II
La pregunta quedó suspendida en el aire como una amenaza.
Nadie se rio.
Nadie llamó loco a Ethan.
Quizá porque, en el fondo, todos habían pensado ya en lo mismo.
Lena fue la primera en apartarse de la mesa.
— No.
Ethan mantuvo los ojos fijos en ella.
— Ni siquiera me has escuchado.
— No necesito escucharte. El gobierno nos está persiguiendo, estamos escondidos en una estación abandonada, con agua contaminada hasta los tobillos, y tú quieres hablar de robar la nave más protegida del planeta.
— Quiero hablar de una posibilidad.
— Eso no es una posibilidad.
Marcus cruzó los brazos.
— Técnicamente, sí lo es.
Lena se volvió hacia él.
— ¿Tú también?
— No he dicho que podamos conseguirlo. He dicho que es posible.
— ¿Infiltrarnos en Groom Lake?
— Se han infiltrado en lugares más seguros.
— ¿Quién?
Marcus se encogió de hombros.
— Personas que no sobrevivieron para contarlo.
Noah cerró algunas ventanas del terminal y amplió el plano de la base.
— Antes de convertir esto en un debate moral, quizá deberíamos comprobar si existe siquiera una posibilidad real.
Maya lo miró.
— ¿Te lo estás planteando?
— Lo estoy analizando.
— ¿Así es como lo llamas cuando empieza a gustarte una idea absurda?
— Exactamente.
Sofia permaneció en silencio frente a la proyección de la Odyssey-X9.
La nave giraba lentamente sobre la mesa.
Diez asientos.
Diez personas.
Autonomía para décadas.
Capacidad para atravesar un pasaje entre galaxias.
Era una promesa y una amenaza al mismo tiempo.
Adrian se acercó a la pantalla.
— Muéstrame los protocolos de lanzamiento.
Noah abrió el archivo.
Apareció una secuencia de procedimientos dividida en decenas de etapas.
— La nave sale del hangar subterráneo mediante una plataforma elevadora. Después recorre una pista magnética hasta el punto de ignición.
— ¿Tiempo entre la liberación y el despegue?
— Once minutos.
— Mucho.
— El sistema exige una comprobación completa del reactor, estabilización gravitacional y sincronización de la inteligencia artificial.
Adrian analizó cada etapa.
— Durante esos once minutos, la nave queda vulnerable.
— ¿Vulnerable a qué? —preguntó Maya.
— A un ataque externo, sabotaje, bloqueo de la pista.
Marcus se acercó.
— O a la interceptación de quienes intenten robarla.
Adrian señaló el mapa.
— Aquí. Después de entrar en la plataforma, el hangar principal se abre. Si consiguiéramos llegar hasta la nave antes de que complete el ascenso...
— Seguiría habiendo cientos de soldados —dijo Lena.
— Miles —corrigió Marcus.
— Gracias. Eso lo mejora muchísimo.
Ethan apoyó las manos sobre la mesa.
— Nadie está diciendo que vayamos a hacerlo hoy.
— Faltan veintiséis días —respondió Noah—. Tampoco tenemos demasiado tiempo para pensarlo.
Lena lo miró con incredulidad.
— Habláis como si ya lo hubierais decidido.
— No hemos decidido nada —dijo Ethan.
— Entonces dime que no piensas robar esa nave.
Él permaneció en silencio.
Lena cerró los ojos.
— Lo sabía.
Maya se acercó a ella.
— Lena, nadie va a obligarte a hacer nada.
— No se trata solo de mí.
Señaló la lista de pasajeros.
— Esa nave fue construida para diez personas. Aunque consiguiéramos sacarla de la base, ¿qué pasaría con todos los demás?
— Lo mismo que pasará si parten los pasajeros originales —respondió Ethan.
— Eso no hace que esté bien.
— Tampoco hace que esté mal impedir que diez privilegiados escapen mientras miles de millones se quedan atrás.
Sofia finalmente apartó los ojos de la proyección.
