Horizonte Azul II
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II

— No es tan sencillo —dijo Lena—. No podemos elegir a seis personas como si estuviéramos formando un equipo para cruzar la ciudad.

— No vamos a cruzar la ciudad —respondió Noah—. Vamos a atravesar el sistema solar.

Maya le lanzó una mirada severa.

— Eso si conseguimos llegar hasta la nave.

Ethan guardó el dispositivo en el bolsillo interior de su chaqueta.

— Antes de hablar de infiltrarnos en la base, necesitamos saber exactamente qué puede hacer ese prototipo, cuántas personas hacen falta para operarlo y qué sistemas de seguridad existen allí.

— Puedo analizar los archivos —dijo Noah—. Pero aquí no. Necesito una fuente de energía estable y un terminal que no esté conectado a la red central.

— Conozco un lugar —respondió Lena.

Caminó hasta el extremo del andén y abrió una puerta metálica casi oculta bajo placas de óxido. Detrás había un estrecho pasillo que terminaba en una antigua sala de control del metro.

El lugar llevaba años abandonado.

Monitores rotos ocupaban una pared entera. Mesas cubiertas de polvo permanecían alineadas frente a paneles analógicos. En un rincón, un pequeño generador improvisado producía un zumbido constante.

Lena encendió dos lámparas de luz tenue.

— Utilizo esta sala como punto de apoyo —explicó—. Nadie viene hasta aquí.

Noah dejó la mochila sobre una mesa y sacó un terminal portátil montado con piezas de distintos fabricantes. Algunas eran militares. Otras parecían haber sido extraídas de equipos hospitalarios.

— ¿Cuánto tiempo necesitas? —preguntó Ethan.

— Si el archivo no está protegido con un sistema de cifrado de alto nivel, unos minutos.

— ¿Y si lo está?

Noah conectó el dispositivo al terminal.

— Entonces, unas horas.

La pantalla parpadeó.

Líneas de código comenzaron a aparecer a una velocidad cada vez mayor.

Maya permaneció junto a la puerta, vigilando el pasillo.

— Deberíamos buscar a los demás antes de meternos con eso.

— ¿Buscar a quién? —preguntó Lena.

— A personas en las que podamos confiar.

Ethan se apoyó contra la pared.

— La confianza no es suficiente. Necesitamos habilidades específicas.

— Ya has pensado en eso —dijo Maya.

Él no respondió.

— Sí que lo has hecho —insistió ella—. ¿Desde cuándo?

— Desde que recibí el mensaje.

— Eso fue ayer.

— Para algunas decisiones, un día es suficiente.

Lena lo miró.

— Dinos los nombres.

Ethan respiró profundamente.

— Todavía no he elegido a nadie.

— Pero ya tienes candidatos.

— Quizá.

Noah seguía concentrado en la pantalla, aunque una leve sonrisa apareció en su rostro.

— Conozco ese silencio. Ya ha hecho una lista.

— No es una lista —respondió Ethan.

— Entonces habla.

Ethan se acercó a la mesa.

— Necesitamos dos pilotos.

— Tú eres uno de ellos —dijo Maya.

— Sí.

— ¿Y el otro?

— Adrian Hayes.

Noah dejó de teclear.

— ¿El capitán Hayes?

— Excapi­tán.

— Lo arrestaron.

— Lo expulsaron de la Fuerza Aeroespacial.

— Después de desobedecer una orden en órbita —añadió Lena—. Recuerdo el caso.

Ethan asintió.

Adrian Hayes tenía treinta y dos años y había sido uno de los pilotos más hábiles de las fuerzas armadas. Durante una operación contra una colonia rebelde en la Luna, había recibido la orden de destruir una instalación donde se ocultaban civiles.

Se negó.

La misión fracasó.

Murieron oficiales.

Adrian perdió su rango, sus beneficios y el derecho a abandonar el sector en el que vivía.

— Sabe pilotar naves experimentales —dijo Ethan—. Y sabe actuar bajo presión.

