Horizonte Azul II
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II

El anuncio siguió resonando por el almacén durante unos segundos, hasta que la vieja radio volvió a emitir únicamente un siseo continuo.

Nadie dijo una palabra.

Las personas que vivían en aquel refugio ya conocían aquel tipo de comunicado.

El gobierno rara vez divulgaba los nombres o los rostros de los fugitivos.

Cuando lo hacía, significaba que la operación había dejado de ser responsabilidad exclusiva de las fuerzas militares.

Ahora cualquier ciudadano desesperado podía entregar a un vecino a cambio de agua, alimentos o medicamentos.

Ethan percibió varias miradas dirigidas hacia él.

No eran miradas de desconfianza.

Eran miradas de miedo.

Miedo a que su simple presencia pusiera en peligro a todos los que estaban allí.

El anciano que reparaba el generador apagó lentamente la radio.

— No podéis quedaros mucho tiempo aquí.

Nadie estuvo en desacuerdo.

Lena se acercó al hombre.

— Solo necesitamos descansar unas horas.

— Lo sé.

El anciano suspiró profundamente.

— Pero mañana este lugar podría estar rodeado.

Una mujer que repartía pequeñas raciones de sopa entre los niños se acercó.

— Siempre llegan.

La frase fue pronunciada con tanta naturalidad que Ethan sintió un peso aún mayor sobre los hombros.

Era como si aquellas personas ya hubieran aceptado que, tarde o temprano, volverían a perderlo todo.

Marcus apoyó las manos sobre una mesa improvisada de madera.

— El gobierno utiliza el miedo mejor que las armas.

Adrian asintió.

— Porque sale más barato.

Sofia permaneció observando a través de una ventana rota del almacén.

En el cielo, dos drones pasaron lentamente, proyectando haces de luz sobre los tejados.

— Están ampliando las patrullas.

Noah también lo advirtió.

— No es una patrulla normal.

— ¿Cómo lo sabes?

— Vuelan en formación de búsqueda.

Ethan se acercó a la ventana.

Durante años había pilotado aeronaves militares.

Conocía prácticamente todos los protocolos de persecución utilizados por las fuerzas armadas.

Noah tenía razón.

Los drones estaban trazando una cuadrícula de rastreo que avanzaba barrio por barrio.

— Están buscando a alguien vivo —dijo Ethan.

— No quieren bombardear la zona.

— Todavía.

Marcus cruzó los brazos.

— Entonces saben que habéis escapado.

Ethan lo miró.

— O creen que hemos escapado.

— ¿Hay alguna diferencia?

— Mucha.

Marcus arqueó una ceja.

— Explícate.

— Si creen que morimos en los túneles, reducirán la búsqueda dentro de unos días.

— Y si están seguros de que habéis sobrevivido...

— No se detendrán.

Lena respiró lentamente.

— Entonces tenemos que desaparecer.

Noah volvió a manipular su terminal portátil.

— Quizá pueda averiguar hasta dónde está llegando la operación.

Conectó una pequeña antena improvisada al equipo y comenzó a interceptar transmisiones abiertas de las fuerzas de seguridad.

Varias frecuencias aparecieron en la pantalla.

— «...Unidad Delta verificando sector ocho...»

— «...Sin contacto visual...»

— «...Solicitamos refuerzos en la zona ferroviaria...»

Noah tecleó rápidamente.

Las transmisiones comenzaron a organizarse sobre un mapa holográfico.

Pequeños puntos rojos indicaban la posición de cada unidad militar.

Maya se acercó.

— Han cerrado prácticamente toda la zona norte.

— Y están avanzando hacia aquí.

Ethan estudió el mapa.

Solo quedaba una dirección relativamente poco vigilada.

El antiguo distrito industrial.

Casi nadie vivía allí.

Las fábricas habían dejado de funcionar muchos años atrás, cuando la escasez de energía hizo imposible mantener grandes líneas de producción.

— Podemos pasar por los canales de drenaje —sugirió Sofia.

Todos la miraron.

— ¿Conoces esa zona?

Ella asintió.

— Pasé casi seis meses cartografiando túneles subterráneos en busca de agua.

Marcus extendió un pequeño mapa de papel sobre la mesa.

Era antiguo.

Muy antiguo.

Aun así, todavía servía.

— Los canales principales pasan por debajo de las antiguas acerías.

Sofia señaló una zona.

— Aquí hay una salida oculta.

