Lunes, 22 de octubre de 2012. 1205 h
Ha pasado casi un mes desde que Holder y yo decidimos considerarnos pareja.
De momento sus rarezas no me han vuelto loca.
Al contrario, sus pequeñas manías hacen que me resulte cada vez más adorable.
Me encanta, por ejemplo, su modo de observarme, como si me estudiara, o cómo hace crujir la mandíbula cuando se enfada.
Me parece de lo más sexy que se pase la lengua por los labios cada vez que se ríe. Y de los hoyuelos mejor no hablar.
Por suerte, sigue siendo el mismo Holder que se coló por la ventana y se metió en mi cama aquella noche.
Desde aquel día, el rabioso y temperamental no ha vuelto a aparecer.
De hecho, cuanto más tiempo pasamos juntos, más en sintonía estamos y cada vez me resulta más fácil leer su estado de ánimo, igual que él hace conmigo.
Con Karen por casa los fines de semana, no hemos tenido demasiados momentos de intimidad.
Pasamos ratos juntos tanto en el instituto como en las citas de los findes, pero, por lo que sea, Holder no se siente cómodo viniendo a casa cuando está mi madre, y siempre pone excusas cuando sugiero que vayamos a la suya.
Así que nos hemos dedicado a ver películas; hemos visto ya un montón.
Y de vez en cuando salimos con Breckin y su nuevo novio, Max.
Holder y yo disfrutamos mucho juntos, pero es un disfrute muy para todos los públicos, y empezamos a estar un poco frustrados al no tener un lugar decente donde liarnos.
Su coche no es muy grande, aunque sirve para salir del apuro.
Creo que los dos estamos contando las horas que faltan para que Karen se marche el fin de semana que viene.
Estoy en la mesa de la cafetería con Breckin y Max, esperando a que Holder traiga su bandeja y la mía.
Max y Breckin se conocieron en una galería de arte local hace un par de semanas y descubrieron que iban al mismo instituto.
Me alegro por mi amigo, porque temía que sintiera que molestaba cuando salía con nosotros, aunque no es verdad.
Me encanta su compañía, pero, ahora que tiene a otra persona en la que verter su afecto, las cosas son todavía más sencillas.
—¿Tenéis planes Holder y tú para este sábado? —me pregunta Max.
—Creo que no. ¿Por qué?
—Una de las galerías del centro va a exponer una de mis obras. Me gustaría que vinierais a la inauguración.
—Suena bien —comenta Holder mientras se sienta a mi lado—. ¿Cuál has elegido?
Max se encoge de hombros.
—Todavía no lo sé; estoy dudando entre dos.
Breckin mira al cielo, exasperado.
—Sabes perfectamente la que tienes que exponer y no es ninguna de esas.
Max se vuelve hacia él.
—Vivimos en el Texas profundo; dudo que la temática gay sea bien recibida.
Holder alterna la mirada entre los dos.
—¿A quién le importa lo que piense la gente de por aquí?
A Max se le borra la sonrisa de la cara.
—A mis padres —responde mientras coge el tenedor.
—¿No saben que eres gay? —inquiero.
—Sí, lo saben, y en general me apoyan, pero aún mantienen la esperanza de que no se entere ninguno de sus amigos de misa. No quieren que les tengan lástima por ser los padres de un hijo al que le esperan las llamas del infierno.
Muestro mi desaprobación con la cabeza.
—Si Dios es de esos que te condenan solo por amar a alguien, no me interesa pasar la eternidad a su lado.
Breckin se ríe antes de decir:
—Además, seguro que en el infierno tienen churros y masa frita.
—¿A qué hora es lo del sábado? —interviene Holder—. Ahí estaremos, pero luego Sky y yo tenemos planes.
—Se acaba a las nueve —responde Breckin.
Me vuelvo hacia Holder.
—¿Tenemos planes? ¿Qué vamos a hacer?
Él me sonríe y me rodea el hombro con el brazo antes de susurrarme al oído:
—Mi madre pasará fuera la noche del sábado. Quiero enseñarte mi dormitorio.
Siento escalofríos que me recorren los brazos mientras la mente se me llena de imágenes nada adecuadas para la cafetería de un instituto.
—Madre mía, qué roja te has puesto —se ríe Breckin—; ni se te ocurra contarnos qué te ha dicho.
Holder retira el brazo de mi hombro y me apoya la mano en el muslo. Yo le doy un bocado a la comida antes de volverme hacia Max.
—¿Hay que ir arreglado? Tengo un vestido de tirantes que había pensado ponerme el sábado, pero no es muy formal.
Cuando Holder me aprieta la pierna, sonrío porque sé la clase de ideas que acabo de plantar en su mente.
