Hora Cero (Blackthorn Security nº 8) Capítulo 5
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Capítulo 5

El sol se había puesto hacía mucho para cuando Pat llegó a casa.

Su última actualización de Anna había confirmado que Gemini estaba atrincherado en su apartamento, jugando a videojuegos.

The Falcon y su primo —nombre en clave: Buzzard— estaban dentro de su propiedad junto con la mujer, Jasmine McCarthy.

Pat sacó una cerveza de la nevera, se preparó un sándwich a toda prisa y se hundió en su sillón reclinable favorito.

Dos carpetas de color manila descansaban sobre la mesa de centro frente a él.

Por supuesto, podría haber revisado los archivos en su portátil, pero pensaba mejor cuando tenía una copia física entre las manos.

Anna lo sabía. Ella se aseguraba de que los informes impresos estuvieran esperando en su escritorio antes de que él se marchara cada tarde.

Alargó la mano hacia la carpeta de arriba. No se había abierto en ocho años, no desde que Astrid murió. Un dolor sordo se instaló en su pecho. Su vida había estado marcada por la pérdida.

Primero Val.

Luego Astrid.

Después su hijo, Joe, muerto en combate en Afganistán.

La trifecta.

¿Por qué todo aquel al que amaba terminaba muerto?

Echó otro trago a su cerveza.

El ejército le había enseñado una cosa: hay que seguir adelante. No te regodeas en el pasado. No dejas que te consuma.

Mirar atrás podía destruirte. Él lo sabía mejor que la mayoría.

Con un suspiro, Pat abrió la carpeta. El rostro de Astrid le devolvió la sonrisa y se le revolvieron las entrañas. Joder, cuánto la había querido. Era la fotografía que había usado en su funeral. Estaba sentada en un jardín de rosas, sonriendo a la persona que estaba detrás de la cámara.

Él.

Aquel día estaba grabado a fuego en su memoria.

Habían llevado a Izzy a una feria de verano en una de esas grandes fincas a las afueras de la ciudad.

Los jardines eran impresionantes: setos cuidados, fuentes inmensas, estatuas romanas.

Astrid se había quedado maravillada, pero él solo tenía ojos para ella.

Exótica, elegante, sexy... lo hacía sentir como el hombre más afortunado de la tierra. Con ella, se sentía vivo, algo poco común para un hombre que pasaba la mayor parte de su vida persiguiendo la adrenalina.

Pat le dio la vuelta a la fotografía y se obligó a concentrarse de nuevo. El informe del incidente fue presentado por un policía de barrio llamado Dennis Raymond. Un automovilista había avistado el siniestro de camino a casa. Para cuando Raymond llegó allí, la víctima estaba muerta.

Causa: traumatismo craneoencefálico por impacto contundente, sumado a lesiones internas sufridas en el choque. El patólogo había dicho que habría tardado menos de veinte minutos en morir.

Veinte minutos.

Sola.

En el frío gélido.

Muriendo.

Mierda.

Pat se inclinó hacia delante como si le hubieran propinado un puñetazo que le hubiera dejado sin aire. Nunca debería haberse marchado esa noche. Si se hubiera quedado, quizá ella seguiría viva.

Joder, no podía pensar así. No servía de nada darle vueltas a los y si... Sabía que no debía hacerlo.

Frunciendo el ceño, Pat hojeó los detalles del accidente. No se mencionaba ninguna nota. Nada que sugiriera que la muerte de Astrid fuera otra cosa que un trágico accidente.

¿Se había estado quedando con él Al-Jabiri?

Sería propio de él. Pero algo en la expresión de sus ojos —ese regocijo enfermo y retorcido— le decía a Pat que aquello era real. Entonces, ¿dónde demonios estaba la nota?

Repasó el informe forense. Sin signos de violencia. Sin huellas en la nieve. Sin marcas en el cuerpo. Y aun así... ninguna nota.

Pat se reclinó en su silla, mirando al techo.

O Al-Jabiri mentía... o el policía Raymond pasó por alto la nota. O peor aún, no la mencionó en su informe por alguna razón. Esos eran los únicos tres escenarios que tenían sentido.

Pat se masajeó la frente. Suponiendo que Al-Jabiri estuviera diciendo la verdad, quedaban dos posibilidades. Tenía que hablar con Raymond.

A la mañana siguiente, Pat envió un mensaje a Anna diciendo que llegaría tarde a la oficina y condujo los veinte minutos que lo separaban de Georgetown, donde Astrid y Richard vivían en el momento de su muerte.

Pese a todos los defectos de Richard, había mantenido bien a su familia. Vivían en una lujosa casa de piedra rojiza de tres plantas, resguardada en un barrio tranquilo y adinerado, muy lejos del caos del centro de D.C.

A medida que Pat pasaba por los lugares conocidos, recordaba la sensación que solía tener cada vez que venía hacia aquí. La anticipación. Ese estremecimiento eléctrico de saber que estabas a punto de ver a la mujer que amabas.

Ahora solo quedaba un dolor sordo.

Se detuvo frente a la comisaría de Georgetown, un edificio rectangular de ladrillo rojo con un letrero azul en la fachada. Raymond era ahora sargento, terminando sus años de servicio en este barrio sosegado en lugar de en el caos de alta presión del propio D.C.

Pat se acercó al mostrador con mampara de cristal dentro de la comisaría. —He venido a ver al sargento Raymond. Me está esperando —había llamado temprano esa misma mañana.

—Rellene esto. —El oficial de guardia le deslizó un formulario.