— También odia al gobierno —comentó Noah.

— Eso ayuda.

Maya se apartó de la puerta.

— Faltan cinco.

— Necesitamos a alguien con experiencia en seguridad y armamento.

— ¿Un soldado? —preguntó Lena.

— Alguien que sepa luchar sin empezar una guerra antes de tiempo.

Ethan reflexionó un instante.

— Marcus Reed.

— No lo conozco —dijo Maya.

— Exmiembro de las fuerzas especiales. Tiene treinta años. Trabajó protegiendo convoyes de agua en Arizona.

— ¿Por qué lo dejó?

— Porque denunció a oficiales que desviaban suministros.

Lena dejó escapar una breve exhalación.

— Empiezo a ver un patrón.

— Las personas honradas no duran mucho en las instituciones actuales —dijo Ethan.

— Eso todavía nos deja cuatro plazas —recordó Noah.

— Ya tenemos una médica —respondió Ethan, mirando a Lena.

Ella arqueó una ceja.

— Todavía no he dicho que vaya.

— Pero estás aquí.

— Estar aquí no significa aceptar robar una nave.

— Tú preguntaste por los nombres.

— Preguntar no significa aceptar.

Maya los observó a ambos.

— Ninguno de nosotros ha aceptado todavía.

El zumbido del terminal aumentó.

Noah pulsó rápidamente varios comandos.

— He conseguido abrir la primera capa.

En la pantalla apareció el esquema de la nave.

El modelo estaba identificado como Odyssey-X9 .

Debajo del nombre figuraba una clasificación reservada.

VEHÍCULO EXTRASOLAR EXPERIMENTAL.

La cabina disponía de diez asientos distribuidos en dos niveles. Había módulos de hibernación, sistemas de reciclaje de agua, producción sintética de alimentos, laboratorio, una enfermería compacta y un núcleo de navegación gravitacional.

Noah amplió el centro de la estructura.

— Aquí está el motor principal.

— ¿Propulsión de curvatura? —preguntó Maya.

— No exactamente. El motor no genera una curvatura completa. Estabiliza pasajes gravitacionales naturales.

— Agujeros de gusano —dijo Lena.

— Sí. La nave no puede crear uno. Pero puede atravesarlo sin ser destruida.

Ethan se acercó a la proyección.

— ¿Y el combustible?

— Reactor de fusión con núcleo de helio-3. Autonomía de décadas, quizá más, dependiendo del consumo.

— ¿Décadas? —preguntó Maya.

— Fue construida para un viaje sin garantía de regreso.

El peso de aquella frase se apoderó de la sala.

Hasta ese momento, la idea aún parecía lejana.

Casi abstracta.

Una nave.

Una base.

Un camino para abandonar la Tierra.

Ahora tenía un nombre, una estructura y un objetivo definido.

La Odyssey-X9 existía.

Y había sido construida para abandonar el planeta.

Noah abrió otro archivo.

— Hay un destino programado.

Apareció un mapa estelar.

La ruta partía de la Tierra, avanzaba hasta los confines del sistema solar y alcanzaba una anomalía cercana a Neptuno. Después de atravesarla, los datos se volvían incompletos.

— El otro lado no ha sido cartografiado —dijo Noah.

— Pero la palabra Andròmeda aparece en el archivo —recordó Lena.

— Porque las estimaciones indican que el pasaje podría terminar en esa galaxia.

Maya contempló el mapa.

— ¿«Podría»?

— Nadie lo ha atravesado antes.

— Entonces no saben dónde termina.

— Solo saben que la distorsión apunta hacia fuera de la Vía Láctea.

Lena se abrazó a sí misma.

— Estamos hablando de subir a una nave robada y atravesar una anomalía que podría desintegrarnos.

— Quedarnos en la Tierra también podría matarnos —respondió Ethan.

— No inmediatamente.

— La niña a la que intentas salvar quizá no disponga de ese tiempo.

La expresión de Lena se endureció.

