Sábado, 27 de octubre de 2012. 2020 h #2
—Ni se te ocurra cambiar. Me encanta cuando dices cosas sin pensar y adoro que me sueltes largos sermones cuando estás nerviosa. Estás muy sexy... y me pone un montón.
Me ruborizo. No estoy acostumbrada a que me vean de esa manera y oírlo hablar así me parece muy sexy... y me pone un montón.
—¿Sabes qué otra cosa me pone mucho? —Vuelve a inclinarse hacia mí.
Su mirada juguetona hace que me olvide de sentir vergüenza.
—¿Qué?
—Tratar de no meternos mano mientras vemos una película —responde sonriendo.
Se levanta y tira de mí para que lo siga escaleras arriba hasta su habitación.
Abre la puerta y entra primero. Luego se vuelve hacia mí y me pide que cierre los ojos.
—No me gustan las sorpresas.
—Tampoco los regalos ni ciertos apodos cariñosos, voy aprendiendo. Pero esto que quiero enseñarte mola mucho y no es nada comprado, así que cierra los ojos.
Cuando hago lo que me pide, tira de mí para que entre en la habitación, que ya me gusta porque huele como él. Unos pasos más adelante, me apoya las manos en los hombros.
—Siéntate. —Me empuja y acabo en lo que parece una cama, pero un instante después me tumba de espaldas y me levanta los pies—. No abras los ojos.
Me los sube a la cama y me apoya en una almohada. Tiene el detalle de colocarme bien la falda.
—Así, bien tapadita. No puedes ir enseñando pierna con tanto descaro.
Me echo a reír con cuidado de no abrir los ojos. Noto que él se sitúa sobre mí, intentando no golpearme con las rodillas, y que se tumba a mi lado en la cama.
—Vale, ya puedes abrir los ojos. Prepárate para la impresión.
Asustada, lo hago despacio. No sé lo que estoy viendo. Parece una tele, pero las teles no ocupan dos metros de pared. Esta cosa es inmensa. Cuando Holder apunta con el mando a distancia, la pantalla se ilumina.
—¡Guau! ¡Es enorme!
—Dijo ella.
Le doy un codazo que lo hace reír. Vuelve a apuntar a la pantalla con el mando y me pregunta:
—¿Cuál es tu película favorita? Tengo Netflix.
Me giro en su dirección.
—¿Net... qué?
Él se ríe de nuevo y niega con la cabeza, fingiendo decepción.
—Siempre se me olvida que eres una persona discapacitada tecnológicamente. Pues es como un lector electrónico, pero con series y películas dentro en vez de libros. Puedes ver casi cualquier cosa con solo darle a un botón.
—¿Hay anuncios?
—¡Nop! —responde con orgullo—. ¿Qué te apetece ver?
—¿Tienes Un loco anda suelto ? Me encanta esa peli.
Él deja caer los brazos sobre el pecho y apaga el televisor. Tras unos instantes en silencio, exhala un suspiro muy sentido. Deja el mando a distancia en la mesilla de noche y se da la vuelta hacia mí.
—Ya no quiero ver la tele.
¿Está de morros? ¿Qué demonios he dicho ahora?
—Vale, no hace falta que sea Un loco anda suelto . Elige lo que quieras, niño mimado —le digo riendo.
Holder permanece un rato más en silencio, observándome sin ninguna expresión especial. Me acaricia el vientre hasta sujetarme con fuerza por la cintura y me atrae hacia él con decisión.
—¿Sabes lo que pasa? —Entorna los ojos y me pasea la mirada por el cuerpo, que examina de manera meticulosa.
Traza el contorno del vestido con un dedo, que me acaricia el torso con delicadeza—.
Aunque me cueste, soy capaz de resistir el efecto que me provoca este vestido.
—Levanta la vista y se detiene en mi boca—.
Puedo soportar también la visión de tus labios, aunque no pueda besarlos.
O el sonido de tu risa, que me despierta unas ganas atroces de cubrirte la boca con la mía y bebérmela a borbotones.
Se va acercando mientras su voz se vuelve cada vez más grave hasta alcanzar una octava propia de un dios del Olimpo que logra que el corazón me lata desbocado en el pecho. Me besa en la mejilla con mucha delicadeza, y su aliento cálido me baña la piel cuando habla.
—Me veo capaz incluso de soportar la tortura de revivir una y mil veces en mi mente el primer beso que nos dimos el mes pasado. El tacto de tu piel, los sonidos que se te escapaban de la boca. Tu mirada justo antes de que mis labios entraran en contacto con los tuyos.
Se tumba sobre mí y me levanta los brazos por encima de la cabeza. Yo escucho con atención cada una de sus palabras; no quiero perderme ni un detalle de lo que está haciendo, sea lo que sea. Se sienta sobre mí, pero descarga el peso sobre sus rodillas.
—Pero lo que es superior a mí, Sky, lo que me vuelve loco y hace que quiera tocar y devorar cada centímetro de tu cuerpo, es que Un loco anda suelto sea tu película favorita.
