Horizonte Azul CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

LAS CONSECUENCIAS DE LA PERSECUCIÓN

Cuando el miedo viste uniforme, el silencio se convierte en prisión. Pero incluso la esperanza aprende a sobrevivir entre las sombras.

E l agua helada le llegaba hasta las rodillas mientras Ethan avanzaba por el túnel de mantenimiento, iluminando el camino únicamente con la pequeña linterna sujeta a su muñeca.

Detrás de él, Lena, Noah y Maya caminaban en absoluto silencio, intentando controlar su respiración para no delatar la posición del grupo.

El sonido amortiguado de las botas de los soldados resonaba cada vez más lejos, pero ninguno se atrevía a creer que realmente estuvieran a salvo.

El corredor subterráneo parecía no tener fin.

Tuberías rotas atravesaban el techo, dejando escapar gotas constantes que caían sobre el agua oscura.

El olor a óxido, moho y combustible antiguo volvía el aire pesado, casi asfixiante.

En algunos tramos, viejos letreros oxidados todavía indicaban andenes y líneas de metro que habían dejado de existir décadas atrás, cuando las inundaciones destruyeron gran parte de la infraestructura subterránea de Washington.

— ¿Cuánto falta? —susurró Maya.

Lena consultó un pequeño mapa holográfico almacenado en su comunicador.

— Si este túnel sigue intacto... unos ochocientos metros más.

— Ese «si sigue intacto» no me tranquiliza en absoluto —murmuró Noah.

Ethan levantó una mano, pidiendo silencio.

Durante unos segundos, todos permanecieron inmóviles.

Solo se oía el sonido del agua deslizándose por las paredes.

Ninguna voz.

Ningún paso.

Los soldados parecían haber tomado otra dirección.

Aun así, Ethan se mantuvo alerta. Su entrenamiento militar le había enseñado que el mayor error de un fugitivo era creer que la persecución había terminado.

Volvieron a caminar.

Después de casi veinte minutos, el túnel comenzó a ascender lentamente hasta desembocar en una antigua estación de mantenimiento. Unas verjas metálicas oxidadas bloqueaban el paso principal, pero una abertura improvisada permitía acceder a una galería abandonada.

Noah empujó la placa metálica con ambas manos.

Cedió con un leve chirrido.

Una ráfaga de aire frío golpeó los rostros de los cuatro.

— Lo conseguimos... —dijo, respirando aliviado.

Salieron uno a uno.

En el exterior, la noche se había apoderado de la ciudad.

Washington parecía una metrópolis fantasma.

Los rascacielos todavía iluminaban el horizonte, pero la mitad de sus ventanas permanecían apagadas para ahorrar energía.

Drones de patrulla cruzaban el cielo siguiendo rutas perfectamente sincronizadas, mientras enormes dirigibles militares permanecían suspendidos sobre los barrios centrales, funcionando como bases móviles de vigilancia.

Gigantescos paneles holográficos transmitían el discurso del presidente del Consejo Mundial de Reconstrucción.

— «...la población debe mantener la calma. Los recientes episodios de violencia urbana serán tratados con firmeza. Cualquier individuo implicado en actos de sabotaje contra instalaciones gubernamentales será considerado enemigo de la humanidad...»

Ethan apartó la mirada.

Aquellas palabras ya no significaban absolutamente nada.

— Tenemos que alejarnos de las zonas centrales —dijo Lena.

— Estoy de acuerdo —respondió Maya—. Después de la incursión en el metro, ampliarán el perímetro de búsqueda.

Noah observó el movimiento de los drones.

— Ya lo han hecho.

Tres aeronaves no tripuladas sobrevolaban lentamente aquella zona, proyectando haces de luz azul sobre las calles.

Los cuatro atravesaron estrechos callejones hasta llegar a un barrio residencial prácticamente abandonado.

Las viejas casas seguían en pie únicamente porque nadie disponía de recursos para demolerlas o reconstruirlas.