— Quizá la pregunta no sea quién merece partir.
Todos la miraron.
— Quizá la pregunta sea si alguien debería hacerlo.
Noah frunció el ceño.
— ¿Qué quieres decir?
— Siete sondas atravesaron la anomalía. Ninguna regresó.
— Quizá no estaban programadas para regresar.
— El informe dice que sí.
Noah abrió los registros.
Sofia señaló una línea casi oculta.
PROTOCOLO DE RETORNO AUTOMÁTICO: ACTIVADO.
— Tiene razón —dijo Maya.
Noah leyó los datos restantes.
— Todas debían transmitir información después de atravesarla y regresar por la misma ruta.
— ¿Y ninguna transmitió? —preguntó Marcus.
— Ninguna.
Adrian se puso serio.
— Eso podría significar que fueron destruidas.
— O que el pasaje es unidireccional —dijo Sofia.
— O que hay algo al otro lado que interrumpe las señales —añadió Maya.
El entusiasmo inicial perdió fuerza.
Aquella nave no era únicamente una salida.
También podía ser un ataúd.
Ethan contempló el mapa de Andrómeda.
— Aun así, tienen intención de partir.
— Porque la Tierra se está acabando —dijo Lena.
— Exactamente.
Ella volvió a enfrentarse a él.
— ¿Y crees que debemos correr hacia una muerte desconocida porque tenemos miedo de una muerte conocida?
— Creo que deberíamos poder elegir nuestra propia oportunidad.
El generador sufrió una oscilación.
Las lámparas parpadearon.
Durante unos segundos, la imagen de la nave desapareció.
Cuando volvió, Noah advirtió una nueva notificación en una esquina de la pantalla.
— Esperad.
Abrió la alerta.
Era un registro de comunicación interna recibido aquella misma mañana.
MODIFICACIÓN DEL CALENDARIO OPERATIVO.
La fecha de lanzamiento seguía siendo la misma, pero la preparación de la tripulación había sido adelantada.
— Van a trasladar a los pasajeros a Groom Lake dentro de ocho días —dijo Noah.
— ¿Eso cambia algo? —preguntó Maya.
Marcus respondió antes que él.
— Lo cambia todo.
Noah amplió el documento.
— Después del traslado, la base entrará en protocolo de aislamiento máximo. Ningún empleado civil podrá entrar ni salir hasta el lanzamiento.
Adrian se pasó una mano por la barba.
— Entonces, si alguien quisiera infiltrarse, tendría que hacerlo antes del octavo día.
Lena soltó una risa amarga.
— «Si alguien quisiera».
Marcus ignoró el comentario.
— Necesitamos saber cuántas capas de seguridad hay.
Noah abrió el archivo correspondiente.
El plano de la base apareció dividido en sectores.
Cercas electromagnéticas.
Torres automatizadas.
Drones armados.
Sensores térmicos subterráneos.
Reconocimiento facial.
Lectura de firma neuronal.
Patrullas humanas.
Túneles de mantenimiento.
Sistemas de bloqueo interno.
Maya contempló todo aquello.
— Esto no es una base.
— Es una fortaleza —dijo Sofia.
Marcus señaló los accesos de servicio.
— Toda fortaleza depende de la logística.
— Agua, energía, alimentos, mantenimiento —añadió Noah.
— Y personas —concluyó Adrian.
Ethan se dio cuenta de que la conversación había cambiado.
Ya no hablaban únicamente de lo imposible.
Estaban empezando a buscar puntos débiles.
— Parad —dijo Lena.
Todos la miraron.
— Estáis haciendo planes.
— Estamos analizando —respondió Noah.
— No vuelvas a decirme eso.
Caminó hacia la salida de la sala, pero Ethan la sujetó suavemente del brazo.
— No vayas sola.
Lena retiró el brazo.
— Necesito respirar.
— Fuera no es seguro.
— Aquí dentro tampoco.
Se internó por un corredor lateral.
Maya miró a Ethan y fue tras ella.
