CAPÍTULO 1
UN MUNDO SIN ESPERANZA
La Tierra aún giraba bajo un cielo sin color, pero la esperanza ya no nacía con el sol.
E l día amaneció cubierto por una espesa capa de humo, tan densa que los primeros rayos del sol apenas lograban atravesar el cielo de Washington.
Las torres de purificación atmosférica trabajaban sin descanso, absorbiendo partículas tóxicas del aire y devolviendo a la ciudad un oxígeno artificialmente limpio, mientras millones de personas despertaban a una nueva mañana en la que respirar todavía era posible, pero vivir resultaba cada vez más difícil.
En las enormes pantallas repartidas por las avenidas, el gobierno repetía los mismos mensajes.
LA TIERRA RESISTE.
LA HUMANIDAD PERMANECE UNIDA.
AHORRE AGUA. PROTEJA EL FUTURO.
Ya nadie creía en aquellas frases.
La gente caminaba por las calles con la cabeza gacha, cargando recipientes vacíos, tarjetas de racionamiento y rostros marcados por el agotamiento.
Drones militares sobrevolaban los edificios, analizando rostros, vigilando concentraciones de personas y transmitiendo alertas ante cualquier comportamiento considerado sospechoso.
En el año 2170, la humanidad poseía tecnología suficiente para modificar el clima de pequeñas regiones, fabricar órganos artificiales, desarrollar máquinas capaces de pensar y construir aeronaves que alcanzaban la órbita terrestre en cuestión de minutos.
Aun así, faltaba agua.
Faltaba comida.
Faltaba paz.
Las guerras habían comenzado décadas atrás, cuando los océanos subieron de nivel, las cosechas murieron y antiguas naciones empezaron a disputarse las últimas reservas naturales del planeta. Los conflictos no terminaron con tratados, sino con el agotamiento de los ejércitos y de las poblaciones.
Países enteros desaparecieron.
Ciudades fueron abandonadas.
Millones murieron en campos de batalla que, poco tiempo después, se transformaron en desiertos.
Estados Unidos seguía en pie, pero ya no era el país que había sido alguna vez.
La costa oeste estaba parcialmente sumergida. El sur sufría constantes tormentas de arena. El centro del país había sido convertido en vastas zonas agrícolas controladas por el gobierno y protegidas por cercas eléctricas, torres armadas y patrullas automatizadas.
Washington se había convertido en el corazón político y militar de una nación que sobrevivía mediante la vigilancia, el racionamiento y la fuerza.
A las seis de la mañana, los altavoces instalados en los postes anunciaron el inicio de la distribución diaria de agua.
Una multitud ya esperaba frente al Centro de Abastecimiento 47.
Hombres, mujeres y niños formaban una fila que se extendía a lo largo de tres manzanas. Cada persona llevaba un recipiente autorizado por el gobierno. Quien intentara transportar una cantidad superior a la permitida podía perder su derecho al racionamiento durante una semana.
Aquella mañana había menos agua disponible.
La noticia se propagó rápidamente entre los vecinos.
— Dicen que los depósitos del norte están contaminados —comentó una mujer, apretando el bidón contra el pecho.
— Mentira —respondió un anciano—. Están enviando el agua a los complejos militares.
— Habla más bajo.
— ¿Por qué? Ya saben lo que pensamos.
Un dron se detuvo sobre la fila.
Los murmullos cesaron de inmediato.
Luces azules recorrieron los rostros de las personas, identificando a cada ciudadano en cuestión de segundos. Una vez terminado el análisis, la máquina volvió a ponerse en movimiento y continuó lentamente por la avenida.
En medio de la fila estaba Ethan Cole.
A sus veintinueve años, Ethan parecía mayor de lo que realmente era. Llevaba el cabello oscuro muy corto, barba recortada y una discreta cicatriz cerca de la ceja izquierda. Vestía una vieja chaqueta militar sin insignias y mantenía la mirada atenta al movimiento de los drones.