Mientras Max empieza a responderme, oigo que un tipo de la mesa de atrás suelta algo en nuestra dirección, pero no distingo sus palabras. Sea lo que sea, capta la atención de Holder, que se gira hacia atrás para encararse con el tipo.
—¿Puedes repetir eso? —Lo fulmina con la mirada.
Yo no me muevo. No quiero saber quién es el responsable de haber traído de vuelta al Holder temperamental en un par de segundos.
—Voy a tener que pronunciar con más claridad. —El tipo levanta la voz—. He dicho que, si no puedes machacarlos, únete a ellos.
Holder no reacciona inmediatamente, lo que es bueno porque me permite agarrarle la cara y obligarlo a mirarme.
—Ignóralo, por favor —le pido en tono firme.
—Sí, no hagas ni caso —corrobora Breckin—. Quiere provocarte. A Max y a mí nos sueltan mierdas de esas todo el rato; ya estamos acostumbrados.
Holder aprieta los dientes y mueve la mandíbula mientras inspira hondo por la nariz. Poco a poco se le suaviza la mirada. Se da la vuelta despacio, sin prestar atención al capullo, y me da la mano.
—Estoy bien —dice para autoconvencerse más que para calmarnos a nosotros—. Estoy bien.
En cuanto les da la espalda, el grupo de la mesa de atrás estalla en carcajadas. Como Holder se tensa, le apoyo la mano en la pierna y se la aprieto para tranquilizarlo.
—Qué bonito —insiste el desgraciado—. Deja que la puta te convenza de que no vale la pena defender a tus nuevos amigos. Supongo que no son tan importantes para ti como Lesslie o a estas horas ya me habrías machacado, como a Jake el año pasado.
Me cuesta un gran esfuerzo no lanzarme sobre el impresentable ese y partirle la cara yo misma, por lo que entiendo que Holder no va a poder contenerse mucho tiempo.
Cuando empieza a darse la vuelta, veo que su rostro carece de expresión.
Nunca lo había visto tan tenso; me resulta aterrador.
Sé que está a punto de pasar algo horrible y no tengo ni idea de cómo evitarlo.
Antes de que se lance sobre la mesa y se cargue al tipo ese, hago algo que me sorprende hasta a mí: abofeteo a Holder con todas mis fuerzas.
Él se lleva la mano a la mejilla y me observa asombrado, pero me está mirando a mí y no a los impresentables, y eso es bueno.
—Al pasillo —le ordeno en tono autoritario en cuanto capto su atención.
Lo levanto a empellones del banco y sigo empujándolo hasta que salimos de la cafetería.
Una vez fuera, le da un puñetazo a la primera taquilla que encuentra, lo que me hace contener un grito.
Al ver la marca que ha dejado en la superficie, me alegro de que no le haya estampado el puño en la cara al tipo ese.
Está furioso. Nunca lo había visto tan alterado ni con la cara tan roja. Echa a andar por el pasillo con la vista fija en las puertas de la cafetería. Por miedo a que vuelva a cruzarlas, decido llevármelo más lejos de aquí.
—Vamos a tu coche.
Lo empujo hacia la salida y él no se resiste.
Caminamos en silencio, pero lo noto rabiando a mi lado.
Holder entra por el lado del conductor; yo, por el del acompañante, y cerramos las portezuelas a la vez.
No sé si sigue tentado de regresar para finalizar la pelea que el idiota ese trataba de empezar, por lo que voy a intentar retenerlo aquí hasta que se calme del todo.
Lo que sucede a continuación no me lo esperaba en absoluto. Tira de mí hasta pegarme a su cuerpo y empieza a temblar de manera descontrolada. Los hombros se le sacuden mientras me estruja con la cara hundida en el hueco de mi cuello.
Está llorando.
Lo rodeo con los brazos y dejo que me abrace el tiempo que necesite mientras suelta todo lo que estaba conteniendo en su interior.
Me sienta sobre su regazo y me aprieta aún con más fuerza.
Con una pierna a cada lado de sus caderas, le voy dando besos suaves en la coronilla.
Él llora en silencio; el poco ruido que hace queda amortiguado por mi hombro.
No tengo ni idea de qué ha hecho que se derrumben sus murallas ahora mismo, pero sí sé que es lo más desgarrador que he presenciado nunca.
Sin dejar de besarle la cabeza, le acaricio la espalda arriba y abajo.
Cuando al fin deja de llorar, sigue aferrado a mí y no me suelta.
—¿Quieres que lo hablemos? —susurro mientras le acaricio el pelo.
Me aparto de él, que echa la cabeza hacia atrás y me mira a los ojos. Los suyos están muy rojos y reflejan tanto dolor que no puedo evitar besarlos. Le beso cada párpado con suavidad, luego me aparto un poco y espero a que diga algo.
