Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Sábado, 27 de octubre de 2012. 2020 h
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Sábado, 27 de octubre de 2012. 2020 h

Me despido de Max y de Breckin con un abrazo en el aparcamiento de la galería de arte.

La inauguración de la exposición ha terminado y Holder y yo nos vamos a su casa.

Debería estar nerviosa por lo que pueda pasar esta noche entre nosotros, pero no lo estoy en absoluto.

A su lado, todo parece fácil y deseable.

Bueno, todo menos la frase que no se me va de la cabeza.

«Te quiero, Hope».

Quiero preguntarle de qué iba la cosa, aunque no he encontrado el momento adecuado para sacar el tema.

Podría hacerlo ahora... Sin embargo, cada vez que abro la boca para preguntárselo, la vuelvo a cerrar.

El miedo a descubrir quién es y qué significa en su vida le gana a la curiosidad.

Y, cuanto más tarde en preguntárselo, más tiempo pasará sin tener que afrontar la verdad.

—¿Te apetece que vayamos a comer algo? —me propone mientras salimos del aparcamiento.

—Sí —respondo al momento. Qué alivio poder romper el bucle de pensamientos en el que había caído—. Me apetece una hamburguesa con queso. Y patatas fritas con queso. Y quiero un batido de chocolate.

Holder se echa a reír y me toma la mano.

—Estás mandona hoy, ¿eh, princesa?

Lo suelto y me giro hacia él.

—No me llames así.

Él me mira y creo que se da cuenta de que estoy furiosa aunque esté oscuro.

—Eh... —Me vuelve a agarrar de la mano—. No pienso que seas mandona, Sky. Era una broma.

Niego con la cabeza.

—No me refería a «mandona». No me llames «princesa». Odio esa palabra.

Me mira de reojo y vuelve a clavar la vista en la calzada.

—Vale.

Me giro hacia la ventanilla y trato de quitarme esa palabra de la cabeza.

No sé por qué detesto que usen apodos cariñosos conmigo, pero no exagero cuando digo que los odio.

Por mucho que pueda parecer que me he pasado con mi reacción, no quiero que vuelva a llamarme así nunca más.

Y tampoco con el nombre de sus exnovias.

Debería ceñirse a Sky; es mucho más seguro.

Nos mantenemos en silencio y cada vez me arrepiento más de mi reacción.

Debería molestarme más que usara el nombre de otra chica y no «princesa».

Es como si estuviera desplazando el motivo de mi enfado por miedo a enfrentarme a lo que realmente me molesta.

Pero es que me gustaría pasar una noche tranquila, sin dramas innecesarios.

Ya habrá tiempo para preguntarle por Hope.

—Lo siento, Holder.

Él me aprieta la mano y se la coloca sobre el regazo, aunque no dice nada más.

Cuando llegamos a su casa, bajo del coche.

No hemos parado a comprar comida, pero no me apetece sacar el tema.

Se reúne conmigo junto a la puerta del acompañante y, cuando me envuelve con su cuerpo, le devuelvo el abrazo.

Me empuja hasta que quedo pegada al vehículo y hundo la cara en su hombro.

Todavía nos sentimos incómodos por lo sucedido, por lo que trato de relajarme para eliminar la tensión que se ha instalado entre los dos.

Aspirar su aroma me ayuda. Cuando me acaricia los brazos, me estremezco de arriba abajo.

—¿Puedo preguntarte algo? —Es él quien rompe el silencio.

—Siempre.

Holder suspira y se aparta un poco de mí.

—¿Te asusté el otro día en el coche? Si es así, lo siento. No sé qué me pasó. No soy un llorica, lo juro. No había llorado desde la muerte de Les y te aseguro que no tenía ninguna intención de hacerlo delante de ti.

Vuelvo a apoyar la cabeza en su pecho y lo abrazo, esta vez con más fuerza.

—¿Te acuerdas de cuando anoche me desperté de la pesadilla?

—Sí.

—Fue la segunda vez que lloré desde que tenía cinco años.

Y la vez anterior fue cuando me contaste lo que le había pasado a tu hermana.

Lloré en el baño. Fue solo una lágrima, pero la cuento.

Creo que, cuando estamos juntos, las emociones se nos escapan un poco de las manos, nos abruman y nos convierten a los dos en lloricas.

Él se ríe y me besa en la coronilla.

—Tengo la sensación de que no voy a estar viviéndote durante mucho más tiempo. —Tras otro beso rápido, me da la mano—. ¿Estás lista para que te muestre la casa?

Lo sigo hacia la entrada, pero no puedo dejar de pensar en lo que me ha dicho. Si deja de vivirme, significa que empezará a quererme. Acaba de confesarme que se está enamorando de mí sin pronunciar las palabras, y lo más asombroso de todo es que me ha gustado.

Entramos en su casa, que no se parece en nada a la idea que me había formado de ella.

Desde fuera no parece especialmente grande, pero tiene vestíbulo, lo que no es muy habitual.

A la derecha, un arco da paso al salón. Las paredes están prácticamente forradas de libros, y tengo la sensación de haber llegado al cielo.

—¡Toma ya! —suelto sin poder apartar la vista de las estanterías que cubren toda la estancia del suelo al techo.

—Ya ves. Mamá se cabreó bastante cuando inventaron el libro electrónico.

Me echo a reír.