Durante ocho años había servido como piloto de la Fuerza Aeroespacial de Estados Unidos.
Había aprendido a pilotar cazas orbitales, transportes militares y prototipos que oficialmente jamás habían existido.
También había aprendido a obedecer.
Hasta el día en que decidió que ya no obedecería más.
Delante de él, un niño comenzó a llorar.
— Mamá, tengo sed.
La mujer sujetó a su hijo por los hombros.
— Solo un poco más.
— Ayer dijiste lo mismo.
Ethan apartó la mirada.
La escena le afectaba más de lo que le gustaría admitir.
Durante los últimos meses había visto niños desmayarse en las filas. Había visto ancianos ser expulsados de centros de abastecimiento por presentar tarjetas caducadas. Había presenciado cómo soldados confiscaban los recipientes de familias acusadas de almacenar agua.
El gobierno afirmaba que aquellos sacrificios eran necesarios.
Ethan ya no sabía para quién.
Cuando finalmente llegó al mostrador, una empleada pasó su tarjeta por el lector.
La pantalla se volvió roja.
— Su límite ha sido reducido.
— ¿Reducido por qué?
— Consumo superior a la media durante el último ciclo.
— No superé el límite.
La mujer no levantó la vista.
— El sistema dice que sí.
— Entonces el sistema está equivocado.
Ella suspiró.
— Señor, yo solo sigo la información disponible.
— ¿Y cuánto voy a recibir?
— Un litro y doscientos mililitros.
Ethan apoyó las manos sobre el mostrador.
— Eso no alcanza para dos días.
— Siguiente.
— No me está escuchando.
La mujer levantó la mirada por primera vez. Había miedo en sus ojos.
— Apártese del mostrador.
Dos guardias miraron hacia ellos.
Ethan percibió que se acercaban incluso antes de oír sus pasos.
Por un instante sintió deseos de quedarse allí.
De gritar.
De preguntar por qué las bases militares consumían millones de litros de agua mientras los niños suplicaban por unas pocas gotas.
Pero no hizo nada.
Todavía no.
Tomó el recipiente parcialmente lleno y se alejó.
En el exterior, la multitud seguía creciendo.
En la esquina, un grupo de manifestantes sostenía carteles improvisados.
EL AGUA NO ES UN ARMA.
LA COMIDA NO ES UN PRIVILEGIO.
QUEREMOS LA VERDAD SObrE LAS COLONIAS.
La policía llegó pocos minutos después.
No hubo advertencia.
Los drones lanzaron granadas de gas sobre los manifestantes mientras los soldados avanzaban con escudos eléctricos. La gente corrió en todas direcciones. Una joven cayó al suelo y fue pisoteada. Un hombre intentó ayudarla, pero recibió una descarga en el pecho.
Ethan permaneció inmóvil, observando.
La rabia creció en su interior.
No era una explosión repentina.
Era algo antiguo.
Acumulado.
Una furia construida durante años de órdenes absurdas, misiones secretas y mentiras repetidas.
Conocía el interior de las bases militares.
Sabía cuánta agua se utilizaba para refrigerar reactores.
Sabía cuántos alimentos se almacenaban en depósitos subterráneos.
Sabía que los oficiales de alto rango vivían en barrios protegidos, donde los jardines aún recibían riego y las piscinas privadas seguían llenas.
También sabía que el gobierno ocultaba algo mucho más grande.
Algo relacionado con las estrellas.
Ethan se dio la vuelta y tomó una calle lateral antes de que los soldados cerraran toda la zona.
Recorrió dos manzanas hasta llegar a una estación subterránea abandonada. Las antiguas entradas del metro habían sido selladas después de las inundaciones de 2159, pero algunos accesos seguían abiertos para quienes conocían los caminos adecuados.
Descendió por una escalera oxidada.
La luz de la superficie desapareció detrás de él.
