Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Domingo, 28 de octubre de 2012. 1929 h #3
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Domingo, 28 de octubre de 2012. 1929 h #3

Me suelto de sus manos y me vuelvo hacia la cama porque no quiero ver como sigue echándose culpas encima.

—No pasa nada. —Levanto las mantas para tumbarme de nuevo—.

Sé que es mucho pedir que me desees de esa manera en estos momentos.

Ha sido un error, y muy egoísta por mi parte.

No debería haberte dicho nada; lo siento mucho, de verdad.

—Le doy la espalda para que no me vea llorar—. Vamos a dormir, ¿vale?

La voz me sale mucho más calmada de lo que esperaba.

Pero es que no quiero que se sienta mal.

Ha estado a mi lado en todo momento desde que esto empezó, mientras que yo no he hecho nada por él.

Creo que lo mejor que podría hacerle ahora mismo sería poner fin a lo nuestro para que deje de sentirse obligado a apoyarme. No me debe nada.

—¿En serio crees que el problema es que no te deseo?

—Rodea la cama y se arrodilla frente a mí—.

Sky, lo que me rompe el corazón es todo lo que te ha pasado porque no sé cómo ayudarte, joder.

Quiero estar a tu lado para que todo te resulte un poco menos duro, pero, cada vez que abro la boca, digo algo inadecuado.

Cada vez que te toco o te beso, temo que no te apetezca, y de pronto me pides que follemos porque quieres que deje de ser algo suyo en exclusiva.

Y lo entiendo. Entiendo qué te ha llevado a pedírmelo, pero eso no hace que me resulte fácil hacerte el amor cuando ni siquiera puedes mirarme a los ojos.

Me destroza porque no te mereces que las cosas sean así.

No te mereces la vida que has tenido, pero no puedo hacer nada para remediarlo.

Quiero arreglarlo todo y no puedo, y eso me causa mucha impotencia.

A lo largo de su confesión, se ha sentado y me ha atraído hacia su pecho, pero, como estaba tan pendiente de sus palabras, no me había dado ni cuenta.

Me abraza y, al encontrarme sentada sobre su regazo, le rodeo la cintura con las piernas.

Él me sostiene la cara entre las manos y me mira a los ojos.

—Y, aunque he parado, no debería haber empezado sin decirte antes lo mucho que te quiero. Te quiero muchísimo y no me merezco tocarte hasta que tengas claro que te toco porque te quiero, por ninguna otra razón.

Cuando une su boca a la mía, no me da ni tiempo a decirle que yo también lo quiero, tanto que me duele el pecho.

No hay sitio para nada en mi mente que no sea lo mucho que amo a este chico y lo mucho que él me ama a mí; a pesar de todo lo que está pasando en mi vida, no cambiaría estar aquí con él por nada.

Trato de transmitirle en mi beso todo lo que estoy sintiendo, pero no es suficiente. Me aparto y lo beso en la barbilla, en la nariz, en la frente, y luego le atrapo la lágrima que le cae por la mejilla.

—Yo también te quiero. No sé qué haría si no te tuviera en mi vida, Holder. Te quiero muchísimo y lo siento. Me habría gustado que fueras el primero, pero él te lo arrebató.

Holder lo niega con decisión y me hace callar con otro beso.

—No vuelvas a decir eso. No se te ocurra ni siquiera pensarlo.

Tu padre te quitó esa primera vez de un modo inconcebible, pero no se llevó nada más.

Eres fuerte, Sky. Siempre lo has sido. Eres increíble, divertida, inteligente, preciosa, y estás llena de fuerza y valor.

Y lo que él hizo no cambia tu forma de ser.

Sobreviviste una vez a su maldad y volverás a hacerlo. Estoy convencido.

Me apoya la mano en el corazón y tira de la mía para colocarla sobre el suyo. Se inclina un poco para que nuestros ojos queden al mismo nivel y así asegurarse de que le estoy prestando toda mi atención.

—Me importan una mierda las primeras veces, Sky. Yo lo que quiero es compartir contigo todos los «para siempre».

Lo beso. Joder, como para no hacerlo. Tiño el beso de todas las emociones que me recorren el cuerpo y él me sostiene la cabeza mientras me tumba sobre la cama y se coloca sobre mí.

—Te quiero. Te he querido desde el principio, pero no podía decírtelo. No me parecía correcto dejar que te enamoraras de mí mientras te ocultaba tantas cosas.

Vuelvo a tener las mejillas empapadas; sin embargo, aunque son las mismas lágrimas y salen de los mismos ojos, la emoción que las empuja es totalmente distinta.