Los muros estaban cubiertos de grietas.

Las ventanas habían sido selladas con placas metálicas.

En muchos tejados, pequeños recolectores improvisados intentaban almacenar el agua de las escasísimas lluvias artificiales provocadas por el gobierno.

Una anciana observaba todo a través de la cortina rasgada de una ventana.

En cuanto advirtió la presencia de los cuatro, apagó inmediatamente la luz de su casa.

Nadie quería ser visto.

Nadie quería hacer preguntas.

En la Tierra de 2170, conocer a alguien podía ser suficiente para desaparecer junto a esa persona.

El grupo recorrió dos manzanas hasta llegar a un antiguo depósito ferroviario convertido en refugio clandestino.

Allí vivían decenas de familias.

Colchones improvisados ocupaban antiguos vagones.

Estufas construidas con chatarra calentaban ollas casi vacías.

Los niños jugaban en silencio, como si hubieran aprendido desde pequeños que reír demasiado alto también podía llamar la atención.

En cuanto Lena entró en el almacén, una niña corrió hacia ella.

— ¡Doctora Lena!

Lena se arrodilló de inmediato.

— ¿Cómo está la fiebre?

La niña sonrió.

— Mejor.

— Déjame ver.

Lena apoyó delicadamente una mano sobre la frente de la pequeña.

La temperatura había bajado.

— ¿Dónde está tu madre?

Una mujer apareció justo detrás.

Sus ojos estaban marcados por el cansancio.

— Gracias... hoy ha vuelto a comer.

Lena esbozó una leve sonrisa.

— Todavía necesita descansar.

— Si usted no hubiera conseguido esos medicamentos...

La mujer interrumpió la frase antes de que las lágrimas aparecieran.

Ethan observaba todo en silencio.

Era por personas como aquellas por las que Lena seguía arriesgando su propia vida.

Al otro lado del almacén, Noah se acercó a un generador improvisado.

— ¿Todavía funciona?

Un anciano de barba blanca respondió mientras apretaba unos tornillos.

— Funciona cuando le da la gana.

— ¿Puedo echarle un vistazo?

— Si consigues que produzca energía durante más de dos horas, me convertiré en tu admirador.

Noah sonrió por primera vez aquella noche.

Reparar máquinas siempre había sido más fácil que comprender a las personas.

Mientras desmontaba el generador, Maya se acercó a un pequeño invernadero construido con cristales reutilizados.

En su interior crecían algunas hortalizas.

Pocas.

Demasiado pocas.

Aun así, eran tratadas como auténticos tesoros.

Pasó delicadamente los dedos sobre una hoja de lechuga.

— Suelo contaminado otra vez... —murmuró.

Un joven encargado de los cultivos se acercó.

— Hemos perdido la mitad de la producción esta semana.

— ¿Lluvia ácida?

— Metales pesados.

Maya respiró profundamente.

— Puedo intentar recuperar el sustrato.

— ¿Todavía estamos a tiempo?

Ella tardó unos segundos en responder.

— No lo sé.

Esa era la respuesta para casi todo en aquel mundo.

No lo sé.

En el centro del refugio, Ethan subió a un viejo vagón para observar la zona.

Desde allí podía ver parte de la ciudad.

Enormes filas seguían formándose frente a los centros de distribución.

Vehículos militares patrullaban las avenidas.

Una explosión lejana iluminó brevemente el horizonte.

Nadie siquiera miró.

Las explosiones se habían vuelto algo cotidiano.

A su espalda, una voz conocida interrumpió sus pensamientos.

— Sigues observando la ciudad como lo hacías en la Academia.

Ethan se volvió de inmediato.

Un hombre alto, de cabello castaño corto y barba bien recortada, caminaba hacia él.

A pesar de su ropa sencilla, su postura revelaba claramente su pasado militar.

— Adrian...

Los dos permanecieron en silencio durante unos segundos.

Después se estrecharon la mano.

— Creía que estabas en Denver —dijo Ethan.