Bajo tierra, el aire era húmedo y pesado. Tuberías rotas atravesaban el techo. Viejos cables colgaban de las paredes. Las ratas se ocultaban entre las vías abandonadas.
Ethan caminó en la oscuridad durante varios minutos, guiándose por una pequeña linterna sujeta a la muñeca.
Al llegar a un antiguo andén, encontró a Lena Ward esperándolo.
Lena tenía treinta años, el cabello castaño recogido en un moño deshecho y unos ojos claros que parecían analizar todo cuanto la rodeaba. Vestía un abrigo gris, botas reforzadas y llevaba una mochila médica colgada de un hombro.
Antes del colapso de los hospitales públicos, había trabajado como médica de urgencias.
Ahora atendía a la gente clandestinamente.
— Has tardado —dijo ella.
— Hubo una protesta en el Centro 47.
— Oí las explosiones.
Ethan le entregó el recipiente.
Lena examinó la cantidad.
— ¿Eso es todo?
— Me redujeron el límite.
— ¿Otra vez?
— El sistema ha decidido que bebo demasiado.
Ella negó con la cabeza.
— Esto no va a durar.
— ¿El sistema?
— Nosotros.
El silencio permaneció entre ambos durante unos segundos.
Lena abrió la mochila y sacó unos pequeños frascos de medicamento.
— Conseguí antibióticos.
— ¿Cuántos?
— Cuatro dosis.
— ¿Arriesgaste la vida por cuatro dosis?
— Hay una niña en el sector este con una infección pulmonar. Sin esto, morirá.
Ethan la miró.
— ¿Y después?
— ¿Después de qué?
— Después de que se acaben los antibióticos. Después de que se acabe el agua. Después de que se acaben los alimentos.
Lena volvió a guardar los frascos.
— No empieces.
— Alguien tiene que empezar.
— Hablar no cambia nada.
— No estoy hablando solo de hablar.
Ella se quedó inmóvil.
Ethan percibió el cambio en su expresión.
Lena conocía aquel tono.
— Has encontrado algo —dijo.
Ethan examinó la oscuridad que los rodeaba antes de sacar del bolsillo un pequeño dispositivo de memoria.
Era una pieza fina, casi transparente, con símbolos militares grabados en un lateral.
Lena observó el objeto.
— ¿De dónde has sacado eso?
— De un antiguo contacto de la Fuerza Aeroespacial.
— Ethan...
— Murió ayer.
— ¿Cómo?
— Oficialmente, de un fallo cardíaco.
— ¿Y extraoficialmente?
— Tres agentes fueron a su casa dos horas después.
Lena se acercó.
— ¿Qué hay ahí?
— Todavía no lo sé todo.
— Entonces, ¿por qué lo has traído?
— Porque antes de morir me envió un mensaje.
— ¿Qué decía?
Ethan activó el dispositivo.
Una proyección azul apareció en el aire entre ambos.
Líneas de datos surgieron ante ellos, acompañadas por el diseño incompleto de una nave.
No era un caza.
Tampoco un transporte convencional.
La estructura tenía una forma alargada, alas cortas y un núcleo central rodeado por anillos de energía.
Lena examinó la proyección.
— ¿Eso es una nave espacial?
— Un prototipo.
— ¿Para qué?
— Viajes de larga distancia.
— ¿Hasta dónde?
Ethan amplió una sección del archivo.
Apareció un conjunto de coordenadas.
Después, una palabra.
ANDRÓMEDA.
Lena se quedó sin aliento por un instante.
— Eso es imposible.
— Es lo que yo pensaba.
— No existe tecnología capaz de llegar a otra galaxia.
— Sí existe.
— Un viaje así tardaría millones de años.
— No utilizando rutas convencionales.
Ethan abrió otro archivo.
La imagen de una anomalía espacial sustituyó a la nave. Un túnel distorsionado, rodeado de ecuaciones y mapas gravitacionales.
— Agujeros de gusano —murmuró Lena.
— El gobierno ha encontrado uno.
— ¿Dónde?
