Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Sábado, 27 de octubre de 2012. 2020 h #3
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Sábado, 27 de octubre de 2012. 2020 h #3

Mirándonos a los ojos en todo momento, me acaricia la cara con las yemas de los dedos sin olvidarse de ningún rincón.

Mantiene la vista fija en la mía incluso cuando agacha la cabeza para depositar besos alrededor del contorno de mis labios.

El modo en que me mira me hace sentir...

Trato de encontrar un adjetivo que encaje, pero no se me ocurre porque en realidad eso es lo importante, que me hace SENTIR .

Es el único chico que se ha preocupado de asegurarse de que estaba sintiendo cosas a su lado y ya solo por eso permito que me robe otro trozo de corazón.

Sin embargo, no me parece suficiente porque, de repente, quiero entregárselo entero.

—Holder —susurro.

Él me desliza las manos hacia la cintura y se inclina hacia mí.

—Sky —replica en el mismo tono.

Cuando alcanza mi boca, me cuela la lengua dentro. Es dulce y cálida y, aunque no hace tanto que disfruté de ella, la he echado de menos. Vuelve a apoyarse a ambos lados de mi cabeza con cuidado de no rozarme con las manos o el cuerpo. Ahora es el momento de su boca, nada más.

—Holder —murmuro mientras trato de apartarme. Le llevo los dedos a la mejilla antes de añadir—: Quiero hacerlo. Esta noche. Ahora mismo.

No le cambia la cara. Me contempla como si no me hubiera oído. Y tal vez no me ha escuchado, porque no parece dispuesto a aceptar mi ofrecimiento.

—Sky... —No suena nada convencido—. No tenemos por qué hacerlo. Quiero que estés segura al cien por cien de que lo deseas. —Me acaricia la mejilla—. No quiero que apresures las cosas por mí.

—Ya lo sé, pero es que quiero hacerlo. Nunca había deseado hacerlo con nadie, pero contigo sí.

Me observa con toda su atención y se empapa de cada palabra que sale de mi boca. No sé si está en fase de negación o en shock, aunque ninguna de las dos cosas me ayuda. Le apoyo las manos en las mejillas y tiro de él hasta rozar su boca con los labios.

—No estoy accediendo a lo que tú quieres, Holder. Es lo que yo quiero, y te lo estoy pidiendo por favor.

Por fin se apodera de mi boca mientras suelta un gruñido. Oír ese sonido que brota de lo más profundo de su pecho me reafirma en mi decisión. Necesito a Holder y lo necesito ahora.

—¿Vamos a hacerlo de verdad? —pregunta sin dejar de besarme.

—Sí. Estoy convencida del todo.

Asciende por mi muslo hasta llegar a la cadera, donde cuela la mano entre las bragas y mi piel, y empieza a bajármelas.

—Solo necesito que me prometas una cosa primero —le pido.

Tras darme un beso delicado, retira la mano de mi ropa interior —¡mierda!— y asiente con la cabeza.

—Lo que quieras.

Le agarro los dedos y los recoloco donde estaban, a la altura de mi cadera.

—Quiero hacerlo, pero solo si me prometes que batiremos el récord de la mejor primera vez en la historia de las primeras veces.

Él me dirige una sonrisa.

—Si se trata de ti y de mí, Sky..., nunca podrá ser menos.

Desliza las manos bajo mi espalda y me ayuda a incorporarme.

Las lleva a mis hombros y engancha los dedos en los tirantes para hacerlos caer.

Cierro los ojos con fuerza y, con la mejilla pegada a la suya, me aferro a su pelo.

Siento su aliento en el hombro antes de que lleguen sus labios.

Apenas me roza, pero es como si su contacto me incendiara por dentro solo con un beso.

—Te lo voy a quitar —dice.

Sigo teniendo los ojos cerrados y no sé si me está advirtiendo o pidiéndome permiso, así que asiento por si acaso.

Me quita el vestido por la cabeza y su contacto hace que se me erice la piel.

Cuando me tumba sobre la almohada con delicadeza, abro los ojos y admiro su cuerpo, tan hermoso que me cuesta creer que sea real.

Tras contemplarme igualmente con esa intensidad tan suya, baja la vista hacia la mano con la que me agarra por la cintura.

Con parsimonia, pasea la mirada arriba y abajo.

—Joder, Sky. —Me acaricia la zona de las costillas antes de inclinarse a besarla—. Eres increíble.

Nunca me había sentido tan expuesta a los ojos de nadie, pero la admiración que leo en los suyos hace que desee seguir así. Desliza la mano hacia arriba y, cuando llega al sujetador y cuela el pulgar por debajo de la tela, se me cierran los párpados al mismo tiempo que se me abre la boca.

¡Dios, oh, Dios! ¡Cómo lo deseo!

Le agarro la cara y lo atraigo hacia mí mientras le rodeo las caderas con las piernas, lo que le provoca otro gruñido.

Aparta la mano del sujetador y regresa a mi cintura.

Intenta bajarme las bragas, pero para ello tengo que soltarle antes las caderas.

Cuando lo hago, me las quita deprisa, tanto como el sujetador, que sigue el mismo camino.

Una vez que me tiene desnuda, desciende por los pies de la cama y se incorpora lo necesario para quitarse los pantalones, pero continúa inclinado sobre mí, ya que no le he soltado la cara en ningún momento.

