Domingo, 28 de octubre de 2012. 1929 h #2
Sin embargo, por muy protegida que me sienta entre sus brazos, las imágenes y los recuerdos se niegan a marcharse y, pese a que lo intento, no puedo parar de llorar.
Mientras me abraza en silencio, no dejo de pensar en que quiero que este sufrimiento termine.
Necesito que Holder me libre de todas estas emociones y sentimientos, aunque sea durante un rato, porque no puedo soportarlo más.
Odio recordar lo que sucedía cada vez que mi padre entraba en la habitación.
Y lo odio a él con todas mis fuerzas, con cada fibra de mi ser.
Detesto a ese hombre que me arrebató una de mis primeras veces.
Levanto la cara y me inclino sobre Holder. Él me sostiene la cabeza y busca en mi mirada para comprobar si estoy bien.
No lo estoy.
Me tumbo sobre él y lo beso para indicarle que necesito volverme insensible.
Prefiero no notar nada a sentir el odio y la tristeza que me están consumiendo ahora mismo.
Le agarro la camiseta y trato de quitársela, pero él me empuja y me tumba de espaldas en la cama. Apoyado en un brazo, me pregunta:
—¿Qué haces?
Lo sujeto por la nuca y lo atraigo hacia mí para besarlo. Si sigo insistiendo, se rendirá y me devolverá el beso. Y entonces me olvidaré de todo.
Cuando lleva la mano a mi mejilla y empieza a besarme, le suelto la cabeza y trato de quitarme la camiseta, pero él me detiene de nuevo y vuelve a cubrirme.
—Para. ¿Por qué haces esto?
Está preocupado, confundido. Sin embargo, no puedo aclarar sus dudas porque ni siquiera yo lo entiendo.
Sé que quiero dejar de sentir lo que siento, pero creo que hay algo más.
Sospecho que esto va de algo mucho más grande, y me temo que, si Holder no es capaz de arrancarme lo que ese hombre me hizo, no podré volver a reír o a sonreír, ni siquiera a respirar.
Necesito que se lo lleve todo.
Inspiro hondo y lo observo fijamente.
—Quiero que lo hagamos.
Su mirada cambia y se vuelve dura, implacable. Se levanta y echa a andar de un lado a otro con las manos hundidas en el pelo. Cuando regresa a la cama, se queda a los pies, marcando distancias.
—Sky, no me lo pidas. No puedo. No entiendo por qué me lo pides.
Me siento por miedo a que se niegue a ayudarme. Me desplazo hasta los pies, me arrodillo ante él y lo agarro por la camiseta.
—Por favor. Por favor, Holder, lo necesito.
Él se libera y retrocede un par de pasos. Niega sin entender nada.
—No voy a hacerlo, Sky. No vamos a hacerlo. Estás en shock o... yo qué sé. Es que ni siquiera sé qué decir.
Me siento sobre los pies, frustrada. Cuando levanto la cabeza hacia él, tengo los ojos llenos de lágrimas.
—Por favor. —Bajo la vista hacia el regazo y cruzo las manos, incapaz de sostenerle la mirada mientras hablo—. Holder, él... es la única persona que me lo ha hecho. —Levanto los ojos otra vez despacio—. Necesito que le arrebates ese récord, por favor.
Si las palabras pueden quebrar almas, las mías acaban de rompérsela en dos. Se le entristece la cara y no puede contener las lágrimas. Sé lo que le estoy pidiendo y odio tener que hacerlo, pero lo necesito. Recurriré a lo que esté en mi mano para aplacar este dolor y este odio que me están matando.
—Por favor, Holder.
Sé que él no quiere que nuestra primera vez sea así y lo comprendo.
Ojalá no tuviera que serlo, pero hay ocasiones en las que la vida te arrebata la capacidad de elección y no puedes actuar movida por el amor, por mucho que quieras, porque otros factores se imponen.
Como el odio, por ejemplo. A veces la urgencia de librarte de él te hace tomar decisiones desesperadas.
Holder ha conocido el odio y el dolor, y por eso entiende lo mucho que lo necesito, aunque no esté de acuerdo conmigo.
Se acerca a la cama, se arrodilla en el suelo ante mí hasta que quedamos frente a frente.
Me agarra por la cintura y me acerca al borde del colchón.
Me desliza las manos bajo las rodillas y se envuelve las caderas con mis piernas.
Me quita la camiseta sin apartar la vista de mis ojos.
Un instante después, la suya sigue el mismo camino.
Me sostiene mientras se levanta del suelo y se dirige a mi parte de la cama, donde me deposita con delicadeza antes de tumbarse sobre mí.
Apoya las manos a ambos lados de mi cabeza y me dirige una mirada insegura que contrasta con la firmeza de su voz cuando dice:
—De acuerdo.
Después de secarme una lágrima que me cae por la sien, se pone de rodillas y busca la cartera que tiene sobre la mesilla de noche.
Saca un condón y se quita los pantalones sin dejar de mirarme a los ojos.
Me observa como si estuviera esperando que cambiara de idea en cualquier momento.
O tal vez tema que me dé otro ataque de pánico.
No puedo descartarlo, pero necesito seguir adelante.
No me da la gana permitir que mi padre siga siendo el dueño de esta parte de mí ni un segundo más.
