor.
— ¿Qué le ocurrió?
Daniel cerró la bolsa.
— Nunca volvió.
Ethan no necesitó preguntar nada más.
En aquel mundo, desaparecer era una sentencia sin juicio.
Mientras Daniel terminaba de borrar los registros del taller, Noah volvió a abrir el terminal y proyectó sobre una mesa el esquema de la Odyssey-X9.
La imagen de la nave iluminó el lugar con un resplandor azulado.
Daniel se acercó lentamente.
Esta vez no había dudas en su rostro.
Había fascinación.
— Muéstrame el reactor.
Noah amplió la sección central.
— Núcleo de fusión de helio-3.
Daniel examinó las conexiones.
— No es solo fusión.
— ¿Qué estás viendo?
— Un sistema secundario de compresión gravitacional.
Adrian se acercó.
— ¿Para el anillo estabilizador?
— Probablemente.
Daniel hizo girar la proyección.
— Este conjunto de aquí controla la sincronización entre el motor y el campo gravitacional. Si ambos no responden al mismo tiempo, la nave podría partirse durante la aceleración.
Lena cruzó los brazos.
— Muy tranquilizador.
Daniel ni siquiera pareció oírla.
— Y aquí...
Amplió una sección casi oculta detrás del reactor principal.
— Hay un módulo de emergencia.
Noah frunció el ceño.
— No aparece en la descripción oficial.
— Porque debe estar restringido a los ingenieros de propulsión.
— ¿Puedes acceder?
— Si me das tiempo.
Ethan miró a su alrededor.
— No tenemos mucho.
Daniel apagó la proyección.
— Entonces necesitamos a los otros dos antes de hablar de un plan.
Sofia se apoyó contra la pared.
— Todavía no sabemos si realmente existen esos otros dos.
— Existen —respondió Ethan.
— Los nombres no son personas dispuestas a morir.
— Lo sé.
Lena observó a Daniel.
— ¿Y tú estás dispuesto?
Él tardó en responder.
— Estoy dispuesto a escuchar.
— No es lo mismo.
— Todavía no.
Su sinceridad resultaba menos incómoda que cualquier promesa vacía.
Walter entró en el taller poco después.
— Han aumentado los controles.
Marcus se acercó.
— ¿Cuánto tiempo?
— Menos del que dije antes.
— ¿Cuánto?
— Al anochecer registrarán este depósito.
Ethan miró al grupo.
— Entonces no esperamos quince minutos.
Daniel cerró la bolsa.
— Ya he terminado.
Salieron por un pasadizo subterráneo situado detrás de los antiguos vagones.
Walter los condujo hasta un ascensor de carga abandonado que descendía a un nivel inferior de la instalación.
Allí había un estrecho vehículo utilizado antiguamente para inspecciones ferroviarias.
No era cómodo.
Pero funcionaba.
— Os llevará hasta el sector agrícola —dijo Walter.
Ethan le estrechó la mano.
— Estás arriesgando demasiado.
Walter contempló los rostros agotados que lo rodeaban.
— Todos hemos perdido demasiado como para seguir fingiendo que no vemos lo que está ocurriendo.
Después entregó a Marcus una vieja tarjeta.
— Esto abre los túneles de servicio de la zona este.
— ¿Cómo la conseguiste?
— Trabajé cuarenta años en estas vías.
Marcus guardó la tarjeta.
— Gracias.
El vehículo partió pocos minutos después.
Recorrió túneles oscuros durante casi una hora hasta alcanzar una zona donde las antiguas líneas ferroviarias se conectaban con instalaciones agrícolas subterráneas.
El cambio en el aire fue inmediato.
Había humedad.
Olor a tierra.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el aroma de plantas vivas.
Claire Nakamura trabajaba en el Sector de Cultivo 12.
El lugar ocupaba el interior de una enorme estructura de vidrio reforzado, donde hileras de vegetales crecían bajo lámparas artificiales. Sensores controlaban la temperatura, los nutrientes y la humedad con absoluta precisión.
En el exterior, las familias pasaban hambre.
Allí dentro, tomates, cereales, frutas y hierbas crecían en abundancia.
Pero casi nada estaba destinado a la población.
Claire caminaba entre las hileras con una tableta en las manos.
Tenía veintiséis años, el cabello negro cortado a la altura de los hombros y un rostro marcado por demasiadas noches sin dormir.
Cuando vio entrar a Lena, se sorprendió.
— No deberías estar aquí.
— Lo sé.
— Tu rostro aparece en todos los paneles.
— También lo sé.
Claire miró rápidamente a su alrededor.
— ¿Quiénes son ellos?
— Personas en las que confío.
— Eso no responde a mi pregunta.
Lena se acercó.
— Tenemos que hablar.
Claire permaneció en silencio unos segundos.
Después hizo un gesto para que la siguieran.
Condujo al grupo hasta una sala de almacenamiento rodeada de depósitos de nutrientes y cajas de semillas.
En cuanto la puerta se cerró, se volvió hacia Lena.
— ¿Qué ha pasado?
— Descubrimos un proyecto secreto.
