Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 29 de octubre de 2012. 1729 h
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Lunes, 29 de octubre de 2012. 1729 h

Nos movemos como zombis por la habitación.

Ni siquiera recuerdo haber bajado del coche y haber entrado en el hotel.

Al llegar a la cama, Holder se sienta y se quita los zapatos.

Yo no he llegado tan lejos; me he detenido donde el pasillo da paso al cuarto.

Tengo las manos caídas a los lados, la cabeza ladeada y la vista fija en la ventana que hay en el otro extremo.

Las cortinas están descorridas, pero lo único que dejan ver es la triste pared del edificio de enfrente.

Es sólida, sin puertas ni ventanas; solo hay ladrillos.

Así es como me siento en la vida. Aunque trato de vislumbrar un futuro, no veo nada.

No sé qué va a pasar, con quién voy a vivir o qué le sucederá a Karen si denuncio lo que ocurrió.

No visualizo ningún tipo de porvenir, solo un muro de ladrillo que me separa del resto de mi vida sin nada que me oriente, ni siquiera una pista dibujada en un grafiti.

A lo largo de los últimos trece años, mi realidad ha estado dominada por una pared que me aislaba de mi primera infancia, un muro sólido que separaba mi existencia como Hope de mi vida como Sky.

Había oído hablar de gente que perdía la memoria a causa de experiencias traumáticas, pero me imaginaba que era una elección consciente.

Sin embargo, me he pasado trece años sin tener ni idea de quién fui.

Sé que era muy pequeña cuando me apartaron de esa vida, pero me sigue asombrando que no me acordara absolutamente de nada.

Supongo que, al marcharme con Karen, de algún modo tomé la decisión de no pensar más en todo aquello.

Y, cuando ella empezó a contarme historias sobre mi adopción, mi mente infantil debió de decidir que era mucho más fácil y agradable aferrarse a esas mentiras inofensivas que recordar una realidad tan fea.

Sé que, en aquel entonces, no habría sido capaz de explicar lo que me hacía mi padre porque no lo entendía.

Solo sabía que odiaba esos momentos. Y, cuando no estás segura de lo que odias y ni siquiera sabes por qué lo detestas, es difícil recordar los detalles; solo te acuerdas de las sensaciones.

Nunca llegué a sentir la necesidad de indagar sobre mi pasado.

No tenía curiosidad por saber quién había sido mi padre ni por qué me había dado en adopción.

Ahora sé que, en algún rincón de mi mente, seguía sintiendo odio y miedo por aquel hombre, por lo que me resultó más fácil levantar la pared de ladrillos y no mirar atrás.

Me sigue despertando miedo y odio, a pesar de que ya no puede tocarme.

Sigo detestándolo y sigue provocándome un terror atroz, aunque eso no impide que su muerte me haya dejado destrozada.

Lo odio por haberme grabado cosas espantosas en la memoria y, al mismo tiempo, hacer que me duela su muerte.

No quiero guardarle luto; quiero alegrarme de su partida, pero no lo consigo.

Alguien me está quitando la cazadora. Aparto la vista del muro que se burla de mí desde el otro lado de la ventana y veo a Holder a mi espalda.

Deja la chaqueta en la silla y me quita la camiseta salpicada de rojo.

Siento una profunda tristeza al darme cuenta de que estoy genéticamente ligada a esa sangre sin vida que me cubre la ropa y la cara.

Holder me rodea y me desabrocha los vaqueros.

Él se los ha quitado ya; va en bóxers. Ni siquiera me había dado cuenta de que se había desnudado.

Al levantar la vista hacia su cara, veo que tiene manchada de sangre la mejilla derecha, la que ha quedado más expuesta a la cobardía de mi padre.

Parece que le pesen los párpados mientras me baja los pantalones hasta los tobillos.

—Levanta los pies, cielo —me pide con delicadeza.

Me sujeto en sus hombros y saco primero uno y después el otro.

Sin apartar las manos, me fijo en la sangre que le cubre el pelo.

De manera mecánica, le acaricio un mechón.

Al notar que algo se me queda enganchado en los dedos, los levanto para examinarlos.

Deslizo la sangre entre las yemas y me llama la atención lo espesa que es. Más de lo normal.

Porque no es solo la sangre de mi padre lo que nos cubre.

Me empiezo a frotar la mano en la tripa con desesperación.

Necesito librarme de la sustancia viscosa, pero no hago más que extenderla por todas partes.

Quiero gritar, pero se me ha cerrado la garganta.

Es como esas pesadillas que tengo, en las que sucede algo escalofriante, pero no puedo hablar.

Cuando Holder me mira, quiero chillar y llorar, aunque solo puedo abrir mucho los ojos y tratar de limpiarme las manos en mi cuerpo.

Al ver que entro en pánico, se incorpora deprisa y me lleva en brazos hasta la ducha.

Me coloca en el extremo más alejado de la alcachofa, espera a que se caliente el agua y corre la cortina desde dentro.

Yo sigo intentando librarme de la sustancia oscura; él se vuelve hacia mí y me tira de las muñecas para situarme bajo el chorro de agua caliente.

