CAPÍTULO 4
LOS DIEZ FUGITIVOS
Diez vidas unidas por un mismo destino, diez caminos avanzando más allá de lo imposible.
E l camión de carga avanzaba lentamente por la carretera destrozada mientras la primera luz de la mañana comenzaba a abrirse paso en el horizonte.
La carrocería metálica ocultaba a los siete fugitivos entre cajas vacías de equipos industriales cubiertas por lonas oscuras.
Cada bache hacía crujir la estructura, obligándolos a permanecer en absoluto silencio.
Durante casi una hora, nadie pronunció una sola palabra.
El cansancio era evidente.
Las últimas cuarenta y ocho horas habían transformado por completo sus vidas. De ciudadanos comunes que intentaban sobrevivir al colapso de la Tierra, habían pasado a ser considerados enemigos del Estado.
Ethan observaba por una pequeña abertura en el lateral de la carrocería.
Washington desaparecía lentamente detrás de ellos.
Incluso a la distancia todavía podían distinguirse las torres de purificación del aire y los dirigibles militares que patrullaban la capital. Una fina capa de humo ocultaba parte de los rascacielos, haciendo que la ciudad pareciera una enorme cicatriz en el horizonte.
— Nunca imaginé que dejaría mi ciudad de esta manera... —murmuró Lena.
Maya se acercó a ella.
— ¿Piensas volver?
Lena tardó unos segundos en responder.
— No lo sé.
La respuesta fue sincera.
Quizá ninguno regresara.
Quizá aquel fuera el último amanecer que verían en la Tierra.
Marcus retiró discretamente el cargador de su pistola de pulsos y comprobó la munición.
— Todavía nos siguen.
Adrian levantó la mirada.
— ¿Estás seguro?
— Han aparecido dos drones desde que salimos de la estación de bombeo.
— Podrían estar patrullando.
Marcus negó con la cabeza.
— Mantienen una distancia constante.
Noah cerró el terminal portátil.
— Todavía no saben exactamente dónde estamos.
— Pero saben que seguimos vivos —respondió Ethan.
El camión redujo la velocidad.
A pocos metros había un puesto de control gubernamental.
Dos vehículos blindados bloqueaban parcialmente la carretera.
Soldados armados verificaban documentos, escaneaban compartimentos de carga y utilizaban pequeños drones para inspeccionar motores y chasis.
El conductor redujo aún más la velocidad.
Era un hombre de unos sesenta años llamado Walter Greene.
Exmecánico ferroviario.
Desde hacía años ayudaba clandestinamente a personas perseguidas por el gobierno a cruzar los estados del este de Estados Unidos.
Nunca hacía preguntas.
Simplemente conducía.
Abrió discretamente un pequeño comunicador sujeto al tablero.
— Quedaos completamente inmóviles.
Nadie respondió.
El camión se detuvo.
Unos pasos pesados se acercaron a la cabina.
— Documentación.
Walter entregó una tarjeta electrónica.
— Transporte de piezas industriales para reciclaje.
El soldado examinó el documento.
— Abra la carrocería.
Walter obedeció.
El cierre hidráulico produjo un ruido metálico.
En la parte trasera, Ethan contuvo la respiración.
Una estrecha franja de luz apareció cuando la puerta comenzó a elevarse.
Marcus hizo un gesto para que todos permanecieran agachados.
Las botas del soldado resonaron sobre el suelo metálico.
Caminó lentamente entre las cajas.
Se detuvo a menos de dos metros del escondite.
Un dron de inspección entró volando en la carrocería.
Su lente azul comenzó a recorrer el interior.
Noah cerró los ojos.
El pequeño aparato pasó lentamente sobre la lona.
Después cambió de dirección.
Durante unos segundos permaneció suspendido exactamente encima del grupo.
Ethan podía oír el zumbido de los rotores.
Entonces el dron regresó hacia la puerta.
— Todo despejado.
La voz del operador llegó desde el exterior.
La carrocería volvió a cerrarse.
El camión reanudó la marcha.
Solo cuando el puesto de control desapareció a lo lejos, Lena se dio cuenta de que llevaba varios segundos conteniendo la respiración.
— Creí que era el final.
Marcus guardó el arma.
— Todavía no.
Walter condujo durante cuarenta minutos más antes de desviarse hacia una carretera secundaria prácticamente abandonada.
El asfalto desapareció.
A ambos lados comenzaron a surgir edificios industriales cubiertos de óxido.
Aquel lugar había sido uno de los mayores centros tecnológicos de la costa este.
Ahora solo quedaban esqueletos de hormigón.
El camión entró en un antiguo depósito ferroviario subterráneo.
En cuanto apagó el motor, Walter abrió la carrocería.
— Bajad.
Los siete saltaron al suelo.
El lugar era enorme.
Viejos vagones de mantenimiento permanecían dispersos entre las vías.
Generadores improvisados suministraban energía únicamente a unas pocas lámparas.
Había gente viviendo allí.
Poca.
Toda extremadamente discreta.
Walter se acercó a Ethan.
— Podéis quedaros hasta mañana.
— Gracias.
— Después tendréis que seguir vuestro camino.
— Lo entiendo.
Walter señaló un corredor iluminado.
— Vuestros amigos ya han llegado.
Ethan frunció el ceño.
— ¿Amigos?
— Uno de ellos dijo que lo buscarías.
Marcus intercambió una rápida mirada con Adrian.
