Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Sábado, 29 de septiembre de 2012. 2215 h
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Sábado, 29 de septiembre de 2012. 2215 h

—Sky, despierta.

Levanto la cabeza del brazo de Breckin y me seco la baba de la mejilla. Él baja la vista hacia su camiseta mojada y hace una mueca.

—Perdón —me disculpo riendo—. La culpa es tuya por ser tan cómodo.

Acabamos de llegar a su casa después de pasarnos unas ocho horas rebuscando entre un montón de cachivaches.

Holder y Breckin terminaron contagiándose y compitiendo conmigo para ver quién encontraba el objeto más estrafalario.

Mi salero y mi pimentero intestinales resultaron imbatibles, pero Breckin se acercó mucho con un cuadro sobre terciopelo de un cachorrito montado a lomos de un unicornio.

—No te dejes el cuadro —le recuerdo mientras baja del coche.

Él se inclina para recogerlo y luego se despide con un beso en la mejilla.

—Hasta el lunes —me dice antes de volverse hacia Holder—. No te creas que voy a cederte mi sitio a primera hora solo porque ahora sea tu novia.

El otro se echa a reír.

—No soy yo quien le trae el café por las mañanas, así que dudo que me dejara destronarte.

Breckin cierra la portezuela, pero Holder espera hasta que entra en su casa antes de ponerse en marcha.

—¿Qué haces ahí atrás? —Me sonríe por el retrovisor—. Venga, siéntate aquí conmigo.

Yo me resisto.

—Mola esto de tener chófer.

Él aparca y se suelta el cinturón antes de darse la vuelta.

—Ven aquí. —Me agarra de las muñecas y tira de mí hasta que casi quedo pegada a su cara. Me suelta para apoyarme las manos en los mofletes y apretármelos como si fuera una niña pequeña y me da un beso ruidoso en los labios aplastados—. Me lo he pasado muy bien hoy. Eres bastante rarita.

Alzo una ceja porque no tengo claro si eso ha sido un elogio o todo lo contrario.

—¿Gracias?

—Me gusta la gente que no es como los demás. Ahora mueve el culo y siéntate a mi lado o seré yo el que se pase al asiento de atrás, y te aseguro que no será para acurrucarnos.

Tira de mi brazo y esta vez no me resisto. Me siento junto a él y me pongo el cinturón de seguridad.

—¿Qué hacemos ahora? —le pregunto—. ¿Vamos a tu casa?

—No, nos queda una parada por hacer.

—¿Mi casa?

Él niega con la cabeza.

—Ya lo verás.

Holder me lleva a las afueras de la ciudad. Cuando aparca, reconozco el sitio: hemos venido al aeropuerto local. Sin decir nada, baja del coche y lo rodea para abrirme la puerta.

—Ya hemos llegado —anuncia mientras señala la pista de aterrizaje que hay en el prado de enfrente.

—Holder, este es el aeropuerto más pequeño en trescientos kilómetros a la redonda. Si tu idea es esperar a que aterrice un avión, podemos pasarnos aquí dos días.

Él me tira de la mano y me guía colina abajo.

—No te he traído a ver aviones. —Sigue andando hasta que llegamos a la verja que rodea el recinto. La sacude para comprobar si es sólida y vuelve a darme la mano—. Quítate los zapatos. Será más fácil.

Le echo un vistazo a la valla antes de mirarlo a él.

—¿Pretendes que escale por aquí?

—Bueno, podría lanzarte al otro lado, aunque igual te duele un poco.

—¡Pero si llevo un vestido! No me has avisado de que saltaríamos cercas esta noche. Además, es ilegal.

Él hace rodar la cabeza para destensarse los hombros y me empuja hacia la verja.

—No es ilegal porque mi padrastro es el director del aeropuerto. Y no, no te he avisado porque tenía miedo de que te cambiaras de ropa.

Me agarro a la cerca y pruebo a ver si puedo subir, pero él me sujeta por la cintura y me eleva sin darme tiempo para pensarlo.

—¡Joder, Holder! —exclamo mientras salto al suelo por el otro lado.