Cuando me salpica en los ojos, ahogo una exclamación y luego inspiro hondo.

Holder saca el jabón del envoltorio mojado y alarga el brazo para coger una manopla. A pesar de que el agua está caliente, tiemblo como una hoja. Restriega el jabón en la manopla y lo mezcla con agua para crear espuma.

—Ya, ya —murmura mientras me frota la mejilla al ver que sigo aterrorizada—. Te lo voy a quitar todo, ¿vale?

Cierro los ojos con fuerza y asiento en silencio mientras me lava la cara.

No quiero ver la manopla manchada. Me abrazo y permanezco tan quieta como puedo, sin contar los temblores que me siguen sacudiendo el cuerpo.

Tarda varios minutos en limpiarme la sangre de la cara, los brazos y el torso. Cuando termina, me quita el coletero.

—Mírame, Sky. —Cuando abro los ojos, me apoya los dedos en el hombro con delicadeza—. Voy a quitarte el sujetador, ¿vale? Tengo que lavarte el pelo y no quiero que vaya a parar nada ahí.

Que vaya a parar... ¿qué?

Cuando me doy cuenta de que se refiere a que tengo sustancias incrustadas en el cabello, vuelvo a sentir pánico. Me bajo los tirantes del sujetador y me lo saco por encima de la cabeza.

—Quítamelo —le digo a toda prisa con un hilo de voz. Meto la cabeza bajo el chorro y me froto el pelo con los dedos—. Quítamelo todo. —La voz se me está volviendo a alterar.

Él me sujeta de nuevo las muñecas y se rodea la cintura con mis brazos.

—Yo me encargo. Tú abrázame y trata de relajarte.

Apoyo la cabeza en su pecho y lo estrecho con más fuerza.

Me llega el olor del champú cuando se lo vierte en las manos y me lo extiende por el pelo.

Se acerca al chorro de agua hasta que me alcanza la cabeza, que mantengo hundida en su hombro.

Me frota y masajea el cuero cabelludo y lo aclara repetidas veces.

No le pregunto por qué me lo enjuaga tantas, dejo que siga haciéndolo todas las que crea necesario.

Cuando termina, nos da la vuelta para quedar él bajo el chorro y se enjabona el pelo.

Dejo de abrazarlo y me aparto un poco porque no quiero que me vuelva a caer nada encima.

Al bajar la vista, no me veo restos de mi padre ni en las manos ni en ninguna parte del cuerpo.

Cuando vuelvo a mirar a Holder, ha cogido una manopla limpia para lavarse la cara y el cuello.

Yo permanezco inmóvil mientras él elimina con parsimonia las pruebas de lo que nos ha sucedido hace menos de una hora.

Cuando termina, abre los ojos y me pide algo, aunque se nota que preferiría no hacerlo.

—Sky, necesito que te asegures de que no me he dejado nada por ninguna parte. Por favor, si ves algún resto, quítamelo.

Me habla con mucha parsimonia, en tono calmado, para evitar que me venga abajo otra vez. Su voz hace que me dé cuenta de que le aterra la idea de que vuelva a entrar en pánico, de que pierda el control... o la cabeza.

A mí me asusta que pueda tener razón, por lo que, haciendo un gran esfuerzo, le quito la manopla y lo inspecciono.

Veo un poco de sangre en la oreja y se la quito.

Al bajar la manopla, contemplo un instante el último rastro rojo que quedaba en alguno de los dos.

Luego lo pongo bajo el chorro de agua y lo observo mientras desaparece.

—Ya está, ya no queda nada —susurro, y no estoy segura de estar refiriéndome a la sangre.

Holder me arrebata la manopla y la lanza a la otra punta de la bañera.

Al mirarlo a los ojos, veo que los tiene más rojos que antes, pero no sé si está llorando porque el agua le cae por los mismos sitios por donde caerían las lágrimas si estuviera haciéndolo.

Y solo entonces, cuando me he quitado de encima todos los restos de mi pasado, me acuerdo de Lesslie.

El corazón se me vuelve a romper, esta vez por Holder. Se me escapa un sollozo que trato de acallar tapándome la boca con la mano, pero me delatan los hombros con sus sacudidas. Él me abraza y me besa la cabeza.

—Holder, lo siento mucho. Dios mío, lo siento muchísimo.

Lloro abrazada a él. Daría cualquier cosa por conseguir que su desesperanza se fuera por el desagüe con la misma facilidad que la sangre.

Se aferra a mí con tanta fuerza que apenas puedo respirar, pero ni se me ocurre apartarlo.

Lo necesita. Necesita que sienta su dolor igual que yo necesito que él sienta el mío.

Rememoro cada una de las palabras que ha pronunciado mi padre y trato de exorcizarlas a base de lágrimas.

No quiero recordar su rostro ni su voz. No quiero acordarme de cuánto lo odio y, sobre todo, bajo ningún concepto, lo mucho que lo quise.

No sabía que uno pudiera sentirse tan culpable por haber sido capaz de amar el mal encarnado.