Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 29 de octubre de 2012. 1729 h #2
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Lunes, 29 de octubre de 2012. 1729 h #2

Holder me apoya una mano en la nuca y me hunde la cara en su hombro.

Con la mejilla apoyada en mi cabeza, lo oigo llorar, aunque trata de contenerse.

Está roto de dolor por lo que mi padre le hizo a su hermana y no puedo evitar sentirme culpable en parte.

Si no me hubiera marchado de aquella casa, no la habría tocado y ella no habría tenido que sufrir.

Si no me hubiera montado en aquel coche con Karen, tal vez hoy Lesslie seguiría con vida.

Deslizo las manos por debajo de los brazos de Holder y me aferro a sus hombros. Vuelvo la cara y le doy un beso suave en el cuello.

—Lo siento muchísimo. Él no la habría tocado si yo...

Entonces me agarra y me separa de su cuerpo con tanta fuerza que me encojo mientras habla.

—No te atrevas a acabar la frase. —Me suelta los brazos y me sujeta por las mejillas—.

No quiero que te disculpes nunca por lo que hizo ese hombre.

¿Me oyes? No es culpa tuya, Sky. Júrame que no permitirás que ese tipo de ideas te consuman —me pide en tono desesperado y con los ojos llenos de lágrimas.

—Te lo juro —digo con un hilo de voz.

Él me observa con atención, como si quisiera asegurarse de que estoy siendo sincera. Su reacción ha hecho que se me dispare el corazón. Me ha sorprendido lo rápido que ha descartado cualquier responsabilidad por mi parte; ojalá descartara con la misma facilidad sus fallos, pero no lo hace.

No puedo sostenerle la mirada durante más tiempo, por lo que opto por echarle los brazos al cuello.

Él me devuelve el abrazo, que me transmite dolor y desesperación.

Lo que hemos descubierto sobre Lesslie más el acto final de mi padre nos han golpeado duro, y buscamos consuelo en el otro.

Holder ya no puede seguir siendo fuerte por mí.

El gran amor que sentía por su gemela y la rabia que le causa lo que le sucedió han encontrado una vía de escape a través de las lágrimas.

Sé que Lesslie habría agradecido que compartiéramos su dolor, por eso no intento consolarlo con palabras.

Los dos lloramos por ella ahora, ya que no tuvo quien lo hiciera en su momento.

Sigo aferrada a su cuello y lo beso de tanto en tanto.

Cada vez que mis labios entran en contacto con su piel, él me abraza un poco más fuerte.

Me recorre el hombro con los labios y seguimos besándonos, como si quisiéramos arrancarnos así el sufrimiento que ninguno de los dos se merece.

Me besa el cuello cada vez con más decisión e intensidad, como buscando una vía de escape.

Se echa hacia atrás y me mira a los ojos.

Los hombros le suben y bajan por el esfuerzo que le supone recuperar la respiración.

De manera brusca, me aplasta los labios en un beso mientras me sujeta el pelo y la espalda con manos temblorosas.

Me empuja contra la pared mientras desliza las manos por detrás de mis muslos.

Siento la desesperación que lo motiva cuando le rodeo la cintura con las piernas.

Quiere librarse del dolor y necesita que lo ayude.

Sé lo que siente porque a mí me pasó lo mismo anoche.

Le echo los brazos al cuello, lo atraigo hacia mí y permito que me consuma como quien toma un analgésico porque necesito salir de este bucle de dolor tanto o más que él. Necesito olvidarme de todo.

No quiero toda esta fealdad en nuestra vida.

Me sujeta contra la pared con la presión de su cuerpo y usa las manos para enmarcarme la cara mientras nuestras bocas buscan ansiosas cada pizca de consuelo que puedan obtener la una de la otra. Me aferro a su espalda mientras él desciende a besos por mi cuello.

—Dime que te parece bien —me pide sin aliento, sin apartar los labios de mi piel. Cuando levanta la cara, me busca los ojos, nervioso—. Dime que no está mal que quiera estar dentro de ti..., porque, después de todo lo que ha pasado hoy, siento que no puede estar bien necesitarte tanto.

Lo agarro del pelo y lo acerco a mí para besarlo con tanta convicción que las palabras se vuelven superfluas.

Él gruñe, me aparta de la pared y sale del baño conmigo en brazos.

Me suelta en la cama, se libra de las dos prendas de ropa que aún llevábamos puestas y me asalta la boca.

Sus movimientos no son delicados en absoluto, pero no me importa, al contrario; creo que me vendría abajo si lo fueran.

Él sigue de pie junto a la cama, y se inclina sobre mí para besarme.

Se aparta el tiempo necesario para ponerse el preservativo, luego me sujeta por la cintura y tira de mí hasta que quedo en el borde del colchón.

Me levanta una pierna y se rodea la cintura con ella antes de deslizar el brazo bajo mi axila y agarrarme por el hombro.

Cuando nuestras miradas se encuentran, se clava en mí sin dudar.

Contengo el aliento por la fuerza inesperada, sorprendida por el intenso placer que sigue a la breve punzada de dolor.

Lo agarro por las caderas y le sigo el ritmo.

Él me sujeta con fuerza y me besa. Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, hundiéndola en el colchón mientras usamos nuestro amor para aliviar la angustia, aunque sea de manera temporal.

Me agarra por la cintura y me pega más a él.

Me clava los dedos en las caderas a cada nueva embestida, rítmica, frenética.

Me aferro a sus brazos, pero relajo el resto del cuerpo y me entrego para que guíe nuestros movimientos del modo en que más lo ayude.

Cuando rompe el beso, abre los ojos al mismo tiempo que yo.

Los sigue teniendo llenos de lágrimas, por lo que levanto las manos y se las apoyo en las mejillas para borrar el pesar de sus rasgos.

Sin dejar de observarme, vuelve la cara y me besa la palma de la mano antes de dejarse caer a plomo sobre mí y detener las embestidas.

Los dos jadeamos sin aliento. Él permanece en mi interior; siento que me sigue necesitando.

Todavía mirándome, me desliza los brazos bajo la espalda y me levanta.

Sin separarnos en ningún momento, se da la vuelta y se sienta en el suelo con la espalda apoyada en la cama.

Yo quedo sentada sobre su regazo y esta vez, cuando me besa, sí lo hace con delicadeza.

Me abraza, aunque algo ha cambiado: lo hace de manera protectora.

Me recorre los labios y la mandíbula a besos, pero parece un Holder distinto al de hace treinta segundos.

Sigue siendo un amante apasionado, solo que ya no actúa con gestos frenéticos, enfebrecidos, sino suaves, persuasivos.

Empiezo a valorar que sea tan imprevisible en la cama.