—Ya, me he precipitado. Lo siento. Tendría que haber aprovechado para meterte mano antes. —Trepa la verja con facilidad y salta—. Vamos. —Me da la mano y tira de mí.

Corremos hasta alcanzar la pista, donde me detengo y quedo impresionada por sus dimensiones. Nunca he subido a un avión; solo de pensarlo siento pavor. La cosa empeora cuando veo que en el otro extremo se extiende un lago enorme.

—¿Alguna vez ha aterrizado algún avión ahí?

—Solo una vez —responde Holder sin dejar de tirar de mí—. Una avioneta Cessna de las pequeñas, que acabó en el fondo. El piloto iba borracho, pero no le pasó nada. —Se sienta en la pista y me tira de la mano para que haga lo mismo.

—¿Qué se supone que estamos haciendo? —Me coloco bien la falda y me quito los zapatos.

—Calla. Túmbate y mira hacia arriba.

Cuando apoyo la cabeza en la pista y miro hacia el cielo, contengo el aliento por la impresión. Ante mí se extiende el manto de estrellas más brillante que he visto en la vida.

—¡Oh! —susurro—. Desde el patio de casa no se ven así.

—Lo sé; por eso te he traído aquí. —Me busca la mano y entrelaza el dedo meñique con el mío.

Permanecemos un buen rato sin hablar, en un silencio cómodo y agradable.

De vez en cuando me roza la mano con el dedo, pero no pasa de ahí.

Aunque estamos pegados y llevo un vestido que facilita mucho el acceso, ni siquiera intenta besarme, por lo que queda claro que no me ha traído aquí para que nos liemos, sino para compartir conmigo esta experiencia, una de sus pasiones.

Holder no deja de sorprenderme, en especial durante estas últimas veinticuatro horas.

Todavía no sé qué le molestó tanto en la cafetería aquel día, pero él parece tenerlo claro y, lo que es más importante, parece estar convencido de que no volverá a repetirse.

De momento lo único que puedo hacer es fiarme de su palabra, depositar mi confianza en sus manos.

Espero que entienda que es toda la que me queda, porque, si vuelve a hacerme daño como en el pasado, será la última vez que me lastime.

Vuelvo la cabeza hacia su silueta y lo contemplo mientras observa las estrellas.

Tiene el ceño fruncido y es evidente que hay algo que le ronda por la mente.

Al parecer, esa cabeza nunca descansa; me pregunto si alguna vez lograré saber todo lo que esconde ahí.

Hay muchas cosas que me gustaría conocer de su pasado, su hermana o su familia, pero, si saco el tema ahora que está tan concentrado, lo arrancaría del lugar al que ha viajado.

Y no quiero hacerlo porque sé exactamente adónde ha ido y qué está haciendo: es exactamente lo que hago yo cuando me pierdo en las estrellas del techo de mi habitación.

Tras observarlo un rato más, vuelvo a mirar al cielo, pero, cuando estoy a punto de perderme en mis pensamientos, Holder rompe el silencio y me toma por sorpresa con sus palabras.

—¿Has tenido una buena vida? —se interesa en voz baja.

Reflexiono un poco antes de contestar porque me gustaría saber si, al hacerme la pregunta, estaba pensando en mi pasado o en el suyo.

—Sí —respondo con franqueza—, muy buena.

Él suelta un gran suspiro y me da la mano, entera esta vez.

—Bien.

No decimos nada más hasta media hora más tarde, cuando me comunica que, por él, ya podemos marcharnos.

Minutos antes de medianoche, aparcamos frente a mi casa y bajamos del coche. Él coge la bolsa con mis compras de cumpleaños y me acompaña hasta la puerta, donde la deja en el suelo.

—No voy a entrar —me advierte con las manos en los bolsillos.

—¿Por qué no? ¿Eres un vampiro? ¿Necesitas que te dé permiso?

Me sonríe.

—Creo que hoy no debo quedarme.

Me acerco a él, lo abrazo por la cintura y le doy un beso en la barbilla.

—¿Por? ¿Estás cansado? Podemos tumbarnos y descansar. Sé que ayer apenas dormiste.

No quiero que se vaya, la verdad. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien como anoche entre sus brazos.