Holder me desabrocha los vaqueros y me los quita. Fijo la vista en el techo y, a medida que avanzamos en el proceso, siento que mi mente se va perdiendo.
Me pregunto si esto tendrá remedio, si lograré encontrar placer en estar así con Holder algún día.
No me pregunta si estoy segura porque sabe que lo estoy.
Se inclina sobre mí y me besa mientras me quita el sujetador y las bragas.
Me alegra que me esté besando porque así tengo una excusa para cerrar los ojos.
No me gusta cómo me mira..., como si deseara estar en cualquier otra parte ahora mismo.
Los mantengo cerrados cuando aparta la cara para colocarse el preservativo.
Cuando vuelvo a notar su cercanía, lo atraigo hacia mí para impedir que cambie de idea.
—Sky.
Al abrir los ojos, veo que está dudando y me apresuro a negar con la cabeza.
—No te lo pienses, Holder. Hazlo sin más.
Él cierra los ojos y hunde la cara en mi cuello, incapaz de sostenerme la mirada.
—Es que no sé cómo afrontarlo —admite—. No sé si esto es incorrecto o si es lo que necesitas de verdad. Tengo miedo de empeorar las cosas si sigo adelante.
Sus palabras se me clavan en el corazón porque entiendo perfectamente a qué se refiere.
Yo tampoco sé si esto es lo que me conviene o si terminará de estropear las cosas entre los dos, pero ahora mismo tengo una necesidad tan grande de arrebatarle ese trozo de mí a mi padre que estoy dispuesta a cualquier cosa.
Me empiezan a temblar los brazos cuando me echo a llorar de nuevo.
Él mantiene la cabeza en mi hombro mientras me acaricia la cara.
Al notar mis lágrimas, noto que se esfuerza por no llorar él también.
Verlo tan disgustado me convence de que entiende lo importante que es para mí.
Le escondo la cabeza en el hombro y alzo las caderas en un ruego silencioso.
Él cumple mi petición. Se coloca sobre mí, me besa en la sien y me penetra lentamente.
No se me escapa ningún sonido a pesar del dolor.
No respiro a pesar de que necesito aire.
Ni siquiera pienso en lo que está sucediendo entre nosotros; no pienso en nada en absoluto. Me estoy imaginando las estrellas que tengo pegadas en el techo de mi habitación. Tal vez algún día deje de necesitarlas y entonces podré arrancarlas de una vez. Ojalá.
Estoy logrando mantener mi mente al margen de lo que me está haciendo hasta que, de repente, se queda inmóvil sobre mí con la cara aún bien hundida en mi hombro.
Respira entrecortadamente y, pasados unos instantes, suspira y se aparta de mí por completo.
Tras mirarme, cierra los ojos, se da la vuelta y se sienta en el borde de la cama, dándome la espalda.
—No puedo —se rinde—. Siento que estoy haciendo algo malo, Sky. Es muy agradable, pero no logro disfrutarlo. Mientras lo hago, ya me estoy arrepintiendo.
Se levanta y se pone los vaqueros. Coge la camiseta del suelo y la llave de la cómoda, y sale de la habitación sin despedirse ni mirar atrás.
Al instante me levanto y me meto en la ducha porque me siento sucia.
Me siento mal por haberlo forzado y espero que el agua me ayude a librarme de la culpa.
Me enjabono cada centímetro del cuerpo hasta que me duele la piel, pero no sirve de nada.
Acabo de destrozar otro momento de intimidad entre los dos.
He visto la vergüenza que trataba de ocultar mientras se marchaba sin atreverse a mirarme.
Cierro el grifo y salgo de la ducha. Después de secarme, me pongo el albornoz que cuelga de la puerta, me cepillo el pelo y guardo mis cosas en el neceser.
No quiero irme sin avisar a Holder, pero no puedo seguir aquí.
Y tampoco quiero obligarlo a enfrentarse a mí después de lo que ha pasado.
Llamaré a un taxi para que me lleve a la estación de autobuses y me iré antes de que regrese.
Si es que tiene previsto volver.
Cuando abro la puerta que lleva al dormitorio, no espero encontrarlo sentado en la cama con las manos enlazadas entre las rodillas.
En cuanto oye la puerta del baño, levanta la vista hacia mí.
Yo me detengo en seco; al observarlo, veo que tiene los ojos rojos y la mano envuelta en un vendaje improvisado que se ha hecho con la camiseta —que, por cierto, está manchada de sangre—.
Corro hacia él y retiro la tira de tela para inspeccionarle la mano.
—Holder, ¿qué has hecho?
Le muevo la mano adelante y atrás, y distingo un corte en los nudillos. Él la retira y vuelve a cubrírsela con la venda improvisada.
—No es nada —le quita importancia.
Cuando se levanta, doy un paso atrás porque supongo que está a punto de irse otra vez. Sin embargo, en vez de eso, se planta ante mí y me contempla.
—Lo siento mucho —murmuro mirándolo a los ojos—. No debería habértelo pedido, pero es que necesitaba...
Él me sujeta la cara e interrumpe la disculpa con un beso.
—Calla. —No deja de mirarme a los ojos—. No tienes que pedir perdón por nada. No me he ido porque estuviera enfadado contigo; estaba furioso conmigo.