Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Sábado, 29 de septiembre de 2012. 1025 h
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Sábado, 29 de septiembre de 2012. 1025 h

Estoy en la ventana, esperando a Holder con impaciencia, cuando al fin aparca delante de casa.

Salgo por la puerta y la cierro con llave, pero, cuando me doy la vuelta para dirigirme hacia el coche, me detengo en seco porque no llega solo.

La puerta del acompañante se abre y sale un tío.

Cuando se gira hacia mí, estoy segura de que mi cara es una mezcla entre un OMG y un WTF, que —según me han enseñado mis nuevos amigos— significan «ay, Dios mío» y «¡¿qué coño? !».

Me voy poniendo al día.

Breckin se ha quedado sosteniendo la portezuela abierta y me saluda con una enorme sonrisa en la cara.

—Espero que no te importe que venga de carabina. Mi segundo mejor amigo del mundo mundial me ha invitado a venir.

Camino hacia él sin entender nada. Breckin espera hasta que subo al coche y luego se sienta en el asiento de atrás.

Me inclino hacia delante y ladeo la cabeza hacia Holder, que se está partiendo de risa como si acabara de soltar la frase final de un chiste muy gracioso que no han compartido conmigo.

—¿Alguno de los dos sería tan amable de explicarme qué demonios está pasando?

Holder me toma la mano y se la lleva a la boca para besarme los nudillos.

—Dejaré que te lo explique Breckin, que habla más deprisa.

Me vuelvo en el asiento mientras Holder se pone en marcha y miro a mi amigo con la ceja alzada.

—Llevo un par de semanas siendo una especie de agente doble —admite con expresión culpable. Parece tener miedo de mi reacción.

Niego con la cabeza porque no estoy segura de haber entendido bien lo que me está diciendo. Dirijo la vista del uno al otro antes de hablar.

—¿Dos semanas? ¿Lleváis dos semanas hablando... a mis espaldas? ¿Por qué no me dijiste nada?

—Me hizo jurar que no te lo contaría.

—Pero...

—Mira adelante y ponte el cinturón —me interrumpe Holder.

Si las miradas matasen, ya estaría muerto.

—Un momento. Estoy tratando de comprender por qué hiciste las paces con Breckin hace dos semanas, mientras que conmigo te ha llevado el doble de tiempo.

Él me mira un instante antes de devolver la atención a la carretera.

—Breckin se merecía una disculpa. Aquel día me comporté como un capullo.

—Ah, ¿y yo no?

Esta vez me observa fijamente.

—No —sentencia antes de volverse al frente—. Contigo las palabras no son suficientes, Sky. Te mereces acciones.

Lo contemplo mientras me pregunto hasta qué hora se quedaría despierto ayer preparándose la frase perfecta.

Él se gira hacia mí, me suelta la mano y me hace cosquillas en el muslo.

—No pongas esa cara y sonríe un poco. Tu novio y tu favoritísimo amigo del mundo mundial te están llevando de excursión a un mercadillo.

Se me escapa la risa, pero le aparto los dedos de un manotazo.

—¿Cómo voy a poner buena cara si acabo de enterarme de que mi supuesto aliado no era más que un espía infiltrado? Vais a tener que hacerme mucho la pelota si queréis que os perdone.

Breckin apoya la barbilla en mi reposacabezas y me contempla desde arriba.

—Creo que el que peor lo ha pasado con todo esto he sido yo.

Tu novio me ha fastidiado los dos últimos viernes por la noche con sus caras de pena y sus lloriqueos.

Que si te deseaba con locura, pero no quería fallarte, bla, bla, bla...

No veas lo que me ha costado no ponerlo a caldo contigo a la hora de comer.

Holder vuelve la cabeza un instante hacia él.

—Bueno, ahora ya podréis criticarme tanto como queráis. El mundo ya gira sobre su eje.

Entrelaza los dedos con los míos y me aprieta la mano con fuerza. Siento un cosquilleo por todo el cuerpo, pero no sé si se debe a sus palabras o al roce de su piel.

—Sigo opinando que vais a tener que hacerme mucho la pelota hoy si queréis que os perdone. Quiero que me compréis todo lo que os pida en el mercadillo, y me da igual lo que cueste o lo grande y pesado que sea.