Durante unos segundos, solo el ruido del generador llenó la sala.
Marcus volvió a concentrarse en el plano.
— Tiene razón en una cosa.
Ethan lo miró.
— ¿En qué?
— Todavía no tenemos un plan. Tenemos una fantasía.
Adrian asintió.
— Y no tenemos equipo.
— Somos siete —dijo Noah.
Sofia levantó la cabeza.
— No me incluyas en eso.
— Estaba contando a las personas que hay en la sala.
— Cuenta seis.
Marcus no reaccionó.
— Incluso con diez, nos falta información.
— Y acceso —añadió Adrian.
Noah comenzó a revisar los archivos personales del proyecto.
— Quizá haya alguien dentro de la base que pueda ayudarnos.
— ¿Un traidor? —preguntó Ethan.
— Alguien decepcionado.
— Es lo mismo, dependiendo de quién cuente la historia —dijo Marcus.
Sofia caminó hacia uno de los mapas físicos sujetos a la pared.
— Seguís sin entenderlo.
Ethan se acercó.
— ¿El qué?
— No sabemos si existe un planeta habitable al otro lado.
— El proyecto menciona objetivos potenciales.
— Potenciales.
Señaló los informes astronómicos.
— Andrómeda tiene miles de millones de estrellas. El agujero de gusano podría terminar en cualquier lugar. Cerca de una estrella, dentro de una región de radiación, en el vacío entre sistemas...
— La nave dispone de navegación automática —dijo Noah.
— Basada en datos que no existen.
Adrian cruzó los brazos.
— Entonces necesitaríamos a alguien capaz de interpretar las condiciones planetarias.
— Una geóloga —respondió Ethan.
Sofia lo miró fijamente.
— No utilices eso para reclutarme.
— Solo he reconocido tu habilidad.
— Estás haciendo una lista mental.
Ethan no lo negó.
Sofia se apartó de la pared.
— He pasado los últimos seis años buscando agua subterránea. He visto desaparecer comunidades enteras porque se secó un embalse. He visto a niños cavar con sus propias manos buscando un barro que ni siquiera podían beber.
Su voz se mantuvo firme, pero algo cambió en sus ojos.
— Mi madre murió en una fila de abastecimiento.
Nadie la interrumpió.
— El gobierno cerró el centro porque un ministro iba a visitar la zona. Querían limpiar las calles. Mi madre esperó dos días. Cuando volvieron a abrir, ya no podía mantenerse en pie.
Sofia miró la nave.
— Así que sí, he perdido la esperanza en esta Tierra. Pero eso no significa que crea en cualquier promesa que venga de las estrellas.
Ethan lo comprendió.
No se negaba por cobardía.
Se negaba porque conocía demasiado bien el precio de creer en soluciones fáciles.
En el corredor lateral, Lena estaba sentada sobre una tubería, con las manos entrelazadas entre las rodillas.
Maya se detuvo a su lado.
— No debería haberte hablado de esa manera.
— No es eso.
— Entonces, ¿qué es?
Lena miró el suelo mojado.
— Una parte de mí quiere decir que sí.
Maya no mostró sorpresa.
— Y eso te asusta.
— Mucho.
Respiró profundamente.
— He pasado años diciéndole a la gente que todavía había esperanza. Que solo tenían que resistir un día más. Que los tratamientos mejorarían, que los centros recibirían suministros, que el gobierno acabaría respondiendo.
— Intentabas mantenerlos con vida.
— Mentí.
— No.
— Sí.
Lena levantó la mirada.
— Sabía que nada iba a mejorar.
Maya se sentó a su lado.
— Tú no eres responsable de lo que hicieron con el mundo.
— Pero puedo ser responsable de abandonar a quienes se queden.
— Quizá.
La sinceridad de la respuesta sorprendió a Lena.
— Se supone que deberías convencerme de ir.
— No quiero convencer a nadie.
Maya contempló la oscuridad del corredor.