Seguimos besándonos con frenesí mientras se libra de los vaqueros y luego vuelve a tumbarse sobre mí.

Por primera vez estamos piel contra piel, tan pegados que el aire no puede correr entre nosotros..., y, sin embargo, siento que no estamos lo bastante cerca.

Holder alarga la mano y busca algo en la mesita de noche. Saca un preservativo del cajón y lo deja en la cama antes de volver a apoyarse sobre mí. Su peso y su dureza me fuerzan a abrir más las piernas. Hago una mueca al darme cuenta de que la excitación se está transformando en miedo.

Y náuseas.

Terror.

El corazón me late a toda velocidad y empiezo a respirar de manera entrecortada.

Cuando él palpa la cama a ciegas buscando el condón, se me llenan los ojos de lágrimas.

Lo encuentra y oigo que lo rasga, pero ya no lo veo, porque los he cerrado.

Noto que se incorpora y se aguanta sobre las rodillas.

Sé que se lo está colocando y sé lo que viene a continuación: lo que voy a sentir, lo mucho que me va a doler, que voy a llorar cuando termine.

Pero ¿cómo puedo saberlo si nunca lo he hecho antes?

Los labios me empiezan a temblar cuando se recoloca entre mis piernas.

Trato de pensar en otra cosa para olvidarme del miedo y me viene la imagen del cielo nocturno y las estrellas, tan hermosa que me alivia el pánico.

Me recuerdo que, si el cielo es bonito en cualquier circunstancia, siempre puedo acudir a él para olvidarme de lo feo que es esto.

No quiero abrir los ojos, por lo que comienzo a contar mentalmente.

Visualizo las estrellas del techo de mi habitación y empiezo desde la parte inferior del cúmulo de galaxias.

«Una, dos, tres...».

Cuento, cuento y sigo contando.

«Veintidós, veintitrés, veinticuatro...».

Contengo el aliento y me concentro en las estrellas, solo en ellas.

«Cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve...».

Quiero que termine de una vez. Quiero que salga de encima.

«Setenta y uno, setenta y dos, setenta...».

—Me cago en la puta, Sky.

Es Holder el que grita mientras trata de apartarme el brazo con el que me tapo los ojos. Yo me resisto porque no quiero que me obligue a mirarlo; deseo permanecer así, en la oscuridad, contando en silencio.

De repente noto que me levantan de la cama; ya no estoy apoyada en la almohada.

No tengo fuerza en los brazos; es él quien me sostiene entre los suyos.

No puedo moverme. El cuerpo no me obedece y solo soy capaz de llorar.

Lo hago con auténtica desesperación, aunque no sé por qué.

Tampoco entiendo este movimiento que me marea.

Abro los ojos y veo que Holder se mueve de delante atrás, de delante atrás.

Por un instante, el pánico amenaza con apoderarse de mí de nuevo al pensar que no ha terminado, pero entonces noto que me ha tapado con las mantas y que me acaricia la espalda con una mano y el pelo con la otra mientras me susurra al oído:

—Cariño, no pasa nada. —Presiona los labios en mi pelo mientras se mece conmigo adelante y atrás—. Lo siento, Sky. Lo siento mucho.

Vuelvo a abrir los ojos, pero las lágrimas no me dejan ver nada. Él me besa en la sien una y otra vez, y me repite que lo siente. Quiere que lo perdone, aunque no sé por qué se disculpa.

Cuando se echa hacia atrás, ve que he abierto los ojos. Los suyos están enrojecidos, pero no está llorando, aunque sí tiembla. O tal vez sea yo la que está temblando. Probablemente los dos.

Me está mirando muy fijamente, buscando algo en mis ojos..., buscándome a mí. Empiezo a relajarme porque entre sus brazos no siento que esté a punto de caerme por el borde del mundo.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto. No entiendo cómo hemos llegado a esta situación.

Él niega con la cabeza mientras me observa con una mezcla de dolor, miedo y arrepentimiento.

—No lo sé. Has empezado a contar y a llorar. Temblabas y yo te pedía que pararas, pero no me oías. Estabas aterrorizada. ¿Qué he hecho mal? Dímelo, por favor. Lo siento tantísimo, ni te lo imaginas. ¿Qué demonios he hecho mal?

Niego con la cabeza porque la verdad es que no sé qué decirle.

Él hace una mueca y deja caer la frente sobre la mía.

—Lo siento mucho. No debería haber permitido que las cosas llegaran tan lejos. No sé qué demonios ha pasado, pero es evidente que no estás preparada todavía.

¿No estoy preparada todavía?

—Entonces, ¿no... no ha habido sexo?

Él deja de abrazarme; su actitud cambia por completo. Lo que reflejan sus ojos es una mezcla de pérdida y derrota. Frunce el ceño y me sujeta las mejillas.

—¿Dónde estabas, Sky?

Vuelvo a negar con la cabeza, confundida.

—No me he movido de aquí; te estoy escuchando.

—No, quiero decir antes. ¿Adónde has ido?

No estabas aquí, conmigo, porque, si no, sabrías que no ha pasado nada.

Vi en tu cara que algo iba mal y me detuve.

Pero ahora necesitas recordar adónde ha ido tu mente, porque has tenido un ataque de pánico.

Estabas muerta de miedo y necesito saber qué te ha puesto así para poder asegurarme de que no se repite.