Ethan comprendió que había cruzado una línea.

— No utilices a mis pacientes para convencerme.

— No estoy utilizando a nadie.

— Sí, lo estás haciendo.

— Estoy diciendo la verdad.

— La verdad no hace que esta idea sea menos absurda.

Noah interrumpió la discusión.

— He encontrado la lista de la tripulación prevista.

Los cuatro se volvieron hacia la pantalla.

Aparecieron diez nombres.

Todos pertenecían a oficiales de alto rango, científicos vinculados al gobierno y miembros de familias influyentes.

Ningún civil.

Ningún representante de las ciudades devastadas.

Ninguna persona corriente.

Maya leyó lentamente los nombres.

— Construyeron un arca para ellos mismos.

— Exactamente —dijo Ethan.

Noah abrió los perfiles.

El primer pasajero era un general responsable de la defensa continental.

La segunda, una ministra del Consejo de Recursos.

El tercero, el director del programa de colonización.

Los demás eran especialistas elegidos no solo por sus capacidades, sino también por sus conexiones políticas.

— ¿Cuándo parte la nave? —preguntó Lena.

Noah buscó entre los archivos.

La respuesta apareció unos segundos después.

— Dentro de veintiséis días.

— ¿Tan pronto? —preguntó Maya.

— El lanzamiento oficial está programado como una misión orbital de prueba. Después seguirán directamente hacia Neptuno.

Ethan sintió una opresión en el pecho.

Veintiséis días.

Hasta ese momento había creído que dispondrían de meses para planearlo.

Quizá un año.

Ahora tenían menos de cuatro semanas.

— ¿La base? —preguntó.

Noah abrió un plano parcial.

— Complejo Militar de Groom Lake, Nevada. La nave está en un hangar subterráneo.

— Área 51 —dijo Lena.

— Ese nombre no se utiliza desde hace décadas —respondió Noah—. Pero sí, es el mismo lugar.

Maya soltó una risa sin humor.

— Entonces vamos a infiltrarnos en una de las bases más protegidas del planeta.

— Todavía no vamos a hacer nada —dijo Lena.

Ethan la miró.

— Tenemos que decidir hoy si vamos a seguir investigando esto.

— Investigar no significa llevarlo a cabo.

— Cada minuto que pasa aumenta el riesgo de que rastreen el dispositivo.

Noah desconectó el módulo y lo examinó.

— Tiene un sistema de autodestrucción digital.

— ¿Puede borrar los datos? —preguntó Maya.

— Puedo bloquear la señal, pero no durante mucho tiempo.

— ¿Cuánto?

— Quizá cuarenta y ocho horas antes de que el sistema central detecte que el archivo ha sido copiado.

Ethan comenzó a caminar por la sala.

— Entonces tenemos dos días para reunir al grupo.

— Estás dando por hecho que todos aceptarán —dijo Lena.

— No tienen que aceptar ahora. Solo tienen que escuchar.

— ¿Y si alguien nos denuncia?

— Por eso elegiremos con cuidado.

Maya se acercó a la mesa.

— Conozco a alguien.

Todos la miraron.

— Una geóloga llamada Sofia Alvarez. Veintiocho años. Trabaja en estudios de zonas habitables y sabe de análisis de suelos, minerales, cavernas y estructuras subterráneas.

— Podríamos necesitar eso en otro planeta —dijo Noah.

— Podríamos necesitarlo para entrar en la base —respondió Maya.

Ethan asintió.

— Habla con ella.

Lena permaneció en silencio unos segundos.

— Yo conozco a una ingeniera en biotecnología.

— ¿Nombre? —preguntó Ethan.

— Claire Nakamura. Veintiséis años. Trabajó en sistemas de cultivo en circuito cerrado y producción de alimentos en entornos sin suelo.

— Útil para una misión larga —dijo Noah.

— Perdió a sus padres durante la hambruna de 2167.

Maya miró a Lena.

— ¿Aceptaría?

— No lo sé.

— Nadie lo sabe —respondió Ethan—. Todavía.