— Cerca de la órbita de Neptuno. Es inestable, pero accesible.
Lena retrocedió unos pasos.
— Esto no tiene sentido. Si poseen esa tecnología, ¿por qué no evacúan a la población?
Ethan soltó una risa amarga.
— Porque la nave transportaba a diez personas.
— ¿Diez?
— Solo diez.
— Entonces construyeron una salida para ellos mismos.
— Para los elegidos.
Lena contempló la proyección durante varios segundos.
— ¿Quién más sabe esto?
— No lo sé.
— ¿Y dónde está la nave?
Ethan cerró los archivos.
La luz azul desapareció.
— En una base militar del estado de Nevada.
Lena se pasó una mano por el rostro.
— ¿Has atravesado toda la ciudad llevando información militar robada?
— Sí.
— Si te encuentran eso, te ejecutarán.
— Si nos quedamos aquí, moriremos de todos modos.
— Hay una diferencia entre morir dentro de unos años e irrumpir en una base militar.
— Yo no he dicho que vaya a irrumpir en ninguna base.
Lena guardó silencio.
Ambos sabían que era mentira.
Unos pasos resonaron en el túnel.
Ethan llevó instintivamente la mano a la cintura, aunque no llevaba ningún arma. Lena apagó la linterna y tiró de él hasta ocultarlo detrás de una columna.
Las voces se acercaron.
— ¿Ethan?
Reconoció la voz.
— Aquí.
Dos siluetas aparecieron en el andén.
La primera era Noah Bennett, ingeniero de sistemas aeroespaciales, treinta y un años, delgado, alto y siempre inquieto. La segunda era Maya Torres, bióloga ambiental, veintisiete años, con el cabello negro recogido en trenzas y una expresión que mezclaba agotamiento y desconfianza.
— ¿Lo has traído? —preguntó Noah.
Ethan mostró el dispositivo.
Maya miró a Lena.
— ¿Se lo has contado?
— Lo suficiente —respondió ella.
Noah se acercó con ansiedad.
— Examiné parte de los datos antes de que bloquearan el archivo. El proyecto es real.
— ¿Estás seguro? —preguntó Lena.
— Trabajé en uno de los módulos de soporte vital hace tres años. Me dijeron que era para una estación orbital. Mintieron.
Maya cruzó los brazos.
— Siempre mienten.
Ethan miró a los tres.
Durante mucho tiempo había creído que aquella rebelión solo existía dentro de él.
Ahora comprendía que no estaba solo.
— ¿Cuántas personas conocen la existencia de la nave? —preguntó Lena.
— Pocas —respondió Noah—. Y todavía menos saben dónde está.
— ¿Y qué pensáis hacer?
Nadie respondió de inmediato.
Sobre sus cabezas, la ciudad seguía dominada por sirenas, filas y drones.
Bajo tierra, rodeados de óxido, oscuridad y los restos de un mundo que ya no funcionaba, cuatro jóvenes contemplaban la única posibilidad de escapar del planeta.
Maya fue la primera en romper el silencio.
— Mi hermana murió esperando una dosis de insulina que el gobierno aseguraba no tener. Dos semanas después descubrí que almacenaban toneladas para las familias de los oficiales.
Noah bajó la mirada.
— Mi padre trabaja dieciséis horas al día en las plantas de filtración. Aun así, no tiene derecho al agua que ayuda a producir.
Lena sujetó la correa de su mochila.
— Atiendo a niños con medicamentos caducados mientras los hospitales militares desechan cajas enteras.
Ethan volvió a observar el dispositivo que sostenía en la mano.
Aquella pequeña pieza contenía mucho más que planos y coordenadas.
Contenía una salida.
Quizá una esperanza.
Quizá una sentencia de muerte.
— La nave necesita diez personas —dijo Noah.
— Nosotros somos cuatro —respondió Lena.
Ethan cerró los dedos alrededor del dispositivo.
— Entonces tenemos que encontrar a seis más.