Pat suspiró. Maldita burocracia.

Garabateó la información requerida, se la devolvió y se sentó en la sala de espera. Cinco minutos después, un hombre corpulento de mediana edad cruzó las puertas correderas.

—¿Patrick Burke?

Pat se levantó, reconociendo apenas al hombre que solo había visto brevemente ocho años atrás. Los años no habían sido generosos. —Sí. Gracias por recibirme.

—No hay de qué. Pase por aquí.

Raymond lo guio por un pasillo tenuemente iluminado hasta un despacho minúsculo y sin ventanas. Olía a café pasado y a moqueta vieja. Raymond le indicó con un gesto que se sentara.

—¿Café?

—Claro.

—Tengo que advertirle que no es gran cosa —dijo Raymond, cogiendo dos vasos de poliestireno del carrito de bebidas.

Pat se encogió de hombros. Sin duda los había probado peores.

Una vez sentados, Raymond se inclinó hacia delante. —¿Y bien, de qué se trata esto?

—Necesito preguntarle sobre un accidente que ocurrió hace ocho años. Quizá lo recuerde. Murió una mujer llamada Astrid Beaumont.

Raymond se tensó.

Lo recordaba.

Pat insistió. —Perdió el control en una carretera helada y estrelló su coche contra un árbol.

Raymond exhaló y apoyó las manos sobre su gran barriga. —Eso fue hace mucho tiempo. Mi memoria está un poco borrosa.

—Permítame que se la refresque. —Pat puso la carpeta de manila sobre el escritorio.

Raymond vaciló —solo un segundo— antes de abrirla.

Esa pausa se lo dijo todo a Pat.

El tipo sabía algo. Algo que no estaba diciendo.

Raymond ojeó sus propias notas manuscritas, entrecerrando los ojos. —¿Por qué saca esto a relucir ahora?

—Usted fue el primero en llegar a la escena.

Raymond asintió. —Sí. Fue feo. Perdió el control, patinó en el hielo y golpeó el árbol. Murió en el acto.

—¿Qué hizo usted?

—Comprobé si había signos de vida, pero se había ido. Una herida en la cabeza horrible.

Pat asintió.

—¿Y el coche? —preguntó—. ¿Había algo más dentro?

Raymond dudó, con los ojos volviendo al archivo. —¿A qué se refiere?

La mirada de Pat no vaciló. —Me refiero a algo como una nota.

Raymond parpadeó. —¿Una nota? ¿Cree que ella... qué? ¿Que se quitó la vida? Eso es ridículo. Vi el coche. Nadie se haría eso a sí mismo.

Pat no se inmutó. —No estoy diciendo que fuera un suicidio.

El hombre estaba nervioso. Aturullado.

Lo sabía.

—Bueno, entonces ¿qué? —exigió Raymond.

Pat se inclinó hacia delante. —Creo que encontró una nota. Una nota que demuestra que su muerte no fue un accidente.

Raymond se levantó de un salto de la silla, alzando la voz. —¡Eso es absurdo!

Pat no se movió. Ni siquiera parpadeó.

Cuando habló, su voz era como el hielo. —Está mintiendo, sargento. Lo ocultó. ¿Por qué? ¿Demasiado papeleo? ¿No quería lidiar con un caso de homicidio?

Los hombros de Raymond se hundieron y dejó escapar un siseo prolongado. Se dejó caer de nuevo en su silla, con la culpa escrita en el rostro. —La vi de inmediato. Estaba pegada a su cuerpo. Empapada en su sangre.

Pat cerró los puños. —¿Qué decía?

Raymond cerró los ojos. —«Ahora estamos en paz».

Pat exhaló.

The Falcon había querido que Pat lo supiera. Se había asegurado de que el mensaje quedara claro. Ojo por ojo.

Pat se puso en pie. De repente se sintió como si tuviera un millón de años en lugar de sus cuarenta y tres.

—Oiga... —la voz de Raymond titubeó—. No va a mencionarle esto a nadie, ¿verdad?

Pat no contestó.

¿Qué sentido tendría? Formaba parte del pasado. Desenterrarlo ahora solo complicaría las cosas, y no quería que el departamento de homicidios local anduviera husmeando cerca de Al-Jabiri. Pero no iba a darle a Raymond la satisfacción de saberlo.

En cambio, se detuvo en la puerta y se volvió. —¿Por qué? ¿Por qué lo mantuvo en silencio?

—Intentaba proteger a su familia. —Su voz era áspera, desgastada por la culpa—. Richard era un amigo. Ya tenía bastante con lo suyo, quedándose solo para criar a una adolescente. No necesitaba esto encima.

Pat tensó la mandíbula.

—¿Se lo dijo a Richard? —preguntó. Raymond no le parecía la clase de hombre que enterraría algo así por su cuenta.

El sargento vaciló, y luego asintió levemente con la cabeza.

Bastardo.

Richard había visto la nota y se había dado cuenta de que no había sido un accidente. Pero ¿había sabido que iba dirigida a Pat? ¿O había asumido que era una represalia por algo que él mismo había hecho?

Richard había pisado muchos callos para construir su imperio minero: sobornos, tratos turbios, pagos bajo cuerda. Todo aquello formaba parte de los negocios en Centroamérica. Quizá había asumido que este era uno de esos tratos que finalmente volvía para pasarle factura.

Raymond sacudió la cabeza. —Richard se culpó a sí mismo. Dijo que era culpa suya que ella estuviera muerta.

Pat apretó los labios.

Lo era.

Solo que no por el motivo que él creía.