Él reacciona abrazándome por los hombros y atrayéndome hacia su pecho.

—No puedo por varias razones. Mi madre no me ha visto desde ayer y me va a acribillar a preguntas, pero también porque oí que le decías a la tuya que me marcharía antes de medianoche. Por no mencionar que me he pasado el día imaginándome qué llevas debajo del vestido.

Me sostiene la cara entre las manos y me observa la boca.

—Y no me olvido de estos labios. No tienes ni idea de lo difícil que me resulta escucharte cuando lo único en lo que puedo pensar es en lo suaves que son, en lo bien que saben y en lo perfectamente que encajan entre los míos.

—Se inclina hacia mí y me besa con delicadeza, pero se aparta justo cuando empiezo a fundirme contra su cuerpo—.

Y este vestido... —Me acaricia la espalda de arriba abajo y sigue descendiendo por la cadera hasta alcanzar la parte alta del muslo.

Yo me estremezco bajo sus dedos—. Este vestido es la razón principal por la que no voy a cruzar el umbral.

Con el modo en que mi cuerpo reacciona al suyo, me temo que tengo que darle la razón. Por mucho que me guste estar con él y disfrute besándolo, reconozco que hoy no sería capaz de reprimirme, de conformarme con eso. Y no, tampoco me siento preparada para cruzar esa primera vez esta noche.

Suspiro, aunque en realidad tengo ganas de gruñir. Mi mente está de acuerdo con él, pero mi cuerpo me odia ahora mismo por no rogarle que se quede. Me resulta curioso que, tras haberme pasado todo el día con él, todavía necesite más tiempo a su lado.

—¿Esto es normal? —pregunto.

Lo miro a los ojos, más cargados de deseo que nunca. Entiendo que necesite marcharse, porque es evidente lo mucho que le cuesta no llegar a esa primera vez hoy.

—¿A qué te refieres?

Hundo la cara en su pecho para no tener que mirarlo a los ojos mientras respondo. A veces me meto en conversaciones que me dan vergüenza, pero hay cosas que necesito saber.

—Lo que sentimos el uno por el otro, ¿es normal?

No hace tanto que nos conocemos y hemos estado casi todo ese tiempo evitándonos.

Pero..., no sé, las cosas parecen distintas contigo.

Me imaginaba que, cuando la gente empezaba a salir, se pasaba los primeros meses tratando de establecer una conexión.

—Levanto la cabeza para mirarlo—. Pero tengo la sensación de haber conectado contigo desde el primer momento.

Entre nosotros todo es natural. Es como si ya hubiéramos llegado a la meta y ahora deshiciéramos el camino.

Como si intentáramos volver a conocernos y, para eso, necesitáramos ralentizar el ritmo. ¿Tiene sentido?

Me aparta el pelo de la cara y me dirige una mirada totalmente distinta a la de hace un instante. La lujuria y el deseo han sido reemplazados por la angustia y la ansiedad, y me duele ver esas emociones en sus ojos.

—Sea lo que sea lo que hay entre nosotros, no quiero analizarlo. Y tampoco que lo hagas tú, ¿vale? Limitémonos a dar las gracias porque al fin te he encontrado.

Esa última frase me hace reír.

—Lo dices como si me hubieras estado buscando.

Él frunce el ceño y me sujeta la cabeza con las dos manos para mirarme a los ojos.

—Llevo toda la puta vida buscándote —afirma muy serio, con decisión, y funde nuestros labios en un beso en cuanto las palabras abandonan su boca.

Es intenso, rudo, y contiene la pasión acumulada de todo el día. Le enredo las manos en el pelo, aunque, cuando estoy a punto de tirar de él para que entre en casa, me suelta y retrocede.

—Te vivo —se despide mientras desciende los escalones a regañadientes—. Hasta el lunes.

—Yo también te vivo.

No protesto por no verlo mañana porque creo que necesitamos un tiempo para procesar estas últimas veinticuatro horas. Y seguro que Karen lo agradece. La verdad es que tengo que ponerla al día sobre mis asuntos románticos. O tal vez debería decir sobre mis asuntos vitales.