Claire soltó una risa nerviosa.
— ¿Eso es todo?
— No.
Ethan colocó el dispositivo sobre una mesa.
Claire no reconoció el símbolo, pero comprendió de inmediato que se trataba de tecnología militar.
— ¿Qué es eso?
Noah activó la proyección.
La Odyssey-X9 apareció en el centro de la sala.
Claire dio un paso atrás.
— Una nave.
— Un arca —dijo Daniel.
Noah abrió los sistemas internos.
Cultivo hidropónico.
Bancos de semillas.
Laboratorios biológicos.
Producción sintética de alimentos.
Claire se acercó casi sin darse cuenta.
— ¿Quién diseñó esto?
— Varios departamentos gubernamentales —respondió Noah—. Pero el módulo agrícola contiene firmas que reconocemos.
Amplió la lista de investigadores.
El nombre de Claire apareció entre los colaboradores indirectos.
Ella se quedó inmóvil.
— Eso no es posible.
— ¿Trabajaste en alguno de estos sistemas? —preguntó Maya.
Claire recorrió los esquemas con la mirada.
— Hace tres años participé en un proyecto de cultivo cerrado para colonias lunares.
— Te mintieron —dijo Lena.
Claire continuó leyendo.
— Este sistema podría producir alimentos para diez personas durante décadas.
— Exactamente.
Su expresión se endureció.
— Mientras aquí fuera los niños mueren de hambre.
Nadie respondió.
Claire caminó hasta la estrecha ventana de la sala.
Al otro lado del cristal, varios empleados empaquetaban cajas de frutas perfectas.
— La mitad de esta producción va a complejos militares —dijo—. La otra mitad, a barrios gubernamentales.
Maya se acercó.
— ¿Y cuánto llega a los centros públicos?
— Menos del cuatro por ciento.
Claire se volvió hacia ellos.
— La semana pasada destruyeron ocho toneladas de alimentos porque el lote no cumplía con el estándar visual exigido por las familias del consejo.
Lena cerró los ojos.
— ¿Ocho toneladas?
— Sí.
— ¿Y nadie intentó impedirlo?
Claire soltó una risa amarga.
— Cualquiera que lo intentara sería arrestado por sabotaje alimentario.
Ethan observó su reacción.
— La nave parte dentro de veintiséis días.
— ¿Con quién?
Noah mostró la lista.
Claire reconoció algunos nombres.
— Esas personas jamás han pisado una zona de hambre.
— Y aun así fueron elegidas para preservar a la humanidad —dijo Sofia.
Claire volvió a mirar la nave.
— ¿Qué queréis de mí?
Ethan respondió directamente.
— Que nos ayudes a ocupar su lugar.
El silencio cayó sobre la sala.
Claire desvió la mirada hacia Lena.
— ¿Tú estás de acuerdo con esto?
— Todavía no lo sé.
— Pero estás aquí.
— Estoy intentando descubrir si huir es cobardía o la única manera de seguir con vida.
Claire respiró profundamente.
— Yo no soy soldado.
— No necesitamos otra soldado —dijo Maya—. Necesitamos a alguien capaz de mantener alimentadas y con vida a diez personas.
Claire observó el módulo agrícola.
Durante años había trabajado para crear sistemas capaces de combatir el hambre.
Ahora descubría que su investigación había sido utilizada para garantizar la supervivencia de una élite.
— Quiero ver todos los archivos —dijo.
Ethan asintió.
— Los verás.
— Y no prometo nada.
— Nadie te ha pedido una promesa.
Cuando abandonaron la instalación, ya eran nueve.
Olivia Grant fue más difícil de encontrar.
Vivía bajo vigilancia permanente en un complejo residencial cercano al centro federal de comunicaciones.
No podía abandonar el distrito sin autorización.
No podía acceder a redes privadas.
No podía trabajar con sistemas de inteligencia artificial.
El gobierno todavía la consideraba peligrosa.
Noah y Marcus entraron primero.
Utilizaron los túneles de servicio que Walter les había indicado y llegaron hasta los niveles subterráneos del edificio.
Olivia los esperaba en una sala de mantenimiento.
Tenía veintisiete años, el cabello pelirrojo recogido en un moño apretado y unos desconfiados ojos verdes.
— Habéis tardado.
Noah se detuvo.
— ¿Sabías que veníamos?
— Activasteis un dispositivo militar, atravesasteis tres redes de vigilancia y dejasteis rastros en dos servidores.
— Borré los rastros.
— Casi todos.
Marcus examinó la sala.
— ¿Hay cámaras?
— Había.
Olivia señaló un pequeño montón de piezas desmontadas.
— Ahora no.
Noah sonrió discretamente.
— Ethan dijo que eras buena.
— Ethan siempre subestima a la gente.
— ¿Conoces el Proyecto Odyssey?
Su sonrisa desapareció.
— Conozco el nombre.
— ¿Cuánto sabes?
— Lo suficiente para entender por qué os persiguen.
Marcus colocó el dispositivo sobre la mesa.
Olivia no lo tocó.
— Esto no debería estar fuera de Groom Lake.
