CAPÍTULO 3
EL CAMINO HACIA LAS ESTRELLAS
Cuando el último camino en la Tierra se cierra ante los hombres, hasta lo imposible empieza a parecer una forma de esperanza.
L a lluvia artificial comenzó poco antes del amanecer, liberada por drones climáticos que sobrevolaban los barrios centrales de Washington en una formación perfectamente coordinada.
No era una lluvia destinada a las personas, ni a los cultivos casi muertos ni a los embalses vacíos.
El agua caía únicamente sobre los edificios gubernamentales y las avenidas que rodeaban los complejos militares, arrastrando el polvo tóxico para que las cámaras de vigilancia pudieran seguir funcionando sin interrupciones.
Desde el interior de una antigua fábrica de locomotoras, Ethan observaba las gotas deslizarse por los cristales rotos.
En el exterior, los habitantes corrían con recipientes improvisados, intentando recoger cualquier cantidad de agua que cayera más allá de los límites programados por los drones.
Algunos conseguían llenar apenas el fondo de una botella.
Otros eran apartados por agentes de seguridad antes siquiera de poder acercarse.
El agua caía del cielo.
Y, aun así, no pertenecía a nadie.
— Están cerrando el distrito —dijo Marcus, apartándose de una abertura en la pared.
Ethan se volvió hacia él.
— ¿Cuántos controles?
— Cuatro que haya podido ver. Quizá haya más en las calles laterales.
Adrian estaba sentado sobre una caja de herramientas oxidada, desmontando una pequeña arma de pulsos.
— No es una operación de búsqueda normal.
— También me he dado cuenta —respondió Marcus—. Están utilizando sensores térmicos y perros sintéticos.
Maya, que examinaba unas raíces secas encontradas en un almacén, levantó la cabeza.
— ¿Perros sintéticos?
— Rastreadores biotecnológicos —explicó Adrian—. Pueden identificar partículas de piel, sangre, sudor e incluso residuos químicos dejados por la ropa.
Noah dejó de trabajar en el terminal durante un instante.
— Qué noticia tan maravillosa.
Lena cerró su mochila médica.
— ¿Cuánto tiempo tenemos?
— ¿Antes de que lleguen aquí? —preguntó Marcus—. Quizá unas horas.
— ¿Quizá?
— No me gusta prometer tiempo cuando hay drones militares buscándonos.
Sofia se acercó a un viejo mapa del distrito industrial.
El papel estaba amarillento y rasgado por los bordes, pero todavía mostraba los túneles de carga, los canales de drenaje y los corredores subterráneos utilizados por las fábricas antes del colapso energético.
— Hay una instalación de mantenimiento a dos kilómetros de aquí —dijo—. Está debajo de una estación de bombeo abandonada.
— ¿Tiene electricidad? —preguntó Noah.
— No lo sé.
— Necesitamos una fuente de energía estable.
— También necesitamos un lugar que no esté a punto de ser rodeado —respondió Sofia.
Noah no discutió.
Durante las últimas horas había intentado abrir los archivos restantes del dispositivo militar.
Había conseguido acceder a fragmentos de los planos de una nave espacial y a algunas referencias de un proyecto extrasolar, pero casi todo el contenido importante permanecía protegido mediante un sistema de cifrado cuántico vinculado a los servidores gubernamentales.
Cada intento de acceso aumentaba el riesgo de que los rastrearan.
Aun así, ninguno contemplaba la posibilidad de abandonar el dispositivo.
Cuatro personas se habían convertido en fugitivas por culpa de él.
Todo un refugio había sido asaltado.
Quizá en aquel mismo instante estuvieran interrogando a habitantes inocentes.
Ethan necesitaba saber por qué.
— Vamos a la estación —decidió.
Marcus guardó los prismáticos.
— Iremos por los túneles.
— ¿Los perros sintéticos pueden rastrearnos ahí abajo? —preguntó Maya.
— Sí —respondió Adrian—. Pero el agua contaminada lo dificulta.