— Y yo creía que tú todavía obedecías órdenes.

Ambos sonrieron levemente.

Era la primera vez que Ethan sonreía desde que había comenzado aquella huida.

Adrian Hayes tenía treinta y dos años.

Durante años había sido considerado uno de los mejores pilotos de la Fuerza Aeroespacial estadounidense.

También había sido uno de los más condecorados.

Hasta que desobedeció una sola orden.

— ¿Todavía te vigilan? —preguntó Ethan.

— Siempre.

— ¿Puedes despistarlos?

— A veces.

Adrian observó discretamente el movimiento a su alrededor.

— ¿Has traído problemas hasta aquí?

— Quizá.

— Entonces has venido al lugar adecuado.

Ethan arqueó una ceja.

— ¿Por qué?

— Porque todos los que están aquí tienen problemas con el gobierno.

Antes de que pudiera responder, otro hombre se acercó cargando dos cajas metálicas.

Era corpulento, de piel oscura, cabeza rapada y expresión seria.

Las cicatrices que cubrían sus brazos delataban años de combate.

— Ethan Cole...

Su voz era grave.

— Marcus Reed.

Los dos se estrecharon la mano.

Marcus había servido en las fuerzas especiales encargadas de proteger convoyes de agua durante la Guerra de los Recursos.

Había sido apartado del servicio después de denunciar la desaparición de miles de litros desviados por oficiales superiores.

Como recompensa, recibió una acusación de traición.

Desde entonces vivía escondido.

— He oído que últimamente has estado molestando a gente importante —comentó Marcus.

— Eso parece.

— Perfecto.

— ¿Perfecto?

Marcus dejó las cajas en el suelo.

— Cuanto más se enfadan, más errores cometen.

Ethan observó a su antiguo compañero.

Marcus seguía siendo exactamente igual.

Tranquilo.

Directo.

Y peligrosamente inteligente.

Mientras hablaban, Maya volvió a entrar en el almacén acompañada por una joven de cabello negro recogido en una coleta.

Llevaba un pequeño escáner geológico sujeto al cinturón.

— Ethan... ella es Sofia Alvarez.

La joven extendió la mano.

— He oído hablar mucho de ti.

— Espero que cosas buenas.

Ella sonrió con cansancio.

— No todas.

Sofia tenía veintiocho años y había trabajado como geóloga antes de que el gobierno convirtiera prácticamente toda investigación científica en una actividad militar.

Durante los últimos años se había dedicado clandestinamente a localizar acuíferos subterráneos que todavía contuvieran agua potable.

— ¿Has encontrado alguno? —preguntó Ethan.

Ella negó con la cabeza.

— Los últimos se secaron hace tres meses.

— Entonces...

— Vivimos de las reservas artificiales.

El silencio volvió a apoderarse de la conversación.

Cada nueva información confirmaba aquello que todos ya sentían.

La Tierra estaba llegando al límite.

Sofia observó atentamente a Ethan.

— Maya dice que hoy casi os detuvieron.

— Casi.

— ¿Qué buscabais en aquel metro abandonado?

Ethan intercambió una rápida mirada con Lena.

Todavía era pronto.

Demasiado pronto para revelar nada.

— Información.

— ¿La encontrasteis?

— Parte de ella.

Sofia comprendió de inmediato que ocultaba una parte de la verdad.

Pero no insistió.

En el mundo en el que vivían, sobrevivir también significaba respetar los secretos ajenos.

Pocos minutos después, una vieja radio instalada sobre una mesa comenzó a transmitir un mensaje urgente.

— «...atención. El Consejo Nacional informa de que cuatro individuos buscados por irrumpir en una instalación gubernamental continúan prófugos. Cualquier ciudadano que proporcione información recibirá prioridad permanente en el programa de abastecimiento de agua...»

Todo el refugio quedó en silencio.

Ethan cerró lentamente los ojos.

Ahora era oficial.

La cacería había comenzado.