Noah cerró algunas ventanas del terminal.

— Eso nos deja con ocho personas, contando a Adrian y Marcus.

— Falta un hombre y una mujer —dijo Maya.

Ethan ya había pensado en los dos últimos.

— Daniel Brooks.

— ¿El mecánico? —preguntó Noah.

— Técnico de reactores y propulsión. Trabajó conmigo durante una misión orbital. Es capaz de reparar un motor utilizando piezas que deberían estar en un museo.

— ¿Y la mujer?

Ethan vaciló.

— Olivia Grant.

Lena frunció el ceño.

— ¿La especialista en comunicaciones?

— Y en sistemas de inteligencia artificial.

— Todavía trabaja para el gobierno.

— No directamente. La trasladaron a un centro civil después de que denunciara fallos de seguridad.

Noah cerró el terminal.

— Entonces somos diez.

La frase pareció demasiado grande para aquella pequeña sala.

Diez nombres.

Diez vidas.

Diez personas que quizá ni siquiera sabían que su destino acababa de ser discutido en un túnel abandonado bajo Washington.

Lena caminó hacia la puerta.

— No somos diez. Somos cuatro personas asustadas y seis nombres.

— Es un comienzo —dijo Ethan.

— Es una locura.

— Quizá.

— Hablas como si no tuvieras miedo.

Ethan miró las débiles lámparas sobre sus cabezas.

— Tengo miedo todos los días.

— No lo parece.

— Tengo miedo de despertar y descubrir que se ha acabado el agua. De ver morir a más niños en las filas. De esperar hasta que el gobierno decida quién merece seguir vivo.

Volvió la mirada hacia ella.

— Estoy cansado de tener miedo y quedarme quieto.

Lena no respondió.

Noah guardó el terminal en la mochila.

— Tenemos que salir por separado.

— ¿Por qué? —preguntó Maya.

— Durante la lectura detecté dos intentos de rastreo remoto.

El ambiente cambió de inmediato.

— ¿Han conseguido localizarnos? —preguntó Ethan.

— No. Pero saben que el dispositivo ha sido activado.

Lena apagó una de las lámparas.

— ¿Cuánto tardarán en revisar esta zona?

— Quizá minutos.

Ethan sacó el dispositivo y se lo entregó a Noah.

— Quédate con él.

— ¿Por qué?

— Porque eres el único capaz de impedir que lo rastreen.

Maya abrió la puerta y se asomó al pasillo.

— He oído algo.

Todos permanecieron inmóviles.

Al principio, solo el ruido del generador llenaba la sala.

Después llegaron los pasos.

Esta vez no eran voces conocidas.

Eran pesados.

Rítmicos.

Más de una persona.

Una luz blanca apareció en el túnel.

Noah apagó el terminal y se echó la mochila a la espalda.

Lena recogió los medicamentos.

Ethan se acercó a la puerta.

— ¿Hay otra salida?

— Un túnel de mantenimiento detrás de la sala —respondió Lena—. Pero está parcialmente inundado.

— ¿Podemos atravesarlo?

— Quizá.

La luz del pasillo se hizo más intensa.

Una voz metálica resonó por el andén.

— Sector subterráneo restringido. Permanezcan donde están.

Maya miró a Ethan.

— Nos han encontrado.

Él abrió el acceso de mantenimiento oculto tras un panel suelto.

Un olor a agua estancada invadió la sala.

— Entren.

Noah pasó primero, seguido de Maya y Lena.

Antes de entrar, Ethan miró una última vez la sala de control.

Un haz de luz atravesó la puerta.

Sombras armadas aparecieron sobre la pared.

Ethan cerró el panel detrás de sí.

Los cuatro avanzaron por el oscuro túnel mientras los soldados irrumpían en el escondite.

Aquella noche, ninguno de ellos regresó a casa.

Y, por primera vez, escapar de la Tierra dejó de ser solamente una idea.

Se convirtió en la única opción que todavía les quedaba.