Lunes, 29 de octubre de 2012. 1729 h #3
Me doy cuenta de que quiere que tome las riendas de la situación, pero me pongo nerviosa porque no sé qué espera de mí. Al notarlo, me lleva las manos a la cadera y guía mis movimientos de manera sutil. Me observa con atención para asegurarse de que sigo con él, que no me he evadido de la realidad.
Sigo aquí, más presente que nunca. No puedo ni quiero pensar en nada más.
Me apoya una mano en la mejilla mientras sigue guiándome con la otra en la cadera.
—Ya sabes lo que siento por ti —me dice—. Sabes lo mucho que te quiero y que haría cualquier cosa por librarte del dolor, ¿verdad?
Asiento en silencio porque es la pura verdad. Y, al ver la sinceridad con la que me está mirando, sé que lleva amándome desde hace tiempo.
—Eso es lo que necesito de ti ahora mismo, Sky: saber que me quieres así. Lo necesito como el puto aire que respiro.
Su voz suena torturada, y la expresión de su cara refleja la misma agonía.
Haría cualquier cosa por poder borrarla.
Entrelazo nuestros dedos y sitúo las manos unidas entre su corazón y el mío mientras me armo de valor para demostrarle lo mucho que lo quiero.
Mirándolo a los ojos, me elevo lo justo y luego me dejo caer lentamente sobre su regazo.
Con un gruñido de rendición, cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás para apoyarla en el colchón.
—Abre los ojos —susurro—. Quiero que me mires.
Él levanta la cabeza y me contempla con los ojos entornados.
Tomo el control con más decisión porque necesito que oiga, sienta y vea lo mucho que significa para mí.
Estar al mando es una sensación nueva y muy distinta, aunque no me desagrada.
Y su modo de observarme despierta en mí una emoción que nunca había experimentado.
Me hace sentir necesaria. Como si dependiera de mi existencia para sobrevivir.
—No dejes de mirarme —le ordeno mientras me elevo.
Cuando vuelvo a dejarme caer, no puede evitar ladear la cabeza, igual que yo no puedo controlar el gemido que se me escapa de la garganta, pero mantiene la vista fija en mis ojos, una mirada torturada. Ya no necesito que me guíe; mi cuerpo se ha convertido en el reflejo acompasado del suyo.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me besaste?
—le pregunto—. ¿Recuerdas el momento preciso en el que tus labios rozaron los míos?
Pues esa noche me robaste un trozo de corazón.
—Mantengo el ritmo de los movimientos mientras él me mira con devoción—.
¿Recuerdas la primera vez que me dijiste que me vivías porque aún no te sentías preparado para decirme que me amabas?
—Presiono la mano con más fuerza contra su pecho y me pego más a él porque quiero que me sienta por completo—.
Esas palabras me arrebataron otro trozo.
Él abre la mano que le he apoyado sobre mi corazón hasta que la palma entra en contacto con mi piel. Yo hago lo mismo sobre el suyo.
—¿Recuerdas la noche en la que descubrí que era Hope?
Te dije que quería quedarme a solas. Cuando me desperté y te encontré en mi cama, Holder, estuve a punto de echarme a llorar, porque no te imaginas lo mucho que te necesitaba.
En ese momento supe que estaba enamorada de ti.
Me había enamorado de tu forma de amarme.
Cuando me rodeaste con los brazos y me estrechaste con fuerza, supe que, pasara lo que pasara, tú eras mi hogar.
Esa noche te llevaste el trozo más grande de mi corazón.
Inclino la cabeza y le doy un beso dulce. Él cierra los ojos y vuelve a echar la cabeza hacia atrás.
—No cierres los ojos —murmuro a un centímetro de sus labios. Los abre y me mira con una intensidad que me llega hasta lo más hondo—. Quiero que los mantengas abiertos porque necesito que me observes mientras te entrego el último pedazo.
Exhala con fuerza y es como si viera el dolor que se escapa de su interior.
Me aprieta las manos; sus ojos pasan de la desesperanza a una necesidad salvaje.
Empieza a moverse a mi ritmo mientras nos sostenemos la mirada.
Con cada movimiento nuestros cuerpos se funden y se convierten en uno solo, expresando con las manos y los ojos lo que las palabras son incapaces de transmitir.
Nos mantenemos conectados en la cadencia uniforme hasta el último momento, cuando Holder es incapaz de mantener abiertos los párpados.
Echa la cabeza hacia atrás mientras se consume en los temblores y escalofríos que le provoca el clímax.
Cuando noto en la palma que el corazón se le empieza a desacelerar y es capaz de mirarme a los ojos de nuevo, me suelta las manos para sujetarme por la cabeza antes de devorarme la boca con una pasión arrolladora.
Se echa hacia delante y acabo con la espalda en el suelo.
Retoma la posición dominante y me besa con desenfreno.
Dedicamos el resto de la tarde a expresar lo que sentimos el uno por el otro sin pronunciar una sola palabra.
Cuando, abrazados y agotados, nos rendimos al sueño, me cuesta creer lo que acaba de suceder.
Nos hemos enamorado mutuamente en cuerpo y alma.
Nunca creí que podría volver a confiar en un hombre y mucho menos que le entregaría mi corazón por completo.