Estas no son fruto de la angustia ni de la rabia, sino que están causadas por esta sensación que me abruma al oírlo confesar lo mucho que me quiere.

—Creo que no podrías haber elegido mejor momento para decírmelo; me alegro mucho de que hayas esperado.

Él sonríe y me contempla fascinado. Agacha la cabeza y, al besarme, me regala su sabor.

Lo hace con delicadeza y dulzura, deslizando la lengua sobre la mía mientras me desata el albornoz.

Contengo el aliento cuando desliza una mano bajo la tela de toalla y me acaricia el torso.

La sensación que me provocan sus dedos no se parece en nada a la de hace un rato; esta vez quiero sentirlo todo.

—Dios santo, cómo te quiero. —Me acaricia la cintura antes de ir descendiendo hasta el muslo.

Cuando gimo en su boca, él profundiza el beso.

Me apoya la palma de la mano en la cara interna del muslo y presiona para acomodarse entre mis piernas.

Al notar que me tenso y me encojo, deja de besarme y me mira—.

Recuerda que te estoy tocando porque te quiero; esa es la única razón.

Asiento con la cabeza, pero cierro los ojos porque temo que el miedo y la insensibilidad vuelvan a adueñarse de mí. Holder me besa en la mejilla y me cubre con el albornoz.

—Abre los ojos —me ordena en tono amable. Cuando lo obedezco, recorre la trayectoria de una lágrima con el dedo—. Estás llorando.

Sonrío para tranquilizarlo.

—No pasa nada, son lágrimas de las buenas.

Él asiente en silencio sin devolverme la sonrisa. Me observa unos instantes antes de entrelazar nuestras manos.

—Quiero hacerte el amor, Sky, y creo que tú también lo deseas, pero necesito que entiendas algo antes.

—Me aprieta la mano y se agacha para detener el avance de otra lágrima con un beso—.

Sé que te cuesta darte permiso para sentir.

Has pasado tanto tiempo esforzándote por bloquear las emociones cada vez que alguien te toca que no ha de ser fácil cambiar el chip.

Aun así, quiero que comprendas que lo que te dañó no fue lo que tu padre le hizo a tu cuerpo; lo peor es que destrozó la fe que tenías en él.

Eso te rompió el corazón. Pasaste por una de las peores experiencias que puede sufrir un niño, y es ser atacado por su héroe, por la persona a la que idolatra.

No puedo imaginarme cómo debes de haberte sentido.

Pero no olvides que sus actos no tienen nada que ver con lo que hacemos nosotros cuando estamos juntos.

Cuando yo te toco es porque quiero hacerte feliz.

Cuando te beso es porque tienes la boca más increíble que he visto nunca y me resulta imposible no besarla.

Y, cuando te hago el amor, eso es exactamente lo que hago.

Te hago el amor porque te amo. Los sentimientos negativos que has asociado al contacto físico durante toda tu vida no son válidos conmigo ni con lo nuestro.

Te toco porque estoy enamorado de ti, y no hay más.

Sus palabras me inundan el corazón y me calman los nervios.

Cuando me besa con delicadeza, me relajo al notar el contacto de su mano, una mano que me toca movida por el amor.

Mi reacción es fundirme con él. Doy permiso a mis labios para que se mezclen con los suyos; a mis manos, para unirse a las suyas; me autorizo a seguirle el ritmo.

Pronto me entrego al anhelo de experimentarlo todo porque lo deseo, no porque alguien me lo imponga.

—Te quiero —susurra.

Mientras me explora con las manos, los labios y los ojos, no deja de repetirme lo mucho que me ama.

Por una vez en la vida, permanezco anclada en la realidad; vivo el momento, deseo sentir todo lo que me dice y me hace.

Cuando al fin se cubre con el preservativo y se coloca sobre mí, me mira sonriendo y me acaricia la mejilla con las yemas de los dedos.

—Dime que me quieres —me pide.

Le sostengo la mirada, segura, confiada, porque deseo que él sienta lo sincera que estoy siendo.

—Te quiero, Holder. Muchísimo. Y quiero que sepas que Hope también.

Alza las cejas y deja escapar el aire, como si llevara trece años conteniendo la respiración, esperando escuchar estas palabras para soltarla.

—Ojalá pudieras sentir el efecto que acaban de causarme tus palabras.

Sin pausa, me cubre la boca con la suya y me dejo inundar por su sabor dulce y familiar mientras se clava en mi interior y me llena no solo con su cuerpo.

Me colma de honestidad, de amor, y, durante un momento, me entrega el inicio de uno de nuestros «para siempre».

Aferrada a sus hombros, me muevo a su ritmo y lo siento todo con cada uno de sus preciosos detalles.