— Pero lo está —respondió Noah.
— Y ahora queréis mi ayuda.
— Queremos que veas lo que hemos encontrado.
Noah activó los archivos.
Olivia lo analizó todo en silencio.
El agujero de gusano.
La Odyssey-X9.
Los diez pasajeros.
El lanzamiento.
Las capas de seguridad.
Cuando terminó, cerró la proyección.
— No vais a conseguir entrar.
Marcus cruzó los brazos.
— Toda fortaleza tiene puntos débiles.
— Esta tiene miles. El problema es sobrevivir el tiempo suficiente para aprovechar uno.
— Entonces existe una posibilidad.
— Existe una posibilidad de que muráis en la puerta.
Noah se acercó.
— Denunciaste la manipulación de los datos de abastecimiento.
La expresión de Olivia se endureció.
— Eso no importa.
— Sí importa.
— No utilices mi pasado para convencerme.
— No lo estoy utilizando. Te lo recuerdo porque sabes de lo que son capaces.
Ella permaneció en silencio.
Dos años atrás, Olivia había descubierto que el gobierno ocultaba reservas de agua suficientes para abastecer varias ciudades. Intentó divulgar los datos.
Fue arrestada.
Interrogada.
Después la liberaron bajo vigilancia porque eliminarla públicamente habría atraído demasiada atención.
— Mataron a mi hermano —dijo.
Noah no lo sabía.
— Dijeron que fue un accidente de transporte.
— No lo fue.
Olivia volvió a mirar el dispositivo.
— El sistema de seguridad de la base utiliza una inteligencia artificial central llamada Argos.
— ¿Puedes hackearla? —preguntó Marcus.
— No.
— Entonces, ¿para qué te necesitamos?
Ella levantó la mirada.
— Porque puedo hacer que crea que pertenecéis a la base.
Poco después de medianoche, los diez estaban reunidos en un depósito subterráneo fuera del distrito.
Por primera vez ocupaban el mismo espacio.
Ethan.
Adrian.
Marcus.
Noah.
Daniel.
Lena.
Maya.
Sofia.
Claire.
Olivia.
Ninguno de ellos parecía un elegido.
Parecían cansados, heridos y asustados.
Pero estaban allí.
Noah proyectó sobre una mesa el plano de Groom Lake.
Olivia tomó el control.
— La base tiene siete perímetros.
Fue destacando cada capa.
— Cercas exteriores, patrullas terrestres, drones, sensores subterráneos, reconocimiento biométrico, Argos y seguridad interna del hangar.
Marcus señaló las líneas de abastecimiento.
— Entramos por aquí.
— No —dijo Olivia—. Esas rutas se verifican en tiempo real.
Daniel señaló los túneles de refrigeración.
— ¿Y por aquí?
Sofia analizó la profundidad.
— Demasiado estrechos.
— Para una persona, no.
Ethan observó los mapas.
— ¿Cuántos minutos necesitamos dentro de la nave?
Adrian respondió:
— Si los sistemas están activos, menos de diez.
— ¿Y si no lo están? —preguntó Lena.
Daniel contempló la proyección.
— Quizá una hora.
Olivia amplió el calendario.
— Dentro de siete días, Argos recibirá una actualización completa. Durante ciento veinte segundos, parte de la seguridad será transferida a un sistema secundario.
Marcus se quedó mirando la cifra.
— Dos minutos.
— Es la única ventana que existe.
El silencio recorrió el grupo.
Ethan miró a cada uno de ellos.
— No voy a mentiros. Podemos morir antes de llegar al hangar.
Lena cruzó los brazos.
— ¿Y si llegamos?
— Podemos morir durante el despegue.
Sofia añadió:
— O en el agujero de gusano.
— Sí.
Ethan respiró profundamente.
— Pero quedarnos también significa morir. Quizá lentamente. Quizá viendo desaparecer primero todo lo que nos rodea.
Nadie respondió.
Apoyó una mano sobre la mesa.
— ¿Quién está dispuesto a entrar en esa base?
Adrian fue el primero.
Colocó su mano junto a la de Ethan.
Marcus fue después.
Noah.
Daniel.
Maya.
Claire dudó unos segundos, pero finalmente también avanzó.
Sofia permaneció inmóvil.
Lena contemplaba la proyección de la Tierra girando lentamente junto a la Odyssey-X9.
Olivia fue la octava.
Quedaban dos.
Sofia cerró los ojos.
Después colocó la mano sobre las demás.
Lena fue la última.
Cuando finalmente avanzó, su mano temblaba.
— Esto no significa que crea que esté bien.
Ethan la miró.
— Solo significa que no vas a quedarte atrás.
Las diez manos permanecieron unidas sobre el plano de la base.
Allí, en aquel depósito olvidado, el plan imposible dejó de ser una idea.
Se convirtió en una decisión.
En el panel de Noah comenzó una cuenta atrás.
SIETE DÍAS PARA EL TRASLADO DE LA TRIPULACIÓN.
Y, por primera vez, los diez fugitivos comenzaron a planear cómo robarían la última nave de la Tierra.