— Mi hermano murió en una granja estatal de producción. Trabajaba cultivando alimentos que nunca llegaban a nuestro barrio. Cuando intentó robar una caja de fruta, lo ejecutaron por sabotaje.
Lena bajó la cabeza.
— No lo sabía.
— Casi nadie lo sabe.
Maya respiró lentamente.
— Si existe una posibilidad de salir de aquí, quiero contemplarla. Eso no significa que vaya a aceptar. Pero quiero verla.
En la sala principal, Noah encontró un archivo bloqueado entre los registros de la base.
— Esto es extraño.
Marcus se acercó.
— ¿Qué?
— Hay una sección entera borrada del plano.
— Podría ser el núcleo de seguridad.
— No. El núcleo está aquí.
Noah señaló una zona subterránea situada al oeste del hangar principal.
— Este sector no tiene nombre, función ni acceso registrado.
Adrian estudió la ubicación.
— Está cerca de las líneas de refrigeración.
— Y conectado a los túneles de mantenimiento —añadió Marcus.
Ethan sintió que toda su atención se concentraba en aquella zona.
— ¿Puedes abrirlo?
— Quizá.
Noah inició un nuevo intento de descifrado.
Mientras esperaban, las luces volvieron a parpadear.
Esta vez no regresaron de inmediato.
Marcus levantó una mano.
Todos guardaron silencio.
Un sonido tenue recorrió las tuberías.
No procedía del generador.
Era un zumbido rítmico.
Adrian caminó hasta la entrada y miró hacia arriba.
— Un dron.
— ¿Aquí abajo? —preguntó Sofia.
— Pequeño. Modelo de reconocimiento.
Noah apagó el terminal.
La proyección desapareció.
La sala quedó sumida en la penumbra.
El zumbido se acercó.
Marcus sacó un arma corta del abrigo.
Ethan hizo lo mismo.
— No disparéis a menos que sea necesario.
El dron apareció en el corredor superior.
Tenía el tamaño de un ave, seis pequeños rotores y una lente roja en el centro.
Pasó lentamente sobre las tuberías.
Después se detuvo.
La lente giró hacia ellos.
Marcus lanzó una pequeña cuchilla magnética.
El objeto alcanzó el dron antes de que pudiera emitir la alerta.
La máquina cayó al agua.
Noah corrió hacia ella y arrancó el núcleo de comunicaciones.
— ¿Ha salido la señal?
— No lo sé.
— Averígualo.
Noah conectó el núcleo al terminal.
Unos segundos después, su expresión se tensó.
— Ha transmitido una imagen parcial.
— ¿Adónde? —preguntó Ethan.
— A una unidad de patrulla que está a menos de tres kilómetros.
Marcus guardó el arma.
— Entonces este lugar ya no sirve.
Lena y Maya regresaron a la sala en ese mismo instante.
— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Maya.
— Nos han encontrado —respondió Adrian.
Sofia recogió los mapas.
Noah guardó el dispositivo y el terminal.
Ethan contempló por última vez la proyección, ahora apagada, de la Odyssey-X9.
Todavía no tenían un plan.
Todavía no tenían un equipo.
Todavía no habían tomado una decisión.
Pero la idea ya existía.
Y las ideas, una vez liberadas, rara vez regresaban a su prisión.
— ¿Adónde vamos? —preguntó Lena.
Marcus abrió el mapa de la ciudad.
— Conozco un depósito subterráneo fuera del distrito.
— ¿Es seguro?
— Nada es seguro.
Ethan se echó la mochila a los hombros.
— Entonces necesitamos algo mejor que seguridad.
Adrian lo miró.
— ¿Qué?
Ethan guardó el dispositivo junto al pecho.
— Necesitamos una oportunidad.
A lo lejos comenzó a sonar la primera alarma militar.
Esta vez, ninguno discutió cuando Ethan se dirigió hacia el túnel.
Y mientras abandonaban la estación de bombeo, todos cargaban con la misma pregunta silenciosa:
Si solo quedaban veintiséis días, ¿cuánto tardaría lo imposible en convertirse en la única opción?