— ¿Estás segura?

— La encontré yo.

Noah esbozó una leve sonrisa.

— ¿Empieza a gustarte la idea de huir con nosotros?

Sofia le devolvió una sonrisa cansada.

— No estoy huyendo con nadie.

— Todavía.

Ella no respondió.

Lena se acercó a uno de los niños que dormían sobre un colchón improvisado.

Lo cubrió con una vieja manta y permaneció unos segundos contemplando el lugar.

Había ancianos.

Mujeres embarazadas.

Bebés.

Personas que sobrevivían gracias a la solidaridad de quienes apenas tenían nada.

— Por eso sigo aquí —dijo ella, casi en un susurro.

Ethan se acercó.

— Lo sé.

— No, no lo sabes.

Ella volvió a mirarlo.

— Cada semana muere alguien porque faltó un medicamento.

— Lo he visto.

— No. Has visto una parte.

Su voz tembló por primera vez.

— Yo veo a madres decidiendo qué hijo beberá agua primero.

Ethan permaneció en silencio.

— Veo a personas vendiendo sus propios órganos para comprar comida.

Respiró profundamente antes de continuar.

— La semana pasada, un hombre entró en la enfermería cargando a su padre a la espalda.

— ¿Qué ocurrió?

— Deshidratación extrema.

— ¿Pudiste salvarlo?

Lena bajó lentamente la cabeza.

— No había suficiente suero.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Ethan comprendió que toda aquella rabia no existía únicamente dentro de él.

Cada persona de aquel refugio cargaba con una historia parecida.

Una historia que el gobierno jamás permitiría que apareciera en las noticias.

Al otro lado del almacén, Adrian examinaba discretamente la estructura del edificio.

Marcus se acercó.

— Sigues haciéndolo.

— ¿El qué?

— Buscar rutas de escape.

Adrian sonrió.

— Vieja costumbre.

— Nunca la perdiste.

— Tú tampoco.

Marcus sacó unos pequeños prismáticos de la mochila.

— Dos tiradores en el edificio del sur.

Adrian tomó los prismáticos.

— No son tiradores.

— ¿Cómo lo sabes?

— Observadores.

Marcus volvió a mirar.

— Tienes razón.

Ambos intercambiaron una mirada preocupada.

La presencia de observadores significaba que unidades mayores podían llegar en cualquier momento.

Noah interrumpió la conversación.

— He encontrado otra cosa.

Todos se acercaron al terminal.

En la pantalla aparecía una orden operativa recién transmitida.

OPERACIÓN HORIZONTE SEGURO.

Ethan frunció el ceño.

— Nunca había oído ese nombre.

Noah amplió el documento.

Había poca información disponible.

Pero una frase llamó inmediatamente su atención.

PRIORIDAD MÁXIMA. RECUPERACIÓN DE TECNOLOGÍA ESTRATÉGICA EXTRAVIADA.

Lena miró a Ethan.

— No os están buscando a vosotros.

Él lo comprendió de inmediato.

— Están buscando el dispositivo.

Noah asintió.

— Sin ese archivo, quizá no puedan completar alguna fase del proyecto.

Marcus se pasó una mano por la barbilla.

— Entonces habéis robado algo mucho más importante de lo que imaginabais.

El silencio regresó.

Ahora existía una razón todavía mayor para que siguieran persiguiéndolos.

Ethan tomó discretamente el dispositivo del bolsillo de Noah.

Observó la pequeña pieza transparente reflejando la tenue luz del almacén.

Parecía insignificante.

Sin embargo, decenas de soldados recorrían Washington intentando recuperarla.

Sofia se acercó.

— ¿Qué contiene?

Ethan volvió a guardar el dispositivo.

— Todavía no es el momento de explicarlo.

Ella sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después se limitó a asentir.

Confiaba en Maya.

Y, por ahora, eso bastaba.

De repente, un niño entró corriendo en el almacén.

No debía de tener más de doce años.

Estaba sin aliento.

— ¡Han cerrado la avenida principal!

Todos centraron su atención en él.

— ¿Cuántos vehículos? —preguntó Marcus.

— Muchos.

— ¿Tanques?

— No.

— ¿Blindados?

— Sí.

Adrian caminó rápidamente hacia la ventana.

A lo lejos se reflejaban luces azules.

Se oía el estruendo de motores pesados.

Marcus se colocó a su lado.

— No han venido a detener a cuatro fugitivos.