¿Ahora me sales con esas? —Se pega a mí hasta que nuestros labios se rozan—.
Eso no hay quien lo resista. Es lo más sexy que he oído en la vida y ahora nos vamos a tener que liar sí o sí.
Sus ganas de jugar se me contagian, por lo que susurro en tono seductor:
—«Odia estas latas».
Él gruñe y me besa, pero se aparta para pedirme:
—Hazlo otra vez, por favor. Oírte pronunciar frases de la película es mucho más excitante que besarte.
Riendo, le doy lo que me pide.
—«¡Aléjese de las latas!».
Me gruñe de nuevo en el oído.
—Esa es mi chica. Así, una más, por favor.
—«No necesito nada más —le sigo el juego—, solo el cenicero, la paleta, el mando a distancia y la lámpara. Eso es todo. No necesito nada más, nada».
Holder se ríe a carcajadas. No sabe la de veces que Six y yo hemos visto esa película. Se sorprendería si supiera que tengo memorizadas muchas más frases.
—¿Eso es todo? —me provoca—. ¿Estás segura, Sky?
Su voz suena tan seductora y aterciopelada que, si estuviera de pie, ya se me habrían caído las bragas al suelo.
Niego con la cabeza y se me borra la sonrisa de la cara.
—A ti —susurro—. Necesito la lámpara, el cenicero, la paleta, el mando a distancia... y a ti. Eso es todo lo que necesito.
Él se ríe, pero su expresión adquiere un aire solemne cuando vuelve a clavar la vista en mis labios. Se queda observándolos como si estuviera planeando lo que piensa hacer con ellos durante la siguiente hora.
—Necesito besarte ya —me anuncia antes de abalanzarse sobre mí.
Y, cuando su boca colisiona con la mía, él es todo lo que deseo.
Nada más. Me está besando con fiereza, apoyado en las manos y las rodillas, aunque no es lo que quiero.
Necesito sentir su peso sobre mí. No puedo usar las manos, que siguen prisioneras por encima de mi cabeza, y tampoco formar palabras mientras juega con mi boca de esta manera.
El último recurso que me queda es levantar el pie y moverle la rodilla.
En cuanto cae sobre mí, contengo el aliento de manera ruidosa.
No se me había pasado por la cabeza que, al alzar la pierna, también se me iba a levantar el vestido.
Y... mucho. Si combinamos eso con el grueso tejido de sus vaqueros, el resultado es una sensación de esas que te hacen contener el aliento aunque no quieras.
—Joder, Sky —dice durante uno de los pocos instantes en los que deja de devorarme la boca.
Noto que le falta el aliento, y eso que acabamos de empezar—.
Dios, es increíble. Gracias por ponerte este vestido.
—Va alternando más besos con palabras que pronuncia sin separar los labios de los míos—.
De verdad... —me besa, desciende por la barbilla y me recorre medio cuello—, de verdad que me encanta...
este vestido. —Se le ha alterado tanto la respiración que me cuesta entender qué está musitando.
Se desliza un poco hacia abajo en la cama para acabar de recorrerme el cuello a besos.
Echo la cabeza hacia atrás para darle mejor acceso, porque ahora mismo sus labios son bienvenidos en cualquier parte de mi cuerpo.
Me suelta las manos para poder acercárseme al pecho.
Baja una mano hasta el muslo y la desliza despacio hacia arriba, llevándose el poco trozo de vestido que aún me cubría las piernas.
Al llegar al final del muslo, me lo aprieta con fuerza, como si les estuviera ordenando a sus dedos que no se aventuraran más allá.
Me retuerzo con la esperanza de que pille la indirecta y lleve la mano hacia donde le apetezca.
No quiero que tenga dudas ni que piense que no me apetece seguir adelante.
Quiero que haga lo que quiera porque eso es lo que yo también requiero.
Necesito que empiece a conquistar tantas primeras veces como pueda esta noche porque de pronto me ha entrado una tremenda ansia por superarlas todas.
Siguiendo las indicaciones que le da mi cuerpo, Holder me acerca la mano a la parte interna del muslo.
Sus caricias me excitan tanto que se me contraen todos los músculos de cintura para abajo.
Por fin ha cruzado la frontera del cuello y sus labios se acercan al inicio de mis pechos.
Supongo que el siguiente paso sería que me quitara el vestido para tener acceso a lo que hay debajo, aunque para eso necesitaría apartar la otra mano de donde la tiene, y prefiero que se quede donde está.
De hecho, me gustaría más si desplazara un poco los labios, pero lo que no quiero bajo ningún concepto es que los aparte de ahí.
Le sujeto la cara con las dos manos y lo obligo a besarme con más intensidad antes de mover las manos hacia su espalda.
Sigue llevando la camiseta puesta. Eso no está bien.
Le tiro de la prenda hacia arriba, pero, al darse cuenta de lo que pretendo, me aparta la mano del muslo para ayudarme. Creo que se me escapa un gemido de frustración, porque él sonríe y me besa en la comisura de los labios.