— Por fin una ventaja de la contaminación —murmuró Noah.
Abandonaron la fábrica en pequeños grupos.
Marcus salió primero, seguido por Adrian y Sofia. Ethan esperó unos minutos antes de conducir a Lena, Maya y Noah por un paso lateral que terminaba en un canal de hormigón casi completamente cubierto de barro.
El cielo seguía gris.
La lluvia artificial ya había cesado.
En las avenidas gubernamentales, el agua era recogida por sistemas subterráneos y enviada nuevamente a los depósitos militares. En los barrios pobres, la gente se disputaba los pequeños charcos que quedaban.
Ethan vio a una mujer arrodillada sobre el asfalto, intentando absorber agua con un paño.
A su lado, dos niños sostenían vasos vacíos.
Redujo el paso.
Lena se dio cuenta.
— Ahora no podemos ayudarlos.
— Lo sé.
— Ethan...
— He dicho que lo sé.
Siguieron caminando.
Las palabras no hacían que la escena resultara más fácil de soportar.
Unas manzanas más adelante, un panel público mostraba imágenes del presidente del Consejo Mundial junto a varios comandantes militares.
LA ESCASEZ ES TEMPORAL.
EL SACRIFICIO GARANTIZA LA SUPERVIVENCIA.
DENUNCIE ACTIVIDADES CONTRARIAS AL FUTURO DE LA HUMANIDAD.
Debajo del mensaje aparecían fotografías digitales de personas buscadas.
Ethan reconoció su propio rostro.
Después apareció Lena.
Luego Noah.
Maya.
Las imágenes procedían de antiguos registros gubernamentales.
— Ya somos enemigos de la humanidad —dijo Maya.
— Ha sido rápido —respondió Noah.
Ethan observó la recompensa ofrecida a cambio de información.
Prioridad vitalicia en el suministro de agua.
Acceso a medicamentos.
Raciones adicionales de alimentos.
No necesitaban ofrecer dinero.
El gobierno conocía la verdadera moneda de aquel mundo.
— No miréis los paneles —dijo Marcus a través del comunicador—. Las cámaras detectan las reacciones faciales.
Ethan bajó la cabeza.
Continuaron hasta una entrada de drenaje parcialmente cubierta por placas metálicas. Sofia los esperaba allí.
— El paso está despejado.
Uno a uno, descendieron por una escalera oxidada.
La estación de bombeo se encontraba bajo un conjunto de edificios industriales abandonados. La sala principal era enorme, ocupada por turbinas apagadas y tuberías tan anchas como corredores.
Noah examinó los paneles.
— El sistema principal está muerto.
— ¿Hay algún generador auxiliar? —preguntó Lena.
Sofia señaló una sala al fondo.
— Debería haber uno.
Noah desapareció entre las máquinas, llevándose el terminal y algunas herramientas.
Adrian y Marcus se encargaron de vigilar las entradas.
Maya ayudó a Sofia a cerrar las compuertas interiores.
Ethan caminó hasta el centro de la sala.
Aquel lugar parecía una tumba construida para máquinas.
Todo estaba cubierto de polvo y corrosión.
Aun así, los gruesos muros podrían bloquear parte de las señales externas.
Quizá fuera el primer lugar realmente seguro desde el comienzo de la persecución.
Veinte minutos después, las luces de emergencia parpadearon.
El sonido de un generador resonó por los corredores.
Noah apareció en la puerta de la sala auxiliar.
— Tenemos energía.
— ¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Ethan.
— El suficiente, siempre que a nadie se le ocurra encender las bombas.
Instaló el terminal sobre una mesa metálica y conectó el dispositivo.
La pequeña pieza transparente se iluminó.
Líneas de código llenaron la pantalla.
— La protección no es solo cuántica —explicó Noah—. Hay una inteligencia artificial verificando cada acceso.
— ¿Puedes engañarla? —preguntó Maya.
— No.
Ethan se acercó.
— ¿Entonces se acabó?