Ambos llevaron instintivamente la mano hacia las armas.
Walter se dio cuenta.
— Si quisieran entregaros, ya lo habrían hecho.
Ethan respiró profundamente.
— Vamos.
El grupo avanzó por el corredor hasta llegar a un antiguo taller mecánico.
En cuanto entró, Ethan reconoció de inmediato al hombre que trabajaba sobre un enorme motor desmontado.
Llevaba un mono azul cubierto de grasa.
Tenía el cabello castaño recogido con una banda de tela.
Sin siquiera levantar la cabeza, seguía girando una llave hidráulica con una precisión impresionante.
— Creía que estabas muerto —dijo Ethan.
El hombre sonrió.
— Yo también lo creía de ti.
Finalmente levantó la cabeza.
— Ha pasado mucho tiempo, Cole.
— Daniel.
Daniel Brooks dejó la herramienta y ambos se estrecharon la mano.
Tenía veintinueve años.
Durante años había trabajado como técnico de propulsión de la Fuerza Aeroespacial, encargado del mantenimiento de motores orbitales experimentales.
Era conocido por reparar equipos considerados irrecuperables.
Después de los recortes militares, fue trasladado a talleres civiles, donde reparaba maquinaria industrial a cambio de pequeñas raciones de alimentos.
— ¿Sigues desmontando motores por diversión? —preguntó Ethan.
Daniel soltó una breve risa.
— Ahora los desmonto para sobrevivir.
Su sonrisa desapareció poco después.
— El gobierno se lleva todo lo que sirve. Lo demás termina aquí.
Señaló el enorme motor sobre el banco de trabajo.
— Ese reactor debía alimentar un hospital.
— ¿Y llegó a hacerlo?
— Nunca llegó.
Lena se acercó.
— ¿Qué ocurrió?
Daniel cerró lentamente la tapa del compartimento.
— Lo desviaron a una instalación militar en Colorado.
— ¿Y el hospital?
— Cerró dos semanas después.
El silencio se apoderó del taller.
Daniel se limpió las manos con un paño.
— Entonces... ¿por qué os persiguen?
Ethan miró rápidamente a Marcus.
Después a Noah.
Todavía era pronto para revelarlo todo.
Pero Daniel necesitaba conocer una parte de la verdad.
— Descubrimos un proyecto secreto del gobierno.
Daniel cruzó los brazos.
— ¿Qué tipo de proyecto?
— Uno que puede decidir quién seguirá vivo cuando la Tierra finalmente colapse.
El mecánico permaneció inmóvil.
Por primera vez, su expresión cambió por completo.
— No estáis bromeando.
— No.
— ¿Y por qué habéis venido a buscarme?
Ethan observó el enorme motor desmontado.
— Porque, si tenemos razón... necesitaremos al mejor especialista en propulsión que conozco.
Daniel soltó una breve carcajada.
— Eso suena como una invitación a morir.
— Quizá lo sea.
— Y aun así has venido.
— Porque sé quién eres.
Daniel caminó lentamente hasta una ventana rota del taller.
En el exterior, decenas de trabajadores desmontaban viejas máquinas en busca de cobre, acero y cualquier componente que todavía pudiera reutilizarse.
— Mi padre decía que las máquinas nunca mienten.
Siguió observando el movimiento.
— Las personas mienten.
Los gobiernos mienten.
Las empresas mienten.
Pero los motores siempre dicen la verdad.
Se volvió hacia Ethan.
— Así que dime la verdad.
Sin ocultar nada más, Ethan sacó del bolsillo el pequeño dispositivo transparente.
Daniel reconoció inmediatamente el símbolo grabado en el lateral.
Su expresión se volvió seria.
— ¿Dónde has conseguido eso?
— Lo robamos.
Daniel se acercó lentamente.
— Esto pertenece al Proyecto Odyssey.
Noah levantó la cabeza.
— ¿Lo conoces?
— Nunca participé directamente.
— ¿Pero habías oído hablar de él?
Daniel asintió.
— Durante años circularon rumores entre los ingenieros.
— ¿Qué rumores?
Miró a todos antes de responder.
— Decían que el gobierno estaba construyendo una nave que jamás volvería a entrar en la órbita terrestre.
Nadie lo interrumpió.
Daniel continuó.
— La mayoría pensaba que eran simples rumores de pasillo.
— No lo eran —respondió Ethan.
Daniel volvió a observar el dispositivo.
— Entonces... existe.
Ethan asintió lentamente.
— Existe.
— ¿Y qué pensáis hacer?
Por primera vez desde que todo había comenzado, Ethan respondió sin vacilar.
— Impedir que parta sin nosotros.
Daniel se quedó completamente inmóvil.
Durante varios segundos, solo el sonido metálico de las herramientas resonó por el taller.
Entonces sonrió.
No era una sonrisa de alegría.
Era la sonrisa de alguien que por fin había encontrado una causa más grande que la simple supervivencia.
— Creo que de verdad os habéis vuelto locos.
Ethan también sonrió.
— Quizá.
Daniel volvió a extender la mano.
— Entonces contad conmigo... pero quiero escuchar el plan completo antes de decidir si voy a morir a vuestro lado.
En aquel instante, los siete fugitivos se convirtieron en ocho.
Y, por primera vez, Ethan empezó a creer que aquel plan imposible quizá pudiera dejar de ser únicamente un sueño desesperado y transformarse en una operación real.