—¡Sí, señora! —exclama Breckin.

—Ay, Dios —refunfuño—. Todo lo malo se pega. Ya hablas como Holder.

Mi amigo se echa a reír y se inclina hacia delante para cogerme las manos y tirar de mí.

—Es posible, porque ahora mismo tengo muchas ganas de acurrucarme contigo en el asiento de atrás.

—Si te piensas que lo único que haría con ella en el asiento de atrás sería acurrucarme, es que no se te ha pegado gran cosa de mí.

Holder me da una palmada en el culo justo antes de que me caiga en la parte de atrás junto a Breckin.

—Sí, hombre. ¿Y qué más? —exclama Holder, observando el salero que acabo de colocarle en las manos.

Llevamos más de una hora dando vueltas por el mercadillo cubierto y aún no he renunciado a mi plan. Quiero que me compren todo lo que me entre por los ojos. Acabo de sufrir una traición de primer nivel y voy a necesitar un montón de objetos absurdos para superarlo.

Echo un vistazo a la figurita y asiento con la cabeza.

—Es verdad. Tiene más sentido que me lleve el pimentero también.

Lo cojo y se lo paso. No es algo que tuviera previsto comprar. En realidad, no sé cómo alguien querría algo así. ¿A quién se le ocurriría hacer un salero y un pimentero con forma de intestino grueso e intestino delgado?

—Seguro que pertenecían a un médico —comenta Breckin, admirándolos a mi lado.

Meto la mano en el bolsillo de Holder y saco su cartera antes de volverme hacia el vendedor que está detrás de la mesa.

—¿Cuánto valen?

Él se encoge de hombros.

—Ni idea —responde con apatía—, ¿un dólar cada uno?

—¿Qué tal un dólar por los dos?

El hombre me lo quita de la mano y nos despide con un movimiento de cabeza.

—Menuda crac regateando. —Holder niega con la cabeza—. Más vale que los vea en la mesa de la cocina la próxima vez que vaya a visitarte.

—Ay, no, qué asco —protesto—. ¿Quién quiere ver tripas mientras come?

Recorremos varios pabellones más antes de llegar al tenderete de Karen y Jack. Cuando nos plantamos ante ellos, mi madre tiene que mirarnos dos veces para asegurarse de que no la engaña la vista.

—Hola —exclamo mientras alargo los brazos hacia ellos—. ¡Sorpresa!

Jack se levanta de un salto y rodea el mostrador para darme un abrazo. Karen lo sigue, pero no puede evitar observarnos con desconfianza.

—Relájate —le digo al ver que mira a Holder y a Breckin con preocupación—. Ninguno de los dos va a dejarme embarazada este fin de semana.

Ella se ríe al fin antes de abrazarme.

—Feliz cumpleaños. —Cuando se aparta, se le activa al fin el instinto maternal—. Un momento. ¿Qué haces aquí? ¿Va todo bien? ¿Tú estás bien? ¿Y la casa?

—Estoy bien, estoy bien. Es que me aburría y le pedí a Holder que me llevara de compras.

Él está a mi espalda, presentándose a Jack por su cuenta. Breckin pasa por mi lado y le da un abrazo a Karen.

—Yo soy Breckin. He formado una alianza con su hija para dominar el instituto y a todos sus secuaces.

—Efectivamente. —Lo fulmino con la mirada—. La formamos, pero se le olvidó.

—Me gustas, Breckin —admite Karen sonriente. Luego se vuelve hacia Holder y le estrecha la mano—. Hola, ¿cómo estás?

—Bien —responde él con prudencia.

Cuando lo miro, me parece que se siente muy incómodo. No sé si se deberá al salero y el pimentero que lleva en las manos o a que las cosas son distintas ahora que está saliendo con su hija.

Trato de aligerar el ambiente preguntándole a mi madre si tiene una bolsa donde podamos guardar las cosas que hemos comprado. Ella saca una de debajo del mostrador y se la ofrece a Holder, que guarda las últimas adquisiciones. Karen echa un vistazo al interior y me mira con las cejas alzadas.