— He dicho que no puedo engañarla. No he dicho que no pueda hacerle creer que soy otra persona.
Noah sacó un pequeño módulo de su mochila.
— El dispositivo fue enviado por alguien que tenía autorización.
— Mi contacto —dijo Ethan.
— Exactamente. Parte de su identidad digital todavía está registrada aquí.
Lena miró la pantalla.
— Pero está muerto.
— La inteligencia artificial no tiene por qué saberlo.
Noah conectó el módulo.
La pantalla quedó en negro.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después apareció un mensaje.
IDENTIFICACIÓN SOLICITADA.
Noah abrió los datos biométricos almacenados en el dispositivo.
— Huellas dactilares, retina, firma neuronal... de verdad no querían que nadie viera esto.
— ¿Lo tienes todo? —preguntó Sofia.
— Tengo fragmentos.
— ¿Serán suficientes?
— Vamos a descubrirlo.
Noah inició la simulación.
La inteligencia artificial analizó los datos durante casi un minuto.
Una barra roja avanzaba lentamente por la pantalla.
Cuando llegó al noventa y ocho por ciento, se detuvo.
INCONSISTENCIA NEURONAL DETECTADA.
— No... —murmuró Noah.
El sistema comenzó a borrar los archivos.
— ¡Lo está destruyendo todo! —dijo Maya.
Noah tecleó rápidamente.
— Ya lo veo.
Ethan se aferró al borde de la mesa.
— Haz algo.
— Esa frase ayuda muchísimo.
Comenzó la cuenta atrás para la eliminación.
Diez segundos.
Nueve.
Ocho.
Noah arrancó un cable del terminal y conectó otro directamente al sistema auxiliar.
Siete.
Seis.
La pantalla parpadeó.
Cinco.
Noah cerró los ojos durante un instante y pulsó una secuencia de comandos.
Cuatro.
Tres.
La cuenta atrás se detuvo.
La sala quedó en silencio.
La pantalla permaneció oscura.
— ¿Lo has perdido todo? —preguntó Lena.
Noah no respondió.
Unos segundos después apareció una imagen.
El emblema de la Fuerza Aeroespacial de Estados Unidos surgió en el centro del monitor.
Debajo figuraba una única frase.
ACCESO CONCEDIDO — NIVEL OMEGA.
Noah dejó escapar el aire que contenía.
— Ahora podemos empezar.
Carpetas ocultas llenaron la pantalla.
Había registros de pruebas, listas de tripulantes, mapas astronómicos, informes de seguridad, proyectos de ingeniería y archivos identificados como ODYSSEY-X9 .
Ethan sintió que todo su cuerpo se tensaba.
Noah abrió la carpeta principal.
Una proyección tridimensional apareció sobre la mesa.
Por primera vez, la nave espacial se mostró completa.
El casco alargado poseía una superficie negra, sin ventanas laterales, con dos alas cortas y cuatro propulsores traseros. En el centro había un enorme anillo metálico unido al cuerpo de la nave mediante estructuras reforzadas.
En el interior había diez asientos.
Solo diez.
— Dios mío... —murmuró Sofia.
Noah hizo girar la proyección.
— Sesenta y dos metros de longitud. Reactor de fusión. Sistema autónomo de soporte vital. Producción sintética de alimentos. Reciclaje de agua prácticamente integral.
Maya acercó el rostro a la imagen.
— ¿Prácticamente?
— Pérdidas inferiores al dos por ciento anual.
— Eso permitiría una misión de décadas.
— O más.
Lena observó el pequeño módulo médico señalado en los planos.
— ¿Fue construida para colonizar?
Noah abrió el objetivo oficial del proyecto.
MISIÓN EXTRASOLAR DE PRESERVACIÓN HUMANA.
— No es una nave de investigación —dijo Ethan.
Adrian se acercó.
— Es un arca.
Noah abrió la lista de pasajeros autorizados.
Generales.
Ministros.
Científicos vinculados al gobierno.
Familiares de altos cargos.