—Creo que ya me cae bien tu madre. ¿Cuándo me la vas a presentar?

—Nunca le presento chicas —responde en tono distante mientras sacude la cabeza, pero, al ver cómo me cambia la cara, se da cuenta de que sus palabras me han dolido.

Se acerca a mí y me sostiene la cara entre las manos—.

No, no. No me he explicado bien. No insinuaba que tú fueras igual que las otras chicas con las que he salido. En absoluto.

Entiendo lo que quiere decirme, pero me fastidia que, llevando el tiempo que llevamos saliendo, piense que todavía no es momento de que conozca a su madre. Me pregunto si ese momento llegará alguna vez.

—¿Y a Hope? ¿Se la presentaste?

Aunque sé que no debería habérselo soltado así, no me he podido contener, y menos después de haberle oído hablar de «otras chicas». No soy idiota; ya sé que salió con otras personas antes de conocerme a mí, pero no me gusta oírselo decir, y no soporto que me llame por el nombre de alguna de ellas.

—¿Qué? —Deja caer las manos y se aparta de mí—. ¿Por qué has dicho eso?

Empiezo a arrepentirme de haberla mencionado al ver lo rápido que palidece.

—Da igual, no pasa nada. No tengo ninguna necesidad de conocer a tu madre.

Solo quiero que nos olvidemos de esto. Ya sabía que no era buena idea sacar el tema esta noche. Quiero que volvamos a centrarnos en la casa y dejemos a un lado todo lo demás.

Pero él me sujeta por las dos manos e insiste:

—¿Por qué has dicho eso, Sky? ¿De dónde has sacado ese nombre?

Niego con la cabeza.

—No tiene importancia; estabas borracho.

Cuando entorna los ojos, sé que no voy a poder cambiar de tema con facilidad. Suspiro al rendirme y me aclaro la garganta antes de responder:

—Anoche, cuando estabas a punto de dormirte, me dijiste que me querías..., pero me llamaste Hope, así que, en realidad, no me lo decías a mí. Habías bebido y estabas medio dormido, por lo que no, no necesito una explicación. En realidad, prefiero no saber por qué lo dijiste.

Él se hunde las manos en el pelo mientras gruñe.

—Sky. —Da un paso hacia mí y me envuelve entre sus brazos—.

Lo siento mucho. Debió de ser un sueño absurdo.

No conozco a nadie que se llame Hope y no he tenido ninguna novia con ese nombre.

Siento haberte hecho pasar por eso; no debí ir a tu casa borracho.

—Baja la vista hacia mí y, aunque mi instinto me dice que está mintiendo, su mirada parece sincera—.

Tienes que creerme. Si piensas que siento algo por otra persona, me matas.

Nunca había sentido por nadie lo que siento por ti.

Sus palabras rezuman honestidad. Y, teniendo en cuenta que yo ni siquiera recuerdo por qué me he despertado llorando, es posible que lo suyo también fuera un sueño. Además, lo que acaba de decirme me da una nueva perspectiva de lo serias que se están poniendo las cosas entre nosotros.

Levanto la cara hacia él y busco una buena réplica a su confesión. Abro la boca y espero a que las palabras acudan a mí, pero no lo hacen. De repente, soy yo la que necesita más tiempo para procesar las ideas.

Él sigue sujetándome las mejillas, a la espera de que rompa el silencio, y la proximidad entre su boca y la mía pone a prueba su paciencia.

—Necesito besarte —dice en tono de disculpa antes de levantarme sin esfuerzo aparente.

Me lleva desde el arco del vestíbulo hasta la escalera que sube al primer piso y me sienta. Me echo hacia atrás mientras él se inclina sobre mí, apoya las manos en el escalón, a ambos lados de mi cara, y me besa.

Nuestra posición lo obliga a colocar una rodilla entre mis muslos.

No tendría mucha importancia de no ser por el vestido que llevo.

Le resultaría muy fácil hacerme suya aquí mismo, en la escalera, aunque preferiría llegar al dormitorio al menos.

Me pregunto si tendrá las expectativas muy altas después del mensaje que le envié ayer por error.

A ver, es un hombre, por supuesto que las tendrá, pero me pregunto si sabrá que soy virgen.

¿Debería advertírselo? Supongo que sí, aunque probablemente ya se haya dado cuenta.

—Soy virgen —le suelto sin despegar los labios de los suyos.

Al instante me pregunto cómo demonios se me ocurre hablar en estos momentos. O en ninguno. No debería volver a abrir la boca nunca más. Alguien debería arrebatarme la voz porque es evidente que, cuando el sexo me hace bajar la guardia, no tengo filtro.

Él deja de besarme al instante. Se echa un poco hacia atrás y me mira a los ojos.

—Sky, te he besado porque a veces no puedo contenerme y necesito hacerlo. Ya sabes el efecto que tu boca tiene sobre mí. No espero nada más, ¿vale? Mientras pueda besarte, lo demás puede esperar.

Me coloca el pelo por detrás de las orejas mientras me dirige una mirada franca.

—He pensado que deberías saberlo —musito—. Supongo que tendría que haber elegido otra ocasión para hacerlo, pero es que a veces digo las cosas sin pensar. Es algo que odio porque me sale en los momentos más inoportunos, como ahora, y luego no sé dónde esconderme.

Él se echa a reír.