—Te mentí —dice al fin. Sus palabras se me clavan en el pecho.
Tengo miedo de lo que está a punto de desvelarme—.
Te dije que volvería a hacerlo, que le partiría el alma a Jake si tuviera la oportunidad.
—Me toma la cara entre las manos y me dirige una mirada desesperada—.
Pero no es verdad. No volvería a hacerlo porque ni siquiera se merecía lo que le hice la otra vez.
¿Y ese chico de ahí dentro? Es su hermano menor.
Me odia por lo que hice, como no podría ser de otra manera.
Tiene derecho a decirme todo lo que le dé la gana porque me lo merezco.
Esa es la verdad. Y por eso no quería volver a este instituto, porque sabía que todo lo que me dijeran sería merecido.
Pero tampoco puedo consentir que hable así de ti ni de Breckin.
Acepto que diga lo que quiera sobre mí o sobre Les porque nos lo ganamos a pulso, pero tú no.
Los ojos se le están volviendo a empañar y muestran la misma agonía que antes.
—No pasa nada, Holder. No tienes que defender a todo el mundo. Y no, te aseguro que no te lo mereces. Jake no debió decir lo que dijo sobre tu hermana el año pasado y su hermano no ha debido decir lo que ha dicho antes.
Él muestra su desacuerdo con la cabeza.
—Jake tenía razón. Sé que no debió decir nada, igual que yo no debí ponerle un dedo encima, pero tenía razón.
Lo que Les hizo no fue noble ni valiente, sino muy egoísta.
Ni siquiera intentó luchar. No pensó en mí ni en mis padres, solo en sí misma, y le importó una mierda lo que sintiéramos los demás.
Y la odio por ello. La odio con todas mis fuerzas y estoy cansado de ello, Sky.
Estoy agotado. Me destroza por dentro y me convierte en alguien que no quiero ser.
No se lo merece; si hizo lo que hizo, fue por mi culpa.
Debería haberla ayudado, pero no lo hice.
No supe cómo. La quería más de lo que he querido a nadie, pero no entendí lo mal que lo estaba pasando.
Le seco una lágrima con el pulgar y hago lo único que se me ocurre porque no sé de qué otro modo ayudarlo.
Así que lo beso con desesperación y trato de librarlo del dolor del único modo que conozco.
Nunca he vivido una muerte tan de cerca, por lo que ni siquiera intento entender lo que siente.
Él se envuelve las manos con mi pelo y me besa con una intensidad que resulta casi dolorosa.
Permanecemos así durante varios minutos, hasta que empieza a relajarse.
Me aparto de sus labios y lo miro a los ojos.
—Holder, tienes todo el derecho a odiarla por lo que hizo, pero eso no significa que tengas que dejar de quererla.
Tienes derecho a ello. Lo único que no tienes derecho a hacer es a seguir culpándote.
Nunca acabarás de entender por qué tomó aquella decisión, así que tienes que dejar de machacarte por no tener respuestas para todo.
Ella escogió la que pensó que sería la mejor solución, aunque se equivocara.
Pero eso es lo que tienes que recordar siempre: que fue su elección, no la tuya.
Y no puedes culparte por lo que prefirió no contarte.
—Lo beso en la frente y vuelvo a buscarle la mirada—.
Tienes que soltarlo. Puedes aferrarte a ese odio, a ese amor o a esa amargura, pero tienes que soltar la culpa. Es eso lo que te está destrozando.
Él cierra los ojos, lleva mi cabeza hacia su hombro y exhala el aire de manera entrecortada.
Noto que asiente con la cabeza y que se va calmando poco a poco.
Me besa en la sien y permanecemos abrazados en silencio.
Antes de esto pensábamos que nuestra conexión era especial, pero no puede compararse con este momento.
Da igual lo que venga en el futuro, este instante acaba de fusionar partes de nuestras almas y eso no nos lo podrá arrebatar nadie. Es una idea reconfortante.
Holder me mira y alza una ceja.
—¿Por qué demonios me has pegado ahí dentro?
Me río y le doy un beso en la mejilla que le he abofeteado. Las marcas de los dedos ya casi han desaparecido, aunque todavía se ven un poco.
—Perdona. Necesitaba sacarte de ahí y no se me ocurrió otra cosa.
Él sonríe.
—Pues ha funcionado. No sé si alguien más habría sido capaz de decir o hacer algo que me arrancara del estado en el que estaba. Gracias por saber cómo tratarme, porque a veces ni siquiera yo sé cómo hacerlo.
Lo beso con suavidad.
—Créeme, no tengo ni idea de cómo tratarte, Holder. Me limito a afrontar lo que viene escena a escena.