—No preguntes —le advierto.

Le quito la bolsa y la abro para que Breckin pueda guardar la compra anterior.

Es una fotografía enmarcada de la palabra «melt» escrita en tinta negra sobre un papel blanco.

Significa «fundida», que es como me hace sentir Holder cada vez que se acerca a mí, así que, por supuesto, he tenido que llevármela.

Además, costaba solo veinticinco centavos. Vamos, una ganga.

Cuando un par de clientes se acercan al mostrador, Jack y Karen regresan a su lugar para atenderlos.

Al darme la vuelta, veo que Holder los está observando con dureza.

No había vuelto a verle esa expresión desde el día del fiasco en la cafetería.

Me pongo un poco nerviosa, por lo que me acerco a él y deslizo un brazo por su espalda. Necesito que cambie la cara.

—Eo —le llamo la atención—. ¿Va todo bien?

Él asiente en silencio y me da un beso en la frente.

—Sí, todo bien. —Me abraza por la cintura y me sonríe para que me quede tranquila—. Me prometiste pastelitos de masa frita —me recuerda mientras me acaricia la mejilla.

Asiento con la cabeza, aliviada al ver que está bien. No me gustaría nada que tuviera uno de sus momentos de intensidad desatada delante de Karen. No creo que mi madre entendiera la pasión con la que lo vive todo; al fin y al cabo, yo todavía estoy aprendiendo a asumirlo.

—¿Masa frita? —interviene Breckin—. ¿Hay funnel cakes ?

Al darme la vuelta, veo que el cliente de Karen se ha marchado. Ella está inmóvil y muy pálida detrás del mostrador, observando el brazo que me rodea la cintura.

¿Qué les ha dado a todos hoy con las miraditas raras?

—¿Todo bien? —le pregunto a ella esta vez.

No entiendo por qué le sorprende tanto verme en pareja. Matt prácticamente vivió en casa durante el mes que salimos juntos.

Ella me mira primero a mí y luego le echa un vistazo a Holder.

—Es que no sabía que estabais saliendo.

—Ya, bueno. Te lo habría contado, pero es que hemos empezado hará unas cuatro horas.

—Oh. Bueno..., hacéis buena pareja. ¿Puedo hablar contigo? —Señala hacia atrás con la cabeza, indicando que quiere que estemos a solas.

Me aparto de Holder y la sigo hasta una distancia prudencial. Ella se vuelve hacia mí y esboza un gesto de negación antes de comenzar.

—No sé cómo sentirme ahora mismo —murmura.

—¿Sobre qué? Tengo dieciocho años y me he echado novio. Ya ves qué cosa.

Ella suspira.

—Ya, pero es que... ¿qué pasará hoy si no estoy ahí? ¿Cómo sabré que no se quedará a pasar la noche en casa?

Me encojo de hombros.

—No lo sabrás, tendrás que fiarte de mí —le digo, aunque me arrepiento al instante de la mentira. Si supiera que Holder ya ha pasado la noche conmigo, es posible que ahora mismo mi novio estuviera en peligro de muerte.

—Me resulta muy raro, Sky. Nunca hemos establecido reglas para este tipo de situaciones.

Parece bastante nerviosa, así que trato de calmarla.

—Mamá, confía en mí. Empezamos a salir hace unas horas. No va a ocurrir nada de lo que te preocupa. Se irá antes de medianoche, te lo prometo.

Ella asiente en silencio, pero no parece convencida.

—Vale, es que... no sé. Cuando os he visto abrazados, interactuando...

, no he tenido la sensación de estar ante una pareja que está empezando.

Y me ha sorprendido porque he pensado que tal vez llevabais ya un tiempo saliendo y no me habías dicho nada.

Me gustaría que pudieras confiar en mí sobre cualquier cosa.

Le tomo la mano y le doy un apretón.

—Ya lo sé, mamá. Créeme, si no hubiéramos venido aquí a pasar el día, te lo habría contado todo mañana. Probablemente te habría desgastado la oreja de tanto hablar. No te escondo nada, ¿vale?

Ella sonríe mientras me da un abrazo rápido.

—Espero que me la desgastes igualmente.