— Han venido a rodear todo el barrio.

Noah consultó nuevamente el mapa.

Los puntos rojos comenzaban a formar un círculo perfecto alrededor de la zona ferroviaria.

— Van a registrar las casas una por una.

Lena cerró su mochila médica.

— Entonces nos quedan pocos minutos.

La mujer que atendía la cocina improvisada se acercó a Ethan.

Depositó un pequeño envoltorio en sus manos.

— Llévenselo.

Ethan lo abrió.

Solo había cuatro trozos de pan endurecido.

— Lo necesitan más que nosotros.

Ella sonrió con tristeza.

— Hoy, sí.

Aquella respuesta golpeó a Ethan de una forma inesperada.

Personas que apenas tenían qué comer seguían compartiendo todo lo que poseían.

Mientras tanto, las autoridades ocultaban reservas suficientes para alimentar ciudades enteras.

Ethan estrechó con delicadeza la mano de la mujer.

— Gracias.

Ella se limitó a asentir.

Marcus reunió a todos cerca de la puerta trasera.

— Saldremos en grupos de dos.

— No —respondió Ethan.

Marcus lo miró.

— Separados tenemos más posibilidades.

— También tenemos más posibilidades de no volver a encontrarnos jamás.

Adrian asintió.

— Permanecemos juntos.

Marcus reflexionó unos segundos.

Después aceptó.

— De acuerdo.

Sofia sacó del bolsillo un pequeño dispositivo de navegación.

Proyectó un mapa sencillo sobre la pared.

— Seguid exactamente esta ruta.

Señaló una línea estrecha.

— Los canales de drenaje comienzan detrás de la antigua fábrica de locomotoras.

— ¿Hay patrullas?

— Pocas.

— ¿Cómo lo sabes?

— Porque nadie cree que quede nada vivo en ese lugar.

Noah apagó el terminal portátil.

— Espero que sigan creyéndolo.

Lena lanzó una última mirada al refugio.

Los niños continuaban durmiendo.

Algunas personas fingían dormir.

Otras simplemente observaban en silencio.

Quizá nunca volverían a verlas.

Ethan respiró profundamente.

— Vamos.

El grupo salió por la parte trasera del almacén.

La noche parecía aún más oscura.

A lo lejos, las sirenas resonaban por todo Washington.

Los reflectores atravesaban el cielo.

Los primeros vehículos blindados comenzaban a entrar en las calles cercanas.

Mientras avanzaban entre edificios abandonados, Adrian se acercó a Ethan.

— Hay algo que todavía no nos has contado.

Ethan no respondió de inmediato.

— Sí.

— ¿Tiene que ver con ese dispositivo?

— Sí.

— ¿Es grave?

Ethan miró rápidamente hacia atrás, asegurándose de que nadie más pudiera oírlos.

— Mucho más de lo que imaginas.

Adrian comprendió que aquella noche no conseguiría sacarle más información.

Continuaron caminando.

Pocos minutos después llegaron a una pasarela elevada que cruzaba las antiguas vías ferroviarias.

Desde allí podían contemplar casi todo el barrio.

Marcus volvió a levantar los prismáticos.

Su expresión cambió de inmediato.

— Tenemos un problema.

Todos se detuvieron.

— ¿Qué ocurre? —preguntó Maya.

Marcus le entregó los prismáticos a Ethan.

— Mira.

Ethan se los llevó a los ojos.

En la entrada del refugio ferroviario, decenas de soldados descendían de vehículos blindados.

Los drones rodeaban por completo el lugar.

Los habitantes eran obligados a salir con las manos en alto.

Un oficial caminaba lentamente entre ellos.

Después hizo un gesto.

Dos soldados se dirigieron directamente hacia el almacén donde ellos habían estado escondidos apenas unos minutos antes.

Ethan bajó los prismáticos.

Sintió que el estómago se le contraía.

Si hubieran permanecido allí cinco minutos más...

Ninguno de ellos seguiría libre en aquel momento.

Sin pronunciar una sola palabra, echó a andar de nuevo.

Detrás de él, los demás comprendieron que aquella huida había dejado de ser únicamente un intento de escapar de la persecución.

Ahora era una carrera contra un gobierno dispuesto a sacrificar a cualquier inocente para recuperar lo que ellos se habían llevado.

Y, por primera vez desde el comienzo de aquella larga noche, Ethan tuvo la absoluta certeza de que jamás podría regresar a la vida que había conocido.