Personas elegidas no solo por sus capacidades, sino por el poder que poseían.
Marcus leyó algunos nombres.
— Ningún civil.
— Ningún representante de las zonas afectadas por la escasez —añadió Lena.
Maya contempló la proyección.
— Construyeron una salida para ellos mismos.
Noah abrió otro archivo.
Apareció el mapa del sistema solar.
Una línea partía de la Tierra, pasaba por Marte, Júpiter y Saturno, y continuaba hacia la órbita de Neptuno.
En el punto final había una distorsión gravitacional.
— El agujero de gusano —dijo Ethan.
Noah asintió.
— Descubierto hace nueve años. El gobierno lo llama Anomalía N-7.
— ¿Es estable? —preguntó Sofia.
— No del todo.
— ¿Qué significa eso?
— Puede colapsar.
— ¿Durante la travesía?
Noah no respondió de inmediato.
— Sí.
Lena cruzó los brazos.
— Entonces construyeron una nave para atravesar algo que podría destruirla.
— El anillo central estabiliza el paso —explicó Noah—. Al menos en teoría.
Adrian estudió los datos de navegación.
— ¿Ya han enviado sondas?
— Siete.
— ¿Cuántas regresaron?
Noah abrió el informe.
— Ninguna.
El silencio se apoderó de la estación.
— Entonces no saben qué hay al otro lado —dijo Maya.
— Solo saben que los cálculos indican una salida en la galaxia de Andrómeda.
Sofia se acercó aún más.
— Otra galaxia...
La frase parecía imposible incluso pronunciada en voz alta.
A lo largo de toda la historia de la humanidad, Andrómeda había sido únicamente un resplandor lejano en el cielo.
Ahora existía una ruta.
Inestable.
Mortal.
Pero real.
Noah abrió el calendario de la misión.
La fecha de lanzamiento apareció en el centro de la pantalla.
Ethan hizo el cálculo mental.
— Veintiséis días.
— Exactamente —confirmó Noah—. La Odyssey-X9 saldrá de Groom Lake dentro de veintiséis días.
— ¿Y después? —preguntó Marcus.
— Se dirigirá hacia Neptuno. Cuando alcance la anomalía, ya no habrá forma de interceptarla.
Adrian caminó lentamente alrededor de la proyección.
— ¿Cuántos pilotos?
— Dos.
— ¿Tipo de control?
Noah abrió el esquema de la cabina.
— Sistema híbrido. Control manual, inteligencia artificial y navegación gravitacional asistida.
— Puedo pilotarla.
Todos miraron a Adrian.
Él mantuvo los ojos fijos en la nave.
— Al menos puedo aprender.
Ethan sintió que una idea empezaba a tomar forma.
No surgió como un pensamiento completo.
Fue apenas una posibilidad absurda.
Un impulso.
Una imagen.
Diez asientos.
Diez personas.
Una nave capaz de abandonar la Tierra.
Miró a Noah.
Después a Lena.
Maya.
Sofia.
Marcus.
Adrian.
Todavía no eran diez.
Ni siquiera eran un equipo.
Pero, por primera vez, Ethan dejó de ver la Odyssey-X9 como un proyecto secreto del gobierno.
La vio como una salida.
— ¿La base es inexpugnable? —preguntó.
Marcus entrecerró los ojos.
— Ninguna base es inexpugnable.
Lena comprendió inmediatamente adónde conducía aquella pregunta.
— Ethan, no.
— Solo he preguntado.
— No. Ya estás pensando en ello.
— Todos lo estamos.
— No, no lo estamos.
Adrian apartó la mirada de la proyección y clavó los ojos en Ethan.
— Dilo claramente.
Ethan respiró profundamente.
Las palabras parecían una locura.
Quizá lo fueran.
Pero, después de todo lo que habían visto, permanecer en la Tierra empezaba a parecer una locura aún mayor.
— ¿Y si la nave no parte con ellos?
Nadie respondió.
Ethan volvió a mirar los diez asientos.
— ¿Y si parte con nosotros?